"Él replicó a uno de ellos:
"Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?'
Así, los últimos serán los primeros y los primeros, últimos».
¡Qué difícil de entender esta parábola! Sobre todo en los tiempos que vivimos, porque todos nos creemos dueños de la verdad y dueño de todos los derechos del mundo. Hoy en día hasta el más pequeño se cree sólo con derechos, pues nos hemos olvidado de educar en los deberes, en las obligaciones. Tal es así que hasta se protesta por que los profesores envíen deberes para hacer en la casa. ¡Vaya por Dios!
Pero bueno, así estamos y así vamos, y nos damos cuenta que vamos mal, aunque creamos que estamos progresando en igual, en derechos, en dignidad, vamos cada día peor. Todos tenemos el derecho de opinar lo que se nos viene a la cabeza o a la lengua, o al dedo, pues hoy opinamos más por el dedo pues escribimos (y vaya cómo escribimos) lo que tenemos ganas, sin importarnos si es verdad, mentira o si qué se yo, lo importante es decir lo que pienso porque tengo ese derecho.
¿Y el derecho del otro? ¿El derecho a la buena fama? ¿El derecho a intimidad? Sólo lo pienso cuando me toca a mí lo que alguno ha dicho o a escrito, pero mientras tanto ¡soy libre de hacer lo que quiero! Pero tú no, tú no puedes hacer lo que quieres ni decir lo que quieres...
Por eso el Señor nos invita a todos a trabajar en la Viña pero sin mirar cómo o a qué hora comenzó a trabajar el otro. El Señor no tiene más premio para nosotros ni pago que la Vida Eterna, y cualquiera que acepte el trabajo la puede alcanzar, pero si no trabajas como Él quiere no la alcanzarás. Por eso no importa a qué hora te llama el Señor a trabajar, lo que importa es cómo trabajas y si aceptar el empleo.
Porque en esta Viña todos somos trabajadores y cada uno tiene su puesto y su jornal, tiene su vocación y su lugar particular, Y, a todos, se nos ha dado el mismo Espíritu para poder aprender a trabajar y a dar, sobre todo, todo lo que se nos ha regalado para ponerlo por obra, no para engordar nuestra vida de Gracia sino para ir distribuyendo lo que se nos da para aquellos que lo necesitan.
"En el atardecer de la vida, me presentaré ante Dios con las manos vacías", diría Santa Teresita, porque no me he guardado nada para mí, sino que todo lo he dado, así como el Señor me lo ha regalado, así también lo he distribuido en el Camino hacia la Vida.
miércoles, 21 de agosto de 2024
El trabajo en la Viña
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