jueves, 22 de septiembre de 2022

Vanidad y Espíritu

"Lo que pasó volverá a pasar; lo que ocurrió volverá a ocurrir: nada hay nuevo bajo el sol.
De algunas cosas se dice: «Mira, esto es nuevo». Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos mucho antes de nosotros".
Al leer este pasaje del Eclesiastés me he acordado de tanta gente que, en estos tiempos, se creen muy listas porque quieren inventar cosas nuevas y, finalmente, no se dan cuenta que "no hay nada nuevo bajo el sol". Además que lo que inventan no sirve para mejorar al hombre, ni tan siquiera para darle más dignidad sino que todo lo contrario.
"¡Vanidad de vanidades! - dice Qohelet - ¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!
¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?"
Queriendo ser originales con los inventos sólo se quedan en coasas supérfluas que lo único que hacen es poner en evidencia la superficialidad de su vanidad, y esa vanidad sólo hace que nos demos cuenta que no hay nada nuevo que no haya sido ya inventado.
Y ¿qué es lo peor? que a esas vanidades hay muchos que le hacen caso y las van esparciendo como si fueran el invento del siglo. Y ¿qué es lo más peor? que los que hemos sido llamados para darle una mayor dignidad al hombre, para hacerle conocer el valor de ser hijo de Dios, se dejan convencer por la vanidad del mundo, y en lugar de iluminar las tinieblas, dejan al mundo en la oscuridad en la que pretenden ocultar la verdad del evangelio.
Y surge la voz del Salmo como una oración para ir en contra del mundo y volver nuestros ojos hacia Quien nos da la verdadera Luz para encontrar la originalidad del ser hombre, y del ser hijo de Dios:
Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos.
Que dejemos que el Señor haga prósperas las obras de nuestras manos, para que podamos darle al mundo un Camino que lo lleve a la verdadera originalidad del ser, que es la que el Señor le dio al crearlo y, sobre todo, al recrearlo con la muerte y resurrección de Jesús, que nos devolvió la "belleza original" de nuestro ser al sanarnos de la herida del pecado original.

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