miércoles, 31 de julio de 2024

Examinad si los espíritus vienen de Dios

De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Goncalves de labios del mismo santo

Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.

Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.

Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: «¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?» Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.

Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.

martes, 30 de julio de 2024

El peor pecado

"Reconocemos, Señor, nuestra impiedad, la culpa de nuestros padres, porque pecamos contra ti.
No nos rechaces, por tu nombre, no desprestigies tu trono glorioso; recuerda y no rompas tu alianza con nosotros".
¿Cuál es el peor pecado? Decía san Agustín, que el peor pecado es no reconocerse pecador. Y eso nos pasa muchas veces: no reconocer cuando nos hemos equivocado, cuando nuestro pensar no es el pensar de Dios, cuando nos paramos sobre nuestro orgullo, vanidad o soberbia y no nos damos cuenta, cuando pensamos que la gente tiene que soportar nuestras palabras o nuestros insultos porque mi genio es así, cuando... hay tantos ejemplos que no me alcanzaría el día para poder escribirlos.
Pero, sobre todo, es la ingenuidad con la que nos examinamos en conciencia, y, más que nada, la soberbia con la que creemos que, siempre, nuestros juicios y condenas son justas y somos los únicos que vemos la verdad.
"El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles".
Y, seguramente, creemos que la Palabra de Dios ha dado fruto en nuestro corazón, pero, si miramos y observamos bien, vamos a darnos cuenta que los frutos no son los que Dios quiere, que mi acciones y palabras no son las que el Espíritu Santo ha suscitado en mí.
Por eso, pregúntate en la oración si realmente estás dejando que la Palabra de Dios llegue a tu corazón, pues es ahí donde tiene que echar raíces, porque, intelectualmente hasta Satanás conoce mejor la Palabra de Dios, pero no la utiliza para el bien sino para el mal. Y, muchas veces, nos dejamos engañar por sus inspiraciones y en lugar de sembrar el bien, la paz, el amor, la fraternidad, sembramos todo lo contrario.
Para ello ten en cuenta cuáles son los frutos que el Espíritu Santo quiere hacer nacer en nosotros, y si, no son alguno de ellos es porque no estás en sintonía con Él, y san Pablo lo define muy bien: "el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. No seamos vanidosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros".

lunes, 29 de julio de 2024

Dichosos por hospedar al Señor

De los Sermones de san Agustín, obispo

Las palabras del Señor nos advierten que, en medio de la multiplicidad de ocupaciones de este mundo, hay una sola cosa a la que debemos tender. Tender, porque somos todavía peregrinos, no residentes; estamos aún en camino, no en la patria definitiva; hacia ella tiende nuestro deseo, pero no disfrutamos aún de su posesión. Sin embargo, no cejemos en nuestro esfuerzo, no dejemos de tender hacia ella, porque sólo así podremos un día llegar a término.
Marta y María eran dos hermanas, unidas no sólo por su parentesco de sangre, sino también por sus sentimientos de piedad; ambas estaban estrechamente unidas al Señor, ambas le servían durante su vida mortal con idéntico fervor. Marta lo hospedó, como se acostumbra a hospedar a un peregrino cualquiera. Pero, en este caso, era una sirvienta que hospedaba a su Señor, una enferma al Salvador, una creatura al Creador. Le dio hospedaje para alimentar corporalmente a aquel que la había de alimentar con su Espíritu. Porque el Señor quiso tomar la condición de esclavo para así ser alimentado por los esclavos, y ello no por necesidad, sino por condescendencia, ya que fue realmente una condescendencia el permitir ser alimentado. Su condición humana lo hacía capaz de sentir hambre y sed.
Así, pues, el Señor fue recibido en calidad de huésped, él, que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a cuantos lo recibieron dio poder de llegar a ser hijos de Dios, adoptando a los siervos y convirtiéndolos en hermanos, redimiendo a los cautivos y convirtiéndolos en coherederos. Pero que nadie de vosotros diga: «Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa.» No te sepa mal, no te quejes por haber nacido en un tiempo en que ya no puedes ver al Señor en carne y hueso; esto no te priva de aquel honor, ya que el mismo Señor afirma: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.
Por lo demás, tú, Marta —dicho sea con tu venia, y bendita seas por tus buenos servicios—, buscas el descanso como recompensa de tu trabajo. Ahora estás ocupada en los mil detalles de tu servicio, quieres alimentar unos cuerpos que son mortales, aunque ciertamente son de santos; pero ¿por ventura, cuando llegues a la patria celestial, hallarás peregrinos a quienes hospedar, hambrientos con quienes partir tu pan, sedientos a quienes dar de beber, enfermos a quienes visitar, litigantes a quienes poner en paz, muertos a quienes enterrar?
Todo esto allí ya no existirá; allí sólo habrá lo que María ha elegido: allí seremos nosotros alimentados, no tendremos que alimentar a los demás. Por esto, allí alcanzará su plenitud y perfección lo que aquí ha elegido María, la que recogía las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Señor. ¿Quieres saber lo que allí ocurrirá? Dice el mismo Señor, refiriéndose a sus siervos: Os aseguro que se pondrá de faena, los hará sentar a la mesa y se prestará a servirlos.

domingo, 28 de julio de 2024

El Reino no es de este mundo

"La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo». Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo".

“Sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo”.
Si, he repetido la misma frase porque es una frase que, hoy en día, puede ser molesta para muchos. ¿Por qué? Porque Jesús nos enseña que Su Reino, el Reino del Padre no es de este mundo, ni tan siquiera se parece a los reinos de este mundo, ni tampoco gobierna como quieren gobernar los de este mundo. Y esto se puede unir a aquello que le dijo Jesús a los apóstoles cuando la madre de los Zebedeos pidió que sus hijos estén a su derecha y a su izquierda: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».
Pero, lamentablemente, como estamos en el mundo (y nos olvidamos de que no somos del mundo) el pecado del apetito de poder se nos pega en el cuerpo y pretendemos actuar dentro de la Iglesia igual que el mundo. Es por ello por lo que siguen surgiendo, en nuestras comunidades, divisiones, desavenencias, rivalidades, y todo aquello que no es propio de una comunidad que viva en el espíritu de Cristo.
Y ¿cómo hacer que el pecado original deje de actuar en nosotros? Primero, tenemos que tomar conciencia que somos tan buenos y santos como nos creemos, y que, nuestros pensamientos y actuar, lo tenemos que examinar, más detenidamente, a la Luz del Amor de Cristo por nosotros para descubrir que nos falta mucho para vivir. Claro que no es de escandalizarnos que nos falte mucho para crecer, sino que escandaliza que creamos que ya no tenemos nada que modificar en nuestras vidas.
Y, segundo, saber que si no nos alimentamos de la Gracia de Cristo (entiéndase: confesión, reconciliación, Palabra, Eucaristía) entonces siempre va a dominarnos el pecado original y los pecados cotidianos, nuestros instintos y no el Espíritu de Cristo que habita en nosotros. Por eso necesitamos, siempre, recordar que está el pecado latente en nosotros, y que, satanás siempre nos engañará con el hecho de decirnos que “yo soy así, si me quieren bien”, y no es así, ¿qué es lo que Dios te está pidiendo cambiar?

viernes, 26 de julio de 2024

Qué clase de tierra es tu corazón?

Cuando Jesús explica las parábolas no hace falta más explicación que su palabra, pero... siempre hay peros, pero, también hace falta un poco más de reflexión sobre la misma explicación de Jesús porque, muchas veces, la leemos o la escuchamos y se nos sale por la otra oreja y no nos deja ninguna semilla dentro del corazón.
Por eso, ante la explicación de Jesús cabrían algunas preguntas que nos tendríamos que hacer y, creo, que la primera sería: ¿entiendo lo que Jesús dice acerca de la tierra donde cae la semilla? Porque si no he entendido qué clase de tierra es mi corazón, entonces, no he escuchado la explicación de Jesús, porque Él habla de cómo es mi corazón. ¿Me siento reflejado en su explicación? ¿Me he detenido un momento y he mirado mi corazón? ¿Es tierra fértil, tiene muchas piedras, tiene muchos abrojos?
"Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino".
¿Cuánto entendemos de la Palabra de Dios? ¿Nos esforzamos por entenderla? No digo que nos esforcemos en cuanto somos exégetas y hacemos un entendimiento intelectual, sino que dejamos que en el silencio la Palabra me vaya hablando y haciendo comprender lo que El Padre quiere de mí, o que vaya iluminando mi caminar.
"Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe".
A veces, la Palabra de Dios nos llena de alegría porque habla de "cosas lindas": del Amor de Dios, de las alegría, etc., o, me da esa sensación buena de que he comprendido, pero se queda ahí, no tiene mayor asidero en mi vida que he escuchado algo lindo, pero que, en el fondo, no me dice nada más que lo interesante que fue escucharla.
"Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril".
Ésta es la más importante en estos tiempos, pues cuando estamos rezando o meditando, estamos con el pensamiento y la cabeza en otras partes pues tenemos que hacerlo rápido porque no tenemos tiempo para perder en estas cosas. O si nos sentamos en el banco a rezar, viene otra persona que nos comienza a hablar y me "prendo" en la misma conversación". Y tantos otros ejemplos que harían muy largo este párrafo..
"Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.
Para hacer un corazón fértil hay que tomarse el tiempo de ir a la reconciliación, de prepararse para la oración, y, si hay alguien que viene a buscar charla hacerlo callar porque mi diálogo es con el Señor.

jueves, 25 de julio de 2024

Partícipes de la Pasión

Homilía de San Juan Crisóstomo, obispo 

Los hijos de Zebedeo apremian a Cristo, diciéndole: Ordena que se siente uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. ¿Qué les responde el Señor? Para hacerles ver que lo que piden no tiene nada de espiritual y que, si hubieran sabido lo que pedían, nunca se hubieran atrevido a hacerlo, les dice: No sabéis lo que pedís, es decir: «No sabéis cuán grande, cuán admirable, cuán superior a los mismos coros celestiales es esto que pedís». Luego añade: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? Es como si les dijera: «Vosotros me habláis de honores y de coronas, pero yo os hablo de luchas y fatigas. Éste no es tiempo de premios, ni es ahora cuando se ha de manifestar mi gloria; la vida presente es tiempo de muertes, de guerra y de peligros».



Pero fijémonos cómo la manera de interrogar del Señor equivale a una exhortación y a un aliciente. No dice: «¿Podéis soportar la muerte? ¿Sois capaces de derramar vuestra sangre?», sino que sus palabras son: ¿Sois capaces de beber el cáliz? Y, para animarlos a ello, añade: Que yo he de beber; de este modo, la consideración de que se trata del mismo cáliz que ha de beber el Señor había de estimularlos a una respuesta más generosa. Y a su pasión le da el nombre de «bautismo», para significar, con ello, que sus sufrimientos habían de ser causa de una gran purificación para todo el mundo. Ellos responden: Lo somos. El fervor de su espíritu les hace dar esta respuesta espontánea, sin saber bien lo que prometen, pero con la esperanza de que de este modo alcanzarán lo que desean.



¿Qué les dice entonces el Señor? El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizarán con el bautismo con que yo me voy a bautizar. Grandes son los bienes que les anuncia, esto es: «Seréis dignos del martirio y sufriréis lo mismo que yo, vuestra vida acabará con una muerte violenta, y así seréis partícipes de mi pasión. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre». Después que ha levantado sus ánimos y ha provocado su magnanimidad, después que los ha hecho capaces de superar el sufrimiento, entonces es cuando corrige su petición.



Los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Ya veis cuán imperfectos eran todos, tanto aquellos que pretendían una precedencia sobre los otros diez, como también los otros diez que envidiaban a sus dos colegas. Pero -como ya dije en otro lugar- si nos fijamos en su conducta posterior, observamos que están ya libres de esta clase de aspiraciones. El mismo Juan, uno de los protagonistas de este episodio, cede siempre el primer lugar a Pedro, tanto en la predicación como en la realización de los milagros, como leemos en los Hechos de los apóstoles. En cuanto a Santiago, no vivió por mucho tiempo; ya desde el principio se dejó llevar de su gran vehemencia y, dejando a un lado toda aspiración humana, obtuvo bien pronto la gloria inefable del martirio.

miércoles, 24 de julio de 2024

Ser profetas

"El Señor me dirigió la palabra:
«Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones»
Yo repuse: «¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño».
El Señor me contestó: «No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envié y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte» -oráculo del Señor-.
Cuando recibimos el santo Crisma en el bautismo, el Señor, nos consagró como sacerdotes, profetas y reyes, y, a partir de ese momento, comenzamos a vivir en Dios, por Dios y para Dios. Por eso, recordar las palabras del Profeta Jeremías, es, para nosotros, un incentivo y una explicación de cómo vivir como profetas de Dios.
Está claro que el Señor no nos habla directamente como lo hacía con los profetas del Antiguo Testamento, pero sí nos sigue hablando de otras formas a lo largo del tiempo y, por eso, debemos esforzarnos en aprender a leer "entre líneas" lo que Dios nos va diciendo y lo que nos va pidiendo, y, sobre todo, sin excusas.
Sí, porque los que formamos la Iglesia, los que hemos sido bautizados en Cristo, ponemos muchas excusas a la hora en que Dios nos quiere o nos llama para una misión: porque soy joven, porque soy mayor, porque no se hablar, porque esto, porque lo otro... y así vamos dejando de lado aquello que debemos ser: evangelizadores, profetas de la Buena Noticia de Dios para el mundo.
Alguien decía alguna vez que el mal crece por la ausencia de los buenos, y, así, podemos decirlo de nuestro cristianismo: el pecado crece por la ausencia de santos, de quienes han sido santificados en el bautismo pero no viven el camino de la santidad, ni tan siquiera lo anuncian ni con la vida ni con las palabras.
Por eso, no es que la oscuridad vaya ganando la batalla porque son muchos, sino porque los que somos luz no iluminamos, sino que nos hemos convertido, también, en oscuridad por poner excusas y no hacer ni vivir lo que Dios nos pide.

martes, 23 de julio de 2024

He muerto a la Ley

"Hermanos:
Yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios".
Estas palabras de san Pablo a los Galátas nos hablan mucho de cómo vivir en Dios, de cómo ser cristianos, pues no nos dedicamos a "cumplir", sino a vivir. San Pablo descubrió en Jesús y en su Camino el vivir en Dios y vivir para Dios como el mejor modo de ser Fiel a Dios. Antes de su conversión, como él lo dice, había sido un celoso custodio de la Ley, pero, también decía que con la Ley entró la muerte, porque sólo se dedicaban a "cumplir" la Ley y sus prescripciones, pero no a vivir el Espíritu de Dios que era lo esencial de la Ley y los Profetas.
Nosotros, muchas veces, hemos caído en la misma experiencia: cumplir con ritos, con cumplir con preceptos de la Iglesia, pero nuestro corazón se va alejando de la vivencia plena del Amor. Hemos, por error, sido educados en cumplir para no pecar, y nos hemos olvidado de vivir para salvarnos.
"Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.
Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí".
Y en esto nos damos cuenta que no vivimos bien, a veces, nuestra fe: cuando el Padre nos pide asumir una cruz, o nos pide dejar nuestros proyectos para asumir algo más alto, o dejar nuestros gustos para vivir su Voluntad, entonces, me enfado, reniego y, hasta en muchos casos, dejo de ser cristiano.
Estar crucificado con Cristo es el camino que el Padre nos ha mostrado para vivir, pero no significa que la Cruz sea el dolor del cuerpo o del alma, sino el dolor de tener que, como nos pidió Jesús: renunciar a nosotros mismos para vivir en Él.
Es la renuncia constante a nuestro YO lo que nos desespera y nos crucifica, pero si no dejamos que Él crucifique nuestro YO humano para resucitar con un YO hijo de Dios, nunca podremos alcanzar la Vida que tanto esperamos, ni podremos alcanzar la meta que el Hijo nos puso como a sus discípulos e hijos del Padre: "sed perfectos porque vuestro Padre Celestial es perfecto, sed santos porque vuestro Padre Celestial es santo". Pero nada de ello lo alcanzaremos si sólo nos dedicamos a cumplir con prescripciones humanas o hacer sólo lo mínimo que nos pide el Señor, sino si comenzamos como San Pablo a descubrir que tenemos que vivir en Dios para poder alcanzar, con Él y por Él la meta que nos presenta día a día.

lunes, 22 de julio de 2024

Madurar en el Amor

El evangelio de hoy, de la fiesta de María Magdalena, me parece un claro repaso de cómo es nuestra vida espiritual. Sí, porque, creo que la vida espiritual comienza con un diálogo con alguien que no reconocemos, que podemos llegar a intuir que es nuestro Dios y Señor, pero que queda muy fría en nuestro día a día. Hasta que llegamos a conocer, por la perseverancia, a Jesús, y nos damos cuenta que no estamos hablando con un desconocido sino que lo hacemos con Aquel a quien amamos, y que nos ama.
Claro es que para llegar a ese momento de verdadero amor necesitamos tiempo, o una Gracia especial, porque el verdadero amor se da por el conocimiento personal, no por el conocimiento intelectual, ni tampoco por esos golpes de entusiasmo que recibimos en algunos momentos.
Para ello tendríamos que unir a este evangelio el de este domingo pasado (XVI) en el que los discípulos se sientan a hablar con Jesús y a contarle todo lo que habían vivido. Es ahí, en ese diálogo sincero y de corazón abierto donde comenzamos una profunda relación y donde al hablar con nuestro Señor se llena nuestro corazón de su Amor, porque para que Su Amor llegue a nosotros, primero tenemos que vaciarnos de nosotros mismos y de nuestros pesares, para poder dejar espacio a Su Amor.
En estos tiempos que vivimos, de tanta ansiedad y de rapidez, no podemos esperar una buena relación, ya sea con Dios o con los hombres, si no nos tomamos tiempo para el diálogo profundo y sincero. Hoy se vive en la rapidez y superficialidad de muchas relaciones, y por eso mismo se van rompiendo amistades, lazos familiares, y hasta los matrimonios dejan de amarse. Por eso necesitamos sentar a dialogar, sentarnos a compartir lo que vivimos, porque así, y sólo así, podemos conocernos y amarnos tal y cual somos. Será así cuando el amor vaya creciendo y madurando.
Por eso, en este tiempo de verano aprovechemos bien el tiempo, no dejemos pasar el tiempo de descanso que tenemos para descansar con el otro y con Dios, para poder seguir creciendo y madurando en el amor.

domingo, 21 de julio de 2024

Todos somos pastores

"Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas".

Es muy fácil pensar que la falta de pastores es que es porque no hay suficientes sacerdotes, y, por un lado, es cierto, no somos suficientes los sacerdotes para las necesidades que hay en las diócesis, en la iglesia en general. Pero, también es cierto que no estamos, todos los bautizados, comprometidos con la evangelización, con nuestra misión de bautizados que es llevar la alegría del Evangelio a todos los hombres:
Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.
Así fue el envío de Jesús antes de ascender a los Cielos, que llevemos la Buena Noticia pues nosotros somos testigos de su pasión, muerte y resurrección. Por eso no podemos quitarnos, ninguno de nosotros, la responsabilidad de ser evangelizadores.
Pero ¿qué es evangelizar? ¿Testigos de la fe? En realidad no hay una respuesta concreta sobre cómo evangelizar, pero sí tiene que haber conciencia y disponibilidad, de cada uno, para poder ser instrumentos en Manos del Padre para hacer lo que Él quiera.
El mejor testigo de la evangelización necesita algunas cosas que no pueden quedar excluidas de la vida cotidiana:
1. La oración: el encuentro personal con Jesús, para que envíe su Espíritu y nos ayude a comprender la Voluntad del Padre.
2. La reflexión de la Palabra: que es, también, un encuentro con el Padre, conocer su forma de hablar, de comunicarse con nosotros, y, sobre todo, de conocer qué es lo que quiere que vivamos.
3. La recepción de los sacramentos: especialmente la reconciliación y la eucaristía, pues necesitamos tener siempre el corazón purificado para recibir la Gracia de Dios y, así, poder recibir el Pan de la Vida que fortalece y alimenta nuestra vida y deseo de santidad.
4. La disponibilidad del corazón: “quien quiera venir detrás de Mí niéguese a sí mismo, cargue su cruz de cada día y ¡sígame!”, ¿cómo seguir a Jesús si estamos atados a nuestros grupos, proyectos y deseos?
Así podremos ser verdaderos testigos de Cristo y evangelizadores.

sábado, 20 de julio de 2024

Es imagen de Cristo

De los Tratados de san Zenón de Verona, obispo.


Job, en cuanto nos es dado entender, hermanos muy amados, era figura de Cristo. Tratemos de penetrar en la verdad mediante la comparación entre ambos. Job fue declarado justo por Dios. Cristo es la misma justicia, de cuya fuente beben todos los bienaventurados; de él, en efecto, se ha dicho: Los iluminará un sol de justicia. Job fue llamado veraz. Pero la única verdad auténtica es el Señor, el cual dice en el Evangelio: Yo soy el camino y la verdad. Job era rico. Pero, ¿quién hay más rico que el Señor? Todos los ricos son siervos suyos, a él pertenece todo el orbe y toda la naturaleza, como afirma el salmo: Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes. El diablo tentó tres veces a Job. De manera semejante, como nos explican los Evangelios, intentó por tres veces tentar al Señor. Job perdió sus bienes. También el Señor, por amor a nosotros, se privó de sus bienes celestiales y se hizo pobre, para enriquecernos a nosotros. El diablo, enfurecido, mató a los hijos de Job. Con parecido furor, el pueblo farisaico mató a los profetas, hijos del Señor. Job se vio manchado por la lepra. También el Señor, al asumir carne humana, se vio manchado por la sordidez de los pecados de todo el género humano.


La mujer de Job quería inducirlo al pecado. También la sinagoga quería inducir al Señor a seguir las tradiciones corrompidas de los ancianos. Job fue insultado por sus amigos. También el Señor fue insultado por sus sacerdotes, los que debían darle culto. Job estaba sentado en un estercolero lleno de gusanos. También el Señor habitó en un verdadero estercolero, esto es, en el cieno de este mundo y en medio de hombres agitados como gusanos por multitud de crímenes y pasiones.


Job recobró la salud y la fortuna. También el Señor, al resucitar, otorgó a los que creen en él no sólo la salud, sino la inmortalidad, y recobró el dominio de toda la naturaleza, como él mismo atestigua cuando dice: Todas las cosas ha puesto el Padre en mis manos. Job engendró nuevos hijos en sustitución de los anteriores. También el Señor engendró a los santos apóstoles como hijos suyos, después de los profetas. Job, lleno de felicidad, descansó por fin en paz. Y el Señor permanece bendito para siempre, antes del tiempo y en el tiempo, y por los siglos de los siglos.

viernes, 19 de julio de 2024

Un misterio más

San Ambrosio, sobre los misterios de la fe.

Los recién bautizados, enriquecidos con tales distintivos, se dirigen al altar de Cristo, diciendo: Me acercare al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud. En efecto, despojados ya de todo resto de sus antiguos errores, renovada su juventud como un águila, se apresuran a participar del convite celestial. Llegan, pues, y, al ver preparado el sagrado altar, exclaman: Preparas una mesa ante mi. A ellos se aplican aquellas palabras del salmista: El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Y más adelante: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mi, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.
Es, ciertamente, admirable el hecho de que Dios hiciera llover el maná para los padres y los alimentase cada día con aquel manjar celestial, del que dice el salmo: El hombre comió pan de ángeles. Pero los que comieron aquel pan murieron todos en el desierto; en cambio, el alimento que tú recibes, este pan vivo que ha bajado del cielo, comunica el sostén de la vida eterna, y todo el que come de él no morirá para siempre, porque es el cuerpo de Cristo.
Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquél era del cielo, éste del Señor de los cielos; aquél se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no sólo es ajeno a toda corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia. A ellos les manó agua de la roca, a ti sangre del mismo Cristo; a ellos el agua los sació momentáneamente, a ti la sangre que mana de Cristo te lava para siempre. Los judíos bebieron y volvieron a tener sed, pero tú, si bebes, ya no puedes volver a sentir sed, porque aquello era la sombra, esto la realidad.
Si te admira aquello que no era más que una sombra, mucho más debe admirarte la realidad. Escucha cómo no era más que una sombra lo que acontecía con los padres: Bebían - dice el Apóstol- de la roca que los seguía, y la roca era Cristo; pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros. Los dones que tú posees son mucho más excelentes, porque la luz es más que la sombra, la realidad más que la figura, el cuerpo del Creador más que el maná del cielo.

jueves, 18 de julio de 2024

Sobre el bautismo

 De las catequesis de San Ambrosio

Tratado sobre los misterios 29-30.34-35.37.42
Al salir de la piscina bautismal, fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación. Es lo que dice e salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Tu nombre es como un bálsamo fragante, y de ti se enamorar las doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti; correremos tras el olor de tus vestidos,atraídas por el olor de tu resurrección!
Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio lleva los ojos en la cara. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de Aarón, porque te convierte en raza elegida, sacerdotal, preciosa. Todos, en efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio.
Después de esto, recibiste la vestidura blanca, como señal de que te habías despojado de la envoltura del pecado y te habías vestido con la casta ropa de la inocencia, de conformidad con lo que dice el salmista: Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. En efecto, tanto la ley antigua como el evangelio aluden a la limpieza espiritual del que ha sido bautizado: la ley antigua, porque Moisés roció con la sangre del cordero, sirviéndose de un ramo de hisopo; el Evangelio, porque las vestiduras de Cristo eran blancas como la nieve, cuando mostró la gloria de su resurrección. Aquél a quien se le perdonan los pecados queda más blanco que la nieve. Por esto, dice el Señor por boca de Isaías: Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve.
La Iglesia, engalanada con estas vestiduras, gracias al baño del segundo nacimiento, dice con palabras del Cantar de los cantares: Tengo la tez morena, pero hermosa, muchachas de Jerusalén. Morena por la fragilidad de su condición humana, hermosa por la gracia; morena porque consta de hombres pecadores, hermosa por el sacramento de la fe. Las muchachas de Jerusalén, estupefactas al ver estas vestiduras, dicen: «¿Quién es ésta que sube resplandeciente de blancura? Antes era morena, ¿de dónde esta repentina blancura?»
Y Cristo, al contemplar a su Iglesia con blancas vestiduras -él, que por su amor tomó un traje sucio, como dice el libro del profeta Zacarías-, al contemplar el alma limpia y lavada por el baño de regeneración, dice: ¡Qué hermosa eres, mi amada, qué hermosa eres! Tus ojos son palomas, bajo cuya apariencia bajó del cielo el Espíritu Santo.
Recuerda, pues, que has recibido el sello del Espíritu, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor, y conserva lo que has recibido. Dios Padre te ha sellado, Cristo, el Señor, te ha confirmado y ha puesto en tu corazón, como prenda suya, el Espíritu, como te enseña el Apóstol.

miércoles, 17 de julio de 2024

El agua y el Espíritu

 San Ambrosio, Tratado sobre los misterios 


Antes se te ha advertido que no te limites a creer lo que para que no seas tú también de éstos que dicen: «¿Éste es aquel gran misterio que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar? Veo la misma agua de siempre, ¿ésta es la que me ha de purificar, si es la misma en la que tantas veces me he sumergido sin haber quedado puro?». De ahí has de deducir que el agua no purifica sin la acción del Espíritu.

Por esto, has leído que en el bautismo los tres testigos reducen a uno solo: el agua, la sangre y el Espíritu, porque, si prescindes de uno de ellos, ya no hay sacramento del bautismo. ¿Qué es, en efecto, el agua sin la cruz de Cristo, sino un elemento común, sin ninguna eficacia sacramental? Pero tampoco hay misterio de regeneración sin el agua, porque el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. También el catecúmeno cree en la cruz del Señor Jesús, con la que ha sido marcado, pero si no fuere bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no puede recibir el perdón de los pecados ni el don de la gracia espiritual.

Por eso, el sirio Naamán, en la ley antigua, se bañó siete veces, pero tú has sido bautizado en el nombre de la Trinidad. Has profesado -no lo olvides- tu fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. Vive conforme a lo que has hecho. Por esta fe has muerto para el mundo y has resucitado para Dios y, al ser como sepultado en aquel elemento del mundo, has muerto al pecado y has sido resucitado a la vida eterna. Cree, por tanto, en la eficacia de estas aguas.

Finalmente, aquel paralítico (el de la piscina Probática) esperaba un hombre que lo ayudase. ¿A qué hombre, sino al Señor Jesús nacido de una virgen, a cuya venida ya no era la sombra la que había de salvar a uno por uno, sino la realidad la que había de salvar a todos? Él era, pues, al que esperaban que bajase, acerca del cual dijo el Padre a Juan Bautista: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y Juan dio testimonio de él, diciendo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Y, si el Espíritu descendió como paloma, fue para que tú vieses y entendieses en aquella paloma que el justo Noé soltó desde el arca una imagen de esta paloma y reconocieses en ello una figura del sacramento.

¿Te queda aún lugar a duda? Recuerda cómo en el Evangelio el Padre te proclama con toda claridad: Éste es mi Hijo, mi predilecto, cómo proclama lo mismo el Hijo, sobre el cual se mostró el Espíritu Santo como una paloma, cómo lo proclama el Espíritu Santo, que descendió como una paloma, cómo lo proclama el salmista: La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales, cómo la Escritura te atestigua que, a ruegos de Yerubaal, bajó fuego del cielo, y cómo también, por la oración de Elías, fue enviado un fuego que consagró el sacrificio.

En los sacerdotes, no consideres sus méritos personales, sino su ministerio. Y, si quieres atender a los méritos, considéralos como a Elías, considera también en ellos los méritos de Pedro y Pablo, que nos han confiado este misterio que ellos recibieron del Señor Jesús. Aquel fuego visible era enviado para que creyesen; en nosotros, que ya creemos, actúa un fuego invisible; para ellos, era una figura, para nosotros, una advertencia. Cree, pues, que está presente el Señor Jesús, cuando es invocado por la plegaria del sacerdote, ya que dijo: Donde dos o tres están reunidos, allí estoy yo también. Cuánto más se dignará estar presente donde está la Iglesia, donde se realizan los sagrados misterios.

Descendiste, pues, a la piscina bautismal. Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. No significa esto que creas en uno que es el más grande, en otro que es menor, en otro que es el último, sino que el mismo tenor de tu profesión de fe te induce a que creas en el Hijo igual que en el Padre, en el Espíritu igual en el Hijo, con la sola excepción de que profesas que tu fe en la cruz se refiere únicamente a la persona del Señor Jesús.

martes, 16 de julio de 2024

María primero concibió en su espíritu

San León Magno, papa - Sermón 1 en la Natividad del Señor


Dios elige a una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu. Y, para que no se espantara, ignorando los designios divinos, al observar en su cuerpo unos cambios inesperados, conoce, por la conversación con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que su virginidad ha de permanecer sin detrimento. ¿Por qué había de dudar de este nuevo género de concepción, si se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder? Su fe y su confianza quedan, además, confirmadas cuando el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha obtenido también una inesperada fecundidad: el que es capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer lo mismo con una mujer virgen.
Así, pues, el Verbo de Dios, que es Dios, el Hijo de Dios, que en el principio estaba junto a Dios, por medio del cual se hizo todo, y sin el cual no se hizo nada, se hace hombre para librar al hombre de la muerte eterna; se abaja hasta asumir nuestra pequeñez, sin menguar por ello su majestad, de tal modo que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, une la auténtica condición de esclavo a su condición divina, por la que es igual al Padre; la unión que establece entre ambas naturalezas es tan admirable, que ni la gloria de la divinidad absorbe la humanidad, ni la humanidad disminuye en nada la divinidad.
Quedando, pues, a salvo el carácter propio de cada una de las naturalezas, y unidas ambas en una sola persona, la majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible, Dios verdadero y hombre verdadero se conjugan armoniosamente en la única persona del Señor; de este modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres pudo a la vez morir y resucitar, por la conjunción en él de esta doble condición. Con razón, pues, este nacimiento salvador había de dejar intacta la virginidad de la madre, ya que fue a la vez salvaguarda del pudor y alumbramiento de la verdad.
Tal era, amadísimos, la clase de nacimiento que convenía a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios; con él se mostró igual a nosotros por su humanidad, superior a nosotros por su divinidad. Si no hubiera sido Dios verdadero, si no hubiera podido remediar nuestra situación; si no hubiera sido hombre verdadero, no hubiera podido darnos ejemplo.
Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?

lunes, 15 de julio de 2024

La misteriosa sabiduría del Espíritu

Del Opúsculo de san Buenaventura, obispo, Sobre el itinerario de la mente hacia Dios

Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, él, que es el propiciatorio colocado sobre el arca de Dios y el misterio oculto desde los siglos. El que mira plenamente de cara este propiciatorio y lo contempla suspendido en la cruz, con fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el sepulcro, como muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso.
Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda especulación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.
Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos. Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado, preferiría la muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fuera de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y seguir viviendo. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi herencia eterna. Bendito el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: «¡Amén!»

domingo, 14 de julio de 2024

Nuestra misión

"En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban".

La misión que Jesús le encomendó a los Doce nos la vuelve a encomendar a los que somos parte de esta Iglesia Católica y Apostólica, porque hoy, más que nunca, se nos llama a una Nueva Evangelización. ¿Por qué una nueva evangelización? Porque si bien están las raíces del cristianismo en toda Europa, falta volver a vivir el Evangelio de Jesús, pues nos hemos quedado en el cumplir con formalidades y formas, pero en la vida cotidiana falta mucho aún por vivir, y, sobre todo, por transmitir a las nuevas generaciones un espíritu cristiano.
Para muchos hay que “renovar” la Iglesia, pero ese renovar quiere decir que hay que modificar el Evangelio de Jesús, y eso es algo que no se puede hacer. Pero sí podemos renovarnos en cuanto hemos de poder volver a vivir la vida cristiana como la vivieron los primeros cristianos:
El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado.
Nos hemos olvidado de lo esencial de nuestra vida cristiana: la vida común en el amor. Nuestras comunidades no son, en general, y en algunos casos, un modelo de vida en el amor, de amor fraternal, sino que hay divisiones, desuniones, rencores, y, hasta en algunos casos, falta de fe en la resurrección. En otros casos unimos o mezclamos en nuestra vida cotidiana otras religiones, otras creencias, otras ideas o ideologías que no son propias del Evangelio de Cristo, y, por eso, no somos testigos creíbles de la Verdad del Evangelio.
Por eso necesitamos volver a evangelizarnos, los de adentro primero, para poder llevar la Buena Noticia a los de afuera, porque si no creemos en lo que predicamos ¿cómo los demás van a creer en nuestras palabras? Habrá que comenzar a reconocer nuestros errores y pecados, convertirnos y así poder comenzar a predicar con nuestra vida lo que queremos compartir con los demás.
Y quizás volver a repetir lo que dijo San Francisco de Asís: tu vida puede que sea el único evangelio que algunos lean. Por lo tanto, necesitamos, con sinceridad de corazón encontrar caminos de conversión para poder volver a vivir y recorrer el camino de la santidad como nos lo mostró Jesús.

sábado, 13 de julio de 2024

Él es el único Bien

Carta de Santa Teresa de los Andes a su amiga Inés Salas Pereira escribe en agosto de 1919 sobre su vida en el claustro del Carmelo.

Cuán bien experimento que Él es el único Bien que nos puede satisfacer, el único ideal que nos puede enamorar enteramente. Lo encuentro todo en El. Me gozo hasta lo íntimo de verlo tan hermoso, de sentirme siempre unida a Él, ya que Dios es inmenso y está en todas partes. Nadie puede separarme. Su esencia divina es mi vida. Dios en cada momento me sostiene, me alimenta. Todo cuanto veo me habla de su poderío infinito y de su amor. Uniéndome a su Ser Divino me santifico, me perfecciono, me divinizo. Por fin, te diré que es inmutable, que no cambia y que su amor para mí es infinito... amor eterno, incomprensible, que lo hizo humanarse, que lo hizo convertirse en pan por estarse junto a mí, por sufrir y consolarme.
Amemos al Amor eterno, al Amor infinito, inmutable. Amemos locamente a Dios, ya que El en su eternidad nos amó. Sin necesidad de nosotros nos creó. Toda la obra de su poder fue dirigida para el hombre. Todo lo puso a disposición de nosotros. Continuamente nos sostiene y alimenta. Y para no separarse de nosotros en la eternidad, nos dio su Unigénito Hijo. Dios se hizo criatura. Padeció y murió por nosotros. Dios se hizo alimento de sus criaturas. ¿Has profundizado alguna vez esta locura infinita de amor? Créeme que siento mi alma deshecha de gratitud y amor. Mi vida la paso contemplando esa Bondad incomprensible, y me duele el alma al ver que el Amor no es conocido. Me abismo en su grandeza, en su sabiduría. Pero cuando pienso en su Bondad, mi corazón no puede decir nada. Lo adoro...
Teresa de Jesús, Carmelita

viernes, 12 de julio de 2024

Quién podrá entender?

"Esto dice el Señor:
«Vuelve, Israel, el Señor tu Dios, porque tropezaste por tu falta.
Tomad vuestras promesas con vosotros y volved al Señor".
A veces no nos damos cuenta que nos hemos salido del cauce, que nos hemos alejado de la Voluntad de Dios. Otras veces sabemos conscientemente que nos hemos alejado, pero, quizás, no nos importe estar alejados. Pero sí nos damos cuenta que no tenemos las mismas Gracias que teníamos cuando estábamos en el Camino, en el seguir a Cristo, en una relación constante por medio de la oración, la Palabra y los sacramentos.
Y nos cuesta darnos cuenta, y nos cuesta reconocer que nos hemos desviado del camino, y nos cuesta pedir perdón y nos cuesta volver... pero sabemos que el mejor momento fue cuando estábamos cerca, cuando, a pesar de que nos costaba vivir en Dios, nos sentíamos felices, en paz, en armonía con nosotros mismos. Y... poco a poco nos fue tragando el mundo y nos olvidamos de cómo vivíamos, de lo que hacíamos. Poco a poco nos fuimos haciendo adultos y creímos que podíamos con todo, que todo aquello que vivíamos de niños, de adolescentes o jóvenes ya no era necesario porque ahora somos dueños de nuestras vidas.
¡Cuantas cosas dejamos de lado por creernos mayores y autosuficientes! Y no nos damos cuenta que lo mejor pasó cuando estábamos integrados en la vida de Dios e intentábamos vivir con fe, con Cristo.
Por eso, porque nos hicimos mayores creímos que no éramos ovejas, y, el mundo, nos convirtió en lobos. Porque debíamos ser fuertes para comenzar a acumular tesoros en la tierra, y descubrimos que teníamos planes y proyectos que sólo nosotros podíamos hacer, porque: querer es poder. Y, así fuimos perdiendo nuestra honestidad, nuestra verdad, nuestra humildad, nuestra sencillez y tantas cosas hermosas que habíamos conseguido gracias al Espíritu que nos ayudaba a crecer en Dios.
Y hoy finaliza el párrafo de Oseas con estas palabras:
"¿Quién será sabio para comprender estas cosas, inteligente, para conocerlas?
Porque los caminos del Señor son rectos: los justos los transitan, pero los traidores tropiezan en ellos".
Quiera Dios que nos demos cuenta de cuánto perdemos por alejarnos de Él, de cuánto ganamos se volvemos a dejarnos conducir por Sus Manos, pues sólo de Su Mano alcanzaremos la plenitud de nuestra vida, y volveremos a vivir muchas de las cosas que hemos perdido o dejado de lado en este caminar en el mundo.

jueves, 11 de julio de 2024

No anteponer nada a Cristo

De la Regla de san Benito, abad

Cuando emprendas alguna obra buena, lo primero que has de hacer es pedir constantemente a Dios que sea él quien la lleve a término, y así nunca lo contristaremos con nuestras malas acciones, a él, que se ha dignado contarnos en el número de sus hijos, ya que en todo tiempo debemos someternos a él en el uso de los bienes que pone a nuestra disposición, no sea que algún día, como un padre que se enfada con sus hijos, nos desherede, o, como un amo temible, irritado por nuestra maldad, nos entregue al castigo eterno, como a servidores perversos que han rehusado seguirlo a la gloria.
Por lo tanto, despertémonos ya de una vez, obedientes a la llamada que nos hace la Escritura: Ya es hora que despertéis del sueño. Y, abiertos nuestros ojos a la luz divina, escuchemos bien atentos la advertencia que nos hace cada día la voz de Dios: Hoy, si escucháis su voz, no endurezcáis el corazón; y también: El que tenga oídos oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.
¿Y qué es lo que dice? Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Caminad mientras tenéis luz, para que las tinieblas de la muerte no os sorprendan.
Y el Señor, buscando entre la multitud de los hombres a uno que realmente quisiera ser operario suyo, dirige a todos esta invitación: ¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? Y si tú, al oír esta invitación, respondes: «Yo», entonces Dios te dice: «Si amas la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella. Si así lo hacéis, mis ojos estarán sobre vosotros y mis oídos atentos a vuestras plegarias; y, antes de que me invoquéis, os diré: Aquí estoy.»
¿Qué hay para nosotros más dulce, hermanos muy amados, que esta voz del Señor que nos invita? Ved cómo el Señor, con su amor paternal, nos muestra el camino de la vida.
Ceñida, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras, avancemos por sus caminos, tomando por guía el Evangelio, para que alcancemos a ver a aquél que nos ha llamado a su reino. Porque, si queremos tener nuestra morada en las estancias de su reino, hemos de tener presente que para llegar allí hemos de caminar aprisa por el camino de las buenas obras.
Así como hay un celo malo, lleno de amargura, que separa de Dios y lleva al infierno, así también hay un celo bueno, que separa de los vicios y lleva a Dios y a la vida eterna. Éste es el celo que han de practicar con ferviente amor los monjes, esto es: tengan por más dignos a los demás; soporten con una paciencia sin límites sus debilidades, tanto corporales como espirituales; pongan todo su empeño en obedecerse los unos a los otros; procuren todos el bien de los demás, antes que el suyo propio; pongan en práctica un sincero amor fraterno; vivan siempre en el temor y amor de Dios; amen a su abad con una caridad sincera y humilde; no antepongan nada absolutamente a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna.

miércoles, 10 de julio de 2024

Apóstoles del Reino de Dios

"A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.
Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos».
La misión de los Doce es la misma misión que, hoy por hoy, nos toca a nosotros realizar porque no es una misión que tiene un final, o, mejor dicho, el final de la misión será cuando el Reino de Dios esté implantado en la tierra. Mientras eso no suceda nos toca a nosotros ser apóstoles del Reino de los Cielos.
Y ¿cómo es el Reino de los Cielos? Es un Reino de personas que se aman, pues es el único mandamiento que nos dejó Jesús y lo único que nos pidió que viviéramos.
"En esto conocerán que sois mis discípulos: en la medida en que os améis unos a otros". ¿Cuál es la medida del amor? "Amaos unos a otros como yo os he amado". Y ¿cómo vivimos esa realidad del Reino de los Cielos? No sólo pidiéndole a Dios que venga a nosotros, sino trabajando sobre nosotros mismos y dando ejemplo a los demás de lo que vivimos: "venga a nosotros Tu Reino, hágase Tu Voluntad en la tierra como en el Cielo".
Trabajando sobre nosotros mismos porque no siempre nos acordamos que quienes tienen que vivir el Amor, primeramente, somos nosotros. No debemos esperar que los demás vivan lo que nosotros no llegamos a vivir. Porque si no vivimos lo esencial de nuestra vida cristiana ¿cómo podemos llegar a ser discípulos de Cristo?
Seguramente que en muchos casos no será simple amar como Cristo nos amó, pero no es imposible si vivimos en Dios, si mantenemos nuestra relación tan estrecha con el Señor para poder recibir Su Gracia. Y, fundamentalmente, si tenemos la intención de vivirlo como el Señor nos lo pidió. Porque no nos dijo que amáramos a los que nos aman, sino a los que nos cuenta amar, porque "habéis oído que se dijo: “‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto".
Intentando, cada día, alcanzar la perfección del amor es como seremos misioneros del Reino de los Cielos, porque en la medida en que trabajemos para hacer de nuestra familia, nuestra comunidad un reino de personas que se aman, en esa misma medida Dios enviará a los que deben salvarse a encontrar el sentido del amor entre nosotros.

martes, 9 de julio de 2024

También son nuestros hermanos

De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos

Hermanos, os exhortamos vivamente a que tengáis caridad, no sólo para con vosotros mismos, sino también para con los de fuera, ya se trate de los paganos, que todavía no creen en Cristo, ya de los que están separados de nosotros, que reconocen a Cristo como cabeza, igual que nosotros, pero están divididos de su cuerpo. Deploremos, hermanos, su suerte, sabiendo que se trata de nuestros hermanos. Lo quieran o no, son hermanos nuestros. Dejarían de serlo si dejaran de decir: Padre nuestro.
Dijo de algunos el profeta: A los que os dicen: «No sois hermanos nuestros», decidles: «Sois hermanos nuestros.» Atended a quiénes se refería al decir esto. ¿Por ventura a los paganos? No, porque, según el modo de hablar de las Escrituras y de la Iglesia, no los llamamos hermanos. ¿Por ventura a los judíos, que no creyeron en Cristo?
Leed los escritos del Apóstol y veréis que cuando dice «hermanos» sin más, se refiere únicamente a los cristianos: Y tú, ¿cómo juzgas a tu hermano?, o ¿por qué desprecias a tu hermano? Y dice también en otro lugar: Vosotros hacéis injusticias y despojáis, y esto con hermanos. Esos, pues, que dicen: «No sois hermanos nuestros», nos llaman paganos. Por esto quieren bautizarnos de nuevo, pues dicen que nosotros no tenemos lo que ellos dan. Por esto es lógico su error, al negar que nosotros somos sus hermanos. Mas, ¿por qué nos dijo el profeta: Decidles: «Sois hermanos nuestros», sino porque admitimos como bueno su bautismo y por esto no lo repetimos? Ellos, al no admitir nuestro bautismo, niegan que seamos hermanos suyos; en cambio nosotros, que no repetimos su bautismo, porque lo reconocemos igual al nuestro, les decimos: Sois hermanos nuestros.
Si ellos nos dicen: «¿Por qué nos buscáis, para qué nos queréis?», les respondemos: Sois hermanos nuestros. Si dicen: «Apartaos de nosotros, no tenemos nada que ver con vosotros», nosotros sí que tenemos que ver con ellos: si reconocemos al mismo Cristo, debemos estar unidos en un mismo cuerpo y bajo una misma cabeza.
Os conjuramos, pues, hermanos, por las entrañas de caridad, con cuya leche nos nutrimos, con cuyo pan nos fortalecemos, os conjuramos por Cristo nuestro Señor, por su mansedumbre, a que usemos con ellos de una gran caridad, de una abundante misericordia, rogando a Dios por ellos, para que les dé finalmente un recto sentir, para que reflexionen y se den cuenta que no tienen en absoluto nada que decir contra la verdad; lo único que les queda es la enfermedad de su animosidad, enfermedad tanto más débil cuanto más fuerte se cree. Oremos por los débiles, por los que juzgan según la carne, por los que obran de un modo puramente humano, que son, sin embargo, hermanos nuestros, pues celebran los mismos sacramentos que nosotros, aunque no con nosotros, que responden un mismo Amén que nosotros, aunque no con nosotros; prodigad ante Dios por ellos lo más entrañable de vuestra caridad.

lunes, 8 de julio de 2024

Dejate persuadir

"Esto dice el Señor:
«Yo la persuado, la llevo al desierto, le hablo al corazón.
Allí responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto".
¡Cuanta falta nos hace irnos con el Señor al desierto!
Vivimos en un mundo lleno de ruidos y de sensaciones que nos distraen, completamente, del encuentro con el Señor. La vida cotidiana está llena de ruidos, de cosas, de trabajo, de idas y venidas, que no nos dan tiempo (o no nos lo hacemos) para estar en silencio con el Señor, y así nuestro espíritu se va volviendo viejo, cansado, agobiado, sin metas ni horizontes.
Por eso necesitamos que el Señor nos persuada y nos lleve al desierto para hablarnos al corazón y que podamos renovar nuestro espíritu, para renovar nuestro entusiasmo de seguir siendo Fieles a la Vida que Él nos regaló y nos enseñó a vivir y, que un día, nos entusiasmó y nos encendió.
Cuando escuchamos o pensamos que ya somos mayores para algunas cosas, cuando pensamos que a esta altura de nuestra vida no podemos, ¡pues sí! si te dejas persuadir por el Señor, siempre podrás, no porque tú puedas sino porque Él nos va a dar la Gracia para renovar nuestro entusiasmo, nos va a transmitir el fuego del Espíritu para encendernos en alegría, esperanza, fortaleza, capacidad de amar, de perdonar, de estar al servicio, en fin, de todo aquello que una vez tuvimos necesidad y experiencia pero que, con el tiempo, con las ocupaciones de "mayores" fuimos perdiendo.
Hoy el mundo necesita cristianos entusiasmados por lo que creen, cristianos vivos que vivan la alegría de ser hijos de Dios, cristianos convencido que sólo el Amor triunfará, cristianos que sean capaces de dar envidia por la vida comunitaria, llena de amor, de amistad, de unidad.
Pero, a veces, nos encontramos con cristianos tristes o tristes cristianos (como dice el Papa) que no dan vida, que generan divisiones, que rompen la unidad, que no viven de acuerdo al Evangelio, que desprecian la Eucaristía, que desprecian la oración y la Palabra, y que no son Fieles, en fin, a la Vida que el Señor les dio.
Y, el Señor, nos vuelve a encender la esperanza. No importa que los demás no quieran, pero ¿yo quiero renovar mi espíritu? Porque es a mí a quién el Señor llama de manera personal, porque Él quiere que yo comience a vivir y que sea, como Él nos pide: luz para iluminar, sal para dar sabor, fermento para contagiar y aumentar el valor de la masa. No esperes que los demás aprueben, quizás, tu decisión de vivir en el Señor, sino que la invitación es personal y sólo tú puedes dar el Sí, sincero, confiado y valiente al Señor.
Él nos espera para que el Reino de los Cielos se establezca en la tierra y los constructores somos nosotros con la Gracia del Señor.

domingo, 7 de julio de 2024

Escuchar al hermano

«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe”.

Una de las causas segundas por medio de las que Dios nos ayuda a discernir Su Voluntad son nuestros hermanos, aquellos que conviven con nosotros, ya sea de la familia o amigos o comunidad parroquial o de trabajo. Pero no siempre escuchamos o queremos escuchar lo que nos dicen de parte de Dios, pues, muchas veces, nos ayudarán a ver nuestros errores o nos mostrarán otro camino por el que no queremos ir.
Así le ocurrió a Jesús, como sabían de dónde venía, quiénes era de su familia, entonces “¿qué me vas a venir a decir tú si eres de aquí?” Y no querían creer, no querían escuchar, y por eso se perdieron de descubrir en Jesús al Salvador, al Mesías.
A nosotros nos suele pasar algo similar: no queremos escuchar a nuestros padres cuando nos aconsejan, o a nuestros hermanos mayores cuando nos quieren advertir de algo, o en nuestra comunidad cuando nos dicen algo que nos saca de nuestros planes. El argumento siempre será el mismo para aquél que no quiere vivir en la Voluntad de Dios: si tú vives igual que yo ¡qué me vas a decir!
Por eso, aquel refrán popular: no hay peor sordo que el que no quiere oír, es como el ejemplo para el evangelio de hoy.
Otras veces, pedimos signos, pedimos milagros, para ver, para oír, para descubrir a Dios, pero no nos damos cuenta de que nos está hablando constantemente pero el tema es que no estamos preparados o no hemos madurado en el silencio orante, tanto como para escucharlo en el silencio como para escucharlo a través de nuestros hermanos.
Y, cuando nos ocurra algo así seguramente nos perderemos de recibir la Gracia del Señor, o de descubrir lo que Él quiere de mí. Pero, también puede ocurrir que sea yo el profeta enviado por Dios, y, cuando descubramos que no quieren oír lo que Dios tiene que decirles, como Jesús, dejamos de insistir, porque les falta fe, o como diría Él mismo: son duros de cerviz y no van a entender.
Estar abiertos al Don de Dios, es estar abiertos a recibir de parte de Dios Su Palabra, ya sea por inspiración o por mi hermano, pero nunca dejemos que nuestros prejuicios nos impidan escuchar y aceptar lo que Dios nos quiera decir por sus instrumentos, sea quien sea.

sábado, 6 de julio de 2024

Reconoce el mal que has hecho

De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo.

Si hay aquí alguno que esté esclavizado por el pecado, que se disponga por la fe a la regeneración que nos hace hijos adoptivos y libres; y así, libertado de la pésima esclavitud del pecado y sometido a la dichosa esclavitud del Señor, será digno de poseer la herencia celestial. Despojaos, por la confesión de vuestros pecados, del hombre viejo, viciado por las concupiscencias engañosas, y vestíos del hombre nuevo que se va renovando según el conocimiento de su creador. Adquirid, mediante vuestra fe, las arras del Espíritu Santo, para que podáis ser recibidos en la mansión eterna. Acercaos a recibir el sello sacramental, para que podáis ser reconocidos favorablemente por aquel que es vuestro dueño. Agregaos al santo y racional rebaño de Cristo, para que un día, separados a su derecha, poseáis en herencia la vida que os está preparada.

Porque los que conserven adherida la aspereza del pecado, a manera de una piel velluda, serán colocados a la izquierda, por no haberse querido beneficiar de la gracia de Dios, que se obtiene por Cristo a través del baño de regeneración. Me refiero no a una regeneración corporal, sino al nuevo nacimiento del alma. Los cuerpos, en efecto, son engendrados por nuestros padres terrenos, pero las almas son regeneradas por la fe, porque el Espíritu sopla donde quiere. Y así entonces, si te has hecho digno de ello, podrás escuchar aquella voz: Bien, siervo bueno y fiel, a saber, si tu conciencia es hallada limpia y sin falsedad.

Pues si alguno de los aquí presentes tiene la pretensión de poner a prueba la gracia de Dios, se engaña a sí mismo e ignora la realidad de las cosas. Procura, oh hombre, tener un alma sincera y sin engaño, porque Dios penetra el interior del hombre.

El tiempo presente es tiempo de reconocer nuestros pecados. Reconoce el mal que has hecho, de palabra o de obra, de día o de noche. Reconócelo ahora que es el tiempo propicio, y en el día de la salvación recibirás el tesoro celeste.

Limpia tu recipiente, para que sea capaz de una gracia más abundante, porque el perdón de los pecados se da a todos por igual, pero el don del Espíritu Santo se concede a proporción de la fe de cada uno. Si te esfuerzas poco, recibirás poco, si trabajas mucho, mucha será tu recompensa. Corres en provecho propio; mira, pues, tu conveniencia.

Si tienes algo contra alguien, perdónalo. Vienes para alcanzar el perdón de los pecados: es necesario que tú también perdones al que te ha ofendido.

viernes, 5 de julio de 2024

Sobre la predestinacion

 De un discurso de San Agustín


El más esclarecido ejemplar de la predestinación y de la gracia es el mismo Salvador del mundo, el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús; porque para llegar a serlo, ¿con qué méritos anteriores, ya de obras, ya de fe, pudo contar la naturaleza humana que en él reside? Yo ruego que se me responda a lo siguiente: aquella naturaleza humana que en unidad de persona fue asumida por el Verbo, coeterno del Padre, ¿cómo mereció llegar a ser Hijo unigénito de Dios? ¿Precedió algún mérito a esta unión? ¿Qué obró, qué creyó o qué exigió previamente para llegar a tan inefable y soberana dignidad? ¿No fue acaso por la virtud y asunción del mismo Verbo, por lo aquella humanidad, en cuanto empezó a existir, empezó a ser Hijo único de Dios?

Manifiéstese, pues, ya a nosotros en el que es nuestra Cabeza, la fuente misma de la gracia, la cual se derrama por todos sus miembros según la medida de cada uno. Tal es la gracia, por la cual se hace cristiano el hombre desde el momento en que comienza a creer; la misma por cual aquel Hombre, unido al Verbo desde el primer momento de su existencia, fue hecho Jesucristo; del mismo Espíritu Santo, de quien Cristo fue nacido, es ahora el hombre renacido; por el mismo Espíritu Santo, por quien verificó que la naturaleza humana de Cristo estuviera exenta de todo pecado, se nos concede a nosotros ahora la remisión de los pecados. Sin duda, Dios tuvo presciencia de que realizaría todas estas cosas. Porque en esto consiste la predestinación de los santos, que tan soberanamente resplandece en el Santo de los santos. ¿Quién podría negarla de cuantos entienden rectamente las palabras de la verdad? Pues el mismo Señor de la gloria, en cuanto que el Hijo de Dios se hizo hombre, sabemos que fue también predestinado.

Fue, por tanto, predestinado Jesús, para que, al llegar a ser hijo de David según la carne, fuese también, al mismo tiempo, Hijo de Dios según el Espíritu de santidad; pues nació del Espíritu Santo y de María Virgen. Tal fue aquella singular elevación del hombre, realizada de manera inefable por el Verbo divino, para que Jesucristo fuese llamado a la vez, verdadera y propiamente, Hijo de Dios e hijo del hombre; hijo del hombre, por la naturaleza humana asumida, e Hijo de Dios, porque el Verbo unigénito la asumió en sí; de otro modo no se creería en la trinidad, sino en una cuaternidad de personas.

Así fue predestinada aquella humana naturaleza a tan grandiosa, excelsa y sublime dignidad, más arriba de la cual no podría ya darse otra elevación mayor; de la misma manera que la divinidad no pudo descender ni humillarse más por nosotros, que tomando nuestra naturaleza con todas sus debilidades hasta la muerte de cruz. Por tanto, así como ha sido predestinado ese hombre singular para ser nuestra Cabeza, así también una gran muchedumbre hemos sido predestinados para ser sus miembros. Enmudezcan, pues, aquí las deudas contraídas por la humana naturaleza, pues ya perecieron en Adán, y reine por siempre esta gracia de Dios, que ya reina por medio de Jesucristo, Señor nuestro, único Hijo de Dios y único Señor. Y así, si no es posible encontrar en nuestra Cabeza mérito alguno que preceda a su singular generación, tampoco en nosotros, sus miembros, podrá encontrarse merecimiento alguno que preceda a tan multiplicada regeneración.

jueves, 4 de julio de 2024

Nacidos en el bautismo

 

De una homilía de San Jerónimo

 

Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Como la cierva del salmo busca corrientes de agua, así también nuestros ciervos, que han salido de Egipto y del mundo, y han aniquilado en las aguas del bautismo al Faraón con todo su ejército, desde haber destruido el poder del diablo, buscan las fuentes de la Iglesia, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Que el Padre sea fuente, lo hallamos escrito en el libro de Jeremías: Me abandonaron a mi fuente de agua viva y cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua. Acerca del Hijo, leemos en otro lugar: Abandonaron la fuente de la sabiduría. Y del Espíritu Santo: El que bebe del agua que yo le daré, nacerá dentro de él un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna, palabras cuyo significado nos explica luego el evangelista, cuando nos dice que el Salvador se refería al Espíritu Santo. De todo lo cual se deduce con toda claridad que la triple fuente de la Iglesia es el misterio de la Trinidad.

Esta triple fuente es la que busca el alma del creyente, el alma del bautizado, y por eso dice: Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. No es un tenue deseo el que tiene de ver a Dios, sino que lo desea con un ardor parecido al de la sed. Antes de recibir el bautismo, se decían entre sí: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Ahora ya han conseguido lo que deseaban: han llegado a la presencia de Dios y se han acercado al altar y tienen acceso al misterio de salvación.

Admitidos en el cuerpo de Cristo y renacidos en la fuente de vida, dicen confiadamente: Pasaré al lugar del tabernáculo admirable, hacia la casa de Dios. La casa de Dios es la Iglesia, ella es el tabernáculo admirable, porque en él resuenan los cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta.

Decid, pues, los que acabáis de revestiros de Cristo y, siguiendo nuestras enseñanzas, habéis sido extraídos del mar de este mundo, como pececillos con el anzuelo: «En nosotros, ha sido cambiado el orden natural de las cosas. En efecto, los peces, al ser extraídos del mar, mueren; a nosotros, en cambio, los apóstoles nos sacaron del mar de este mundo para que pasáramos de muerte a vida. Mientras vivíamos sumergidos en el mundo, nuestros ojos estaban en el abismo y nuestra vida se arrastraba por el cieno, mas, desde el momento en que fuimos arrancados de las olas, hemos comenzado a ver el sol, hemos comenzado a contemplar la luz verdadera, y, por esto, llenos de alegría desbordante, le decimos a nuestra alma: Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío»».

 

 

miércoles, 3 de julio de 2024

Madurar el buen combate

"Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».
Una bienaventuranza dedicada a nosotros, los que sin haber visto hemos creído, e, intentamos, seguir creyendo, como dice San Pablo: combatiendo el buen combate de la fe.
Pero... (siempre hay un pero en toda cuestión) ¿soy dichoso porque creo? ¿La Fe es un don que me alegra la vida? ¿La Fe es algo valioso para mí y por eso necesito conservarla y luchar por ella?
A veces, creo, y perdonarme si no es así, creo que no valoramos suficientemente el Don de la Fe, pues nos hemos acostumbrado a vivir siendo cristianos. No nos damos cuenta de lo que significa, en nuestra vida, tener Fe o no tenerla.
Tampoco es que tengamos que tener una medida para saber cuánta Fe tenemos o dejamos de tener, pues la Fe no es algo que podamos medir o cuantificar, sino que es un Don del Cielo que llega de parte de Dios para todos los que abren su corazón a Él, y, por eso, como todo Don de Dios no tiene medida, se "adapta" al recipiente, es decir, se adapta a nosotros.
Y ¿qué quiere decir que se adapta a nosotros? Si valoramos tener Fe vamos a seguir cultivándola: con la oración, la reflexión de la Palabra, lecturas espirituales, la recepción de los sacramentos (eucaristía y confesión). Vamos a aprovechar los tiempos de silencio para entrar en diálogo con el Padre para que me siga iluminando con Su Espíritu y pueda discernir y hacer Su Voluntad.
Pero, si no valoro el tener Fe, y tener Fe es algo habitual u ordinario en mi vida, me va a dar lo mismo cultivarla o no cultivarla.
Y, por otro lado, también está el cómo valoro la Fe. Sí, pues para muchos tener Fe es: tener salud, suerte, protección, que no me pase nada, etc. Y no, la Fe, no es un seguro contra los accidentes de la vida, y, por eso, muchos dicen que han dejado de creer porque en cuanto han tenido un accidente o un dolor o una pérdida, entonces la Compañía aseguradora Dios-Cristo no ha servido. Y, para colmo de males, he rezado y no me ha respondido.
Todo depende de cómo valoro y maduro mi vida de Fe, y si busco ayuda para llegar a comprender y vivir lo que va pasando en mi vida para poder seguir creyendo y combatiendo el buen combate.

martes, 2 de julio de 2024

Agradar a Cristo

 De los Sermones de san Agustín, obispo.


Esta es nuestra gloria: el testimonio de nuestra conciencia. Hay hombres que juzgan temerariamente, que son detractores, chismosos, murmuradores, que se empeñan en sospechar lo que no ven, que se empeñan incluso en pregonar lo que ni sospechan; contra esos tales, ¿qué recurso queda sino el testimonio de nuestra conciencia? Y ni aun en aquellos a los que buscamos agradar, hermanos, buscamos nuestra propia gloria, o al menos no debemos buscarla, sino más bien su salvación, de modo que, siguiendo nuestro ejemplo, si es que nos comportamos rectamente, no se desvíen. Que sean imitadores nuestros, si nosotros lo somos de Cristo; y si nosotros no somos imitadores de Cristo, que tomen al mismo Cristo por modelo. El es, en efecto, quien apacienta su rebaño, él es el único pastor que lo apacienta por medio de los demás buenos pastores, que lo hacen por delegación suya.

Por tanto, cuando buscamos agradar a los hombres, no buscamos nuestro propio provecho, sino el gozo de los demás, y nosotros nos gozamos de que les agrade lo que es bueno, por el provecho que a ellos les reporta, no por el honor que ello nos reporta a nosotros. Está bien claro contra quiénes dijo el Apóstol: Si buscare agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo. Como también está claro a quiénes se refería al decir: Procurad agradar a todos en todo, como también yo procuro agradar a todos en todo. Ambas afirmaciones son límpidas, claras y transparentes. Tú limítate a pacer y beber, sin pisotear ni enturbiar.

Conocemos también aquellas palabras del Señor Jesucristo, maestro de los apóstoles: Alumbre vuestra luz a los hombres para que, viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre celestial, esto es, al que os ha hecho tales. Nosotros somos su pueblo, el rebaño que él guía. Por lo tanto, él ha de ser alabado, ya que él es de quien procede la bondad que pueda haber en ti, y no tú, ya que de ti mismo no puede proceder más que maldad. Sería contradecir a la verdad si quisieras ser tú alabado cuando haces algo bueno, y que el Señor fuera vituperado cuando haces algo malo. El mismo que dijo: Alumbre vuestra luz a los hombres, dijo también en la misma ocasión: No hagáis vuestra justicia delante de los hombres. Y del mismo modo que estas palabras te parecían contradictorias en boca del Apóstol, así también en el Evangelio. Pero si no enturbias el agua de tu corazón, también en ellas reconocerás la paz de las Escrituras, y participarás tú también de su misma paz.

Procuremos, pues, hermanos, no sólo vivir rectamente, sino también obrar con rectitud delante de los hombres, y no sólo preocuparnos de tener la conciencia tranquila, sino también, en cuanto lo permita nuestra debilidad y la vigilancia de nuestra fragilidad humana, procuremos no hacer nada que pueda hacer sospechar mal a nuestro hermano más débil, no sea que comiendo hierba limpia y bebiendo un agua pura pisoteemos los pastos de Dios, y las ovejas más débiles tengan que comer una hierba pisoteada y beber un agua enturbiada.

lunes, 1 de julio de 2024

El Señor es nuestro Dios

 De los Sermones de san Agustín, obispo.


Las palabras que hemos cantado expresan nuestra convicción de que somos rebaño de Dios: Él es nuestro Dios, creador nuestro. El es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Los pastores humanos tienen unas ovejas que no han hecho ellos, apacientan un rebaño que no han creado ellos. En cambio, nuestro Dios y Señor, porque es Dios y creador, se hizo él mismo las ovejas que tiene y apacienta. No fue otro quien las creó y él las apacienta, ni es otro quien apacienta las que él creó.


Por tanto, ya que hemos reconocido en este cántico que somos sus ovejas, su pueblo y el rebaño que él guía, oigamos qué es lo que nos dice a nosotros, sus ovejas. Antes hablaba a los pastores, ahora a las ovejas. Por eso nosotros lo escuchábamos, antes, con temor, vosotros, en cambio, seguros. ¿Cómo lo escucharemos en estas palabras de hoy? ¿Quizás al revés, nosotros seguros y vosotros con temor? No, ciertamente. En primer lugar porque, aunque somos pastores, el pastor no sólo escucha con temor lo que se dice a los pastores, sino también lo que se dice a las ovejas. Si escucha seguro lo que se dice a las ovejas, es porque no se preocupa por las ovejas. Además, ya os dijimos entonces que en nosotros hay que considerar dos cosas: una, que somos cristianos, otra, que somos guardianes. Nuestra condición de guardianes nos coloca entre los pastores, con tal de que seamos buenos. Por nuestra condición de cristianos, somos ovejas igual que vosotros. Por lo cual, tanto si el Señor habla a los pastores como si habla a las ovejas, tenemos que escuchar siempre con temor y con ánimo atento.


Oigamos, pues, hermanos, en qué reprende el Señor a las ovejas descarriadas y qué es lo que promete a sus ovejas. Y vosotras —dice—, mis ovejas. En primer lugar, si consideramos, hermanos, qué gran felicidad es ser rebaño de Dios, experimentaremos una gran alegría, aun en medio de estas lágrimas y tribulaciones. Del mismo de quien se dice: Pastor de Israel, se dice también: No duerme ni reposa el guardián de Israel. El vela, pues, sobre nosotros, tanto si estamos despiertos como dormidos. Por esto, si un rebaño humano está seguro bajo la vigilancia de un pastor humano, cuán grande no ha de ser nuestra seguridad, teniendo a Dios por pastor, no sólo porque nos apacienta, sino también porque es nuestro creador.


Y vosotras —dice—, mis ovejas, así dice el Señor Dios: Yo mismo juzgaré entre oveja y oveja y entre carneros y machos cabríos. ¿A qué vienen aquí los machos cabríos en el rebaño de Dios? En los mismos pastos, en las mismas fuentes, andan mezclados los machos cabríos, destinados a la izquierda, con las ovejas, destinadas a la derecha, y son tolerados los que luego serán separados. Con ello se ejercita la paciencia de las ovejas, a imitación de la paciencia de Dios. El es quien separará después, unos a la izquierda, otros a la derecha.