martes, 31 de agosto de 2021
Dios te va a castigar...
lunes, 30 de agosto de 2021
Conozcamos el amor de Cristo
De los Escritos de santa Rosa de Lima, virgen
El Salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad:
«Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de
las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al
acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los
carismas. Que nadie se engañe: ésta es la única verdadera escala del paraíso, y
fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!»
Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la
plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de
cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen:
«Oíd, pueblo; oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con
palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin
padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la
participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y
la perfecta hermosura del alma.»
Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la
divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no
podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la
prisión y, libre y sola, con más agilidad, se había de ir por el mundo, dando
voces:
«¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué
noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos
júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en
buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias,
enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro
inestimable de la gracia. Esta es la mercancía y logro último de la constancia
en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen
en suerte, si conociera las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los
hombres.»
domingo, 29 de agosto de 2021
El culto vacío
sábado, 28 de agosto de 2021
Instrucciones del Señor
Oh, eterna Verdad!
De las Confesiones de san Agustín, obispo
Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré
en mi interior, siendo tu mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me
socorriste. Entré y ví con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de
la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente. una luz inconmutable;
no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que
fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente
distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como
el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto. ya que ella fue quien
me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que
conoce la verdad. ¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres
mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera. fuiste
tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no
era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con
fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran
distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo,
como si oyera tu voz que me decía desde arriba: "Soy alimento de adultos:
crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede
con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí.»
Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera
capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador
entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por
encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me
decía: Yo soy el camino de la verdad y la vida, y el que mezcla aquel
alimento. que yo ha podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo
carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en
leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas.
¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te
amé: Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y,
deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú
estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas
que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y
quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento
hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.
jueves, 26 de agosto de 2021
El castigo de los hipócritas
miércoles, 25 de agosto de 2021
El que tenga sed que venga a Mí.
De las Instrucciones de san Columbano, abad
Escuchad, amados hermanos, mis palabras; escuchadlas bien, como si se tratara de algo
que os es muy necesario; saciad vuestra sed con el agua de la fuente divina de la que
os voy a hablar; desead este agua y no dejéis que vuestra sed se extinga; bebed y no
os creáis nunca saciados; nos está llamando el que es fuente viva, el que es la fuente
misma de la vida nos dice: El que tenga sed que venga a mí, y que beba.
Entended bien de qué bebida se trata: escuchad lo que, por medio de Jeremías,
os dice aquel que es la misma fuente: Me han abandonado a mí, la fuente de aguas vivas
-oráculo del Señor-. El mismo Señor, nuestro Dios Jesucristo, es la fuente de la vida,
por ello nos invita a sí como a una fuente para que bebamos de él. Bebe de él quien lo
ama, bebe de él quien se alimenta con su palabra, quien lo ama debidamente, quien
sinceramente lo desea, bebe de él quien se inflama en el amor de la sabiduría.
Considerad de dónde brota esta fuente: brota de aquel mismo lugar de donde
descendió nuestro pan; porque uno mismo es nuestro pan y nuestra fuente, el Hijo
único, nuestro Dios, Cristo el Señor, de quien debemos estar siempre
hambrientos. Aunque nos alimentemos de él por el amor, aunque lo devoremos por
el deseo, continuemos hambrientos deseándolo. Bebamos de él como si se tratara
de una fuente, bebámoslo con un amor que nos parezca siempre susceptible de
aumento, bebámoslo con toda la fuerza de nuestros deseos y deleitémonos con la
suavidad de su dulzura.
Pues el Señor es suave y es dulce; aunque lo hayamos comido y lo hayamos bebido,
no dejemos de estar hambrientos y sedientos de él, pues este manjar jamás es
totalmente comido, ni esta bebida jamás es agotada; aunque se le coma, jamás se
consume; aunque se le beba, jamás se le agota, porque nuestro manjar es eterno y
nuestra fuente perenne y siempre deliciosa. Por eso
dice el profeta: Los que estáis sedientos, venid a la fuente, pues esta fuente
es la fuente de los sedientos, no la de los que se sienten
saturados; por ello, a aquellos que tienen hambre -que son aquellos mismos a
quienes en otro lugar proclaman dichosos- los llama a sí y convoca a aquellos
que nunca han quedado saciados de beber, sino que cuanto más beben, más
sedientos se sienten.
Por eso, hermanos, hemos de desear siempre, hemos de buscar y amar siempre a
aquel que es la Palabra de Dios, fuente de sabiduría, que tiene su asiento en
las alturas, en quien, como dice el Apóstol, están escondidos todos los
tesoros de la sabiduría y de la ciencia y que no cesa de llamar a los que están sedientos
de esta bebida.
Si estás sediento, bebe de esta fuente de vida; si tienes hambre; come de este
pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este pan y sed de esta fuente;
estos hambrientos y sedientos, por mucho que coman y beban, siempre buscan
saciar aún más plenamente su hambre y su sed. Sin duda debe ser muy dulce aquel
manjar - y aquella bebida que por mucho que se coma y que se beba continúa aún
deseándose y cuyo gusto no cesa de excitar el hambre y la sed. Por ello dice el
profeta rey:
Gustad y ved qué dulce, qué bueno es el Señor.
martes, 24 de agosto de 2021
Ven y verás!
lunes, 23 de agosto de 2021
Encontrar alimento y descanso
Del Comentario de santo Tomás de Aquino, presbítero, sobre el evangelio de san Juan
Yo soy el buen pastor. Es evidente que el oficio de pastor compete a Cristo,
pues, de la misma manera que el rebaño es guiado y alimentado por el pastor, así Cristo alimenta
a los fieles espiritualmente y también con su cuerpo y su sangre. Erais como ovejas descarriadas
-dice el Apóstol-, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas.
Pero, ya que Cristo por una parte afirma que el pastor entra por la puerta y
en otro lugar dice que él es la puerta y aquí añade que él es el pastor, debe concluirse de todo
ello que Cristo entra por sí mismo. Y es cierto que Cristo entra por sí mismo, pues él se
manifiesta a sí mismo y por sí mismo conoce al Padre. Nosotros, en cambio, entramos por él, pues
es por él que alcanzamos la felicidad.
Pero, fíjate bien: nadie que no sea él es puerta, porque nadie sino él es luz
verdadera, a no ser por participación: No era él -es decir, Juan- la luz, sino testigo enviado a
declarar en favor de la luz. De Cristo, en cambio, se dice: Era la luz verdadera que ilumina a
todos los hombres. Por ello de nadie puede decirse que sea puerta; .esta cualidad Cristo se la
reservó para sí; el oficio, en cambio, de pastor lo dio también a otros y quiso que lo tuvieran
sus miembros: por ello Pedro fue pastor y pastores fueron también los otros apóstoles y son
pastores todos los buenos obispos. Os daré -dice la Escritura- pastores conforme a mi corazón.
Pero aunque los prelados de la Iglesia, que también son hijos, sean todos llamados pastores, sin
embargo, el Señor dice en singular: Yo soy el buen pastor; con ello quiere estimularlos a la caridad,
insinuándoles que nadie puede ser buen pastor si no llega a ser una sola cosa con Cristo, por la
caridad y se convierte en miembro del verdadero pastor.
El deber del buen pastor es la caridad; por eso dice: El buen pastor da su vida
por las ovejas. Conviene, pues, distinguir entre el buen pastor y el mal pastor: el buen pastor es
aquel que busca el bien de sus ovejas, en cambio, el mal pastor es el que persigue su propio bien.
A los pastores que apacientan rebaños de ovejas no se les exige exponer su propia
vida a la muerte por el bien de su rebaño, pero, en cambio, el pastor espiritual sí que debe renunciar
a su vida corporal ante el peligro de sus ovejas, porque la salvación espiritual del rebaño es de más
precio que la vida corporal del pastor. Es esto precisamente lo que afirma el Señor: El buen pastor da
su vida -la vida del cuerpo- por las ovejas, es decir, por las que son suyas por razón de su autoridad
y de su amor. Ambas cosas se requieren: que las ovejas le pertenezcan y que las ame, pues lo primero
sin lo segundo no sería suficiente.
De este proceder Cristo nos dio ejemplo: Si Cristo dio su vida por nosotros, también
nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.
domingo, 22 de agosto de 2021
A quién seguimos?
sábado, 21 de agosto de 2021
La voz de la Iglesia que resuena dulcemente
De la Constitución apostólica Divino afflátu, del papa san Pío décimo
Es un hecho demostrado que los salmos, compuestos por
inspiración divina, cuya colección forma parte de las Sagradas Escrituras, ya
desde los orígenes de la Iglesia sirvieron admirablemente para fomentar la
piedad de los fieles, que ofrecían continuamente a Dios un sacrificio de
alabanza, es decir, el tributo de los labios que van bendiciendo su nombre, y
que además, por una costumbre heredada del antiguo Testamento, alcanzaron un
lugar importante en la sagrada liturgia y en el Oficio divino. De ahí nació lo
que san Basilio llama .da voz de la Iglesia», y la salmodia, calificada por
nuestro antecesor Urbano octavo como «hija de la himnodia que se canta
asiduamente ante el trono de Dios y del Cordero», y que, según el dicho de san
Atanasio, enseña, sobre todo a las personas dedicadas al culto divino, «cómo hay
que alabar a Dios y cuáles son las palabras más adecuadas» para ensalzarlo. Con
relación a este tema, dice bellamente san Agustín: «Para que el hombre alabara
dignamente a Dios, Dios se alabó a sí mismo; y, porque se dignó alabarse, por
esto el hombre halló el modo de alabarlo.»
Los salmos tienen, además, una eficacia especial para
suscitar en las almas el deseo de todas las virtudes. En efecto, «si bien es
verdad que todas las partes de la Escritura, tanto del antiguo como del nuevo
Testamento, están inspiradas por Dios y son útiles para instruir, según está
escrito, sin embargo, el libro de los salmos, como el paraíso en el que se
hallan (los frutos) de todos los demás (libros sagrados), prorrumpe en cánticos
y, al salmodiar, pone de manifiesto sus propios frutos junto con aquellos
otros.» Estas palabras son también de san Atanasio, quien añade asimismo: «A mi
modo de ver, los salmos vienen a ser como un espejo, en el que quienes salmodian
se contemplan a sí mismos y sus diversos sentimientos, y con esta sensación los
recitan.» San Agustín dice en el libro de sus Confesiones: «¡Cuánto lloré con
tus himnos y cánticos, conmovido intensamente por las voces de tu Iglesia que
resonaba dulcemente! A medida que aquellas voces se infiltraban en mis oídos, la
verdad se iba haciendo más clara en mi interior y me sentía inflamado en
sentimientos de piedad, y corrían las lágrimas, que me hacían mucho bien.»
En efecto, ¿quién dejará de conmoverse ante aquellas
frecuentes expresiones de los salmos en las que se ensalza de un modo tan
elevado la inmensa majestad de Dios, su omnipotencia, su inefable justicia, su
bondad o clemencia y todos sus demás infinitos atributos, dignos de alabanza?
¿En quién no encontrarán eco aquellos sentimientos de acción de gracias por los
beneficios recibidos de Dios, o aquellas humildes y confiadas súplicas por los
que se espera recibir, o aquellos lamentos del alma que llora sus pecados?
¿Quién no se sentirá inflamado de amor al descubrir la imagen esbozada de Cristo
redentor, de quien san Agustín «oía la voz en todos los salmos, ora salmodiando,
ora gimiendo, ora alegre por la esperanza, ora suspirando por la realidad?
viernes, 20 de agosto de 2021
Amo porque amo, amo por amar
De los Sermones de san Bernardo, abad, sobre el Cantar de los cantares
El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y
su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de
él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica.
Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su
principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua
emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del
alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador,
aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo
semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es
ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor
mismo hace felices a los que se aman entre sí.
El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio
amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor.
¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en
persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?
Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y
exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es
amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello
en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma
abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la
esposa y el Esposo, el Creador y la creatura; hay la misma disparidad entre
ellos que entre el sediento y la fuente.
Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del
que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de
que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura
con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en
claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera.
Porque, aunque la creatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con
todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de
amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es
imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de
amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se
tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con
mayor intensidad.
jueves, 19 de agosto de 2021
Llamados y ¿elegidos?
miércoles, 18 de agosto de 2021
Renunciar para ser rey
martes, 17 de agosto de 2021
Déjate conducir por Dios
lunes, 16 de agosto de 2021
El sabio tiene los ojos puestos en la cabeza
De las Homilías de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el Eclesiastés
Si el alma eleva sus ojos a su cabeza, que es Cristo, según la
interpretación de Pablo, habrá que considerarla dichosa por la penetrante mirada
de sus ojos, ya que los tiene puestos allí donde no existen las tinieblas del
mal. El gran Pablo y todos los que tuvieron una grandeza semejante a la suya
tenían los ojos fijos en su cabeza, así como todos los que viven, se mueven y
existen en Cristo. Pues, así como es imposible que el que está en la luz vea
tinieblas, así también lo es que el que tiene los ojos puestos en Cristo los
fije en cualquier cosa vana. Por tanto, el que tiene los ojos puestos en la
cabeza, y por cabeza entendemos aquí al que es principio de todo, los tiene
puestos en toda virtud (ya que Cristo es la virtud perfecta y totalmente
absoluta), en la verdad, en la justicia, en la incorruptibilidad, en todo bien.
Porque el sabio tiene sus ojos puestos en la cabeza, mas el necio camina en las
tinieblas. El que no pone su lámpara sobre el candelero, sino que la pone bajo
el lecho, hace que la luz sea para él tinieblas.
Por el contrario, cuántos hay que viven entregados a la lucha por
las cosas de arriba y a la contemplación de las cosas verdaderas, y son tenidos
por ciegos e inútiles, como es el caso de Pablo, que se gloriaba de ser insensato
por Cristo. Porque su prudencia y sabiduría no consistía en las cosas que retienen
nuestra atención aquí abajo. Por esto dice: Nosotros somos insensatos por Cristo,
que es lo mismo que decir: «Nosotros somos ciegos con relación a la vida de este
mundo, porque miramos hacia arriba y tenemos los ojos puestos en la cabeza.» Por
esto vivía privado de hogar y de mesa, pobre, errante, desnudo, padeciendo hambre
y sed.
¿Quién no lo hubiera juzgado digno de lástima, viéndolo encarcelado,
sufriendo la ignominia de los azotes, viéndolo entre las olas del mar al ser la
nave desmantelada, viendo cómo era llevado de aquí para allá entre cadenas? Pero,
aunque tal fue su vida entre los hombres, él nunca dejó de tener los ojos puestos
en la cabeza, según aquellas palabras suyas: ¿Quién podrá apartarnos del amor de
Cristo? ¿La aflicción? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez?
¿El peligro? ¿La espada? Que es como si dijese: «¿Quién apartará mis ojos de la
cabeza y hará que los ponga en las cosas que son despreciables?» A nosotros nos
manda hacer lo mismo, cuando nos exhorta a poner nuestro corazón en las cosas del
cielo, lo que equivale a decir «tener los ojos puestos en la cabeza».
domingo, 15 de agosto de 2021
Tu cuerpo es Santo
De la Constitución apostólica Munificentissimus Deus del papa Pío doce
Los santos Padres y doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando sobre todo hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo.
Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:
«Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda creatura como Madre y esclava de Dios.»
Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:
«Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta.»
Otro antiquísimo escritor afirma:
«La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia sí mismo, del modo que él solo conoce." Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.
Y sobre todo hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el último trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria.»
Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Cristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.
sábado, 14 de agosto de 2021
Ideal apostolico
De las cartas de san Maximiliano Kolbe, presbítero y mártir
Me llena de gozo, querido hermano, el celo que te anima en la propagación de la gloria de Dios. En la actualidad se da una gravísima epidemia de indiferencia, que afecta, aunque de modo diverso, no sólo a los laicos, sino también a los religiosos. Con todo, Dios es digno de una gloria infinita. Siendo nosotros pobres criaturas limitadas y, por tanto, incapaces de rendirle la gloria que él merece, esforcémonos, al menos, por contribuir, en cuanto podamos, a rendirle la mayor gloria posible.
La gloria de Dios consiste en la salvación de las almas, que Cristo ha redimido con el alto precio de su muerte en la cruz. La salvación y la santificación más perfecta del mayor número de almas debe ser el ideal más sublime de nuestra vida apostólica. Cuál sea el mejor camino para rendir a Dios la mayor gloria posible y llevar a la santidad más perfecta el mayor número de almas, Dios mismo lo conoce mejor que nosotros, porque él es omnisciente e infinitamente sabio. Él, y sólo él, Dios omnisciente, sabe lo que debemos hacer en cada momento para rendirle la mayor gloria posible. ¿Y cómo nos manifiesta Dios su propia voluntad? Por medio de sus representantes en la tierra. La obediencia, y sólo la santa obediencia, nos manifiesta con certeza la voluntad de Dios. Los superiores pueden equivocarse, pero nosotros obedeciendo no nos equivocamos nunca. Se da una excepción: cuando el superior manda algo que con toda claridad y sin ninguna duda es pecado, aunque este sea insignificante; porque en este caso el superior no sería el representante de Dios.
Dios, y solamente Dios infinito, infalible, santísimo y clemente es nuestro Señor, nuestro creador y Padre, principio y fin, sabiduría, poder y amor: todo. Todo lo que no sea él vale en tanto en cuanto se refiere a él, creador de todo, redentor de todos los hombres y fin último de toda la creación. Es él quien, por medio de sus representantes aquí en la tierra, nos revela su admirable voluntad nos atrae hacia sí, y quiere por medio nuestro atraer el mayor número posible de almas y unirlas a sí del modo más íntimo y personal.
Querido hermano, piensa qué grande es la dignidad de nuestra condición por la misericordia de Dios. Por medio de la obediencia nosotros nos alzamos por encima de nuestra pequeñez y podemos obrar conforme a la voluntad de Dios. Más aún: adhiriéndonos así a la divina voluntad, a la que no puede resistir ninguna criatura, nos hacemos más fuertes que todas ellas. Ésta es nuestra grandeza; y no es todo: por medio de la obediencia nos convertimos en infinitamente poderosos.
Éste y sólo éste es el camino de la sabiduría y de la prudencia, y el modo de rendir a Dios la mayor gloria posible. Si existiese un camino distinto y mejor: Jesús nos lo hubiera indicado con sus palabras y su ejemplo. Los treinta años de su vida escondida son descritos así por la sagrada Escritura: Y les estaba sujeto. Igualmente, por lo que se refiere al resto de la vida toda de Jesús, leemos con frecuencia en la misma sagrada Escritura que él había venido a la tierra para cumplir la voluntad del Padre.
Amemos sin límites a nuestro buen Padre: amor que se demuestra a través de la obediencia y se ejercita sobre todo cuando nos pide el sacrificio de la propia voluntad. El libro más bello y auténtico donde se puede aprender y profundizar este amor es el Crucifijo. Y esto lo obtendremos mucho más fácilmente de Dios por medio de la Inmaculada, porque a ella ha confiado Dios toda la economía de la misericordia.
La voluntad de María, no hay duda alguna, es la voluntad del mismo Dios. Nosotros, por tanto, consagrándonos a ella, somos también como ella, en las manos de Dios, instrumentos de su divina misericordia. Dejémonos guiar por María; dejémonos llevar por ella, y estemos bajo su dirección tranquilos y seguros: ella se ocupará de todo y proveerá a todas nuestras necesidades, tanto del alma como del cuerpo; ella misma removerá las dificultades y angustias nuestras.
viernes, 13 de agosto de 2021
Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia
De los Sermones del beato Isaac, abad del monasterio de Stella
Hay dos cosas que corresponden exclusivamente a Dios: el honor de recibir la
confesión y el poder de perdonar los pecados. Por ello nosotros debemos
manifestar a Dios nuestra confesión y esperar su perdón. Sólo a Dios corresponde
el perdonar los pecados, por eso, sólo a él debemos confesar nuestras culpas.
Pero, así como el Señor todopoderoso y excelso se unió a una esposa
insignificante y débil -haciendo de esta esclava una reina y colocando a la que
estaba bajo sus pies a su mismo lado, pues de su lado, en efecto, nació la
Iglesia y de su lado la tomó como esposa-, y así como lo que es del Padre es
también del Hijo y lo que es del Hijo es también del Padre -a causa de la unidad
de naturaleza de ambos-, así, de manera parecida, el esposo comunicó todos sus
bienes a aquella esposa a la que unió consigo y también con el Padre. Por ello,
en la oración que hizo el Hijo en favor de su esposa, dice al Padre: Quiero,
Padre, que, así
como tú estás en mí y yo en ti, sean también ellos una cosa en nosotros.
El esposo, por tanto, que es uno con el Padre y uno con la esposa, destruyó
aquello que había hallado menos santo en su esposa y lo clavó en la cruz,
llevando al leño sus pecados y destruyéndolos por medio del madero. Lo que por
naturaleza pertenecía a la esposa y era propio de ella lo asumió y se lo
revistió, lo que era divino y pertenecía a su propia naturaleza lo comunicó a su
esposa. Suprimió, en efecto, lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino,
para que así, entre la esposa y el esposo, todo fuera común. Por
ello el que no cometió pecado ni le encontraron engaño en su boca pudo decir:
Misericordia, Señor, que desfallezco. De esta manera participa él en la
debilidad y en el llanto de su esposa y todo resulta común entre el esposo y la
esposa, incluso el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los
pecados; por ello dice: Ve a presentarte al sacerdote.
La Iglesia, pues, nada puede perdonar sin Cristo, y Cristo nada quiere perdonar
sin la Iglesia. La Iglesia solamente puede perdonar al que se arrepiente, es
decir, a aquel a quien Cristo ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quiere
perdonar ninguna clase de pecados a quien desprecia a la Iglesia. Por lo tanto,
no debe separar el hombre lo que Dios ha unido. Gran misterio es éste; pero yo
lo refiero a Cristo y a la Iglesia.
No te empeñes, pues, en separar la cabeza del cuerpo, no impidas la acción del
Cristo total, pues ni Cristo está entero sin la Iglesia ni la Iglesia está
íntegra sin Cristo. El Cristo total e íntegro lo forman la cabeza y el cuerpo,
por ello dice: Nadie ha subido al cielo, sino el Hijo del hombre, que está en,
el cielo. Éste es el único hombre que puede perdonar los pecados.
jueves, 12 de agosto de 2021
Si me olvido de ti...
Del Comentario de san Bruno, presbítero, sobre los salmos
¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegan a los atrios
del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del
Dios vivo.
El profeta nos muestra cuál sea la razón por la que desea llegar a los atrios
del Señor: «Lo deseo, Señor Dios de los ejércitos celestiales, Rey mío y Dios
mío, porque son dichosos los que viven en tu casa, la Jerusalén celestial.» Es
como si dijera: «¿Quién no anhelará llegar a tus atrios, siendo tú el mismo
Dios, el Señor de los ejércitos, el Rey del universo? ¿Quién no anhelará
penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa?» Atrios y
casa significan aquí lo mismo. Y cuando dice aquí dichosos ya se sobrentiende
que tienen tanta dicha cuanto el hombre es capaz de concebir. Por ello son
dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor
totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir,
eternamente; y no podrían alabar eternamente, sino fueran eternamente dichosos.
Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la
esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra
en ti su fuerza y con ella dispone su corazón para que llegue a ,esta suprema
felicidad, que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha
aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras,
recibe, además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar
a esta suprema felicidad, como lo afirma el mismo Señor: Nadie sube al cielo
-se entiende por sí mismo-, sino el Hijo del hombre, que está en el cielo.
Afirmo que dispone su corazón para subir hasta esta suprema felicidad porque, de
hecho, el hombre se encuentra en un árido valle de lágrimas, es decir, en un
mundo que, en comparación con la vida eterna, que viene a ser como un monte
repleto de alegría, es un valle profundo donde abundan los sufrimientos y las
tribulaciones.
Pero como sea que el profeta declara dichoso al hombre que encuentra en ti su
fuerza, podría alguien preguntarse: «¿Concede Dios su ayuda para conseguir
esto?» A ello respondo: Sin duda alguna, Dios concede a los santos este auxilio.
En efecto, nuestro legislador, Cristo, el mismo que nos dio la ley, nos ha dado
y continuará dándonos sin cesar sus bendiciones; con ellas nos irá elevando
hacia la dicha suprema y así subiremos, de altura en altura, hasta que lleguemos
a contemplar a Cristo, el Dios de los dioses; él nos divinizará en la futura
Jerusalén del cielo: por ello allí podremos contemplar al Dios de los dioses, es
decir, a la Santa Trinidad en sus mismos santos; es decir, nuestra inteligencia
sabrá descubrir en nosotros mismos a aquel Dios a quien nadie en este mundo pudo
ver y de esta forma Dios lo será todo en todos.
miércoles, 11 de agosto de 2021
Atiende la pobreza, la humildad y la caridad de Cristo
De la Carta de santa Clara, virgen, a la beata Inés de Praga
Dichoso, en verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado banquete
Y unirse en lo íntimo de su corazón a aquel cuya belleza admiran sin cesar las
multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva
fuerza, cuya benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo
ilumina suavemente, cuya fragancia retornará los muertos a la vida y cuya visión
gloriosa hará felices a los ciudadanos de la Jerusalén celestial: él es el
brillo de la gloria eterna, un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha,
el espejo que debes mirar cada día, oh reina, esposa de Jesucristo, y observar en
él reflejada tu faz, para que así te vistas y adornes por dentro y por fuera con
toda la variedad de flores de las diversas virtudes, que son las que han de
constituir tu vestido y tu adorno, como conviene a una hija y esposa castísima
del Rey supremo. En este espejo brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y
la inefable caridad, como puedes observar si, con la gracia de Dios, vas
recorriendo sus diversas partes.
Atiende al principio de este espejo, quiero
decir a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales.
¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del
cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre. En el medio del espejo
considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y
penalidades que sufrió por la redención del género humano. Al final de este
mismo espejo contempla la inefable caridad por la que quiso sufrir en la cruz y
morir en ella con la clase de muerte más infamante. Este mismo espejo, clavado
en la cruz, invitaba a los que pasaban a estas consideraciones, diciendo: ¡Oh
vosotros, todos los que pasáis por el camino mirad y ved si hay dolor semejante
a mi dolor! Respondamos nosotros, a sus clamores y gemidos, con una sola voz y
un solo espíritu: Mi alma lo recuerda y se derrite de tristeza dentro de mi. De
este modo, tu caridad arderá con una fuerza siempre renovada, oh reina del Rey
celestial.
Contemplando además sus inefables delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y
suspirando por el intenso deseo de tu corazón, proclamarás: «Arrástrame tras de
ti, y correremos atraídos por el aroma de tus perfumes, esposo celestial. Correré
sin desfallecer, hasta que me introduzcas en la sala del festín, hasta que tu
mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente y me beses
con los besos deliciosos de tu boca.
Contemplando estas cosas, dígnate acordarte de ésta tu insignificante madre, y
sabe que yo tengo tu agradable recuerdo grabado de modo imborrable en mi
corazón, ya que te amo más que nadie.
martes, 10 de agosto de 2021
Administró la sangre de Cristo
De los Sermones de san Agustín, obispo
La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo,
que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica.
Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella
administró la sangre sagrada de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por el
nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del
Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros,
debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo
entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo
preparo. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.
También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad, debemos imitarlo. La
mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo
padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según
estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que
siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus
huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta
la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente
no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de
haber bebido ellos.
Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas
de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados,
así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida,
ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito
de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al pleno
conocimiento de la verdad.
Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del
derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice:
A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran
majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por
uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió:
¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y
haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si
habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la
diestra de Dios.
lunes, 9 de agosto de 2021
Ave Crux, Santa Crux