martes, 25 de abril de 2023

Revestíos de humildad

"Queridos hermanos:
Revestíos todos de humildad en el trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, mas da su gracia a los humildes. Así pues, sed humildes bajo la poderosa mano de Dios, para que él os ensalce en su momento. Descargad en él todo vuestro agobio, porque él cuida de vosotros".
A veces me preocupa la "humildad" de algunas personas, pues de tan humildes que son caen en la soberbia sin darse cuenta. Sí, porque por humildes no se dejan aconsejar porque ellos saben lo que tienen que hacer, y tildan de "maestros" a quienes quieren enseñar, pero no se dejan enseñar porque se creen mejores maestros. Sí, es parte de nuestra rutina diaria, pues caemos todos, muchas veces, en ese círculo vicioso que, por creernos mejores que los demás y hacernos los humildes, caemos en la falsa humildad que es igual a la soberbia.
Es cierto que, como dice san Pablo, los agobios se van acumulando en nuestro corazón y no nos dejan espacio para ponernos a mirar hacia adentro, sino que vamos caminando, a veces, en círculos cerrados que no nos llevan a abrir el corazón a la Gracia. Nos vamos convirtiendo en nuestro propios maestros y jueces de los demás, simplemente porque hemos podido, por la Gracia de Dios, aprender un poco más de cosas o haber adquirido ya una sabiduría de algunos años.
Somos, muchas veces, tan inconscientes de nuestro pecado que vamos construyéndonos pedestales donde colocamos nuestra humildad y nuestros dones, sí para el servicio de los demás, pero también como muro de protección frente a lo que los demás puedan aconsejarme o ayudarme a ver de mis defectos y de mis debilidades, sin darme cuenta que es eso lo que me lleva a estar más agobiado y a encerrarme en mi propia soledad.
"Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que vuestra comunidad fraternal en el mundo entero está pasando por los mismos sufrimientos".
Un gran consejo de san Pablo: la sobriedad en nuestra forma de vivir, en nuestra forma de actuar, en nuestra forma de juzgar a los demás y de juzgarme a mí mismo. Sólo velando para no caer en la tentación del estrellado puedo ir creciendo en la humildad que me lleve a sentirme parte de un todo fraternal y no una isla flotante en medio de gente que no me comprende, pues es ahí donde satanás ha tirado el anzuelo de la vanidad, la soberbia y el egoísmo que cada día me hace estar más solo y sin comunidad.
Y, por supuesto, el sufrimiento no será solo mío si me abro al Espíritu y al compartir con mis hermanos, sino que juntos podremos alcanzar el ideal que el Señor quiere de nosotros: construir un reino de personas que se aman.

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