martes, 31 de agosto de 2021

Dios te va a castigar...

"Porque Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros para que, despiertos o dormidos, vivamos con él.
Por eso, animaos mutuamente y edificaos unos a otros, como ya lo hacéis".
Muchas veces hemos escuchado o, quizás, hasta hemos dicho: Dios te va a castigar... Y no es cierto, Dios no castiga, los que nos castigamos somos nosotros mismos cuando nos soltamos de la Mano de Dios, y queremos hacer las cosas por nosotros mismos, porque nos hemos dejado llevar por nuestra soberbia, vanidad, orgullo, etc. Somos, muchas veces, incapaces de discernir o de aceptar que no podemos hacer la cosas de Dios sin Dios. Cuando nos hemos decidido a vivir en Dios o cuando hemos decidido llamarnos cristianos, entonces nuestra vida está en Sus Manos, nuestra vida tiene que ser un testimonio de Su Vida, pero nunca podremos ser testigos veraces si no hacemos lo que es Su Voluntad.
No son pocos los que estamos embarcados en un viaje conjunto, es decir: son parte de una comunidad, de una congregación, de un Grupo, de una asociación, etc., que lleva el nombre de católico pretenden vivir al margen de Dios. No digo que se hayan declarado ateos o agnósticos, pero sí que no tienen una vida de comunión con la Palabra y la Eucaristía, y, por eso, tampoco, con sus hermanos. Viven de acuerdo a sus proyectos que están, como diría el apóstol, empecatados pues sólo son proyectos humanos que no llevan a ninguna parte.
Así, nos exhorta san Pablo, para que nuestra vida adquiera un mejor brillo, pues sólo la adhesión a la Voluntad de Dios, nos da el verdadero brillo que tienen las Obras de Dios:
"Por eso, animaos mutuamente y edificaos unos a otros, como ya lo hacéis".
¿Qué animarnos mutuamente? Acompañarnos, exhortarnos, corregirnos, ayudarnos a caminar por el Camino de la Voluntad, que es un camino difíicl y arduo para el hombre de hoy, pero, como dice Jesús, no es imposible para Dios. Por eso, aunque nuestro ser humano nos diga que todo lo puede, sabemos, tomando de nuevo palabras de Jesús: "sin Él nada podemos", pues las cosas de Dios se hacen con y desde Dios, o solamente serán hechos humanos que querán mostrar la vanidad de los hombres.
Es cierto, no nos gusta corregirnos ni que nos corrijan (aunque lo digamos siempre que sí nos gusta), pero es un trabajo que nos ayudará a crecer, pues cuando aceptamos las correcciones crecemos, y cuando corregimos fraternalmente a nuestros hermanos también crecemos en el amor, en el cuidado del otro. Siempre confiando y contando que lo hacemos con la Gracia de Dios y desde la Voluntad de Dios.

 

lunes, 30 de agosto de 2021

Conozcamos el amor de Cristo

De los Escritos de santa Rosa de Lima, virgen

    El Salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad:
    «Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: ésta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!»
    Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen:
    «Oíd, pueblo; oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma.»
    Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad, se había de ir por el mundo, dando voces:
    «¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro inestimable de la gracia. Esta es la mercancía y logro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conociera las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres.»

domingo, 29 de agosto de 2021

El culto vacío

“Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío…”
Durante la semana hemos escucha en el Evangelio los “¡Ay!” de Jesús, los lamentos y exhortaciones por las actitudes de hipocresía de los fariseos y doctores de la Ley. Hipocresía que es casi lo peor de lo que siempre se ha dolido Jesús, pues demuestra la falta de honestidad de las personas hacia sí mismas, los demás y Dios, creyendo que los demás y Dios no se dan cuenta de quién es cada quien.
Nos consideramos, muchas veces, mejores que los demás, como les dice Jesús, “porque pagan el diezmo, la menta y el comino” (aunque en estos tiempos nadie lo paga…), lo que sería para nosotros en este siglo XXI, parece que hacen muchas cosas, pero en el fondo sólo quieren hacerse notar y que les digan que son buenos, y, en el fondo, no tienen nada de bueno, y no hacen las cosas por amor a Dios y a los hermanos, sino a ellos mismos.
Y así suele ser nuestra vida espiritual o nuestra vida religiosa: pura apariencia, pues no hemos llegado a comprender la esencia del Evangelio, pues nos hemos quedado sólo en “cumplir” con requisitos “necesarios”, pero no hemos sabido convertir el corazón al Amor del Evangelio. Así nuestro corazón se ha quedado duro con la piedra, y seco, aunque siempre esté cubierto del agua bautismal o de los rezos de todos los días.
Decía un amigo que la procesión más larga y dura que tiene que hacer una persona de fe, es la procesión que va de la cabeza al corazón. Porque creemos que sabemos muchas cosas, pero no llegamos a vivirlas o a dejar que la Palabra que escuchamos y que sabemos de memoria, nos transforme el corazón y nos haga más misericordioso y amantes como lo es Dios con nosotros.
Cuando no nos abrimos a la Gracia de la conversión nuestro corazón sigue viviendo en el pecado y así de la abundancia del corazón hablan los labios y nuestras acciones: Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación…..


 

sábado, 28 de agosto de 2021

Instrucciones del Señor

"Ya conocéis las instrucciones que os dijimos, en nombre del Señor Jesús.
Esto es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios.
Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y aseguramos: Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa. Por tanto, quien esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo".
Dos recomendaciones, exhortaciones que nos hace San Pablo acerca de nuestro comportamiento con nosotros mismos y con los demás. Dos comportamientos que nacen del espíritu del mundo y de las apetencias humanas, todo muy lógico, pero para los que aceptamos el desafío de ser cristianos, un camino de santificación que nos lleva a luchar contra los instintos humanos, y la lógica del mundo.
"Tratar el cuerpo propio con santidad y respeto, no dejarnos dominar por la pasión", una exhortación complicada en estos tiempos que vivimos, donde el dejarnos llevar por la pasión o el deseo, hace que tengamos o que queramos vivir la libertad total hacia lo que queremos y no hacia lo que debemos. Por eso, san Pablo, antes de decirnos cómo vivir nos pone el argumento principal: "esto es la Voluntad de Dios". No sólo es un deseo de un hombre, sino que entendemos o deberíamos entender, comprender y aceptar, para poder vivirlo, como lo que es: voluntad de Dios para los que hemos decidido seguir a Cristo.
La segunda es similar pero hacia los demás, y no sólo en el ámbito de la pasión o el deseo, sino también:
"Que nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche co engaño".
Hay otro deseo que es ¿peor? que la pasión desordenada, que es el apetito de poder: poder estar por encima de los demás, creer que estoy por encima de los demás, y, por eso, utilizo a las personas según mi antojo para lograr mis objetivos, o, en otros casos más difíciles intento destruir a las personas para poder lograr mis objetivos. Es ahí cuando utilizo todas las armas para hacer lo que quiero o lograr lo que deseo, sin pensar a quién hago daño o a quien destruyo.
Por eso, antes de todo tengo que preguntarme, si es que he elegido el Camino de la santidad: ¿qué es lo que Dios quiere que haga o cómo quiere que viva? ¿Cuál es Su Voluntad para mi vida? Y el Señor, si estoy decidido a vivirla me concederá la Gracia necesaria y suficiente para asumir y vivir el camino de santidad que me preparado.

 

Oh, eterna Verdad!

 De las Confesiones de san Agustín, obispo

    Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tu mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré y ví con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente. una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto. ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad. ¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera. fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: "Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí.»
    Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad y la vida, y el que mezcla aquel alimento. que yo ha podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas.
    ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé: Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.

jueves, 26 de agosto de 2021

El castigo de los hipócritas

"Pero si dijere aquel mal siervo para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegar a sus compañeros, y a comer y beber con los borrachos, el día y la hora que menos se lo espera, llegará el amo y lo castigará con rigor y le hará compartir la suerte de los hipócritas.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes.»
¿Habéis pensado cuál es la suerte de los hipócritas? Yo, por lo menos, me he quedado pensando en eso. Pero tiene que ser algo muy fuerte sobre todo por el rechinar de dientes, que es lo que menos nos gusta, es un ruido horrible.
Y debe ser algo horrible porque muchas veces, Jesús, ha dicho cosas muy fuertes sobre los hipócritas, y cuando el hipócrita sólo confía en su hipocresía, eso ha de ser algo, también, muy malo. Es una de las veces en que Jesús más fuerte ha hablado, lo escuchábamos ayer en el evangelio.
Lo extraño es que aún escuchándolo durante tantos años a ese evangelio, todavía hoy no hallamos encontrado un remedio dentro de nuestras comunidades cristianas para combatir la hipocresía reinante. Sí, porque todavía tenemos mucha hipocresía dentro de nuestras filas, e hipócritas que creen sus propias hipocresías y viven como si fueran los mejores y más santos de la comunidad, queriendo servirse de la inocencia de otros que están a su lado para servirlos.
"Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas?"
Y ¿cómo nos preparamos para esa Hora en la que el Señor venga a buscarnos? O ¿cómo nos preparamos para cada hora en que el Señor nos pida ser fieles a Su Voluntad?
¿Creemos que lo podremos engañar al Señor? No, no lo podremos engañar, aunque nos engañemos a nosotros mismos diciéndonos que lo que hacemos lo hacemos por Dios, no es verdad. Nos falta mirarnos de frente al Señor y descubrir que lo que estamos viviendo no es la Verdad del Evangelio, sino que nos hemos creado una mentira que nos creemos que es nuestra única verdad.
Hoy el mundo nos invita, constantemente, a la hipocresía, a llenar el vacio existencial con apariencias de felicidad, que, en el fondo, es para vender sus productos que hacen que dejemos de pensar en lo auténtico, en la verdad, en la plenitud del ser: "sólo la verdad os hará libres", nos decía el Señor, y, aunque esa verdad nos duela, tenemos que afrontarla para alcanzar la conversión de nuestro corazón y vivir en plenitud la Verdad en Cristo.

 

miércoles, 25 de agosto de 2021

El que tenga sed que venga a Mí.

De las Instrucciones de san Columbano, abad

    Escuchad, amados hermanos, mis palabras; escuchadlas bien, como si se tratara de algo que os es muy necesario; saciad vuestra sed con el agua de la fuente divina de la que os voy a hablar; desead este agua y no dejéis que vuestra sed se extinga; bebed y no os creáis nunca saciados; nos está llamando el que es fuente viva, el que es la fuente misma de la vida nos dice: El  que tenga sed que venga a mí, y que beba.
    Entended bien de qué bebida se trata: escuchad lo que, por medio de Jeremías, os dice aquel que es la misma fuente: Me han abandonado a mí, la fuente de aguas vivas -oráculo del Señor-. El mismo Señor, nuestro Dios Jesucristo, es la fuente de la vida, por ello nos invita a sí como a una fuente para que bebamos de él. Bebe de él quien lo ama, bebe de él quien se alimenta con su palabra, quien lo ama debidamente, quien sinceramente lo desea, bebe de él quien se inflama en el amor de la sabiduría.
    Considerad de dónde brota esta fuente: brota de aquel mismo lugar de donde descendió nuestro pan; porque uno mismo es nuestro pan y nuestra fuente, el Hijo único, nuestro Dios, Cristo el Señor, de quien debemos estar siempre hambrientos. Aunque nos alimentemos de él por el amor, aunque lo devoremos por el deseo, continuemos hambrientos deseándolo. Bebamos de él como si se tratara de una fuente, bebámoslo con un amor que nos parezca siempre susceptible de aumento, bebámoslo con toda la fuerza de nuestros deseos y deleitémonos con la suavidad de su dulzura.
    Pues el Señor es suave y es dulce; aunque lo hayamos comido y lo hayamos bebido, no dejemos de estar hambrientos y sedientos de él, pues este manjar jamás es totalmente comido, ni esta bebida jamás es agotada; aunque se le coma, jamás se consume; aunque se le beba, jamás se le agota, porque nuestro manjar es eterno y nuestra fuente perenne y siempre deliciosa. Por eso dice el profeta: Los que estáis sedientos, venid a la fuente, pues esta fuente es la fuente de los sedientos, no la de los que se sienten saturados; por ello, a aquellos que tienen hambre -que son aquellos mismos a quienes en otro lugar proclaman dichosos- los llama a sí y convoca a aquellos que nunca han quedado saciados de beber, sino que cuanto más beben, más sedientos se sienten.
    Por eso, hermanos, hemos de desear siempre, hemos de buscar y amar siempre a aquel que es la Palabra de Dios, fuente de sabiduría, que tiene su asiento en las alturas, en quien, como dice el Apóstol, están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia y que no cesa de llamar a los que están sedientos de esta bebida.
    Si estás sediento, bebe de esta fuente de vida; si tienes hambre; come de este pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este pan y sed de esta fuente; estos hambrientos y sedientos, por mucho que coman y beban, siempre buscan saciar aún más plenamente su hambre y su sed. Sin duda debe ser muy dulce aquel manjar - y aquella bebida que por mucho que se coma y que se beba continúa aún deseándose y cuyo gusto no cesa de excitar el hambre y la sed. Por ello dice el profeta rey: Gustad y ved qué dulce, qué bueno es el Señor.

martes, 24 de agosto de 2021

Ven y verás!

"En aquel tiempo, Felipe encuentra a Natanael y le dijo:
«Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret».
El testimonio directo y sin vergüenza de nuestra fe es lo que más contagia y, por lo menos, desata la curiosidad en los demás, así como lo hizo Felipe con Natanael: le desató la curiosidad para ver si era verdad lo que le contaba.
"Natanael le replicó:
«¿De Nazaret puede salir algo bueno?».
Felipe le contestó:
«Ven y verás».
Y así llevó a Natanael al encuentro con Jesús, un encuentro que Felipe no sabía cómo iba a ser, pero tenía la necesidad de contarlo, la necesidad de dar a conocer lo que había descubierto y que le había cambiado la vida, pues era lo que siempre había esperado, pues creía en la palabra de los profetas y Moisés, y esa palabra y esa promesa se cumplía en Jesús de Nazaret: aquél de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas.
¿Cómo anunciamos nosotros a Jesús? Por que no sólo lo tienen que anunciar los curas, los regliosos o los más comprometidos, sino que es un anuncio que debemos hacer todos los bautizados, o, por lo menos, los que decimos que somos cristianos.
En este tiempo en que vivimos, seguramente, nos avergüenza decir que somos cristianos. Primero porque nos miramos a nosotros mismos y nos damos cuenta que no estamos viviendo del todo bien, que hay muchas cosas y mucho pecado que no nos deja "mostrar" un buen cristiano. ¿Pero es Cristo el motor y el sentido de tu vida?
Otras veces nos da vergüenza por que en el ambiente en el que me muevo no se habla de fe, en todo caso, se habla para criticar a los que van a misa, a los que están este grupo o en aquél, al cura de turno, etc. Y ¿cómo voy a decir que yo también voy a misa y que pertenezco a tal grupo? ¿Van a hablar mal de mí también?
Y otras veces porque no tengo argumentos para decir ¡He encontrado la razón de mi vida! ¡Es Jesús, el Mesías, mi Dios! Porque no he profundizado en las razones de mi fe, me he quedado con las preguntas y las frases de cuando pintábamos en catequesis y... y ahora no tengo argumentos para decirle a alguien ¡Ven que he encontrado a Jesús!
Pero, mira, te digo una cosa: no hace falta que pienses mucho, sólo basta que creas, como le dijo Jesús a Natanael:
"Jesús le contestó:
«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores».
Y le añadió:
«En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».
A partir de ese momento comenzarás a crecer, a buscar respuestas, a exponerte más al mundo y a mostrarte como hombre (varón o mujer) de fe sincera, simple, pero que está totalmetne convencido de lo que cree y de lo que quiere, porque en Jesús has encontrado fortaleza, perdón, alegría, esperanza, consuelo... y tantas otras cosas que hacen que tu vida sea mejor, y cuando los demás vean ese resultado, podrán ver a Jesús en tu rostro, en tu mirada, en tus actos, en tus palabras. Pero tienes que dejar de tener vergüenza por ser cristiano, tienes que tener el coraje y el valor de enfrentar al mundo y mostrar una vida nueva que nace del Amor de Dios y del Amor a Dios.

 

lunes, 23 de agosto de 2021

Encontrar alimento y descanso

Del Comentario de santo Tomás de Aquino, presbítero, sobre el evangelio de san Juan


    Yo soy el buen pastor. Es evidente que el oficio de pastor compete a Cristo, pues, de la misma manera que el rebaño es guiado y alimentado por el pastor, así Cristo alimenta a los fieles espiritualmente y también con su cuerpo y su sangre. Erais como ovejas descarriadas -dice el Apóstol-, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas.
    Pero, ya que Cristo por una parte afirma que el pastor entra por la puerta y en otro lugar dice que él es la puerta y aquí añade que él es el pastor, debe concluirse de todo ello que Cristo entra por sí mismo. Y es cierto que Cristo entra por sí mismo, pues él se manifiesta a sí mismo y por sí mismo conoce al Padre. Nosotros, en cambio, entramos por él, pues es por él que alcanzamos la felicidad.
    Pero, fíjate bien: nadie que no sea él es puerta, porque nadie sino él es luz verdadera, a no ser por participación: No era él -es decir, Juan- la luz, sino testigo enviado a declarar en favor de la luz. De Cristo, en cambio, se dice: Era la luz verdadera que ilumina a todos los hombres. Por ello de nadie puede decirse que sea puerta; .esta cualidad Cristo se la reservó para sí; el oficio, en cambio, de pastor lo dio también a otros y quiso que lo tuvieran sus miembros: por ello Pedro fue pastor y pastores fueron también los otros apóstoles y son pastores todos los buenos obispos. Os daré -dice la Escritura- pastores conforme a mi corazón. Pero aunque los prelados de la Iglesia, que también son hijos, sean todos llamados pastores, sin embargo, el Señor dice en singular: Yo soy el buen pastor; con ello quiere estimularlos a la caridad, insinuándoles que nadie puede ser buen pastor si no llega a ser una sola cosa con Cristo, por la caridad y se convierte en miembro del verdadero pastor.
    El deber del buen pastor es la caridad; por eso dice: El buen pastor da su vida por las ovejas. Conviene, pues, distinguir entre el buen pastor y el mal pastor: el buen pastor es aquel que busca el bien de sus ovejas, en cambio, el mal pastor es el que persigue su propio bien.
    A los pastores que apacientan rebaños de ovejas no se les exige exponer su propia vida a la muerte por el bien de su rebaño, pero, en cambio, el pastor espiritual sí que debe renunciar a su vida corporal ante el peligro de sus ovejas, porque la salvación espiritual del rebaño es de más precio que la vida corporal del pastor. Es esto precisamente lo que afirma el Señor: El buen pastor da su vida -la vida del cuerpo- por las ovejas, es decir, por las que son suyas por razón de su autoridad y de su amor. Ambas cosas se requieren: que las ovejas le pertenezcan y que las ame, pues lo primero sin lo segundo no sería suficiente.
    De este proceder Cristo nos dio ejemplo: Si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.

domingo, 22 de agosto de 2021

A quién seguimos?

"Josué dijo a todo el pueblo:
«Si os resulta duro servir al Señor, elegid hoy a quién queréis servir: si a los dioses a los que sirvieron vuestros al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis; que yo y mi casa serviremos al Señor».
"Entonces Jesús les dijo a los Doce:
«¿También vosotros queréis marcharos?».
Simón Pedro le contestó:
«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».
Dos preguntas en tiempos diferentes y lejanos que nos llegan a nosotros para que, como en aquél tiempo, tomemos, también, una decisión fundamental en nuestras vidas: ¿a quién acudiremos? ¿a quién queremos seguir?
La respuesta de san Pedro fue clara y contundente: "Tú tienes palabras de vida eterna, ¿a quién vamos a acudir?" Y siguió tras los pasos de Jesús.
Sí, también es cierto que en el momento más importante negó seguir a Cristo, pero "amargamente lloró" y cambió su corazón y entregó su vida por Amor a Cristo.
Por eso no importa que alguna vez tropiece y caiga a causa del pecado. Lo importante es que me vuelva a levantar y continúe el camino que el Señor me ha enseñado y que yo he elegido.
En el camino de la Fe no tenemos todo claro, ni tampoco tendremos la seguridad que nunca vamos a tropezar o caer, sino que la seguridad está en que si nos disponemos de corazón a seguir radicalmente a Cristo, Él será quien nos sostenga y nos ayude a levntarnos de cada caída y nos dará la fuerza necesaria para seguir andando.
Pero es claro que tenemos que ser más radicales a la hora de elegir, cada día, qué hacer y cómo vivir. Sí, cada día debo preocuparme por discernir cuál es la Voluntad de Dios para mi vida, recordar cuáles son los consejos evangélicos e intentar vivirlos, con la Gracia de Dios.
A veces creemos que porque hemos tomado una decisión y día ya está la cosa terminada. NO, ahí hemos iniciado el camino, ahora hay que dar pasos todos los días en función de esa decisión, pues esa decisión ha marcado mi vida y todos los días tengo que construirla a imagen de Cristo, por eso me llamo cristiano.

 

sábado, 21 de agosto de 2021

La voz de la Iglesia que resuena dulcemente

De la Constitución apostólica Divino afflátu, del papa san Pío décimo

    Es un hecho demostrado que los salmos, compuestos por inspiración divina, cuya colección forma parte de las Sagradas Escrituras, ya desde los orígenes de la Iglesia sirvieron admirablemente para fomentar la piedad de los fieles, que ofrecían continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el tributo de los labios que van bendiciendo su nombre, y que además, por una costumbre heredada del antiguo Testamento, alcanzaron un lugar importante en la sagrada liturgia y en el Oficio divino. De ahí nació lo que san Basilio llama .da voz de la Iglesia», y la salmodia, calificada por nuestro antecesor Urbano octavo como «hija de la himnodia que se canta asiduamente ante el trono de Dios y del Cordero», y que, según el dicho de san Atanasio, enseña, sobre todo a las personas dedicadas al culto divino, «cómo hay que alabar a Dios y cuáles son las palabras más adecuadas» para ensalzarlo. Con relación a este tema, dice bellamente san Agustín: «Para que el hombre alabara dignamente a Dios, Dios se alabó a sí mismo; y, porque se dignó alabarse, por esto el hombre halló el modo de alabarlo.»
    Los salmos tienen, además, una eficacia especial para suscitar en las almas el deseo de todas las virtudes. En efecto, «si bien es verdad que todas las partes de la Escritura, tanto del antiguo como del nuevo Testamento, están inspiradas por Dios y son útiles para instruir, según está escrito, sin embargo, el libro de los salmos, como el paraíso en el que se hallan (los frutos) de todos los demás (libros sagrados), prorrumpe en cánticos y, al salmodiar, pone de manifiesto sus propios frutos junto con aquellos otros.» Estas palabras son también de san Atanasio, quien añade asimismo: «A mi modo de ver, los salmos vienen a ser como un espejo, en el que quienes salmodian se contemplan a sí mismos y sus diversos sentimientos, y con esta sensación los recitan.» San Agustín dice en el libro de sus Confesiones: «¡Cuánto lloré con tus himnos y cánticos, conmovido intensamente por las voces de tu Iglesia que resonaba dulcemente! A medida que aquellas voces se infiltraban en mis oídos, la verdad se iba haciendo más clara en mi interior y me sentía inflamado en sentimientos de piedad, y corrían las lágrimas, que me hacían mucho bien.»
    En efecto, ¿quién dejará de conmoverse ante aquellas frecuentes expresiones de los salmos en las que se ensalza de un modo tan elevado la inmensa majestad de Dios, su omnipotencia, su inefable justicia, su bondad o clemencia y todos sus demás infinitos atributos, dignos de alabanza? ¿En quién no encontrarán eco aquellos sentimientos de acción de gracias por los beneficios recibidos de Dios, o aquellas humildes y confiadas súplicas por los que se espera recibir, o aquellos lamentos del alma que llora sus pecados? ¿Quién no se sentirá inflamado de amor al descubrir la imagen esbozada de Cristo redentor, de quien san Agustín «oía la voz en todos los salmos, ora salmodiando, ora gimiendo, ora alegre por la esperanza, ora suspirando por la realidad? 

viernes, 20 de agosto de 2021

Amo porque amo, amo por amar

De los Sermones de san Bernardo, abad, sobre el Cantar de los cantares

    El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.
    El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?
    Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la creatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente.
    Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la creatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.

jueves, 19 de agosto de 2021

Llamados y ¿elegidos?

“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los matarlos".
Siempre que surgen estas parábolas en las que Jesús nos habla de la justicia de Dios, y, sobre todo, de los castigos de Dios Padre, nos parece que exagera, que Dios no puede ser tan justo ni castigarnos por no hacer lo que debemos o lo que Él nos pide. Pero es algo que tenemos que tomar más en serio, pues no puede haber amor verdadero sin justicia, no se puede ser infinitamente misericordioso si no hay castigo. Dios no es un gran abuelo que le da todos los caprichos a los nietos, sino que es un Padre Amoroso que sabe educar a sus hijos y que, por supuesto, quiere lo mejor para ellos.
Es cierto que sus castigos no son como muchas veces creemos: nos manda desgracias, nos enferma o nos pega con algo; sino que el castigo es simple: no recibimos la Gracia necesaria para hacer lo que queremos o para ir contra su Voluntad, nos soltamos de su Mano y contamos sólo con nuestros recursos. Y, muchas veces, perdemos de vista tanto el camino que no podemos volver, pues no tenemos la fuerza y nuestro orgullo nos impide pedir perdón para volver a encontrar la senda verdadera.
Dios siempre está llamando y siempre nos está regalando la Vida que nos consiguió su Hijo por medio de su muerte y resurrección, una Vida que nos ha sido dada gratis (como nos lo dice san Pablo: gratis lo habeis recibido dadlo gratis) y, por eso mismo, muchas veces, no valoramos la vida espiritual que nos ha sido concedida, no valoramos el ser hijo de Dios y dejamos de lado la vida junto al Padre.
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.”
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”
El otro no abrió la boca.
Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
Todos hemos sido llamados, pero pocos serán elegidos para particpar de la Vida Eterna junto al Padre, pues no todos hemos sabido valorar el llamado y responder como debíamos, pues no sólo es responder con palabras, sino con la vida misma.
"Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy».
« - Como está escrito en mi libro -
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas»

 

miércoles, 18 de agosto de 2021

Renunciar para ser rey

"Fueron una vez los árboles a ungir rey sobre ellos.
Y dijeron al olivo:
"Reina sobre nosotros".
El olivo les contestó:
“¿Habré de renunciar a mi aceite, que tanto aprecian en mí dioses y hombres para ir a mecerme sobre los árboles?”.
¿A qué renunciamos para parricipar del Reino de Dios? Porque, en realidad, cada uno de nosotros, desde el día de nuestro bautismo hemos sido ungido reyes, y por eso, somos reyes en el Reino de Dios. Pero ¿hemos renunciado a algo para formar parte de este Reino?
Seguro que nos gusta forma parte de la Familia de Dios, y, sobre todo, saber que vamos a alcanzar la Vida Eterna cuando el Rey nos llame a formar parte de la Familia Celestial, pero ¿qué hemos hecho para alcanzar esa Vida? ¿A qué hemos renunciado para seguir a Cristo y vivir como Cristo?
Hoy en día no nos gusta renunciar a nada para vivir como cristianos, nos gusta tener todo y, además, ser cristiano. Está claro que este todo no lo digo en cuanto a bienes materiales, quizás a algunos Dios les pide dejar sus bienes para seguirlo, pero, la renuncia está más en cuanto a lo que a nuestros proyectos personales se refiere, en cuanto al espíritu del mundo se refiere, en cuanto a lo que no es cristiano se refiere.
¿Cuantas cosas, actitudes, proyecctos o formas de actuar hay en mi vida que no son propias del espíritu evangélico? Sí, seguramente no me lo he puesto a pensar, ni tampoco me he puesto a meditar o reflexionar las palabras de Jesús en el Evangelio, ni siquiera me analizo a la Luz del Evangelio.
Quizás haga mucho tiempo que los cristianos hemos dejado de analizarnos a la Luz del Evangelio y, por eso, nos acostumbramos a vivir en dos mundos: el terrenal y el espiritual, pero sin tomar en cuenta aquello que nos dijo Jesús en la Última Cena: "Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal."
Sí, como siempre digo y, como a veces lo pensamos, no es fácil dejar las cosas del mundo en el mundo y abrir el corazón a la Voluntad de Dios, pero es lo que debemos vivir los que escuchamos al Voz del Señor y le dijimos que Sí, que queremos seguirlo (y no estoy hablando para religiosos o sacerdotes, sino para todos los que nos llamamos cristianos), pues como nos decía en el evangelio de ayer, "para los hombres es imposible, pero no para Dios".

 

martes, 17 de agosto de 2021

Déjate conducir por Dios

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».
Al oírlo, los discípulos dijeron espantados:
«Entonces, ¿quién puede salvarse?».
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
«Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».
También nosotros, muchas veces, pensamos que salvarse es imposible, que vivir el evangelio con todo lo que eso implica, es imposible en estas épocas, que las palabras de Jesús no son fáciles de aceptar, y no es posible llegar a alcanzar la santidad que nos pide el Señor.
Y, lo peor, es que es cierto. Ser santo es imposible para el hombre, porque siempre pensamos las cosas de Dios confiando en nuestras propias fuerzas y gustos, en nuestros propios defectos y pecados, y no lo pensamos desde el querer de Dios, desde Su Gracia, desde Su Poder.
"Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo".
Es ahí cuando nos damos cuenta que no le dejamos lugar a Dios en nuestras vidas, pues queremos tener todo bajo nuestro control. No nos damos cuenta que no hemos aceptado la primera condición que nos dijo Jesús: "quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo".
Sí, incluso para negarnos a nosotros mismos necesitamos de la Gracia de Dios, pero, una vez que hemos aceptado el seguirlo a Cristo, contamos con su Gracia, pero debemos hacer el esfuerzo de la negación a nuestros gustos, ideas, proyectos y ponernos en relación con el Padre para saber cuál es Su Voluntad para nuestras vidas.
En el diálogo de Gedeón con el Ángel del Señor, podemos ver cuál es la duda que surge cuando el Señor nos llama:
"Gedeón replicó:
"Perdón, mi Señor ¿con qué voy a salvar a Israel? Mi clan es el más pobre de Manasés y yo soy el menor de la casa de mi padre».
El Señor le dijo:
«Yo estaré contigo y derrotarás a Madián como a un solo hombre».
Y esa es la Verdad, Él estará con nosotros, siempre y cuando confiemos en Su Providencia y Su Gracia que nos acompaña y nos fortalecerá para vivir según Su Voluntad.

 

lunes, 16 de agosto de 2021

El sabio tiene los ojos puestos en la cabeza

De las Homilías de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el Eclesiastés

    Si el alma eleva sus ojos a su cabeza, que es Cristo, según la interpretación de Pablo, habrá que considerarla dichosa por la penetrante mirada de sus ojos, ya que los tiene puestos allí donde no existen las tinieblas del mal. El gran Pablo y todos los que tuvieron una grandeza semejante a la suya tenían los ojos fijos en su cabeza, así como todos los que viven, se mueven y existen en Cristo. Pues, así como es imposible que el que está en la luz vea tinieblas, así también lo es que el que tiene los ojos puestos en Cristo los fije en cualquier cosa vana. Por tanto, el que tiene los ojos puestos en la cabeza, y por cabeza entendemos aquí al que es principio de todo, los tiene puestos en toda virtud (ya que Cristo es la virtud perfecta y totalmente absoluta), en la verdad, en la justicia, en la incorruptibilidad, en todo bien. Porque el sabio tiene sus ojos puestos en la cabeza, mas el necio camina en las tinieblas. El que no pone su lámpara sobre el candelero, sino que la pone bajo el lecho, hace que la luz sea para él tinieblas.
    Por el contrario, cuántos hay que viven entregados a la lucha por las cosas de arriba y a la contemplación de las cosas verdaderas, y son tenidos por ciegos e inútiles, como es el caso de Pablo, que se gloriaba de ser insensato por Cristo. Porque su prudencia y sabiduría no consistía en las cosas que retienen nuestra atención aquí abajo. Por esto dice: Nosotros somos insensatos por Cristo, que es lo mismo que decir: «Nosotros somos ciegos con relación a la vida de este mundo, porque miramos hacia arriba y tenemos los ojos puestos en la cabeza.» Por esto vivía privado de hogar y de mesa, pobre, errante, desnudo, padeciendo hambre y sed.
    ¿Quién no lo hubiera juzgado digno de lástima, viéndolo encarcelado, sufriendo la ignominia de los azotes, viéndolo entre las olas del mar al ser la nave desmantelada, viendo cómo era llevado de aquí para allá entre cadenas? Pero, aunque tal fue su vida entre los hombres, él nunca dejó de tener los ojos puestos en la cabeza, según aquellas palabras suyas: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿La aflicción? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada? Que es como si dijese: «¿Quién apartará mis ojos de la cabeza y hará que los ponga en las cosas que son despreciables?» A nosotros nos manda hacer lo mismo, cuando nos exhorta a poner nuestro corazón en las cosas del cielo, lo que equivale a decir «tener los ojos puestos en la cabeza».
 

domingo, 15 de agosto de 2021

Tu cuerpo es Santo

 De la Constitución apostólica Munificentissimus Deus del papa Pío doce



    Los santos Padres y doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando sobre todo hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo.
    Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente: 
    «Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda creatura como Madre y esclava de Dios.»
    Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal: 
    «Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta.»
    Otro antiquísimo escritor afirma:
    «La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia sí mismo, del modo que él solo conoce." Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.
    Y sobre todo hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el último trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria.»
    Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Cristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.

sábado, 14 de agosto de 2021

Ideal apostolico

 De las cartas de san Maximiliano Kolbe, presbítero y mártir


    Me llena de gozo, querido hermano, el celo que te anima en la propagación de la gloria de Dios. En la actualidad se da una gravísima epidemia de indiferencia, que afecta, aunque de modo diverso, no sólo a los laicos, sino también a los religiosos. Con todo, Dios es digno de una gloria infinita. Siendo nosotros pobres criaturas limitadas y, por tanto, incapaces de rendirle la gloria que él merece, esforcémonos, al menos, por contribuir, en cuanto podamos, a rendirle la mayor gloria posible.
    La gloria de Dios consiste en la salvación de las almas, que Cristo ha redimido con el alto precio de su muerte en la cruz. La salvación y la santificación más perfecta del mayor número de almas debe ser el ideal más sublime de nuestra vida apostólica. Cuál sea el mejor camino para rendir a Dios la mayor gloria posible y llevar a la santidad más perfecta el mayor número de almas, Dios mismo lo conoce mejor que nosotros, porque él es omnisciente e infinitamente sabio. Él, y sólo él, Dios omnisciente, sabe lo que debemos hacer en cada momento para rendirle la mayor gloria posible. ¿Y cómo nos manifiesta Dios su propia voluntad? Por medio de sus representantes en la tierra. La obediencia, y sólo la santa obediencia, nos manifiesta con certeza la voluntad de Dios. Los superiores pueden equivocarse, pero nosotros obedeciendo no nos equivocamos nunca. Se da una excepción: cuando el superior manda algo que con toda claridad y sin ninguna duda es pecado, aunque este sea insignificante; porque en este caso el superior no sería el representante de Dios.
    Dios, y solamente Dios infinito, infalible, santísimo y clemente es nuestro Señor, nuestro creador y Padre, principio y fin, sabiduría, poder y amor: todo. Todo lo que no sea él vale en tanto en cuanto se refiere a él, creador de todo, redentor de todos los hombres y fin último de toda la creación. Es él quien, por medio de sus representantes aquí en la tierra, nos revela su admirable voluntad nos atrae hacia sí, y quiere por medio nuestro atraer el mayor número posible de almas y unirlas a sí del modo más íntimo y personal.
    Querido hermano, piensa qué grande es la dignidad de nuestra condición por la misericordia de Dios. Por medio de la obediencia nosotros nos alzamos por encima de nuestra pequeñez y podemos obrar conforme a la voluntad de Dios. Más aún: adhiriéndonos así a la divina voluntad, a la que no puede resistir ninguna criatura, nos hacemos más fuertes que todas ellas. Ésta es nuestra grandeza; y no es todo: por medio de la obediencia nos convertimos en infinitamente poderosos.
    Éste y sólo éste es el camino de la sabiduría y de la prudencia, y el modo de rendir a Dios la mayor gloria posible. Si existiese un camino distinto y mejor: Jesús nos lo hubiera indicado con sus palabras y su ejemplo. Los treinta años de su vida escondida son descritos así por la sagrada Escritura: Y les estaba sujeto. Igualmente, por lo que se refiere al resto de la vida toda de Jesús, leemos con frecuencia en la misma sagrada Escritura que él había venido a la tierra para cumplir la voluntad del Padre.
    Amemos sin límites a nuestro buen Padre: amor que se demuestra a través de la obediencia y se ejercita sobre todo cuando nos pide el sacrificio de la propia voluntad. El libro más bello y auténtico donde se puede aprender y profundizar este amor es el Crucifijo. Y esto lo obtendremos mucho más fácilmente de Dios por medio de la Inmaculada, porque a ella ha confiado Dios toda la economía de la misericordia.
    La voluntad de María, no hay duda alguna, es la voluntad del mismo Dios. Nosotros, por tanto, consagrándonos a ella, somos también como ella, en las manos de Dios, instrumentos de su divina misericordia. Dejémonos guiar por María; dejémonos llevar por ella, y estemos bajo su dirección tranquilos y seguros: ella se ocupará de todo y proveerá a todas nuestras necesidades, tanto del alma como del cuerpo; ella misma removerá las dificultades y angustias nuestras.

viernes, 13 de agosto de 2021

Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia

De los Sermones del beato Isaac, abad del monasterio de Stella

    Hay dos cosas que corresponden exclusivamente a Dios: el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados. Por ello nosotros debemos manifestar a Dios nuestra confesión y esperar su perdón. Sólo a Dios corresponde el perdonar los pecados, por eso, sólo a él debemos confesar nuestras culpas. Pero, así como el Señor todopoderoso y excelso se unió a una esposa insignificante y débil -haciendo de esta esclava una reina y colocando a la que estaba bajo sus pies a su mismo lado, pues de su lado, en efecto, nació la Iglesia y de su lado la tomó como esposa-, y así como lo que es del Padre es también del Hijo y lo que es del Hijo es también del Padre -a causa de la unidad de naturaleza de ambos-, así, de manera parecida, el esposo comunicó todos sus bienes a aquella esposa a la que unió consigo y también con el Padre. Por ello, en la oración que hizo el Hijo en favor de su esposa, dice al Padre: Quiero, Padre, que, así como tú estás en mí y yo en ti, sean también ellos una cosa en nosotros.
    El esposo, por tanto, que es uno con el Padre y uno con la esposa, destruyó aquello que había hallado menos santo en su esposa y lo clavó en la cruz, llevando al leño sus pecados y destruyéndolos por medio del madero. Lo que por naturaleza pertenecía a la esposa y era propio de ella lo asumió y se lo revistió, lo que era divino y pertenecía a su propia naturaleza lo comunicó a su esposa. Suprimió, en efecto, lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino, para que así, entre la esposa y el esposo, todo fuera común. Por ello el que no cometió pecado ni le encontraron engaño en su boca pudo decir: Misericordia, Señor, que desfallezco. De esta manera participa él en la debilidad y en el llanto de su esposa y todo resulta común entre el esposo y la esposa, incluso el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados; por ello dice: Ve a presentarte al sacerdote.
    La Iglesia, pues, nada puede perdonar sin Cristo, y Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia. La Iglesia solamente puede perdonar al que se arrepiente, es decir, a aquel a quien Cristo ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quiere perdonar ninguna clase de pecados a quien desprecia a la Iglesia. Por lo tanto, no debe separar el hombre lo que Dios ha unido. Gran misterio es éste; pero yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.
    No te empeñes, pues, en separar la cabeza del cuerpo, no impidas la acción del Cristo total, pues ni Cristo está entero sin la Iglesia ni la Iglesia está íntegra sin Cristo. El Cristo total e íntegro lo forman la cabeza y el cuerpo, por ello dice: Nadie ha subido al cielo, sino el Hijo del hombre, que está en, el cielo. Éste es el único hombre que puede perdonar los pecados.

jueves, 12 de agosto de 2021

Si me olvido de ti...

Del Comentario de san Bruno, presbítero, sobre los salmos

    ¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegan a los atrios del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del Dios vivo.
    El profeta nos muestra cuál sea la razón por la que desea llegar a los atrios del Señor: «Lo deseo, Señor Dios de los ejércitos celestiales, Rey mío y Dios mío, porque son dichosos los que viven en tu casa, la Jerusalén celestial.» Es como si dijera: «¿Quién no anhelará llegar a tus atrios, siendo tú el mismo Dios, el Señor de los ejércitos, el Rey del universo? ¿Quién no anhelará penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa?» Atrios y casa significan aquí lo mismo. Y cuando dice aquí dichosos ya se sobrentiende que tienen tanta dicha cuanto el hombre es capaz de concebir. Por ello son dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir, eternamente; y no podrían alabar eternamente, sino fueran eternamente dichosos.
    Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra en ti su fuerza y con ella dispone su corazón para que llegue a ,esta suprema felicidad, que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras, recibe, además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar a esta suprema felicidad, como lo afirma el mismo Señor: Nadie sube al cielo -se entiende por sí mismo-, sino el Hijo del hombre, que está en el cielo.
    Afirmo que dispone su corazón para subir hasta esta suprema felicidad porque, de hecho, el hombre se encuentra en un árido valle de lágrimas, es decir, en un mundo que, en comparación con la vida eterna, que viene a ser como un monte repleto de alegría, es un valle profundo donde abundan los sufrimientos y las tribulaciones.
    Pero como sea que el profeta declara dichoso al hombre que encuentra en ti su fuerza, podría alguien preguntarse: «¿Concede Dios su ayuda para conseguir esto?» A ello respondo: Sin duda alguna, Dios concede a los santos este auxilio. En efecto, nuestro legislador, Cristo, el mismo que nos dio la ley, nos ha dado y continuará dándonos sin cesar sus bendiciones; con ellas nos irá elevando hacia la dicha suprema y así subiremos, de altura en altura, hasta que lleguemos a contemplar a Cristo, el Dios de los dioses; él nos divinizará en la futura Jerusalén del cielo: por ello allí podremos contemplar al Dios de los dioses, es decir, a la Santa Trinidad en sus mismos santos; es decir, nuestra inteligencia sabrá descubrir en nosotros mismos a aquel Dios a quien nadie en este mundo pudo ver y de esta forma Dios lo será todo en todos.

miércoles, 11 de agosto de 2021

Atiende la pobreza, la humildad y la caridad de Cristo

De la Carta de santa Clara, virgen, a la beata Inés de Praga

    Dichoso, en verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado banquete Y unirse en lo íntimo de su corazón a aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente, cuya fragancia retornará los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará felices a los ciudadanos de la Jerusalén celestial: él es el brillo de la gloria eterna, un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha, el espejo que debes mirar cada día, oh reina, esposa de Jesucristo, y observar en él reflejada tu faz, para que así te vistas y adornes por dentro y por fuera con toda la variedad de flores de las diversas virtudes, que son las que han de constituir tu vestido y tu adorno, como conviene a una hija y esposa castísima del Rey supremo. En este espejo brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como puedes observar si, con la gracia de Dios, vas recorriendo sus diversas partes.
    Atiende al principio de este espejo, quiero decir a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre. En el medio del espejo considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del género humano. Al final de este mismo espejo contempla la inefable caridad por la que quiso sufrir en la cruz y morir en ella con la clase de muerte más infamante. Este mismo espejo, clavado en la cruz, invitaba a los que pasaban a estas consideraciones, diciendo: ¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor! Respondamos nosotros, a sus clamores y gemidos, con una sola voz y un solo espíritu: Mi alma lo recuerda y se derrite de tristeza dentro de mi. De este modo, tu caridad arderá con una fuerza siempre renovada, oh reina del Rey celestial.
    Contemplando además sus inefables delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando por el intenso deseo de tu corazón, proclamarás: «Arrástrame tras de ti, y correremos atraídos por el aroma de tus perfumes, esposo celestial. Correré sin desfallecer, hasta que me introduzcas en la sala del festín, hasta que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente y me beses con los besos deliciosos de tu boca.
Contemplando estas cosas, dígnate acordarte de ésta tu insignificante madre, y sabe que yo tengo tu agradable recuerdo grabado de modo imborrable en mi corazón, ya que te amo más que nadie. 

martes, 10 de agosto de 2021

Administró la sangre de Cristo

 De los Sermones de san Agustín, obispo

    La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros, debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparo. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.
    También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.
    Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad.
    Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
    Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

lunes, 9 de agosto de 2021

Ave Crux, Santa Crux

De los escritos espirituales de Santa Teresa Benedicta de la Cruz

“Te saludamos, Cruz santa, única esperanza nuestra” Así lo decimos en la Iglesia en el tiempo de Pasión, tiempo dedicado a la contemplación de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo.
El mundo está en llamas: la lucha entre Cristo y el Anticristo ha comenzado abiertamente, por eso si te decides en favor de Cristo, ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la vida.
Contempla al Señor que ante ti cuelga del madero, porque ha sido obediente hasta la muerte de Cruz.
Él vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre. Si quieres ser la esposa del Crucificado debes renunciar totalmente a tu voluntad y no tener más aspiración que la de cumplir la voluntad de Dios.
Frente a ti el Redentor pende de la Cruz despojado y desnudo, porque ha escogido la pobreza. Quienquiera seguirlo debe renunciar a toda posesión terrena.
Ponte delante del Señor que cuelga de la Cruz, con corazón quebrantado; Él ha vertido la sangre de su corazón con el fin de ganar el tuyo. Para poder imitarle en la santa castidad, tu corazón ha de vivir libre de toda aspiración terrena; Jesús crucificado debe ser el objeto de toda tu tendencia, de todo tu deseo, de todo tu pensamiento.
El mundo está en llamas: el incendio podría también propagarse a nuestra casa, pero por encima de todas las llamas se alza la cruz, incombustible. La cruz es el camino que conduce de la tierra al cielo.
Quien se abraza a ella con fe, amor y esperanza se siente transportado a lo alto, hasta el seno de la Trinidad.
El mundo está en llamas: ¿Deseas apagarlas? Contempla la cruz: del Corazón abierto brota la sangre del Redentor, sangre capaz de extinguir las mismas llamas del infierno. Mediante la fiel observancia de los votos, mantén tu corazón libre y abierto; entonces rebosarán sobre él los torrentes del amor divino, haciéndolo desbordar fecundamente hasta los confines de la tierra.
Gracias al poder de la cruz puedes estar presente en todos los lugares del dolor a donde te lleve tu caridad compasiva, una caridad que dimana del Corazón Divino, y que te hace capaz de derramar en todas partes su preciosísima sangre para mitigar, salvar y redimir.
El Crucificado clava en ti los ojos interrogándote, interpelándote. ¿Quieres volver a pactar en serio con Él la alianza? Tú sólo tienes palabras de vida eterna. ¡Salve, Cruz, única esperanza!