De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Goncalves de labios del mismo santo
Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de
caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias.
Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos
libros para entretenerse,
pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer
un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos
sanctorum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente
lectura de estas obras,
empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se
trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en
tiempos pasados y entretenía su imaginación con el
recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención
durante su vida anterior.
Pero entretanto iba actuando también la
misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además
de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En
efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a
pensar y se preguntaba a sí mismo: «¿Y si yo hiciera lo mismo que san
Francisco o
que santo Domingo?» Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos
pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier
motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y
mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.
Pero
había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo,
ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado,
volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el
contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades
de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino
que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta
diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un
día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta
diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase
de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue
como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde,
cuando
se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le
ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus
enseñaría luego a los suyos.