miércoles, 30 de junio de 2021
Confianza en Su Misericordia
martes, 29 de junio de 2021
Combatir el buen combate
lunes, 28 de junio de 2021
Ver a Dios
domingo, 27 de junio de 2021
Basta que tengas fe
sábado, 26 de junio de 2021
Creer y obedecer, esa es la cuestión
viernes, 25 de junio de 2021
La esperanza de ver a Dios
De las Homilías de san Gregorio de Nisa, obispo.
La promesa de Dios es ciertamente tan grande que supera toda felicidad imaginable.
¿Quién, en efecto, podrá desear un bien superior, si en la visión de Dios lo tiene
todo? Porque, según el modo de hablar de la Escritura, ver significa lo mismo que
poseer; y así, en aquello que leemos: Que veas la prosperidad de Jerusalén, la
palabra «ver» equivale a tener. Y en aquello otro: Que sea arrojado el impío,
para que no vea la grandeza del Señor, por «no ver» se entiende no tener parte en
esta grandeza.
Por lo tanto, el que ve a Dios alcanza por esta visión todos los bienes posibles:
la vida sin fin, la incorruptibilidad eterna, la felicidad imperecedera, el reino
sin fin, la alegría ininterrumpida, la verdadera luz, el sonido espiritual y dulce,
la gloria inaccesible, el júbilo perpetuo y, en resumen, todo bien.
Tal y tan grande es, en efecto, la felicidad prometida que nosotros esperamos;
pero, como antes hemos demostrado, la condición para ver a Dios es un corazón
puro, y, ante esta consideración, de nuevo mi mente se siente arrebatada y
turbada por una especie de vértigo, por la duda de si esta pureza de corazón es
de aquellas cosas imposibles y que superan y exceden nuestra naturaleza. Pues si
esta pureza de corazón es el medio para ver a Dios, y si Moisés y Pablo no lo
vieron, porque, como afirman, Dios no puede ser visto por ellos ni por cualquier
otro, esta condición que nos propone ahora la Palabra para alcanzar la felicidad
nos parece una cosa irrealizable. ¿De qué nos sirve conocer el modo de ver a
Dios, si nuestras fuerzas no alcanzan a ello? Es lo mismo que si
uno afirmara que en el cielo se vive feliz, porque allí es posible ver lo que no
se puede ver en este mundo. Porque, si se nos mostrase alguna manera de llegar
al cielo, sería útil haber aprendido que la felicidad está en el cielo. Pero, si
nos es imposible subir allí, ¿de qué nos sirve conocer la felicidad del cielo
sino solamente para estar angustiados y tristes, sabiendo de qué bienes estamos
privados y la imposibilidad de alcanzarlos? ¿Es que Dios nos invita a una
felicidad que excede nuestra naturaleza y nos manda algo que, por su magnitud,
supera las fuerzas humanas?
No es así. Porque Dios no creó a los volátiles sin alas, ni mandó vivir bajo el
agua a los animales dotados para la vida en tierra firme. Por tanto, si en todas
las cosas existe una ley acomodada a su naturaleza, y Dios no obliga a nada que
esté por encima de la propia naturaleza, de ello deducimos, por lógica
conveniencia, que no hay que desesperar de alcanzar la felicidad que se nos
propone, y que Juan y Pablo y Moisés, y otros como ellos, no se vieron privados
de esta sublime felicidad, resultante de la visión de Dios; pues, ciertamente,
no se vieron privados de esta felicidad ni aquel que dijo: Ahora me aguarda la
corona merecida, que el Señor, justo juez, me otorgará, ni aquel que se reclinó
sobre el pecho de Jesús, ni aquel que oyó de boca
de Dios: Te he conocido más que a todos. Por tanto, si es indudable que aquellos
que predicaron que la contemplación de Dios está por encima de nuestras fuerzas
son ahora felices, y si la felicidad consiste en la visión de Dios, y si para
ver a Dios es necesaria la pureza de corazón, es evidente que esta pureza de
corazón, que nos hace posible la felicidad, no es algo inalcanzable. Los que
aseguran, pues, tratando de basarse en las palabras de Pablo, que la visión de
Dios está por encima de nuestras posibilidades se engañan y están en
contradicción con las palabras del Señor, el cual nos promete que, por la pureza
de corazón, podemos alcanzar la visión divina.
jueves, 24 de junio de 2021
Precursores en el siglo XXI
miércoles, 23 de junio de 2021
Por los frutos los conoceréis
martes, 22 de junio de 2021
Carta de Santo Tomás Moro
lunes, 21 de junio de 2021
Sal de tu tierra
domingo, 20 de junio de 2021
Por qué teneis miedo?
sábado, 19 de junio de 2021
Hay que orar, también, con hechos
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
No es de extrañar, queridos hermanos, que la oración que nos enseñó Dios con
su magisterio resuma todas nuestras peticiones en tan breves y saludables
palabras. Esto ya había sido predicho anticipadamente por el profeta Isaías;
cuando, lleno de Espíritu Santo, habló de la piedad y la majestad de Dios,
diciendo: Palabra que acaba y abrevia en justicia, porque Dios abreviará su
palabra en todo el orbe de la tierra. Cuando vino aquel que es la Palabra de
Dios en persona, nuestro Señor Jesucristo, para reunir a todos, sabios e
ignorantes, y para enseñar a todos, sin distinción de sexo o edad, el camino de
salvación, quiso resumir en un sublime compendio todas sus enseñanzas, para no
sobrecargar la memoria de los que aprendían su doctrina celestial y para que
aprendiesen con facilidad, lo elemental de la fe cristiana.
Y así, al enseñar en qué consiste la vida eterna, nos resumió el misterio de
esta vida en estas palabras tan breves y llenas de divina grandiosidad: Ésta es
la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado
Jesucristo. Asimismo, al discernir los primeros y más importantes mandamientos
de la ley y los profetas, dice: Escucha, Israel; el Señor, Dios nuestro, es
el único Señor; y: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu
alma y con todas tus fuerzas. Este es el primero. El segundo, parecido a éste,
es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos son el
fundamento de toda la ley y los profetas. Y también: Todo cuanto queréis
que os hagan los demás, hacédselo igualmente vosotros. A esto se reducen la ley
y los profetas.
Además, Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con hechos, ya
que él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál
ha de ser nuestra conducta en este aspecto; leemos, en efecto: Jesús se retiraba
a parajes solitarios, para entregarse a la oración; y también: Se retiró a la
montaña para orar, y pasó toda la noche haciendo oración a Dios. El Señor,
cuando oraba, no pedía por sí mismo -¿qué podía pedir por sí mismo, si él era
inocente?-, sino por nuestros pecados, como lo declara con aquellas palabras que
dirige a Pedro: Satanás os busca para zarandearos como el trigo en la criba;
pero yo he rogado por ti, para que no se apague tu fe. Y luego ruega al Padre
por todos, diciendo: Yo te ruego no sólo por éstos, sino por todos los que,
gracias a su palabra, han de creer en mí, para que todos sean uno; para que, así
como tú, Padre, estás en mí y yo estoy en ti, sean ellos una cosa en nosotros.
Gran benignidad y bondad la de Dios para nuestra salvación: no contento con
redimirnos con su sangre, ruega también por nosotros. Pero atendamos cuál es el
deseo de Cristo, expresado en su oración: que así como el Padre y el Hijo son
una misma cosa, así también nosotros imitemos esta unidad.
viernes, 18 de junio de 2021
Que los Hijos permanezcan en paz
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es a la vez un mandato
y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida
en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es
imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no
actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello
dice también en otro lugar: Con la medida con que midáis se os medirá a
vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la
deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel.
Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que
había conseguido de su amo.
Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía,
cuando nos manda severamente: Cuando estéis rezando, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadle primero,
para que vuestro Padre celestial os perdone también vuestros pecados. Pero si
vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros
pecados. Ninguna excusa tendrás en el
día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado
conforme a lo que tú hayas hecho.
Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su
casa, y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de
tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios y los
que tenemos un solo espíritu tengamos también un solo pensar y sentir. Por esto
Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le
manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una
vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en
sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y
concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe
entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Abel y Caín, lo que
miraba Dios no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y por eso
le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el
pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que,
cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de
Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia. En efecto, el
justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde
él mismo en sacrificio y así, con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia
y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que
culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan son los que serán
coronados por el Señor, los que serán reivindicados el día del juicio.
Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus
hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por
el nombre de Cristo, como atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada
Escritura, pues está escrito: Quien aborrece a su hermano es un homicida, y el
homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede
vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo.
jueves, 17 de junio de 2021
Alimento y perdón
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor
Continuamos la oración y decimos: Danos hoy nuestro, pan de cada día. Esto puede entenderse en sentido espiritual o literal, pues de ambas maneras aprovecha a nuestra salvación. En efecto, el pan de vida es Cristo, y este pan no es sólo de todos en general, sino también nuestro en particular. Porque, del mismo modo que decimos: Padre nuestro, en cuanto que es Padre de los que lo conocen y creen en él, de la misma manera decimos: Nuestro pan, ya que Cristo es el pan de los que entramos en contacto con su cuerpo.Pedimos que se nos dé cada día este pan, a fin de que los que vivimos en Cristo y recibimos cada día su eucaristía como alimento saludable no nos veamos privados, por alguna falta grave, de la comunión del pan celestial y quedemos separados del cuerpo de Cristo, ya que él mismo nos enseña: Yo soy el pan vivo bajado del cielo; todo el que coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo voy a dar es mi carne ofrecida por la vida del mundo.
Por lo tanto, si él afirma que los que coman de este pan vivirán eternamente, es evidente que los que entran en contacto con su cuerpo y participan rectamente de la eucaristía poseen la vida; por el contrario, es de temer, y hay que rogar que no suceda así, que aquellos que se privan de la unión con el cuerpo de Cristo queden también privados de la salvación, pues el mismo Señor nos conmina con estas palabras: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Por eso pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que todos los que vivimos y permanecemos en Cristo no nos apartemos de su cuerpo que nos santifica.
Después de esto, pedimos también por nuestros pecados, diciendo: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados.
Esta petición nos es muy conveniente y provechosa, porque ella nos recuerda que somos pecadores, ya que, al exhortarnos el Señor a pedir el perdón de los pecados, despierta con ello nuestra conciencia. Al mandarnos que pidamos cada día el perdón de nuestros pecados, nos enseña que cada día pecamos, y así nadie puede vanagloriarse de su inocencia ni sucumbir al orgullo.
Es lo mismo que nos advierte Juan en su carta, cuando dice: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y bondadoso es el Señor para perdonarnos y purificarnos de toda iniquidad. Dos cosas nos enseña en esta carta: que hemos de pedir el perdón de nuestros pecados, y que esta oración nos alcanza el perdón. Por esto dice que el Señor es fiel, porque él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que, al enseñarnos a pedir que sean perdonados nuestras ofensas y pecados, nos ha prometido su misericordia paternal y, en consecuencia, su perdón.
miércoles, 16 de junio de 2021
Venga Tu Reino
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
Prosigue la oración que comentamos: Venga tu reino. Pedimos que se haga presente en nosotros el reino de Dios, del mismo modo que suplicamos que su nombre sea santificado en nosotros. Porque no hay un solo momento en que Dios deje de reinar, ni puede empezar lo que siempre ha sido y nunca dejará de ser. Pedimos a Dios que venga a nosotros nuestro reino que tenemos prometido, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino que está preparado para vosotros desde la creación del mundo.
También podemos entender, hermanos muy amados, este reino de Dios, cuya venida deseamos cada día, en el sentido de la misma persona de Cristo, cuyo próximo advenimiento es también objeto de nuestros deseos. Él es la resurrección, ya que en él resucitaremos, y por esto podemos identificar el reino de Dios con su persona, ya que en él hemos de reinar. Con razón, pues, pedimos el reino de Dios, esto es, el reino celestial, porque existe también un reino terrestre. Pero el que ya ha renunciado al mundo está por encima de los honores y del reino de este mundo.
Pedimos a continuación: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesitamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda, ya que nadie puede confiar en sus propias fuerzas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y misericordia di vina. Además, el Señor, dando pruebas de la debilidad humana, que él había asumido, dice: Padre mío, si es posible, que pase este cáliz sin que yo lo beba, y, para dar ejemplo a sus discípulos de que hay que anteponer la voluntad de Dios a la propia, añade: Sin embargo, no se haga mi voluntad, sino la tuya.
La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres; el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a su cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos, en los tormentos la confianza con que luchamos y en la muerte la paciencia que nos obtiene la corona. Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre.
martes, 15 de junio de 2021
Santificado sea tu Nombre
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
Cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos pongamos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.
Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: Yo honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian. Asimismo el Apóstol dice en una de sus cartas: No os pertenecéis a vosotros mismos; habéis sido comprados a precio; en verdad glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo.
A continuación añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.
El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna concedernos, cuando dice: Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los rapaces poseerán el reino de Dios. Y en verdad que eso erais algunos; pero fuisteis lavados, fuisteis santificados, fuisteis justificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Afirma que hemos sido santificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Lo que pedimos, pues, es que permanezca en nosotros esta santificación y -acordándonos de que nuestro juez y Señor conminó a aquel hombre que él había curado y vivificado a que no volviera a pecar más, no fuera que le sucediese algo peor- no dejamos de pedir a Dios, de día y de noche, que la santificación y vivificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con ayuda de esta misma gracia.
lunes, 14 de junio de 2021
Nuestra oración es pública y común
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en el cielo», ni: «Dame hoy mi pan de cada día», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.
El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces -dice- los tres, a una sola voz, se pusieron a cantar, glorificando y bendiciendo a Dios. Oraban los tres a una sola voz, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.
Por eso fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos -dice la Escritura- perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres y de María, la madre de Jesús, y de los hermanos de éste. Perseveraban unánimes en la oración, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.
¡Cuán importantes, cuántos y cuán grandes son, hermanos muy amados, los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vuestra oración -dice el Señor- ha de ser así: «Padre nuestro, que estás en el cielo.»
El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a los suyos -dice el Evangelio- y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en el cielo.
domingo, 13 de junio de 2021
La pequeña semilla
sábado, 12 de junio de 2021
María conservaba las cosas en su corazón
De los Sermones de san Lorenzo Justiniano, obispo
María iba reflexionando sobre todas las cosas que había
conocido leyendo, escuchando, mirando, y de este modo su fe iba en aumento
constante, sus méritos crecían, su sabiduría se hacía más clara y su caridad
era cada vez más ardiente. Su conocimiento y penetración, siempre renovados, de
los misterios celestiales la llenaban de alegría, la hacían gozar de la
fecundidad del Espíritu, la atraían hacia Dios y la hacían perseverar en su
propia humildad. Porque en esto consisten los progresos de la gracia divina, en
elevar desde lo más humilde hasta lo más excelso y en ir transformando de
resplandor en resplandor. Bienaventurada el alma de la Virgen que, guiada por el
magisterio del Espíritu que habitaba en ella, se sometía siempre y en todo a las
exigencias de la Palabra de Dios.
Ella no se dejaba llevar por su propio instinto o juicio,
sino que su actuación exterior correspondía siempre a las insinuaciones internas
de la sabiduría que nace de la fe. Convenía, en efecto, que la sabiduría divina,
que se iba edificando la casa de la Iglesia para habitar en ella, se valiera de
María santísima para lograr la observancia de la ley, la purificación de la
mente, la justa medida de la humildad y el sacrificio espiritual.
Imítala tú, alma fiel. Entra en el templo de tu corazón, si
quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de
pecado. Allí Dios atiende más a la intención que a la exterioridad de nuestras
obras. Por esto, ya sea que por la contemplación salgamos de nosotros mismos
para reposar en Dios, ya sea que nos ejercitemos en la práctica de las virtudes
o que nos esforcemos en ser útiles a nuestro prójimo con nuestras buenas obras,
hagámoslo de manera que la caridad de Cristo sea lo único que nos apremie. Éste
es el sacrificio de la purificación espiritual, agradable a Dios, que se ofrece
no en un templo hecho por mano de hombres, sino en el templo del corazón, en el
que Cristo el Señor entra de buen grado.
viernes, 11 de junio de 2021
En Ti está la fuente de la Vida
De las Obras de san Buenaventura, obispo
Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está
pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo
lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de .compasión
natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el
recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la
compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!
Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se
cumpliese la Escritura que dice: Mirarán a quien traspasaron, uno de los
soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina
providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre yagua, se derramase el precio
de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los
sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para
los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para
comunicar vida eterna.
Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que labra su nido en los
agujeros de la peña; sé el pájaro que encuentra su casa y no deja de guardarla;
sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura
sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del
Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en
cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la
tierra.
Corre con vivo deseo a esta fuente de vida y de luz quienquiera que seas, ¡oh
alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:
«¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz!
¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo
resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono
de tu divinidad!
¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos
mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura
ilimitada y su pureza imperturbable!
De ti procede el río que alegra a la ciudad de Dios. Recrea con el agua de este
deseable torrente los resecos labios de los sedientos de amor, para que con voz
de regocijo y gratitud te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia
que en ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz.»
jueves, 10 de junio de 2021
La conquista de Jericó
De las Homilías de Orígenes, presbítero, sobre el libro de Josué.
Los israelitas ponen cerco a Jericó, porque ha llegado el momento de conquistarla. ¿Y cómo la conquistan? No sacan la espada contra ella, ni la acometen con el ariete, ni vibran los dardos; las únicas armas que emplean son las trompetas de los sacerdotes, y ellas hacen caer las murallas de Jericó.
Hallamos con frecuencia en las Escrituras que Jericó es figura del mundo. En efecto, aquel hombre de que nos habla el Evangelio, que bajaba de Jerusalén a Jericó y que cayó en manos de unos ladrones, sin duda era un símbolo de Adán, que fue arrojado del paraíso al destierro de este mundo. Y aquellos ciegos de Jericó, a los que vino Cristo para hacer que vieran, simbolizaban a todos aquellos que en este mundo estaban angustiados por la ceguera de la ignorancia, a los cuales vino el Hijo de Dios. Esta Jericó simbólica, esto es, el mundo, está destinada a caer. El fin del mundo es algo de que nos hablan ya desde antiguo y repetidamente los libros santos.
¿Cómo se pondrá fin al mundo? ¿Con qué medios? Con la voz -dice- de las trompetas. ¿De qué trompetas? El apóstol Pablo te descubrirá el sentido de estas palabras misteriosas. Oye lo que dice: Resonará la trompeta y los muertos en Cristo despertarán incorruptibles, y el Señor mismo, a una orden, a la voz del arcángel y al sonido de la trompeta divina, bajará del cielo. Será entonces cuando Jesús, nuestro Señor, vencerá y abatirá a Jericó, salvándose únicamente aquella prostituta de que nos habla el libro santo, con toda su familia. Vendrá -dice el texto sagrado- nuestro Señor Jesús, y vendrá al son de las trompetas.
Salvará únicamente a aquella mujer que acogió a sus exploradores, figura de todos los que acogieron con fe y obediencia a sus apóstoles y, como ella, los colocaron en la parte más alta, por lo que mereció ser asociada a la casa de Israel. Pero a esta mujer, con todo su simbolismo, no debemos ya recordarle ni tenerle en cuenta sus culpas pasadas. En otro tiempo fue una prostituta, mas ahora está unida a Cristo con un matrimonio virginal y casto. A ella pueden aplicarse las palabras del Apóstol: He hecho lo posible por desposaros con un solo Esposo, y por llevaros a Cristo con la pureza propia de una doncella inocente. El mismo Apóstol, en su estado anterior, puede compararse a ella, ya que dice: También nosotros fuimos en un tiempo insensatos, rebeldes a Dios, descarriados, esclavos de toda suerte de pasiones y placeres.
¿Quieres ver con más claridad aún cómo aquella prostituta ya no lo es? Escucha las palabras de Pablo: Y en verdad que eso erais algunos; pero fuisteis lavados, fuisteis santificados, fuisteis justificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Ella, para poder salvarse de la destrucción de Jericó, siguiendo la indicación de los exploradores, colgó de su ventana un cordón de hilo escarlata, como signo eficaz de salvación. Este cordón representaba la sangre de Cristo, por la cual es salvada actualmente toda la Iglesia, en e mismo Jesucristo nuestro Señor, al cual sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.
miércoles, 9 de junio de 2021
El paso del Jordan
De las Homilías de Orígenes, presbítero, sobre el libro de Josué.
En el paso del río Jordán, el arca de la alianza guiaba al pueblo de Dios. Los sacerdotes y levitas que la llevaban se pararon en el Jordán, y las aguas, como en señal de reverencia a los sacerdotes que la llevaban, detuvieron su curso y se amontonaron a distancia, para que el pueblo de Dios pudiera pasar impunemente. Y no te has de admirar cuando se te narran estas hazañas relativas al pueblo antiguo, porque a ti, cristiano, que por el sacramento del bautismo has atravesado la corriente del Jordán, la palabra divina te promete cosas mucho más grandes y excelsas, pues te promete que pasarás y atravesarás los mismos aires.
Oye lo que dice Pablo acerca de los justos: Seremos arrebatados entre nubes al encuentro del Señor por los aires, y así estaremos siempre con el Señor. Nada, pues, ha de temer el justo, ya que toda la creación está a su servicio.
Oye también lo que Dios promete al justo por boca del profeta: Cuando pases por el fuego, la llama no te abrasará, porque yo soy el Señor tu Dios. Vemos, por tanto, cómo el justo tiene acceso a cualquier lugar, y cómo toda la creación se muestra servidora del mismo. Y no pienses que aquellas hazañas son meros hechos pasados y que nada tienen que ver contigo, que los escuchas ahora: en ti se realiza su místico significado. En efecto, tú, que acabas de abandonar las tinieblas de la idolatría y deseas ser instruido en la ley divina, eres como si acabaras de salir de la esclavitud de Egipto.
Al ser agregado al número de los catecúmenos y al comenzar a someterte a las prescripciones de la Iglesia, has atravesado el mar Rojo y, como en aquellas etapas del desierto, te dedicas cada día a escuchar la ley de Dios y a contemplar la gloria del Señor, reflejada en el rostro de Moisés. Cuando llegues a la mística fuente del bautismo y seas iniciado en los venerables y magníficos sacramentos, por obra de los sacerdotes y levitas, parados como en el Jordán, los cuales conocen aquellos sacramentos en cuanto es posible conocerlos, entonces también tú, por ministerio de los sacerdotes, atravesarás el Jordán y entrarás en la tierra prometida, en la que te recibirá Jesús, el verdadero sucesor de Moisés, y será tu guía en el nuevo camino.
Entonces tú, consciente de tales maravillas de Dios, viendo cómo el mar se ha abierto para ti y cómo el río ha detenido sus aguas, exclamarás: ¿Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás? ¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros; colinas, que saltáis como corderos? Y te responderá el oráculo divino: En presencia del Señor se estremece la tierra, en presencia del Dios de Jacob; que transforma las peñas en estanques, el pedernal en manantiales de agua.
martes, 8 de junio de 2021
Mi amor está crucificado
De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos
De nada me servirán los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia. El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre.» No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible.
No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él, que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta. Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido.
Acordaos en vuestras oraciones de la Iglesia de Siria, que, privada ahora de mí, no tiene otro pastor que el mismo Dios. Sólo Jesucristo y vuestro amor harán para con ella el oficio de obispo. Yo me avergüenzo de pertenecer al número de los obispos; no soy digno de ello, ya que soy el último de todos y un abortivo. Sin embargo, llegaré a ser algo, si llego a la posesión de Dios, por su misericordia.
Os saluda mi espíritu y la caridad de las Iglesias que me han acogido en el nombre de Jesucristo, y no como a un transeúnte. En efecto, incluso las Iglesias que no entraban en mi itinerario corporal acudían a mí en cada una de las ciudades por las que pasaba.
lunes, 7 de junio de 2021
Ser cristiano no de nombre
De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos.
Nunca tuvisteis envidia de nadie, y así lo habéis enseñado a los demás. Lo que yo ahora deseo es que lo que enseñáis y mandáis a otros lo mantengáis con firmeza y lo practiquéis en esta ocasión. Lo único que para mí habéis de pedir es que tenga fortaleza interior y exterior, para que no sólo hable, sino que esté también interiormente decidido, a fin de que sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho. Si me porto como cristiano, tendré también derecho a este nombre y, entonces, seré de verdad fiel a Cristo, cuando haya desaparecido ya del mundo. Nada es bueno sólo por lo que aparece al exterior. El mismo Jesucristo, nuestro Dios, ahora que está con su Padre, es cuando mejor se manifiesta. Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma.
Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo.
Halagad, más bien, a las fieras, para que sean mi sepulcro y no dejen nada de mi cuerpo; así, después de muerto, no seré gravoso a nadie. Entonces seré de verdad discípulo de Cristo, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios. No os doy yo mandatos como Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo no soy más que un condenado a muerte; ellos eran libres, yo no soy al presente más que un esclavo. Pero, si logro sufrir el martirio, entonces seré liberto de Jesucristo y resucitaré libre con él. Ahora, en medio de mis cadenas, es cuando aprendo a no desear nada.
Desde Siria hasta Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado como voy a diez leopardos, es decir, a un pelotón de soldados que, cuantos más beneficios se les hace, peores se vuelven. Pero sus malos tratos me ayudan a ser mejor, aunque no por eso me creo justificado. Quiera Dios que tenga yo el gozo de ser devorado por las fieras que me están destinadas; lo que deseo es que no se muestren remisas; yo las azuzaré para que me devoren pronto, no suceda como en otras ocasiones que, atemorizadas, no se han atrevido a tocar a sus víctimas. Si se resisten, yo mismo las obligaré.
Perdonadme lo que os digo; es que yo sé bien lo que me conviene. Ahora es cuando empiezo a ser discípulo. Ninguna cosa, visible o invisible, me prive por envidia de la posesión de Jesucristo. Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras, desgarramientos, amputaciones, descoyuntamiento de huesos, seccionamiento de miembros, trituración de todo mi cuerpo, todos los crueles tormentos del demonio, con tal de que esto me sirva para alcanzar a Jesucristo.