domingo, 23 de abril de 2023

Duros de entender

Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Más de una vez nos pasa, como a los discípulos de Emaús, que “el árbol nos tapa el bosque”, es decir, en este caso, la Cruz de Cristo les oscureció el entendimiento y se olvidaron de todo lo que Él les había anunciado, sobre todo, la parte en que resucitaría al tercer día.
A nosotros nos pasa lo mismo cuando la cruz, el dolor, la enfermedad e, incluso, la misma muerte, nos cierra a la Luz de la fe, a la Esperanza de la Vida eterna, y nos ponemos en contra de Dios por darnos “lo que no merecemos”. Sí, para muchos, cuando llega el dolor de la cruz es enfadarse con Dios porque “no merezco esto”, si yo no hice nada malo.
Y es ahí, en ese momento, cuando tenemos que levantar la mirada hacia el Crucificado: ¿cuál fue su pecado para terminar su vida en la Cruz? ¿Fue un castigo del Padre que muriera en la Cruz? No, no fue un castigo del Padre, sino que aceptó ese Camino porque era el que nos salvaría a todos nosotros de una condena eterna.
El amor al Padre y a nosotros le dio la fortaleza necesaria para aceptar, no sin miedo y dolor, la muerte de Cruz.
Por eso, al mirar al Crucificado no debemos mirar sólo el dolor de la Cruz, sino el Amor de Dios por nosotros, que nos ayuda a nosotros a aceptar, también, nuestras cruces con amor, por amor y por nuestra salvación y la del mundo entero. Así lo vivió san Pablo y nos lo enseña como camino a nosotros: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia”.
Así, aunque el golpe de la cruz nos lleve a la oscuridad, volvamos al. mirada al Señor, que con su Resurrección nos da la Gracia necesaria y suficiente para poder aceptar ese camino de santificación y salvación. Sin dejar de pedir la Luz del Espíritu para poder entender y aceptar el camino que Dios Padre nos permite y nos pide recorrer, pues sin la Luz y los dones del Espíritu, se nos haría muy difícil abrir el entendimiento y el corazón a la Voluntad de Dios.
 

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