lunes, 2 de febrero de 2026

Luz de las naciones

El 2 de febrero tiene varios nombres: el día de la Candelaria, día de la Presentación del Señor (el verdadero nombre), el día de la Luz, de la vida consagrada.
Empecemos por el primero: es el día en que celebramos la Presentación del niño Jesús en el Templo, pues como dice el Evangelio los padres tenían que consagrar a su primogénito en el Templo y cumplir el rito de la purificación de la madre, y la circuncisión del niño. Todo lo que, siendo fieles a la Ley, cumplen María y José. Podemos ver aquí lo fieles que son ellos a la Ley de Moisés, a lo que Dios les pide que hagan, no sólo lo hicieron en el principio de la Anunciación y el Nacimiento, sino que en todo momento y con todas las Leyes que había que cumplir.
El día de la Candelaria y de la Luz porque Simeón habla de Jesús como "luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel", por eso en este día se bendicen las velas (cirios o candelas) porque llevamos, también, esa luz a nuestras casas y nos reconocemos, como cristianos, como dijo Jesús "vosotros sois la luz del mundo".
De la vida consagrada en relación con la profetisa Ana que estaba consagrada al Templo y con vida comenzó a alabar a Dios y dar a conocer la noticia de la Venida del Salvador, pero también, porque la vida consagrada a imagen de María y José llevan en su corazón la Luz del Jesús a todo el mundo, con una entrega completa de sus vidas al Señor.
Y todo eso nos lleva a alegrarnos del día en que el Señor, una vez más se dio a conocer por medio de los más simples y sencillos, como Simeón y Ana que abiertos a la Voz del Espíritu pudieron descubrir en ese pequeño Niño al Dios que cumplía sus promesas y con alegría desbordante en el corazón fueron luz para iluminar la vida de todos los que estaban cerca, así también, nosotros, debemos iluminar con nuestra alegría de sabernos no sólo hijos de Dios, sino también profetas y anunciadores de la Gran Noticia de la Salvación.

domingo, 1 de febrero de 2026

Un camino diario

 "En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos".
El famoso "Sermón de la montaña" tan conocido y tan escuchado pero, me parece, no tan meditado por nosotros. Digo no tan meditado porque nos cuesta entender que Jesús haya dicho estas cosas y no porque no nos resulte simpática y hasta atrayente el Sermón, sino porque hay bienaventuranzas que no nos gustan demasiado porque ninguno quiere vivirlas, no a todas, sino casi todas.
Hoy la liturgia une este Sermón a la profecía de Sofonías, es decir a la Palabra que Dios dirige al Pueblo de Israel por medio del profeta Sofonias y le dice:
"Buscad al Señor, los humildes de la tierra, los que practican su derecho, buscad la justicia, buscad la humildad, quizá podáis resguardaros el día de la ira del Señor".
Es lo que Jesús nos pide, también, en las bienaventuranzas: la humildad, la verdad, la justicia, el derecho.
Comenzar las bienaventuranzas con la mención a la pobreza de espíritu es un camino que nos lleva a pensarnos diariamente. Sí, a pensarnos diariamente porque la humildad no es algo que nos nazca espontáneamente, sino que es una virtud que tenemos que trabajar todos los días. No es que no seamos humildes, sino que el pecado original que vive en nosotros nos lleva siempre por el camino del egoísmo, de la vanidad, de la soberbia y de eso es de lo que tenemos que alejarnos y convertirnos.
Es esa la espina del pecado que, muchas veces, nos impide ver y aceptar la Voluntad de Dios porque yo ya hice mis planes, porque yo ya programé tal cosas, porque mi vida, porque mi libertad, porque mis anhelos, porque esto porque lo otro... y ahí descubro que no soy pobre ante Dios, que no soy pobre de espíritu.
La pobreza de espíritu no es decir que no soy nada, porque eso es muy fácil, sino saber que todo lo que poseo, menos el pecado, todo es del Padre que me lo ha dado. Por eso soy pobre porque nada es mío sino que me ha sido dado y, más aún, como dice san Pablo, todo me lo ha sido dado y a ¡qué precio! Así reconociendo mi pequeñez podré aceptar los caminos que me propone mi Padre y vivir en la Bienaventuranza de sentirme conducido por la Mano de Aquél que me formó en el vientre de mi madre y que me pensó desde antes de la creación del mundo para ser santo e irreprochable ante Él por el amor.

sábado, 31 de enero de 2026

Despierta al Señor

"Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¡Silencio, enmudece!» El viento cesó y vino una gran calma.
Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?»
Frente a estas preguntas que Jesús les hace y le reprocha a los apóstoles pareciera que para no tener miedo hay que tener fe, o que la fe ahuyenta de nosotros el miedo. Se podría decir, entonces, que el miedo es producto de una falta de confianza en el poder de Aquél a quien le hemos entregado la vida.
En realidad Jesús no era quien dirigía la barca entonces ¿por qué le apóstoles lo despiertan y le preguntan ¿no te importa que perezcamos? Algo de fe tendrían en Él para hacerle esa pregunta, necesitaban o inconscientemente sabían que Él podía hacer algo para que no murieran en el mar.
Así también nos pasa a muchos: sabemos que creemos pero no lo reconocemos hasta que estamos ante una gran tormenta (interior o exterior) y es ahí cuando levantamos nuestra voz para hacerlo despertar a Dios. Pero, en realidad, quien tiene que despertar a la fe somos nosotros: descubrir que a nuestro lado está el Señor, que a nuestro lado y en nuestro corazón está Dios pero que lo hemos dejado durmiendo porque éramos nosotros quienes nos ocupábamos de nuestras cosas. Y cuando ya no pudimos ocuparnos quisimos despertar al Dueño de la Vida, y el nos reprochará que ¿ahora me despiertas cuando ya crees que no puedes hacer nada por ti mismo?
Sí, somos tan autosuficientes que hasta dejamos de pedir ayuda al cielo para nuestro día a día, o mejor, dejamos de contar con el Señor de nuestra vida en el día a día y sólo lo "utilizamos" cuando no podemos más, cuanto vemos que no damos un palo al agua y nuestras fuerzas ya no dan más.
Nunca es tarde para darnos cuenta que tenemos que volver a despertar nuestro fe, que tenemos que volver a encontrar con el Señor de nuestra vida para que nos guíe, para que nos ayude a recobrar las fuerzas, las esperanzas, la confianza en Su Voluntad y en su Gracia para que pueda alcanzar la meta que ha pensado para mí.
Las tempestades del alma son buenas si me ayudan a despertar a la fe verdadera y unidos al Señor encontramos el rumbo para llegar a la meta, por eso no temas en despertar al Dios que está escondido en ti, porque Él es quien sabe hacia dónde debes conducir tu barca para alcanzar lo que realmente te hace feliz.

viernes, 30 de enero de 2026

Árboles que iluminan

«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden anidar en su sombra».
Las parábolas del Reino de Dios son varias y cada una con una significación diferente e igual. Igual porque todas hablan de algo que va más allá de nosotros mismos y que no tenemos palabras humanas, ni tampoco imaginación suficiente para poder describirlo y por eso, Jesús, utiliza las parábolas para, como dice muchas veces, el que quiera entender que entienda.
No es posible describir los grandes misterios de Dios con palabras humanas, es decir, no podemos llegar a entender un misterio y por eso tenemos que intentar imaginar algo parecido a cómo es, e ir no sólo con nuestra imaginación sino con el corazón más allá de las palabras.
También son parábolas que nos hablan desde diferentes puntos de vista del Reino de Dios, en este caso del Reino que Dios ha sembrado en nuestros corazones ¿cuándo? Cuando nos piensa, como dice san Pablo, antes de la creación del mundo, ya nos piensa con esa semilla del Reino en nuestro corazón lo que se hace posible cuando recibimos el agua bautismal que riega con el Espíritu Santo y comienza a crecer en nuestro interior.
Es esa semilla que debemos ir regando constantemente con la ayuda de la Gracia que consigamos por medio de la oración, de la Palabra y sobre todo cuando recibimos la Eucaristía que es el mismo Señor que viene a nosotros para ayudarnos a crecer desde dentro hacia afuera.
Por eso cuanto más nos alimentamos de Dios más crece su Reino en nosotros y seremos capaces de sostener, fortalecer, dar esperanza, dar amor, iluminar y tantas otras cosas a tantos y tantos que vengan a acercarse a la sombra de Dios que vive en nosotros. No dejemos, por lo tanto, que las ramas del Reino que crece en nosotros detengan su crecimiento, sino que abiertos a la Gracia de Dios seamos grandes árboles que iluminen la vida de todos.

jueves, 29 de enero de 2026

A remojar las barbas

Dos exhortaciones muy claras nos ha dado el Señor para que las meditemos con tranquilidad y que, también, nos sirvan para un examen de conciencia para ver si estamos actuando bien o nos hemos alejado del camino que Él nos propone vivir.
«¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?"
"Vosotros sois la luz del mundo", eso es lo que nos dijo Jesús, y por eso habla de que no escondamos esta luz que, en realidad, es Su propia Vida la que ilumina nuestra vida y así nosotros iluminamos la vida de nuestros hermanos, la vida del mundo. Pero claro que no tenemos que olvidar que en nuestro corazón, si no lo cuidamos bien, existe también la espina del pecado original que, muchas veces, nos lleva a ser muy egoístas, soberbios, etc., y en lugar de iluminar con la Luz de Cristo queremos imponer nuestra propia verdad y no Su Verdad porque nos creemos los mejores y los más santos o los que tenemos siempre la razón, y, sinceramente, no siempre es así. Por eso debemos siempre tener presente qué luz queremos llevar al mundo.
Y la segunda exhortación nos viene muy bien para seguir con el examen de conciencia, porque no siempre tenemos en cuenta que lo que haga con o hacia mi hermano va a repercutir en mi propia vida:
«Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».
¿Qué has pensado de tu hermano? ¿Cómo has tratado a tu hermano? ¿Has actuado con caridad, con misericordia? ¿Has ayudado a que tu hermano crezca? ¿Has juzgado? ¿Has condenado a tu hermano? ¿Lo has insultado? Y tantas otras preguntas que van en orden a mi relación con los demás, porque la pregunta que el Señor nos va a hacer cuando nos encontremos con Él solo será: ¿qué hiciste con tu hermano? La pregunta se basara en el amor, en la relación fraternal, en la verdad de mi relación con los demás.
Es algo que no siempre tenemos presente porque nos creemos que sólo yo tengo la razón de todo y por eso, muchas veces, trato a los demás sin amor, sin misericordia.

miércoles, 28 de enero de 2026

Que es lo que me vas a dar?

Como la parábola del sembrador la explica muy bien Jesús, me voy a quedar con una frase de la primera lectura que me gusta y es esta:
"En aquellos días, vino esta palabra del Señor a Natán:
«Ve y habla a mi siervo David: "Así dice el Señor: ¿Tú me vas a construir una casa para morada mía?".
El rey David se había venido muy arriba y como agradecimiento quería hacer el Templo para que en él habitase el Señor así como lo había hecho en las Tiendas que le hacía Moisés y que venía acompañado por el Arca de la Alianza.
Pero eso no era lo que quería el Señor y se lo da a entender muy bien.
Y ¿qué nos dice esto a nosotros? En realidad Dios no necesita de nosotros somos nosotros los que necesitamos de Dios. A veces creemos que podemos llegar a convencer a Dios de que haga algo se le proponemos tal o cual cosa: si me das esto yo te doy esto, si haces este milagro yo haré tal cosa. Y no es así la relación de Dios con nosotros, no es un supermercado donde pago lo que recibo, pues lo que he recibido no puedo pagarlo con nada.
Sin embargo el Padre me da todo lo que necesito sin que yo se lo pida, pero resulta que más de una y dos veces me olvido de todo lo que me da y quiero aún más de lo que recibo. Y otras tantas como me parece que lo que recibo no es para mí me ofendo, me enfado con el Señor porque ¿por qué a mí estas cosas?
Por eso el Padre le pidió al Hijo que viniera al mundo y viviera todo lo que nosotros vivimos, y aún más, porque en la época que vivió Jesús no tenía tantas comodidades como las que tenemos nosotros. Pero aún así Él vivió todo menos el pecado para poder enseñarnos a nosotros a aceptar y a vivir de acuerdo a la Voluntad del Padre, y por eso lo único que nos enseñó de manera radical es a aceptar la Voluntad del Padre como niño, como joven, como adulto hasta la obediencia hasta la muerte y muerte en Cruz. Todo porque ese es el único pago que el Padre quiere: que aceptemos Su Voluntad, que vivamos en el amor de hijos y sepamos que Él nada nos pide más de lo que podemos darle porque todo le pertenece.
Y así en la confianza en Su Amor podremos vivir más libres de nosotros mismos y agradecidos y con la ayuda de Su Gracia alcanzar la meta sin perder la fe.

martes, 27 de enero de 2026

Privilegios en el Reino

"La gente que tenía sentada alrededor le dijo:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan»
Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?»
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».
En el mundo en que vivimos hay privilegios por títulos, master, por posición social, por ser amigo o pariente de tal o cual poderoso, pero en el Reino de Dios no hay privilegios, el único privilegio es hacer la Voluntad de Dios.
Por eso Jesús no hace caso cuando le dicen que su madre y sus parientes estaban ahí, no podían tener más privilegios que los demás, salvo que hicieran la Voluntad de Dios. En ese caso María y los demás no es que hayan tenido privilegios, sino que escucharon sus Palabras y las llevaron a la práctica, como dice el evangelio de María: "conservaba sus Palabras y las meditaba en su corazón" para que esas palabras se hicieran vida, así como se hizo Vida en Ella la Palabra de Dios, Jesús Palabra Eterna del Padre.
Eso nos lleva a pensar algo que muchas veces escuchamos, o hasta lo decimos: tú que estás más cerca de Dios pídele que te va a escuchar. Muchos creen que por ser sacerdote, religioso o monje tenemos más "entrada" con Dios, y nos es así, no hay privilegios por ser consagrado, sacerdote o monja. Lo habrá, en todo caso, si somos Fieles a la Voluntad de Dios, y eso lo puede hacer cualquier hijo de Dios que haya aceptado el Camino que Jesús nos ha indicado.
Quien haya comprendido que no es cuestión de esto o de aquello sino de escuchar y obedecer, entonces habrá comprendido cuál es al Camino para alcanzar la Gracia necesaria y santificante que nos hace Fieles a Dios, que nos abre el camino hacia la plenitud de la vida divina, y nos va marcando y fortaleciendo para ser fieles en cada momento a Su Voluntad y no a la mía ni a la del mundo.
Así, siendo fieles como lo fue María a la Palabra de Dios somos verdadera Familia de Dios y recibiremos del Padre todo lo necesario para seguir las huellas del Hijo.

lunes, 26 de enero de 2026

Fidelidad a la Vida recibida

"Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría. Evoco el recuerdo de tu fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y tu madre Eunice, y estoy seguro que también en ti.
Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, amor y de templanza".
Hermosas palabras de san Pablo a Timoteo que nos hace muy bien pensarlas para nosotros para que podamos renovar nuestro espíritu y entrega fiel a Cristo.
Aquí san Pablo habla de la imposición de manos porque a Timoteo lo designó cabeza de comunidad y por eso le impuso las manos para su consagración.
Pero también nosotros, seguramente casi todos, hemos recibido el mismo Espíritu pues vino a nosotros en el bautismo, y, en algunos, recibimos la imposición de manos con el Sacramento de la Confirmación, y otros lo recibimos en la ordenación sacerdotal. Pero, en suma, todos hemos recibido el mismo Espíritu que nos consagró como sacerdotes, profetas y reyes para poder llevar la Palabra de Jesús a todos lados. Desde ese momento la Fe ha comenzado a arraigarse en nosotros, a echar raíces en nuestro corazón y en nuestra vida.
Y pasa lo que siempre pasa: nos acostumbramos a ser cristianos y se nos va apagando la llamar del Amor Primero, se va apagando la decisión de Fidelidad a la Voluntad de Dios y nos vamos acostumbrando a las tinieblas y el espíritu del mundo que se va imponiendo a veces con fuerza, otras muy suavemente. Por eso san Pablo nos pide que "reavivemos el don de Dios que hay en nosotros", sobre todo porque en estos tiempos necesitamos estar muy seguros de lo que creemos y muy convencidos para hacerle frente al espíritu del mundo. Y así nos lo recuerda Pablo: "pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, amor y de templanza", para poder anunciar con valentía, con nuestra vida, el Amor de Dios, la alegría del Evangelio, y todos los valores y virtudes que nos da la Palabra de Dios.
Por eso no debemos perder de vista la vida que nos mostró Jesús cuando caminó entre nosotros, sino que siendo constantes y perseverantes en la relación con Su Palabra poder fortalecer nuestra Fidelidad a esa Vida que Él nos mostró y nos dio.

domingo, 25 de enero de 2026

Unidad en el Evangelio

"El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
La profecía de Isaías (de la primera lectura) se hace realidad en la persona de Jesús, pero, también se hace realidad en nuestra persona en estos días. Sí, hoy el mundo vive en la tiniebla del error, del pecado, en la oscuridad de una ideología que busca desterrar la Luz de Dios del mundo, y nosotros, los bautizados en Cristo, somos los cristos de estos días que hemos de traer la Luz al mundo, los que, con nuestras vidas, hemos de iluminar las oscuridades en las que se vive.
Claro es que no siempre somos luz, que no siempre estamos en el Camino, ni vivimos como nos lo ha pedido el Padre por medio del Hijo, sino que nos confundimos con las tinieblas del mundo y en lugar de iluminar vamos sembrando más oscuridad.
Por eso debemos escuchar la voz del Padre en las palabras de san Pablo:
"Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir".
No sólo que no estamos unidos, muchas veces, entre nosotros mismos, los cristianos, sino que interiormente, tampoco estamos unidos porque no vivimos lo que decimos que somos sino que nos dejamos llevar por lo que el mundo vive e introducimos en nuestra vida cristiana valores que no son de Cristo, valores que no son de Dios, y así nuestra vida, nuestro comportamiento deja mucho que decir, o, mejor dicho, dice mucho más que nuestras palabras y nos hace ver que no somos fieles al Evangelio de Cristo.
"Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo".
Es el Evangelio de Cristo el que tenemos que vivir, que tenemos que intentar vivir cada día, sin quitarle nada para poder alcanzar la meta, para poder llevar la Vida Nueva que el Señor nos concedió con su Pasión, Muerte y Resurrección y que nos otorgó por medio del Espíritu que habita en nosotros.
Por eso no dejemos que el espíritu del mundo nos divida, ni interior ni exteriormente, sino que podamos, por la Gracia de Dios, ser fortalecidos en la unidad de la única Fe, de la única Vida, del único Camino y de la única Verdad que nos ha sido transmitida mediante el Evangelio de la Vida.

sábado, 24 de enero de 2026

No cansemos ni a los hombres ni a Dios

"En aquel tiempo, Jesús llega a casa con sus discípulos y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí".
Este Evangelio me hizo acordar de otro pasaje del Antiguo Testamento, del profeta Isaías:
"El Señor habló a Ajaz en estos términos: «Pide para ti un signo de parte del Señor, en lo profundo del Abismo, o arriba, en las alturas». Pero Ajaz respondió: «No lo pediré ni tentaré al Señor».
Isaías dijo: «Escuchen, entonces, casa de David: ¿Acaso no les basta cansar a los hombres, que cansan también a mi Dios?".
Y sí, a veces cansamos hasta a Dios.
Es una costumbre de nosotros, de todos, que no nos damos cuenta de cuándo tenemos que parar ya sea con una broma, con una discusión, con un pedido, con... Creemos que siempre tenemos la razón en lo que queremos, en lo que pensamos, en lo que hacemos. Incluso que podemos hacerlo porque somos simpáticos, porque somos inteligentes, porque somos los mejores, porque somos mayores, porque... y cansamos al otro.
Cansamos con nuestros errores y también con nuestros aciertos, cansamos con nuestras palabras y con nuestros silencios, sí, porque no siempre pensamos en lo que el otro está sintiendo sino que nos dedicamos a hacer lo que queremos y nos nos damos cuenta que, a veces, la otra persona se está a disgusto, que no quiere tal o cual cosa, o tal cual chiste, o conversación, o actividad.
Es que vivimos tan absortos en nosotros mismos que descuidamos las vivencias de quien tengo a mi lado, ya sea amigo, pareja, familia, y hasta desconocido.
Así le pasaba a Jesús todos venían a que los curara, a escuchar sus palabras, pero también llega un momento que tenía que descansar y, gracias a su corazón compasivo, no lo hacía sino que seguía y seguía dándose sin medida. Y este evangelio de Marcos nos habla de la humanidad de Jesús, que aún siendo Dios, también se fatigaba.
Por eso, nosotros que no somos dioses tenemos que pensar en no fatigarnos, sobre todo porque cuando estamos muy cansados ya no somos dueños de nosotros mismos ¿o no? Nos salen, a veces, la peores maneras de relación pues el cansancio no nos deja pensar y necesitamos "desconectar" y descansar. Así también los demás necesitan, a veces, desconectar de mí o de sí mismos. Y si pensamos en el otro podemos, también, ayudarlos a desconectar y descansar, como hizo la familia de Jesús.
Como dice Isaías "no cansemos ni a los hombres ni a Dios".

viernes, 23 de enero de 2026

Saber escuchar

"David se levantó, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl:
«¡Oh, rey, mi señor!»
Saúl miró hacia atrás. David se inclinó rostro a tierra y se postró.
Y dijo a Saúl:
«¿Por qué haces caso a las palabras que dice la gente: David busca tu desgracia”? Tus ojos han visto hoy mismo en la cueva que el Señor te ha entregado en mi mano. Han hablado de matarte, pero te he perdonado, diciéndome: “No alargaré mi mano contra mi amo, pues es el ungido del Señor”.
Y Saúl siguió escuchando las voces de aquellos que querían hacer mal a David y, también, hacer daño a Saúl, pues las malas voces que muchas veces llegan a nosotros hacen daño a diestra y siniestra pues siembran cizaña y la cizaña no hace bien sino que hace mucho daño.
Cuando el corazón se llena de esos ecos malos se va dañando de tal manera que no es posible sanarlo si no modifica la manera de relacionarse.
A David querían, las voces de sus soldados, hacerle daño pues le sugerían matar a Saúl, sin embargo David optó por el bien y no por el mal, por el perdón y no por la venganza. Y esa reacción de David fue la que hizo cambiar de opinión a Saúl.
A veces nos cuesta darnos cuenta de que estamos reaccionando mal porque el mal ya está en el corazón, pero si nos encontramos con sembradores de paz y fraternidad, vamos a poder acceder a una conversión a descubrir, sobre todo, que no he dejado lugar para el amor y el perdón en el corazón, que lo he llenado de rencor y maldad por no saber discernir a quién y qué cosas escuchar. Por eso aunque los que nos nos rodean nos lleven a sembrar cizaña tenemos que tomar una opción si queremos seguir así o si queremos ser fieles a Dios y comenzar a sembrar verdad y amor.
La actitud de David transformó el corazón de Saúl y pudo ver la obra del Señor, y así fue como respondió a la bondad de David:
"Saúl levantó la voz llorando. Y siguió diciendo:
«Eres mejor que yo, pues tú me tratas bien, mientras que yo te trato mal. Hoy has puesto de manifiesto tu bondad para conmigo, pues el Señor me había puesto en tus manos y tú no me has matado. ¿Si uno encuentra a su enemigo, le deja seguir por las buenas el camino? Que el Señor te recompense el favor que hoy me has hecho. Ahora sé que has de reinar y que en tu mano se consolidará la realeza de Israel».

jueves, 22 de enero de 2026

Buscar luz

«Saúl mató a mil, David a diez mil».
A Saúl le enojó mucho aquella copla, y le pareció mal, pues pensaba:
«Han asignado diez mil a David y mil a mí. No le falta más que la realeza»
Desde aquel día Saúl vio con malos ojos a David.
Saúl manifestó a su hijo Jonatán y a sus servidores la intención de matar a David".
Como vemos en esta secuencia de la relación del Rey Saúl y David, hay, como en todos nosotros, una relación de amor y odio que surge por lo que escuchamos que dicen, y eso nos enciende los celos y las envidias, lo cual se va apoderando de nuestro buen corazón y lo convierten en malos pensamientos que dañan las relaciones, que dañan nuestras intenciones y, si no hay nada o nadie que nos haga cambiar de idea llevamos a la práctica lo que hemos "cocinado" en nuestro corazón dolido.
No es raro que tengamos en algún momento algún mal pensamiento sobre una persona, sobre una amigo o un familiar. Es parte de nuestro pecado y de nuestra manera de ser, a algunos le afecta de una forma a otros de otra. Lo que es importante es que pueda deshacer ese pensamiento rápidamente o porque lo comparto con alguien que me ayude a ver de otra manera, o porque desde la oración y el discernimiento me doy cuenta que estoy obrando mal.
Porque si dejo que los malos deseos se vayan adueñando de mí, que esos deseos comiencen a echar raíces en mi corazón entonces se convierten en rencor, en odio, en espíritu de venganza y comienzo así a modificar mi conducta y soy capaz de sembrar cizaña, de hablar mal de las personas, de crear situaciones difíciles en torno a la familia, a la comunidad, etc.
Por es necesario tener confianza con alguien que me ayude a objetivarme sobre tal hecho, tal situación. No creer siempre que lo que yo pienso está bien, sino desconfiar de lo que me lleve a pensar u obrar mal, fuera del amor fraterno que tenemos que vivir como hijos de Dios, como cristianos.
Por fortuna en esta secuencia del libro de Samuel Saúl escuchó a su hijo Jonatán y pudo cambiar su manera de pensar sobre David, ojala tengamos siempre en nuestras vidas a gente así que nos ayude a encontrar luz cuando las sombras invaden nuestro corazón.

miércoles, 21 de enero de 2026

Sobre santa Inés

San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen, imitemos su integridad; se trata también de una mártir, ofrezcamos el sacrificio. Es el día natalicio de santa Inés. Sabemos por tradición que murió mártir a los doce años de edad. Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ni ante una edad tierna; por otra, la fortaleza que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una jovencita.
¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y, con todo, aunque en ella no encontraba la espada dónde descargar su golpe, fue ella capaz de vencer a la espada. Y eso que a esta edad las niñas no pueden soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y si distraídamente se pinchan con una aguja, se ponen a llorar como si se tratara de una herida.
Pero ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo, inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte, pero dispuesta a sufrirla; al ser arrastrada por la fuerza al altar idolátrico, entre las llamas tendía hacia Cristo sus manos, y así, en medio de la sacrílega hoguera, significaba con esta posición el estandarte triunfal de la victoria del Señor; intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos.
¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presentaba difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo posible su virtud consumada. Una recién casada no iría al tálamo nupcial con la alegría con que iba esta doncella al lugar del suplicio, con prisa y contenta de su suerte, adornada su cabeza no con rizos, sino con el mismo Cristo, coronada no de flores, sino de virtudes.
Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que, con tanta generosidad, entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar, como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio de sí misma. Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales.
El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla con halagos, muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo:
«Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que no quiero».
Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Hubieras visto cómo temblaba el verdugo, cómo si él fuese el condenado; cómo temblaba su diestra al ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a la niña, mientras ella se mantenía serena. En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio.

martes, 20 de enero de 2026

Los frutos del corazón

Pero el Señor dijo a Samuel:
«No te fijes en las apariencias ni en lo elevado de su estatura porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón».
A veces no nos acordamos que es el Señor quien mira nuestro corazón y sabe cómo son nuestras acciones, si realmente son verdaderas o pura apariencias, si las hago por compromiso o si las hago por verdadero espíritu de caridad.
Está claro que no tenemos que hacer las cosas porque otros nos miran o porque Dios nos está analizando como un tomógrafo, sino que tenemos que aprender a llenar nuestro corazón del Espíritu del Señor para que todo lo que hagamos sea por amor a Él y a los hermanos.
Muchas veces nos hemos encontrado con gente que dice: "pero mi intención era buena", y san Francisco de Sales te dirá: "de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno", por eso no basta tener buena intención sino que hay que abundar en el espíritu para que lo que hagamos sea pensado y vivido desde el amor, desde el servicio, desde una búsqueda profunda de fraternidad.
Todo esto porque nos olvidamos que estamos enfermos por el pecado original que está como una espina en el corazón, y, aunque tengamos buenas intenciones no basta, hay que ahondar en lo que voy a decir, lo que voy a hacer y en el porqué lo voy a decir o hacer. Y, sobre todo, analizarlo desde la Voluntad de Dios y por eso mismo desde el amor, teniendo en cuenta lo que decía san Agustín: "ama y haz lo que quieras, pero primero ama".
Y ahí tenemos una pregunta para analizar nuestro día a día, y no si Dios ha visto mis intenciones, sino si he amado verdaderamente, si mis palabras y acciones han sido para amar y sembrar paz en el corazón de mis hermanos, o si han sido desde el egoísmo, la soberbia, la vanidad y sólo he sembrado confusión, discordia... porque, como dice el Señor: "por los frutos los conoceréis..." y no es para pensar en los frutos del de al lado, sino en mis propios frutos...

lunes, 19 de enero de 2026

Obedecer sí o no, esa es la cuestión

Dios, por medio del Profeta Samuel le dice al rey Saúl:
- «¿Le complacen al Señor los sacrificios y holocaustos tanto como obedecer su voz. La obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad, más que la grasa de carneros. Pues pecado de adivinación es la rebeldía y la obstinación..."
Y la obediencia es, también, en estos tiempos para todos algo que no parece que tenga que ser vivido. No nos gusta ser obedientes a nadie que no fuésemos nosotros, porque creemos que ser libres es no obedecer a nadie. Sin embargo todos los días rezamos "Padre nuestro... hágase Tu Voluntad en la tierra como en el Cielo", o decimos "Dios mío y Señor mío" cuando es elevada la Eucaristía en la Misa, pero a la hora de hacer las cosas no nos acordamos de que tenemos un Padre a quien le decimos cada día que le vamos a hacer caso, o que hemos dicho que tenemos un Dios que es el Señor de nuestra vida.
¿Por qué nos cuesta obedecer si sabemos que lo que Dios nos va a pedir es lo mejor para nosotros? Creo que porque nos hemos olvidado de lo primero que nos dijo Jesús: "quien quiera venir detrás de mí y ser mi discípulo: niéguese a sí mismo". Negarnos a nosotros mismos, negar nuestro YO, creemos que eso es historia, que no es para estos tiempos; pero, también, porque tenemos miedo a que Dios nos pida algo que no queremos hacer, o mejor dicho, no queremos vivir radicalmente el Evangelio ni la Palabra de Dios, pues hay cosas que no estamos dispuestos a hacer o a no hacer.
Por otro lado, vivimos tan "metidos" en la vida mundana que hemos dividido nuestra actividad o nuestra vida: en el mundo somos mundanos y hacemos lo que el mundo quiera, pero después dejamos unos minutos para aparentar que somos cristianos y ponemos cara y manos juntas para darnos a conocer. Vivimos, en realidad, una superficialidad incoherente que nada tiene que ver con ser discípulo de Cristo, con ser cristiano.
También creemos que la obediencia es sólo para un grupo de gente: los religiosos que han hecho votos de obediencia, incluso los sacerdotes seculares creemos que la obediencia no es para nosotros, sin embargo hemos formalizado una promesa de obediencia.
Hemos permitido que el mundo nos invada tanto que dejamos de ser lo que deberíamos ser para ser lo que el mundo quiere que seamos. Hemos dejado de obedecer a Dios para obedecer al mundo, y creemos que así somos verdaderamente libres cuando nos hemos hecho esclavos de los nuevos dioses.

domingo, 18 de enero de 2026

Apóstoles santos

"Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo".
En este saludo de san Pablo a los corintios hay varias cosas que nos sirven para descubrir nuestra identidad de hijos de Dios, que no sólo es de nombre sino que nos lleva mirar más allá de un simple título.
"Llamado a ser apóstol por voluntad de Dios", es voluntad de Dios que seamos apóstoles, y es un llamado de Dios a ser apóstoles. Cada uno de nosotros, como dice el mismo Jesús: no sois vosotros los que me elegisteis a mí sino que YO os elegí del mundo", y así es, cada uno de nosotros ha sido llamado por el Señor para ser apóstoles, cada uno según una vocación particular y un estilo de vida especial, pero todos con una misma misión: ser apóstoles, testigos del Señor en el mundo.
Y para poder vivir esa misión el Señor nos ha santificados: "santificados por Jesucristo, llamados santos". Y esa es nuestra realidad: hemos sido santificados por Jesucristo el día de nuestro bautismo y desde ese día somos llamados santos, sin miedo a pensar que no lo somos o a que se nos suban los humos a la cabeza. Sino que eso nos tiene que animar a continuar con nuestra formación y a madurar en nuestra realidad: somos hijos santificados por el Espíritu, que hemos sido llamados a ser apóstoles del Señor.
Por eso, como dice el Profeta Isaías: "Y mi Dios era mi fuerza: Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».
Hoy somos nosotros quienes estamos llamados a ser Luz de las naciones, no porque lo seamos sino porque llevamos en nuestra vida el Espíritu del Hijo que ha venido a santificar y salvar al Hombre. Por eso, cuanto más nos identifiquemos y seamos como Jesús, más podremos llevar luz a este mundo que está, cada día, cayendo más en el pozo de la soberbia, el pecado y la oscuridad.

sábado, 17 de enero de 2026

Ven y sígueme

San Atanasio de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia

Cuando murieron sus padres, Antonio tenía unos dieciocho o veinte años, y quedó él solo con su única hermana, pequeña aún, teniendo que encargarse de la casa y del cuidado de su hermana.
Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus padres, cuando un día en que se dirigía, según costumbre, a la iglesia, iba pensando en su interior que los apóstoles lo habían dejado todo para seguir al Salvador, y cómo, según narran los Hechos de los apóstoles, muchos vendían sus posesiones y ponían el precio de venta a los pies de los apóstoles para que lo repartieran entre los pobres; pensaba también en la magnitud de la esperanza que para éstos estaba reservada en el cielo; imbuido de estos pensamientos, entró en la iglesia, y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo aquellas palabras del Señor en el Evangelio:
«Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo.»
Entonces Antonio, como si Dios le hubiese infundido el recuerdo de lo que habían hecho los santos y como si aquellas palabras hubiesen sido leídas especialmente para él, salió en seguida de la iglesia e hizo donación a los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas parcelas fértiles y muy hermosas), con el fin de evitar toda inquietud para sí y para su hermana. Vendió también todos sus bienes muebles y repartió entre los pobres la considerable cantidad resultante de esta venta, reservando sólo una pequeña parte para su hermana.
Habiendo vuelto a entrar en la iglesia, oyó aquellas palabras del Señor en el Evangelio: «No os agobiéis por el mañana.»
Saliendo otra vez, dio a los necesitados incluso lo poco que se había reservado, ya que no soportaba que quedase en su poder ni la más mínima cantidad. Encomendó su hermana a unas vírgenes que él sabía eran de confianza y cuidó de que recibiese una conveniente educación; en cuanto a él, a partir de entonces, libre ya de cuidados ajenos, emprendió en frente de su misma casa una vida de ascetismo y de intensa mortificación.
Trabajaba con sus propias manos, ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: El que no trabaja que no coma; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio sustento, parte a los pobres.
Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido que es necesario retirarse para ser constantes en orar: en efecto, ponía tanta atención en la lectura, que retenía todo lo que había leído, hasta tal punto que llego un momento en que su memoria suplía los libros.
Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban amigo de Dios; y todos lo amaban como a un hijo o como a un hermano.

viernes, 16 de enero de 2026

Camillas para el Amor

"Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico".
Una hermosa imagen de lo que pueden hacer los buenos amigos para llevar a alguien hasta Jesús. En este caso los amigos hicieron todo cuanto pudieron para que Jesús sanara a su amigo, y Jesús lo hizo. Son esos amigos buenos que, habiendo encontrado un Gran Tesoro, hacen lo imposible para que otros que lo buscan lo encuentren. Son los amigos que nos llevan hacia lo bueno, y hacia lo que nos hace bien.
Y, aunque, uno no pueda ir solo o por propia voluntad ellos también hacen lo que pueden para acercar a quien no quiere o no puede ir.
Todos tenemos entre nuestros amigos e, incluso, familia a quien no quiere llegar a Jesús, o a quien no puede llegar a Jesús. Sabemos que hemos encontrado un Tesoro en Jesús y por eso queremos compartirlo y que aquellos a quienes queremos también puedan vivir la misma alegría que nosotros tenemos en Él. Pero no siempre podemos llevarlos y menos a la fuerza, y, por eso, bajamos los brazos y miramos desde afuera cómo no alcanzar la perfección del alma por no conocerlo o por no querer conocerlo.
Está claro que, por mucho que insistamos con nuestras palabras, nunca podremos hacer que los que no quieren quieran, pero sabemos que las palabras no son, siempre, suficientes para convencer a alguien o para decir lo que uno siente en el encuentro con Jesús. Por eso tenemos otro medio que es más fuerte y eficaz que las palabras: la oración. Con la oración podemos llevar a cualquiera, quieran o no, hasta Jesús.
La oración es nuestra mejor "camilla" en la cual podemos llevar a todos a Jesús, para que Él, con su Amor y su Gracia pueda llegar al corazón que lo necesita, pueda sanar heridas abiertas, limpiar corazones, fortalecer espíritus y tantas otras cosas que sólo Él puede hacer.
Claro está que siempre hay un gran trabajo por hacer, pues Dios no puede hacer nada cuando el corazón del hombre está cerrado por dentro, por eso nuestra oración también será para que los corazones de piedra se transformen en corazones de carne para que puedan descubrir la necesidad de Dios, y se dejen "atrapar" por su Amor.

jueves, 15 de enero de 2026

Si perdimos, ganemos

La lectura del libro de Samuel nos relata una batalla entre los hebreos y los filisteos, y como estaban perdiendo los hebreos fueron a buscar el Arca de la Alianza para que el Señor los hiciera ganar, aunque antes habían protestado por el Señor no los había protegido. Creyeron que estando el Arca en medio de ellos iban a ganar la guerra, pero no fue así sino todo lo contrario, incluso los filisteos se apoderaron del Arca de la Alianza después de la derrota de los hebreros.
Y ¿qué nos dice esto?
Muchas veces le echamos la culpa a Dios de lo que nos sucede, en realidad de las cosas malas que nos suceden o, mejor dicho, de lo que creemos que es malo para nosotros y que Dios nos los manda como castigo (que es lo que habitualmente pensamos) Por eso, cuando llegan cosas malas o cruces difíciles, o cuando comienzan, vamos a Dios, aunque nunca antes habíamos ido ni nos acordábamos de Él. Pero en momentos de dolor recurrimos al Cielo. Y, a veces, el Cielo no responde, Dios no responde a nuestras plegarias y por eso lo volvemos a abandonar porque no nos escucha.
Y sí, a veces, pareciera que Dios no nos escucha o que, al contrario, nos permite más cosas malas o situaciones difíciles a las que no le encuentro sentido. Por esa razón me sigo alejando de lo que creo que es Dios, porque no me da respuesta ni acomoda mi vida para que sea mejor.
Sin embargo en el Evangelio vemos cómo Jesús se apiada del leproso y lo sana porque él se lo pidió. Pero no sanó a todos los enfermos, ni hizo todos los milagros posibles, sino que a todos les dio esperanza de una vida nueva en la Gracia. Esa Vida que Él asumió por nosotros es la que nos ayuda a darle sentido a lo que vivimos, sea bueno o sea malo, sea salud o enfermedad, sea vida o sea muerte, todo tiene su sentido desde la Cruz y la Resurrección de Jesús.
Para ello tengo que mantener y sostener una constante relación con Dios, porque la vida de fe no se alcanza de un día para otro, sino que cuando descubro la fe en Jesucristo debo buscar sostenerla con la oración, la Palabra y los Sacramentos, para que esa vida que he descubierto vaya madurando y le vaya dando sentido a lo que vivo. No dejemos que las batallas perdidas no hagan perder la fe en el Padre que nos dio la vida, sino que nos ayuden a reencontrarnos con Aquél que consuela, fortalece y nos da esperanzas de vida nueva.

miércoles, 14 de enero de 2026

Habla que tu siervo escucha

"Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel:
- «Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: "Habla, Señor, que tu siervo te escucha"». Samuel fue a acostarse en su sitio.
El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores:
- «¡Samuel, Samuel!».
Respondió Samuel:
- «Habla, que tu siervo escucha».
No siempre, como Samuel, sabemos cuándo y por dónde Dios nos está hablando. Escuchamos muchas voces, estamos rodeados de ruidos, pero sabemos que necesitamos, muchas veces, oír de verdad la Voz del Señor. Incluso escuchamos, muchas veces, Su Voz pero no sabemos distinguirla del ruido del mundo. Por eso necesitamos tener un Elí que nos de pista de cómo responder, de cómo distinguir o discernir cuándo es la Voz de Dios y cuándo no lo es.
Todos tenemos necesidad de escuchar y discernir, todos necesitamos escuchar para seguir, necesitamos saber por dónde seguir al Pastor, cuándo ponernos en disposición para escuchar y cuándo tener que obedecer y a quién.
Hay en nosotros, los que nos hemos decidido por seguir a Cristo, un deseo de fidelidad a Dios pues Él mismo ha puesto en nosotros ese deseo, pero no siempre sabemos escucharlos, y, en otros casos, no queremos escucharlo porque al escucharlo tendremos que obedecer o desobedecer y sabemos que no siempre Su Voz va a decirnos lo que queremos escuchar, sino que va a indicarnos el Camino a seguir.
Como Samuel debemos disponer el corazón para escuchar, pero, sobre todo para obedecer, pues si decimos: "habla, Señor, que tu siervo escucha", es ahí, en ese momento cuando, como María dejamos nuestra vida en sus manos y nos disponemos a servir a Dios y no a los hombres, incluido nosotros mismos.
Al decir "habla que tu siervo escucha" ya nuestra vida queda en las Manos del Señor, nuestro YO desaparece para que comience a nacer un hombre nuevo, un hijo que sabe que puede confiar en la Palabra de Su Padre y tiene que recorrer el camino de la Voluntad de Dios para alcanzar la meta que Dios ha puesto en su corazón.
Es esa meta a la que aspiramos llegar, es esa meta la que siempre está diciéndonos "¡escucha! y responde", porque sabemos que sólo Ese es el Camino de nuestra perfección, de nuestra plenitud, de nuestra salvación.

martes, 13 de enero de 2026

Siempre renovados

"Todos se preguntaron estupefactos:
«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
Esto es lo que la gente se preguntaba acerca de Jesús, de lo que hacía y de lo que se veía acerca de sus milagros y de sus predicaciones.
Y sí, es una enseñanza nueva que vivieron los que estaban junto a Jesús, y los que estaban lejos pudieron descubrir en Jesús un nuevo modo de vivir la fe, un nuevo modo de relacionarse con el Padre del Cielo. Una nueva enseñanza que fue expuesta con la autoridad del que vive lo que enseñanza y, sobre todo, del que cree lo que enseña porque lo vive desde siempre.
La autoridad de Jesús no se la daban sus milagros y hechos extraordinarios, sino su propia vida, pues no hablaba nada más de lo que Él "había visto hacer a su Padre", y no hacía nada más que la voluntad de Su Padre. Y eso es lo que enseñaba y lo que predicaba.
Esa nueva nueva manera de vivir es la que llega hasta nuestros días, es la que, de una forma u otra, intentamos vivir cada día de nuestras vidas, a veces con más acierto otras con menos, pero siempre intentamos estar a la altura de la Vida que Jesús nos enseñó a vivir.
Creemos, muchas vece, que no podemos llegar a alcanzar el Ideal de Vida que el Evangelio nos propone, y seguramente que nunca lo alcanzaremos con nuestras propias fuerzas y deseos, sino que lo alcanzaremos con la Gracia. Por eso necesitamos, siempre, estar en Gracia de Dios, buscar la disponibilidad del corazón para aceptar los desafíos que el Evangelio nos propone, pues ese es el Camino que nos conduce a la Vida que Dios Padre quiere para nosotros. Y es una Vida que sólo podremos vivirla si nos unimos a Él por medio de los sacramentos, por medio de la oración, por medio de la Palabra.
Ya no hay tiempos nuevos para esperar, sino que debemos hacer que cada día sea nuevo en la Gracia, en la Esperanza, en el Amor para que siempre podamos, como Jesús, enseñar el verdadero sentido de nuestra vida de fe. A veces nos quedamos en lo cómodo y eso no es propio del que se deja conducir por el Espíritu, sino que es el Espíritu el que nos lleva por caminos que nunca habíamos pensado y nos hace vivir realidades únicas desde la Gracia del Padre.
La Vida en el Espíritu es la de aquél que se deja guiar, que no pone obstáculos para vivir en la Voluntad de Dios, sino que busca constantemente esa renovación que nos lleva a dar Gracias por todo lo que Dios permite que vivamos, y, pide la fortaleza necesaria para aceptar Su Voluntad cuando está fuera de lo que habíamos pensado o querido para nuestra vida.
Hoy en día tenemos muchos instrumentos, puestos por el Padre, que nos ayudan a discernir, a iluminar nuestro caminar hacia Dios, y, sobre todo que nos ayudan y nos muestran un camino que no recorremos solos, sino que Dios va suscitando hermanos que nos guían, acompañan y animan para recorrer juntos el camino de la santidad.

sábado, 10 de enero de 2026

Trinidad

Ruperto de Deutz, monje y teólogo (s. XII)


“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido” (Is 61, 1). Es como si Cristo dijera: Porque el Señor me ha ungido, he dicho sí, verdaderamente digo y lo sigo diciendo todavía: El Espíritu del Señor está sobre mí. ¿Dónde, en qué momento, pues, el Señor me ha ungido? Me ungió cuando fui concebido, o mejor dicho, me ungió a fin de que fuera concebido en el seno de mi madre. Porque no es de la simiente de un hombre que una mujer me concibió, sino que una virgen me concibió por la unción del Espíritu Santo. Es entonces que el Señor me selló con la unción real; me consagró rey por la unción y, en el mismo momento, me consagró sacerdote. Una segunda vez, en el Jordán, el Señor me consagró por este mismo Espíritu.


Y ¿por qué el Espíritu del Señor está sobre mí? “Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, curar los corazones desgarrados” (Is 61, 1). No me ha enviado para los orgullosos y los “sanos”, sino como “un médico para los enfermos” y los corazones destrozados. No me ha enviado “para los justos” sino “para los pecadores” (Mc 2, 17). Ha hecho de mí “un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos (Is 53, 3), un hombre manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). “Me ha enviado a proclamar la libertad a los cautivos y a los prisioneros, la libertad” ¿A qué prisioneros, o mejor, a qué prisión he de anunciar la libertad? Después que “por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte” (Rm 5, 12) todos los hombres son prisioneros del pecado, todos los hombres son cautivos de la muerte. “He sido enviado a consolar a todos los afligidos de Sión, todos los que sufren por haber sido, a causa de sus pecados, destetados y separados de su madre, la Sión de arriba (Ga 4, 26). Sí, yo los consolaré dándoles “una diadema de gloria en lugar de las cenizas” de la penitencia, “aceite de júbilo” es decir, la consolación del Espíritu Santo “en lugar del dolor” de verse huérfanos y exiliados, y “un vestido de fiesta”, es decir, “en lugar de la desesperación”, la gloria de la resurrección (Is 61, 3).

viernes, 9 de enero de 2026

Soy Yo no tengáis miedo

San Hilario de Poitiers, obispo y doctor de la Iglesia (s. IV)

«Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo» (Mt 14, 22-23). Para poder dar razón de estos hechos hay que distinguir los tiempos. Si de noche está solo, significa su soledad en la hora de la Pasión, cuando el pánico dispersó a todos. Si ordena a sus discípulos que suban a la barca y se vayan mar adentro mientras él despide a la multitud, y una vez despedida ésta, sube al monte, es que les ordena de estar en la Iglesia y navegar por el mar, es decir, este mundo, hasta que él vuelva en gloria y dé la salvación a todo el pueblo que será el resto de Israel (cf. Rm 11, 5) y éste pueblo de gracias a Dios su Padre y se establezca en su gloria y su majestad.
«A eso de la cuarta vela de la noche, va hacia ellos». En esta expresión «la cuarta vela de la noche» se encuentra el número correspondiente a las marcas de su solicitud. En efecto, la primera vela fue la de la Ley, la segunda la de los Profetas, la tercera la de su venida corporal, la cuarta se sitúa en su venida gloriosa. Pero encontrará a la Iglesia en decaimiento y cercada por el espíritu del Anticristo y todas las inquietudes de este mundo; él vendrá en lo más fuerte de la ansiedad y tormentos. Los discípulos se encontrarán en un estado de pavor incluso antes de la venida del Señor, dudando de las imágenes de la realidad deformadas por el Anticristo y las ficciones que se insinúan en la mirada. Pero el Señor que es bueno, les hablará inmediatamente, echará fuera de ellos el miedo y les dirá: «Soy yo», disipando, por la fe en su venida, el temor del naufragio que les amenazaba.

jueves, 8 de enero de 2026

El alimento de Jesús

Monseñor José Ignacio Munilla obispo Orihuela-Alicante (s. XXI)•

Hoy es 8 de enero. Continuamos la celebración de estas ferias de Navidad después de la Epifanía. El evangelio que hoy se proclama es Marcos 6, versículos 34 al 44, que recoge uno de los episodios de la multiplicación de los panes, en concreto, de la multiplicación de los panes y los peces ante una gran multitud de unas 5,000 personas.
Llama la atención cómo, cuando los discípulos le muestran a Jesús su inquietud porque no se puede continuar esa predicación —hay que mandar a la gente a sus casas para que coman—, lo curioso es que Jesús les dice: “Dadles vosotros de comer”. ¿Cómo vamos a hacerlo? Parece que Jesús quiere subrayar la imposibilidad que tiene el hombre de alimentarse a sí mismo y la necesidad que tiene de que Dios nos alimente.
Uno no puede por menos de recordar, en este tiempo de Navidad en el que estamos, que la palabra Belén, el término hebreo "Belén", significa “casa de pan”. De esta manera se subraya que Dios Padre alimenta al mundo a través de Jesús, como ocurre en este milagro de la multiplicación de los panes y los peces.
Así entendemos cómo la tradición de la Iglesia habló de los tres panes a través de los cuales Dios nos alimenta. El primer pan es el pan de trigo, y la Iglesia ha aprendido de Jesús la caridad de compartir el pan con el hambriento y el sediento.
El segundo pan es el pan de la palabra. Acordaos de que dice Jesús: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra”. El pan de la palabra nos alimenta. Necesitamos la sabiduría de Dios, necesitamos una profunda educación. Educación es el segundo pan, pero una educación además impregnada de la revelación de Jesús, de la palabra que se ha hecho carne.
Y hay un tercer pan, que es el pan de la Eucaristía, en el que Jesús se nos presenta como “pan de vida”, alimento de nuestra alma.
Por eso no podemos por menos de recordar que Belén significa “casa de pan” y que Dios alimenta al mundo a través de Jesucristo. Seamos también nosotros difusores de estos tres panes, inmensamente agradecidos por los tres y testigos de cómo Dios hace en nosotros lo que también nosotros deseamos: que el mundo entero pueda recibir la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

miércoles, 7 de enero de 2026

Revistámonos de Él

San Romano el Meloda (s. VI)

«Hoy, Señor, te has manifestado al mundo, y tu luz nos ha iluminado, por eso, reconociéndote, elevamos a ti nuestro himno: Has venido, has aparecido, luz inaccesible» (1Tm 6, 16).
«Dios, con su santa voz llamó al desobediente: ¿Dónde estás, Adán? (Gn 3, 9) ¡Quiero verte! Aunque estés desnudo, aunque seas pobre, no te avergüences, porque yo me he hecho semejante a ti. Tu que querías llegar a ser Dios (Gn 3, 5) no lo has conseguido: yo me he hecho carne”. Entonces, reconóceme y di: Tú has venido, has aparecido, luz inaccesible.
En la Galilea de los gentiles, en el país de Zabulón y la tierra de Neftalí como dijo el profeta, Cristo, la gran luz, ha resplandecido (Is 8, 23-9, 1); para los que habitaban en tinieblas, una gran luz brilló, brotando de Belén. El Señor nacido de María, el Sol de justicia, difunde sus rayos por el universo entero (Ml 3, 20). «Por esto nosotros, desnudos hijos de Adán, reunámonos todos, revistámonos de Él para recibir su calor! Como reparación para los desnudos y luz para cuantos están en la tiniebla Tú has venido, has aparecido, luz inaccesible».
«Aplaude, apláudele, ¡oh Adán; adora a aquel que te sale al encuentro! Mientras tú te retraías, Él se ha mostrado para que tú pudieses verlo, tocarlo y recibirlo. Él desciende a la tierra para portarte allá arriba, él se hace mortal para que tú te hagas dios y seas revestido de la dignidad primitiva, para reabrir el Edén ha puesto su morada en Nazaret». Por todo esto, canta, hombre, canta y alaba al que se manifestó e iluminó a todo el universo.

martes, 6 de enero de 2026

Oro, inciwnao y mirra

San Bruno de Segni, obispo (s. XI)

Los magos, guiados por la estrella llegaron desde Oriente hasta Belén y entraron en la casa en la que la bienaventurada Virgen María estaba con el hijo; abriendo sus tesoros, le ofrecieron tres dones al Señor: oro, incienso y mirra con los cuales le reconocieron como verdadero Dios, verdadero hombre y verdadero rey.
Son estos los dones que la santa Iglesia ofrece constantemente a Dios su Salvador. Le ofrece el incienso cuando confiesa y cree en él como verdadero Señor, creador del universo; le ofrece la mirra cuando afirma que él tomó la sustancia de nuestra carne con la que quiso sufrir y morir por nuestra salvación; le ofrece el oro cuando no duda en proclamar que él reina eternamente con el Padre y el Espíritu Santo.
Esta ofrenda puede también tener otro sentido místico. Según Salomón el oro significa la sabiduría celestial: «El tesoro más deseable se encuentra en la boca del sabio» (cf Pr 21, 20). Según el salmista el incienso es símbolo de la oración pura: «Suba mi oración como incienso en tu presencia» (Sl 140, 2). Porque si nuestra oración es pura hace que llegue a Dios un perfume más puro que el aroma del incienso; y de la misma manera que este aroma sube hasta el cielo, así también nuestra oración llega hasta Dios. La mirra simboliza la mortificación de nuestra carne. Así pues, ofrecemos oro al Señor cuando resplandecemos ante él por la luz de la sabiduría celestial. Le ofrecemos el incienso cuando le dirigimos una oración pura. Y la mirra, por la abstinencia «cuando crucificamos nuestra carne con sus pasiones y deseos» (Ga 5, 24), y llevamos la cruz siguiendo a Jesús.

lunes, 5 de enero de 2026

La Palabra ha dado testimonio

San Gregorio de Nisa, obispo (s. IV)

El apóstol Felipe era del mismo pueblo que Pedro y Andrés. Me da la impresión de que es ya para Felipe un cierto encomio el hecho de presentarlo como coterráneo de aquellos dos hermanos a los que el evangelio expresa su primera admiración por lo que les sucedió. Así, Andrés, después de que el Bautista le señaló quién era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no se limita a reflexionar a solas sobre este misterio y, una vez averiguado dónde vivía, va tras el que le había indicado, sino que lleva a su hermano la alegre noticia: aquel a quien hace tiempo vaticinaron los profetas ha llegado.
Pedro, como si hubiera creído aun antes de escuchar la noticia, se une a aquel Cordero con toda su alma, y, juntamente con el nombre, es también él transformado por el Señor en una condición divina: en vez de Simón, se le llama y hace Pedro. Y el gran Pedro no llegó gradualmente a esta gracia, sino que, al instante, dio oídos a su hermano, creyó en el Cordero y llegó a la perfección de la fe, y, cimentado sobre la piedra, se convirtió en Pedro.
Así pues, Felipe —digno de tales y tan grandes conciudadanos—, después de haber sido encontrado por el Señor —como se dice en el evangelio que Jesús encontró a Felipe—, fue también seguidor del Verbo, que le dijo: Sígueme. Y una vez conducido a la luz verdadera, retuvo, cual lámpara, parte del esplendor, y envolvió en esta luz incluso a Natanael, como pasándole la antorcha del misterio de la piedad. Estas son sus propias palabras: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas lo hemos encontrado: A Jesús, hijo de José, de Nazaret.
Natanael, por su parte, acogió ponderadamente esta alegre noticia, pues era muy versado en el misterio del Señor a través de los libros de los profetas y sabía que la primera manifestación corporal de Dios habría de tener lugar en Belén y que, más tarde, por ‘haber vivido en Nazaret, sería llamado Nazareno. Por eso, Natanael, considerando ambos aspectos y reflexionando cómo el misterio debía actuarse, por lo que se refiere al nacimiento corporal —gruta, pañales, pesebre—, en Belén, la ciudad de David, y, por otra parte, que a Galilea debía corresponderle un día darle su propio nombre, a causa de que el Verbo se habría establecido voluntariamente en la Galilea de los gentiles, cotejando finalmente la aseveración de quien le había mostrado el esplendor de tal conocimiento, se despachó con aquellas palabras: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?
Entonces, Felipe se le ofrece resueltamente como guía a esta gracia, diciéndole: Ven y verás. A esta invitación, Natanael, abandonando la higuera de la ley, cuya sombra le impedía recibir la luz, llegó a aquel que secó las hojas de la higuera, de la higuera estéril, de la higuera que no daba fruto. Por este motivo, la Palabra dio testimonio de él, diciendo que era un israelita de verdad, porque demostraba en sí mismo el carácter del patriarca Israel, libre de toda intención engañosa. Ahí tenéis —dijo— a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.

domingo, 4 de enero de 2026

Doble nacimiento

 San Máximo de Turín, obispo (s. V) 


Queridos hermanos, que en Cristo hay dos nacimientos; tanto el uno como el otro son expresión de un poder divino que nos sobrepasa absolutamente.


Por un lado, Dios engendra a su Hijo a partir de él mismo; por el otro, una virgen lo concibió por intervención de Dios. Por un lado, nace para crear la vida; por el otro, para quitar la muerte. Allí, nace de su Padre; aquí, nace a través de los hombres. Por ser engendrado por el Padre, es el origen del hombre; por su nacimiento humano, libera al hombre. Ni una ni otra forma de nacimiento se pueden expresar propiamente y al mismo tiempo son inseparables.


Cuando enseñamos que hay dos nacimientos en Cristo, no queremos decir que el Hijo de Dios nace dos veces, sino que afirmamos la dualidad de naturaleza en un solo y único Hijo de Dios. Por una parte, nace lo que ya existía; por otra parte se produce lo que todavía no existía. El bienaventurado evangelista Juan lo afirma con estas palabras: «En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios», y también: «La Palabra se hizo carne».


Así pues, Dios que estaba junto a Dios salió de él, y la carne de Dios que no estaba en él salió de una mujer. Así el Verbo se hizo carne, no de manera que Dios quede diluido en el hombre, sino para que el hombre sea gloriosamente elevado en Dios. Por eso Dios no nació dos veces, sino que hubo dos géneros de nacimientos –a saber el de Dios y el del hombre- por los cuales el Hijo único del Padre ha querido ser al mismo tiempo Dios y hombre en una sola persona: «¿Quién podría contar su nacimiento?» (Is 53, 8 Vulg)


sábado, 3 de enero de 2026

Sacrificio perenne

San Juan Crisóstomo, obispo (s. IV) • Sobre el Evangelio de san Juan.

«¡Este es el Cordero de Dios!» dice Juan Bautista. Jesucristo no habla; es Juan quien dice todo. El Esposo tiene la costumbre de actuar así. No dice nada a la Esposa sino que se presenta y se mantiene en silencio. Otros lo anuncian y lo presentan a la Esposa. Cuando ella aparece, el Esposo no la coge él mismo sino que la recibe de manos de otro. Pero después de haberla recibido de este modo, se une tan fuertemente a ella que la Esposa ya no se acuerda de los que ha dejado para seguir al Esposo.
Esto se realiza en Cristo. Ha venido para unirse a su Esposa, la Iglesia. El mismo no ha dicho nada, sólo se presenta. Es Juan, el amigo del Esposo, que ha unido la mano del Esposo y de la Esposa. Con otras palabras: el corazón de los hombres que él ha preparado por su predicación. Entonces, Jesucristo los ha recibido y los ha colmado de tantos bienes que ya no han vuelto a aquel que los condujo hacia Cristo. Sólo Juan, el amigo del Esposo, ha estado presente en estas nupcias. El lo hizo todo en aquel momento. Dirigiendo su mirada hacia Jesús que venía, dijo: «¡Este es el Cordero de Dios!» Así mostraba que no era solamente por la voz sino también por los ojos que daba testimonio del Esposo. Admiraba a Cristo y, contemplándolo, su corazón saltaba de gozo. Aunque no anuncie por la predicación, lo admira presente y da a conocer el don que trajo Jesús con su venida. Enseña a la gente cómo prepararse a recibirlo. «¡Este es el Cordero de Dios!» Es él, dice, que quita los pecados del mundo. Lo hace sin cesar. Aunque una sola vez ofrece el sacrificio de su vida por los pecados del mundo, este único sacrificio tiene un efecto perenne.

viernes, 2 de enero de 2026

Ocupar su lugar

San Hipólito de Roma, presbítero y mártir (s. III)

Juan, el precursor del Maestro llamaba a los que venían a bautizarse: “Raza de víboras (Mt 3, 6) ¿quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente? “ (Mt 3, 6) Yo no soy el Mesías. Soy un servidor y no el Maestro. Soy un súbdito, no soy el rey. Soy una oveja y no el pastor. Soy un hombre y no soy Dios. Al venir al mundo he curado la esterilidad de mi madre, pero no ha permanecido virgen. He surgido de la tierra no del cielo. He hecho enmudecer a mi padre, no he derramado la gracia divina. Mi madre me ha reconocido, no ha sido una estrella que me ha mostrado. Soy miserable y pequeño, pero después de mí viene el que es antes que yo (Jn 1, 30).
Viene después, en el tiempo; antes, estaba en la luz inaccesible e inefable de la divinidad. “El que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de quitarle las sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y con fuego.” (Mt 3, 11) Yo me someto a él, él es libre. Yo estoy sujeto al pecado, él destruye el pecado. Yo inculco la ley, él nos trae la luz de la gracia. Yo predico siendo esclavo, él promulga la ley como maestro. Yo vengo de la tierra, él viene de arriba. Yo predico un bautizo de conversión, él concede la gracia de la adopción filial: “Él os bautizará con Espíritu Santo y con fuego. ¿Por qué me reverenciáis? Yo no soy el Mesías.”

jueves, 1 de enero de 2026

Paraíso espiritual

San Proclo de Constantinopla, obispo (s. V) •

Que la naturaleza salte de gozo y que exulte todo el género humano, porque también las mujeres son honradas. Que la humanidad forme un coro de danza: “Allí donde creció el pecado, más desbordante fue la gracia” (Rm 5, 20). La Santa Madre de Dios nos ha reunido aquí, la Virgen María, tesoro purísimo de la virginidad, paraíso espiritual del segundo Adán, lugar de unión de las dos naturalezas, lugar de intercambio en el que se ha concluido nuestra salvación, cámara nupcial en la que Cristo se ha desposado con nuestra carne. Ella es la zarza espiritual que el fuego del nacimiento de un Dios no ha podido quemar, la nube ligera que nos ha traído a aquel que tiene su trono sobre los querubines, el vellón purísimo que ha recibido al rocío celestial. María, esclava y madre, virgen, cielo, puente único entre Dios y los hombres, telar sobre el cual se tejió la túnica de la encarnación, en el que la unión de las dos naturalezas fue admirablemente confeccionada: el Espíritu Santo ha sido el tejedor de tal maravilla.
Dios, en su bondad, no ha tenido a menos el nacer de una mujer, aunque el mismo que se debía formar en ella era, él mismo, la vida. Ahora bien, si la madre no hubiese permanecido virgen, este nacimiento no hubiera tenido nada de sorprendente; simplemente habría nacido un hombre. Pero puesto que ella permaneció virgen incluso después del nacimiento, ¿cómo no se trataría, pues, de Dios y de un misterio inexplicable? Nació de manera inefable, sin mancha alguna, él, que más tarde entrará sin dificultad alguna, cerradas todas las puertas, y ante quien Tomás, contemplando la unión de sus dos naturalezas, exclamará: “Mi Señor y mi Dios” (Jn 20, 28).
Por amor a nosotros, el que por naturaleza es incapaz de sufrir su expuso a numerosos sufrimientos. Cristo no llegó a ser Dios poco a poco; ¡de ninguna manera! Sino que siendo Dios, su misericordia hacia nosotros le impulsó a hacerse hombre, tal como nos lo enseña la fe. No predicamos a un hombre que llegó a ser Dios, sino que proclamamos a un Dios hecho carne. Escogió por madre a su esclava, él que por naturaleza no conoce madre y que, sin padre, se encarnó en el tiempo.