miércoles, 30 de junio de 2021

Confianza en Su Misericordia

"Al ver que el hijo de Agar, la egipcia, y de Abrhán jugaba con Isaac, Sara dijo a Abrahán:
«Expulsa a esa criada y a su hijo, pues no va a heredar el hijo de esa criada con mi hijo Isaac».
Las herencias siempre han sido conflictivas para todas las familias, desde tiempo inmemoriales. Como vemos, Sara la esposa de Abrahán, no quería que el otro hijo de él con la servienta, compartiera la herencia con su propio hijo. Los bienes materiales, siempre han sido, cuando no se los ha entendido como bienes pasajeros, los que han dominado la vida de los hombres, pues creemos que cuanto más bienes mejores somos.
Así, incluso, en estos tiempos, las herencias que nos dejan, sean grandes o sean pequeñas, siempre han generado divisiones en las familias. Y, generalmente, siempre hay una parte que, en silencio, como Abrahán deja hacer a la otra para no generar más conflicto.
"Abrahán se llevó un disgusto, pues era hijo suyo. Pero Dios dijo a Abrahán:
«No te aflijas por el muchacho y la criada; haz todo lo que te dice Sara, porque será Isaac quien continúe tu descendencia. Pero también al hijo de la criada le convertiré en un gran pueblo, pues es descendiente tuyo».
Dice, un refrán: "Dios escribe derecho con renglones torcidos", y Él sabe sacar de la maldad del hombre, algo bueno para quien tenga un corazón sincero y desinteresado. Y así, volvió, Dios, ha hacer una nueva promesa al hijo de Abrahán con Agar. E, incluso, cuidó de la vida de Ismael y de Agar, en los momentos de mayor dolor y oscuridad.
Está claro que, tampoco, dejó de cumplir la promesa con Isaac de convertirlo en un gran pueblo, el Pueblo Elegido, el Pueblo de Dios.
Y ¿qué sacamos de enseñanza de estos pasajes? Creo que por lo menos dos cosas: no dejar que los celos o las envidias por las cosas materiales nos hagan tomar decisiones que luego no podamos remediar, pues cuando se abren heridas por cuestiones temporales, son heridas que se hacen eternas, y dividen y producen dolor en el corazón de todos.
Y, por otro lado, nos hace descubrir que tampoco tenemos que llegar al conflicto por esas cosas, pues no son las que van a cambiar mi vida para bien, sino que, muchas veces, nos cambian para mal. Pero si dejamos que el Señor nos muestre el camino de la reconciliación, podemos llegar a renovar la vida de un modo mejor, pero siempre en busca de la Voluntad de Dios, pues Él es quien tiene las riendas de la historia, y, de lo que ahora vemos como lo peor que nos está ocurriendo, Él va a sacar lo mejor para nuestra vida.
La confianza en la Providencia Divina es lo que nos ayuda, día a día, a intentar se Fieles a Dios sin tener que preocuparnos, como dice Jesús, "de qué vais a comer o con qué os vais a vestir", sino "ocuparnos del Reino de Dios y su justicia, pues todo lo demás vendrá por añadidura". Pues Él no abandona nunca a los que se confían a su misericordia.

 

martes, 29 de junio de 2021

Combatir el buen combate

"Querido hermano:
Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe".
¿Puede tener la vida del cristiano un mejor final? Poder decir que se ha combatido el noble combate, es saber que se ha hecho lo posible por ser fiel hasta el último día de la vida. Y, sobre todo, saber que esa fidelidad a la vida no ha sido nada fácil, pues en todo momento han habido pruebas que había que pasar y piedras que saltar, y, sin desmerecer, hubo caídas de las cuales hubo que levantarse y ser fuerte, en todo momento, incluso frente al pecado de uno.
Muchas veces, en nuestras vidas, nos encontraremos con miles de obstáculos, tendremos miles de tropiezos, e, incluso muchas caídas, pero todo es un combate, un combate contra nosotros mismos para que la desesperanza no nos gane la batalla, sino que, como escribía san Pablo que le dijo el Señor: "te basta mi gracia", porque, en todo momento, si nos mantenemos o intentamos mantenernos en el Camino del Señor, siempre su Gracia estará en nosotros para seguir luchando, para seguir recorriendo el camino de la santidad hacia la Vida.
¿Cuándo se termina de combatir? Cuando el Señor, Justo Juez, nos venga a buscar y dejemos de estar prisioneros en este cuerpo que es nuestra cárcel terrena, pero que es el instrumento de salvación que el Señor nos ha regalado, no sólo para salvar nuestra alma, sino para llevar a otras hasta Su Reino, hasta Su Voluntad, para que, no sólo nosotros, sino todos aquellos que lo busquen encuentren Su Rostro.
¿Cuál es el combate? Cada uno lo sabe, como dicen algunos, cada uno sabe cuáles son sus demonios, y no debemos comparar nuestros demonios, ni nuestras cruces, ni nuestras vidas, pues cada uno tiene su propia vida y su propio camino de salvación y santidad, y en ese camino nos encontraremos cada uno batallando contra lo que Dios permita y quiera, pero, sin olvidar, que neceistaremos en esa batalla de Su Gracia, pues sólo vencermos si estamos unidos a Él y viviendo en Él, a pesar de nuestros defectos, errores y pecados. Pues es Él quien nos ha elegido y llamado para ser sus instrumentos, y, por eso, nos ha dado las armas necesarias para la batalla.
Y así nos lo recordaba Jesús: "el reino de los cielos sufre violencia, y sólo los violentos lo arrebatan". La violencia que tenemos que hacernos día a día para no hacer nuestra voluntad, sino la del Padre, es la violencia que nos ayuda a alcanzar el Reino de los Cielos, para hacerlo vida aquí en la tierra.

 

lunes, 28 de junio de 2021

Ver a Dios

Del Tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías

La claridad de Dios vivifica y, por tanto, los que ven a Dios reciben la vida. Por esto, aquel que supera nuestra capacidad, que es incomprensible, invisible, se hace visible y comprensible para los hombres, se adapta a su capacidad, para dar vida a los que lo perciben y lo ven. Vivir sin vida es algo imposible, y la subsistencia de esta vida proviene de la participación de Dios, que consiste en ver a Dios y gozar de su bondad.
Los hombres, pues, verán a Dios y vivirán, ya que esta visión los hará inmortales, al hacer que lleguen hasta la posesión de Dios. Esto, como dije antes, lo anunciaban ya los profetas de un modo velado, a saber, que verán a Dios los que son portadores de su Espíritu y esperan continuamente su venida. Como dice Moisés en el Deuteronomio: Aquel día veremos que puede Dios hablar a un hombre, y seguir éste con vida.
Aquel que obra todo en todos es invisible e inefable en su ser y en su grandeza, con respecto a todos los seres creados por él, mas no por esto deja de ser conocido, porque todos sabemos, por medio de su Verbo, que es un solo Dios Padre, que lo abarca todo y que da el ser a todo; este conocimiento viene atestiguado por el evangelio, cuando dice: A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer
Así pues, el Hijo nos ha dado a conocer al Padre desde el principio; ya que desde el principio está con el Padre; él, en efecto, ha manifestado al género humano el sentido de las visiones proféticas, de la distribución de los diversos carismas, con sus ministerios; y en qué consiste la glorificación del Padre, y lo ha hecho de un modo consecuente y ordenado, a su debido tiempo y con provecho; porque donde hay orden allí hay armonía, y donde hay armonía allí todo sucede a su debido tiempo, y donde todo sucede a su debido tiempo allí hay provecho.
Por esto, el Verbo se ha constituido en distribuidor de la gracia del Padre en provecho de los hombres, en cuyo favor ha puesto por obra los inescrutables designios de Dios, mostrando a Dios a los hombres, presentando al hombre a Dios; salvaguardando la invisibilidad del Padre, para que el hombre tuviera siempre un concepto muy elevado de Dios y un objetivo hacia el cual tender, pero haciendo también visible a Dios para los hombres, realizando así los designios eternos del Padre, no fuera que el hombre, privado totalmente de Dios, dejara de existir; porque la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios. En efecto, si la revelación de Dios a través de la creación es causa de vida para todos los seres que viven en la tierra, mucho más lo será la manifestación del Padre por medio del Verbo para los que ven a Dios.

 

domingo, 27 de junio de 2021

Basta que tengas fe

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta que tengas fe».
No son pocas las veces que hemos escuchado, o que hemos dicho: no tengo fe, no me alcanza la fe, no tengo tanta fe. Y, muchas veces, hemos escuchado, también, que la fe no se puede medir, pues la Fe es un Don que nos regala el Señor, y los Dones de Dios son dados en la medida en que los necesitamos, pero nunca nos da de menos, sino que, siempre, nos da de más, pues a Él nadie le gana en generosidad. ¿Tú crees que Aquél que envió a Su Único Hijo a la Cruz para darnos Vida Nueva, puede no ser generoso? Él que nos ha dado todo con su propia Vida, ¿nos dará poca fe para vivir?
Claro que es cierto que lo que experimentamos también es verdadero, y no nos basta, en algunos días, el creer en Dios, pues las cosas que vienen en nuestra vida nos superan, nos duelen, nos angustian más de lo que pensábamos. Y es ahí donde descubrimos que “no tenemos tanta fe”, que no podemos encontrar un punto de apoyo que nos ayude a levantarnos, a tener esperanza o fortaleza para poder seguir andando.
Por eso tenemos que mirar a Jesús. Sí, ¿podemos decir que Jesús tenía mucha o poca fe? En realidad, Él conocía al Padre, sabía quién era el Padre, y, sobre todo, tenía una fuerte y constante relación con el Padre, pues Él mismo decía: “no hago otra cosa que lo que he visto hacer a mi Padre”. Es cierto que no nos podemos comparar con Él, pero sí, con un momento de su vida: el Huerto de los Olivos, el momento de mayor dolor para Jesús; o, incluso, en la Cruz. En los dos momentos sintió un dolor tan fuerte que quiso, en uno, pedirle al Padre que aleje de Él el cáliz del dolor, y, en el otro, se sintió abandonado: “Padre, ¿por qué me has abandonado? Sin embargo, en los dos momentos se dejó caer en las Manos del Padre, pues al conocer Su Amor, sabía que nunca lo dejaría solo, y, sobre todo, sin fortaleza para seguir, hasta el final, aceptando Su Voluntad, pues ahí estaba el sentido del conocer al Padre, ahí radica el sentido de saber que tenemos fe: podemos dejarnos caer en las Manos del Padre…


 

sábado, 26 de junio de 2021

Creer y obedecer, esa es la cuestión

"Pero el Señor dijo a Abrahán:
-«¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: "De verdad que voy a tener un hijo, yo tan vieja”?
¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? Cuando vuelva a visitarte por esta época, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo».
El anuncio que le hacían los ángeles del Señor a Abrahán causaron risa a Sara, además de pensar que eso no era posible, pues ya era vieja para estar embarazada. Sin embargo el Señor que lee los corazones y las intenciones de cada uno comprendió la incredulidad de Sara, pero, igualmente, cumlió con su palabra y de ella nació Isaac, quizás, no por su incredulidad, sino por la fe que había en Abrahán a quien el Señor había elegido como padre de un gran nación.
Algo muy diferente a Sara lo vemos en el centurión que se acerca a Jesús para que sane a su sirviente:
"Pero el centurión le replicó:
«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le dijo a uno: "Ve" y va; al otro: "Ven", y viene; a mi criado: "Haz esto", y lo hace».
Además, del Don de la Fe que ve Jesús en este hombre, nos habla de la obediencia que él sabe vivir, y, que, cuando se tiene fe en Dios, cuando realmente se cree en Él, basta ese Don de la Fe, para obedecer aún en los momentos de mayor duda o dificiultad. Pues cuando hay fidelidad la obediencia, aunque cueste, se vive radicalmente.
Así también nos lo ha demostrado Jesús en todos los momentos de su vida, pero, sobre todo, en el Huerto de los Olivos, cuando el dolor de muerte llegó a su corazón y, humanamente, clamó al Padre que lo libre de ese Cáliz, y, sin embargo, quería e hizo Su Voluntad.
Los casos que nos presentan las lecturas podríamos decir que se centran en el Magníficat, pues María creyó lo increíble, y no dudó en entregarse por obediencia a la Palabra del Padre, y así alcanzó la Bienaventuranza que todos anhelamos, en la tierra y en el cielo. La disponibilidad a la Voluntad del Padre nos ayuda a alcanzar la plenitud de nuestra vida, y, aunque el camino sea arduo siempre tendremos su ayuda y su fortaleza para recorrerlo hasta el final sin perder la fe.

 

viernes, 25 de junio de 2021

La esperanza de ver a Dios

De las Homilías de san Gregorio de Nisa, obispo.


    La promesa de Dios es ciertamente tan grande que supera toda felicidad imaginable. ¿Quién, en efecto, podrá desear un bien superior, si en la visión de Dios lo tiene todo? Porque, según el modo de hablar de la Escritura, ver significa lo mismo que poseer; y así, en aquello que leemos: Que veas la prosperidad de Jerusalén, la palabra «ver» equivale a tener. Y en aquello otro: Que sea arrojado el impío, para que no vea la grandeza del Señor, por «no ver» se entiende no tener parte en esta grandeza.
    Por lo tanto, el que ve a Dios alcanza por esta visión todos los bienes posibles: la vida sin fin, la incorruptibilidad eterna, la felicidad imperecedera, el reino sin fin, la alegría ininterrumpida, la verdadera luz, el sonido espiritual y dulce, la gloria inaccesible, el júbilo perpetuo y, en resumen, todo bien.
    Tal y tan grande es, en efecto, la felicidad prometida que nosotros esperamos; pero, como antes hemos demostrado, la condición para ver a Dios es un corazón puro, y, ante esta consideración, de nuevo mi mente se siente arrebatada y turbada por una especie de vértigo, por la duda de si esta pureza de corazón es de aquellas cosas imposibles y que superan y exceden nuestra naturaleza. Pues si esta pureza de corazón es el medio para ver a Dios, y si Moisés y Pablo no lo vieron, porque, como afirman, Dios no puede ser visto por ellos ni por cualquier otro, esta condición que nos propone ahora la Palabra para alcanzar la felicidad nos parece una cosa irrealizable. ¿De qué nos sirve conocer el modo de ver a Dios, si nuestras fuerzas no alcanzan a ello? Es lo mismo que si uno afirmara que en el cielo se vive feliz, porque allí es posible ver lo que no se puede ver en este mundo. Porque, si se nos mostrase alguna manera de llegar al cielo, sería útil haber aprendido que la felicidad está en el cielo. Pero, si nos es imposible subir allí, ¿de qué nos sirve conocer la felicidad del cielo sino solamente para estar angustiados y tristes, sabiendo de qué bienes estamos privados y la imposibilidad de alcanzarlos? ¿Es que Dios nos invita a una felicidad que excede nuestra naturaleza y nos manda algo que, por su magnitud, supera las fuerzas humanas?
    No es así. Porque Dios no creó a los volátiles sin alas, ni mandó vivir bajo el agua a los animales dotados para la vida en tierra firme. Por tanto, si en todas las cosas existe una ley acomodada a su naturaleza, y Dios no obliga a nada que esté por encima de la propia naturaleza, de ello deducimos, por lógica conveniencia, que no hay que desesperar de alcanzar la felicidad que se nos propone, y que Juan y Pablo y Moisés, y otros como ellos, no se vieron privados de esta sublime felicidad, resultante de la visión de Dios; pues, ciertamente, no se vieron privados de esta felicidad ni aquel que dijo: Ahora me aguarda la corona merecida, que el Señor, justo juez, me otorgará, ni aquel que se reclinó sobre el pecho de Jesús, ni aquel que oyó de boca de Dios: Te he conocido más que a todos. Por tanto, si es indudable que aquellos que predicaron que la contemplación de Dios está por encima de nuestras fuerzas son ahora felices, y si la felicidad consiste en la visión de Dios, y si para ver a Dios es necesaria la pureza de corazón, es evidente que esta pureza de corazón, que nos hace posible la felicidad, no es algo inalcanzable. Los que aseguran, pues, tratando de basarse en las palabras de Pablo, que la visión de Dios está por encima de nuestras posibilidades se engañan y están en contradicción con las palabras del Señor, el cual nos promete que, por la pureza de corazón, podemos alcanzar la visión divina.
 

jueves, 24 de junio de 2021

Precursores en el siglo XXI

"Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».
La liturgia de hoy toma estas palabras del Profeta Isaías para aplicárselas a san Juan Bautista, quien, desde antes de nacer ya estaba lleno del Espíritu Santo, por la visita de María a su madre, Isabel.
Pero, también, creo que son palabras que podemos utilizar o pensarlas para nuestra propia vida, pues, en verdad, el Señor Jesús, nos dijo que "vosotros sois la luz del mundo" y que "una vela no se pone debajo del celemín, sino sobre la mesa para que alumbre a toda la casa", y así tiene que ser nuestra vida: una vida que alumbre la oscuridad del mundo, para que los que busquen la salvación la encuentren.
Muchas veces, nuestra luz, no ilumina como debiera, no somos capaces, quizás, de creernos las palabras del Señor, y, por eso, nos escondemos o no mostramos lo que realmente somos y valemos para el mundo. Tenemos miedo de lo que puedan decir o de lo que nos puedan acusar, pero, sobre todo, en muchos momentos tememos "desentonar" con el mundo, con el común de la gente que vive a expensar y sirviendo al Príncipe de este mundo.
No somos pocos los cristianos que, sabiendo que debemos ser Luz, nos disfrazamos de tinieblas porque vivimos de acuerdo al espíritu del mundo, aceptando todo lo que el mundo proclama como derechos inalienables de las personas, sin tener en cuenta, o sin siquiera ponerse a pensar en las contradicciones que se están diciendo, o, simplemente, en ver que esos derechos van en contra de los derechos naturales del ser humano.
Hoy, como ayer le tocó a San Juan Bautista, nos toca a nosotros ser protagonista del anuncio de la salvación, nos toca a nosotros ser quienes anuncian la Buena Noticia de la Salvación a los Hombres de Buena Voluntad que quieran escuchar y conocer el Camino a la Vida. Hoy nos toca a nosotros ser los precursores que van allanando el camino para poder ver al Dios Verdadero, creador de Cielos y Tierra que nos llamó y nos eligió para ser Luz del Mundo y Sal de la Tierra.
¿Seremos valientes como Juan Bautista para anunciar con nuestras vidas el Camino de la Salvación?

 

miércoles, 23 de junio de 2021

Por los frutos los conoceréis

«Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces.
Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis».
Vivimos en la cultara del parecer y no del ser. Se nos ha insistido y nos hemos convencido que las apariencias son lo que valen y no la esencia de cada uno: la moda, la forma de vestir, los títulos, los bienes, lo que tenemos y, sobre todo, lo que hablamos o cómo nos damos a cononcer, es lo que hace a la persona. Sin embargo, lo que nos identifica es cómo vivimos y los frutos que damos: "por sus frutos los conoceréis".
Podemos dar grandes y elocuentes discursos, pero, muchas veces, a esas palabras se las lleva el viento y en la vida diaria nos mostramos tal cual somos, pues hemos dicho muchas cosas y hemos hecho muy pocas, pues del dicho al hecho....
Nos gusta, como se dice popularmente, "pavonearnos", es decir, hacer como los pavos que levantan sus alas y parecen más grandes de lo que son, y en realidad son muy poca cosa. Así nos pasa a los hombres, varones y mujeres, de este siglo: necesitamos hablar mucho, tener mucho, vestir muy bien, y, si es posible, tener muchos títulos, para poder demostrar quienes somos. Y, en realidad, lo que somos se descubre en nuestra forma de vivir, de hacer las cosas, de relacionarnos con las personas...
Y eso no sólo pasa en el mundo natural, sino que, también, en el sobrenatural, pues muchos no sólo decimos que somos cristianos, sino que somos los mejores cristianos por que hacemos esto y lo otro, pero en el fondo no hemos entendido ni vivido lo esencial del cristianismo: la unidad en el amor, porque eso significa mucho más que sólo hacer algunas cosas religiosas o pertenecer a un grupo determinado de la iglesia.
Creemos, muchas veces, que no necesitamos de la conversión de nuestras vidas, que no somos pecadores como los demás, y, sin embargo, se nos ve y se nos conoce por los frutos que damos, pues no sólo no hacemos lo que debemos, sino que sólo hacemos lo que queremos, y no llegamos a entregar nuestra vida para hacer el bien a los demás, o para construir, como nos lo pide el Señor, una comunidad de hermanos que se amen.
¿Cuáles son los furtos que estoy dando? ¿Cómo son los frutos que estoy dando? ¿Cómo estoy sirviendo a Dios en mis hermanos? Son preguntas necesarias que tengo que hacerme para saber si, realmente, estoy siendo Fiel a la Voluntad de Dios, o sólo estoy viviendo para mí y no para los demás, como me pide el Señor.

 

martes, 22 de junio de 2021

Carta de Santo Tomás Moro

Carta de santo Tomás Moro a su hija Margarita desde la Cárcel.

Me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza
De una carta de santo Tomás Moro, escrita en la cárcel a su hija Margarita
Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.
Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a su divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento premio en el cielo.
No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.
Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.
Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.
Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.


 

lunes, 21 de junio de 2021

Sal de tu tierra

"En aquellos días, el Señor dijo a Abrán:
«Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.
Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y serás una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».
Abrán marchó, como le había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Abran tenia setenta y cinco años cuando salió de Jarán".
Cuando Dios nos llama nos hace salir de "nuestra zona de confort", y no le importa la edad que tengamos, ni la situación en la que vivimos. Le importa cuál es su propósito y el para qué nos necesita, pues Él cuenta con la Gracia y los Dones necesarios para acompañar la misión que nos encarga.
Hoy, como en los tiempos de Abrán, Dios también nos está llamando a que salgamos de nuestra zona de confort, de nuestra tierra, de nuestra comodidad y vayamos a sembrar la Vida en otra tierra que no es la nuestra. Está claro y es evidente que no nos pide a todos que nos vayamos de nuestro pueblo o nación, sino que salgamos de la comodidad de que soy católico para quedarme encerrado en mi casa, pues, la mayoría, ni siquiera presta ayuda en su parroquia, pues está muy cómodo sólo yendo a misa para tener asegurado el paraíso.
Sin embargo, desde el momento en que el Espíritu Santo descendió sobre nosotros el día de nuestro bautismos, el Señor nos llamó para llevar la Buena Noticia a todos los hombres, nos libró del Hombre Viejo y nos convirtió en Hombres Nuevos que son capaces de transformar el mundo en el que viven con su sola presencia, y, por supuesto, con la ayuda del Señor.
Pero, para muchos, la religión, la fe, es para vivirla en mi casa y, si puedo, con mi familia; pero, en muchos casos, tampoco lo vivo con mi familia pues no he hecho el esfuerzo de acercarlos al Señor, porque eso supone mucho esfuerzo.
Salir, como Abrán de nuestra tierra, es, vuelvo a insistir, salir de nuestra zona de confort, poner nuestros talentos al servicio de la pastoral de mi comunidad parroquial, de mi ciudad, de mi barrio, entregar los Dones que el Señor ha puesto en mi corazón, ya sean 1 o 100, pero no dejar que se queden arrumbados en mí sin poder dar a los demás lo que el Señor me ha dado.
Por eso, recuerda, que como a Abrán a tí también, y no importa tu edad o condición, Dios te está pidiendo salir de tu zona de confort, que dejes ya de quedarte sentado en tu sofá mirando como pasa la vida, sino que aceptes el desafío de salir y anunciar el Evangelio.

 

domingo, 20 de junio de 2021

Por qué teneis miedo?

"Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
Él les dijo:
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».
¿Cuántas veces hemos dicho o escuchado: es que Dios a mí no me escucha? ¿Cuántas veces nos hemos sentido solos y desamparados de la mano de Dios? Y sí, es un sentimiento que nos salta cuando la tempestad está sobre nosotros, cuando la oscuridad está cerca o en nuestro corazón, cuando la Cruz se hace pesada o …. Hay tantos momentos en nuestras vidas en los que, como los apóstoles, damos un grito al Cielo para ver si nos escuchan…
Y el Señor nos responde lo mismo… ¿por qué tienes miedo? ¿aún no tienes fe? Y le decimos… parece que no tengo fe, o que mi fe es muy pequeña y no me alcanza…
Y no es cierto, nuestra fe no es poca, pues no se puede medir, no podemos pensar que el Señor nos haya dado poca fe, o mucha fe para otros. No. El Señor nos es avaro o tacaño para darnos los mejores dones. Él siempre nos da sin medida, y aunque nos parezca que no nos escucha, siempre está ahí. Pero, como dice san Pablo: no somos escuchados porque no sabemos pedir, o pedimos mal.
El Don de la Fe no es para utilizarlo sólo cuando la tormenta arrecia, o para que a mí no me pase nada y no tener que padecer nunca. Sino es para saber que, aunque parezca que nadie me escucha, siempre está Él a nuestro lado, y, sabiendo que Él siempre nos acompaña, podremos seguir a pesar del miedo, de la inseguridad, del dolor.
El saber que hay Mano tendida a la cual poder aferrarnos nos da seguridad en el andar, nos hace caminar esperanzados de que, si nos caemos o tropezamos, siempre podremos levantarnos, pues Su Mano siempre está tendida, esperando.
Eso es tener fe: saber que, aunque no lo veamos o sintamos, siente está ahí, siempre nos espera, siempre nos escucha. Pero… ¿seremos nosotros los que esperamos algo que no nos corresponde? ¿será que no lo escuchamos lo suficiente o que sólo escuchamos lo que queremos?


 

sábado, 19 de junio de 2021

Hay que orar, también, con hechos

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
   
    No es de extrañar, queridos hermanos, que la oración que nos enseñó Dios con su magisterio resuma todas nuestras peticiones en tan breves y saludables palabras. Esto ya había sido predicho anticipadamente por el profeta Isaías; cuando, lleno de Espíritu Santo, habló de la piedad y la majestad de Dios, diciendo: Palabra que acaba y abrevia en justicia, porque Dios abreviará su palabra en todo el orbe de la tierra. Cuando vino aquel que es la Palabra de Dios en persona, nuestro Señor Jesucristo, para reunir a todos, sabios e ignorantes, y para enseñar a todos, sin distinción de sexo o edad, el camino de salvación, quiso resumir en un sublime compendio todas sus enseñanzas, para no sobrecargar la memoria de los que aprendían su doctrina celestial y para que aprendiesen con facilidad, lo elemental de la fe cristiana.
    Y así, al enseñar en qué consiste la vida eterna, nos resumió el misterio de esta vida en estas palabras tan breves y llenas de divina grandiosidad: Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo. Asimismo, al discernir los primeros y más importantes mandamientos de la ley y los profetas, dice: Escucha, Israel; el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; y: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Este es el primero. El segundo, parecido a éste, es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos son el fundamento de toda la ley y los profetas. Y también: Todo cuanto queréis que os hagan los demás, hacédselo igualmente vosotros. A esto se reducen la ley y los profetas.
    Además, Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con hechos, ya que él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál ha de ser nuestra conducta en este aspecto; leemos, en efecto: Jesús se retiraba a parajes solitarios, para entregarse a la oración; y también: Se retiró a la montaña para orar, y pasó toda la noche haciendo oración a Dios. El Señor, cuando oraba, no pedía por sí mismo -¿qué podía pedir por sí mismo, si él era inocente?-, sino por nuestros pecados, como lo declara con aquellas palabras que dirige a Pedro: Satanás os busca para zarandearos como el trigo en la criba; pero yo he rogado por ti, para que no se apague tu fe. Y luego ruega al Padre por todos, diciendo: Yo te ruego no sólo por éstos, sino por todos los que, gracias a su palabra, han de creer en mí, para que todos sean uno; para que, así como tú, Padre, estás en mí y yo estoy en ti, sean ellos una cosa en nosotros. Gran benignidad y bondad la de Dios para nuestra salvación: no contento con redimirnos con su sangre, ruega también por nosotros. Pero atendamos cuál es el deseo de Cristo, expresado en su oración: que así como el Padre y el Hijo son una misma cosa, así también nosotros imitemos esta unidad.

viernes, 18 de junio de 2021

Que los Hijos permanezcan en paz

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.

    El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es a la vez un mandato y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello dice también en otro lugar: Con la medida con que midáis se os medirá a vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo.
    Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía, cuando nos manda severamente: Cuando estéis rezando, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadle primero, para que vuestro Padre celestial os perdone también vuestros pecados. Pero si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros pecados. Ninguna excusa tendrás en el día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado conforme a lo que tú hayas hecho.
    Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su casa, y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios y los que tenemos un solo espíritu tengamos también un solo pensar y sentir. Por esto Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
    Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Abel y Caín, lo que miraba Dios no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y por eso le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que, cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia. En efecto, el justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde él mismo en sacrificio y así, con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan son los que serán coronados por el Señor, los que serán reivindicados el día del juicio.
    Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de Cristo, como atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada Escritura, pues está escrito: Quien aborrece a su hermano es un homicida, y el homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo.

jueves, 17 de junio de 2021

Alimento y perdón

 Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor

    Continuamos la oración y decimos: Danos hoy nuestro, pan de cada día. Esto puede entenderse en sentido espiritual o literal, pues de ambas maneras aprovecha a nuestra salvación. En efecto, el pan de vida es Cristo, y este pan no es sólo de todos en general, sino también nuestro en particular. Porque, del mismo modo que decimos: Padre nuestro, en cuanto que es Padre de los que lo conocen y creen en él, de la misma manera decimos: Nuestro pan, ya que Cristo es el pan de los que entramos en contacto con su cuerpo.
    Pedimos que se nos dé cada día este pan, a fin de que los que vivimos en Cristo y recibimos cada día su eucaristía como alimento saludable no nos veamos privados, por alguna falta grave, de la comunión del pan celestial y quedemos separados del cuerpo de Cristo, ya que él mismo nos enseña: Yo soy el pan vivo bajado del cielo; todo el que coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo voy a dar es mi carne ofrecida por la vida del mundo.
    Por lo tanto, si él afirma que los que coman de este pan vivirán eternamente, es evidente que los que entran en contacto con su cuerpo y participan rectamente de la eucaristía poseen la vida; por el contrario, es de temer, y hay que rogar que no suceda así, que aquellos que se privan de la unión con el cuerpo de Cristo queden también privados de la salvación, pues el mismo Señor nos conmina con estas palabras: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Por eso pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que todos los que vivimos y permanecemos en Cristo no nos apartemos de su cuerpo que nos santifica.
    Después de esto, pedimos también por nuestros pecados, diciendo: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados.
    Esta petición nos es muy conveniente y provechosa, porque ella nos recuerda que somos pecadores, ya que, al exhortarnos el Señor a pedir el perdón de los pecados, despierta con ello nuestra conciencia. Al mandarnos que pidamos cada día el perdón de nuestros pecados, nos enseña que cada día pecamos, y así nadie puede vanagloriarse de su inocencia ni sucumbir al orgullo.
    Es lo mismo que nos advierte Juan en su carta, cuando dice: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y bondadoso es el Señor para perdonarnos y purificarnos de toda iniquidad. Dos cosas nos enseña en esta carta: que hemos de pedir el perdón de nuestros pecados, y que esta oración nos alcanza el perdón. Por esto dice que el Señor es fiel, porque él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que, al enseñarnos a pedir que sean perdonados nuestras ofensas y pecados, nos ha prometido su misericordia paternal y, en consecuencia, su perdón.

miércoles, 16 de junio de 2021

Venga Tu Reino

 Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.


    Prosigue la oración que comentamos: Venga tu reino. Pedimos que se haga presente en nosotros el reino de Dios, del mismo modo que suplicamos que su nombre sea santificado en nosotros. Porque no hay un solo momento en que Dios deje de reinar, ni puede empezar lo que siempre ha sido y nunca dejará de ser. Pedimos a Dios que venga a nosotros nuestro reino que tenemos prometido, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino que está preparado para vosotros desde la creación del mundo.
    También podemos entender, hermanos muy amados, este reino de Dios, cuya venida deseamos cada día, en el sentido de la misma persona de Cristo, cuyo próximo advenimiento es también objeto de nuestros deseos. Él es la resurrección, ya que en él resucitaremos, y por esto podemos identificar el reino de Dios con su persona, ya que en él hemos de reinar. Con razón, pues, pedimos el reino de Dios, esto es, el reino celestial, porque existe también un reino terrestre. Pero el que ya ha renunciado al mundo está por encima de los honores y del reino de este mundo.
    Pedimos a continuación: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesitamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda, ya que nadie puede confiar en sus propias fuerzas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y misericordia di vina. Además, el Señor, dando pruebas de la debilidad humana, que él había asumido, dice: Padre mío, si es posible, que pase este cáliz sin que yo lo beba, y, para dar ejemplo a sus discípulos de que hay que anteponer la voluntad de Dios a la propia, añade: Sin embargo, no se haga mi voluntad, sino la tuya.
    La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres; el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a su cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos, en los tormentos la confianza con que luchamos y en la muerte la paciencia que nos obtiene la corona. Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre.

martes, 15 de junio de 2021

Santificado sea tu Nombre

 Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.


    Cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos pongamos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.
    Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: Yo honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian. Asimismo el Apóstol dice en una de sus cartas: No os pertenecéis a vosotros mismos; habéis sido comprados a precio; en verdad glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo.
    A continuación añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.
    El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna concedernos, cuando dice: Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los rapaces poseerán el reino de Dios. Y en verdad que eso erais algunos; pero fuisteis lavados, fuisteis santificados, fuisteis justificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Afirma que hemos sido santificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Lo que pedimos, pues, es que permanezca en nosotros esta santificación y -acordándonos de que nuestro juez y Señor conminó a aquel hombre que él había curado y vivificado a que no volviera a pecar más, no fuera que le sucediese algo peor- no dejamos de pedir a Dios, de día y de noche, que la santificación y vivificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con ayuda de esta misma gracia.

lunes, 14 de junio de 2021

Nuestra oración es pública y común

 Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.


    Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en el cielo», ni: «Dame hoy mi pan de cada día», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.
    El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces -dice- los tres, a una sola voz, se pusieron a cantar, glorificando y bendiciendo a Dios. Oraban los tres a una sola voz, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.
    Por eso fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos -dice la Escritura- perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres y de María, la madre de Jesús, y de los hermanos de éste. Perseveraban unánimes en la oración, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.
    ¡Cuán importantes, cuántos y cuán grandes son, hermanos muy amados, los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vuestra oración -dice el Señor- ha de ser así: «Padre nuestro, que estás en el cielo.»
    El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a los suyos -dice el Evangelio- y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en el cielo.

domingo, 13 de junio de 2021

La pequeña semilla

“¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece…”
La semilla de la Fe ha sido sembrada en nosotros el día de nuestro bautismo, ese día nuestros padres y padrinos se comprometieron a hacerla crecer con su enseñanza, pero… no han sido, ni hemos sido, muchos los que nos hemos dedicado a ayudar a nuestros hijos y/o ahijados a crecer en la Fe. Hemos dejado que esa fe esté en ellos, pero no nos hemos esforzado en ayudarlos a madurar esa fe.
Seguramente confiamos en que la catequesis sea suficiente para la vida de fe de los pequeños, e, incluso, para nosotros mismos que, muy pocas veces, habremos cogido un libro de espiritualidad para seguir formándonos o madurando en nuestra vida de fe.
Incluso, en algunos casos, no hemos continuado con nuestra vida de oración, reflexión de la Palabra o vida sacramental. Nos hemos estancado en una vida tranquila y pasiva, donde todo se nos da servido y donde no tenemos por qué hacer nada por nuestra vida de fe, pues todo lo hacen otros. Y, a veces, para muchos, la vida de fe es cosa de niños o de mayores, pues ellos tienen más tiempo.
Pero… siempre hay peros en nuestra vida, llegan días o momentos o situaciones donde tenemos que “tirar” de algo que esté más allá de nosotros mismos, y no encontramos a qué aferrarnos o a de qué ayudarnos para salir adelante, para encontrar motivos para seguir caminando, o, incluso, no encontramos algo o Alguien que nos ayude a salir del fango en el que nos hemos o nos han metido.
La Vida de Fe no es una vida que, como algunas plantas, viva del aire, sino que tenemos que ayudarla a madurar, ayudarla a crecer, y de eso somos cada uno responsable. Nadie nos obliga a madurar en la fe, nadie nos obliga a crecer en la fe, es una respuesta personal y consciente a Dios que ha venido a mí, y me ha dado lo mejor de Si mismo: Su Vida. Y es Su Vida, la que vive en mí, pero si no lo reconozco y voy madurando, esa Vida estará siempre escondida para mi y para que por mí la necesiten.


 

sábado, 12 de junio de 2021

María conservaba las cosas en su corazón

De los Sermones de san Lorenzo Justiniano, obispo

    María iba reflexionando sobre todas las cosas que había conocido leyendo, escuchando, mirando, y de este modo su fe iba en aumento constante, sus méritos crecían, su sabiduría se hacía más clara y su caridad era cada vez más ardiente. Su conocimiento y penetración, siempre renovados, de los misterios celestiales la llenaban de alegría, la hacían gozar de la fecundidad del Espíritu, la atraían hacia Dios y la hacían perseverar en su propia humildad. Porque en esto consisten los progresos de la gracia divina, en elevar desde lo más humilde hasta lo más excelso y en ir transformando de resplandor en resplandor. Bienaventurada el alma de la Virgen que, guiada por el magisterio del Espíritu que habitaba en ella, se sometía siempre y en todo a las exigencias de la Palabra de Dios.
    Ella no se dejaba llevar por su propio instinto o juicio, sino que su actuación exterior correspondía siempre a las insinuaciones internas de la sabiduría que nace de la fe. Convenía, en efecto, que la sabiduría divina, que se iba edificando la casa de la Iglesia para habitar en ella, se valiera de María santísima para lograr la observancia de la ley, la purificación de la mente, la justa medida de la humildad y el sacrificio espiritual.
    Imítala tú, alma fiel. Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado. Allí Dios atiende más a la intención que a la exterioridad de nuestras obras. Por esto, ya sea que por la contemplación salgamos de nosotros mismos para reposar en Dios, ya sea que nos ejercitemos en la práctica de las virtudes o que nos esforcemos en ser útiles a nuestro prójimo con nuestras buenas obras, hagámoslo de manera que la caridad de Cristo sea lo único que nos apremie. Éste es el sacrificio de la purificación espiritual, agradable a Dios, que se ofrece no en un templo hecho por mano de hombres, sino en el templo del corazón, en el que Cristo el Señor entra de buen grado.

viernes, 11 de junio de 2021

En Ti está la fuente de la Vida

De las Obras de san Buenaventura, obispo

    Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de .compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!
    Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán a quien traspasaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre yagua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna.
    Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que labra su nido en los agujeros de la peña; sé el pájaro que encuentra su casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.
    Corre con vivo deseo a esta fuente de vida y de luz quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:
    «¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad!
    ¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable!
    De ti procede el río que alegra a la ciudad de Dios. Recrea con el agua de este deseable torrente los resecos labios de los sedientos de amor, para que con voz de regocijo y gratitud te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz

 

jueves, 10 de junio de 2021

La conquista de Jericó

 De las Homilías de Orígenes, presbítero, sobre el libro de Josué.


    Los israelitas ponen cerco a Jericó, porque ha llegado el momento de conquistarla. ¿Y cómo la conquistan? No sacan la espada contra ella, ni la acometen con el ariete, ni vibran los dardos; las únicas armas que emplean son las trompetas de los sacerdotes, y ellas hacen caer las murallas de Jericó.

    Hallamos con frecuencia en las Escrituras que Jericó es figura del mundo. En efecto, aquel hombre de que nos habla el Evangelio, que bajaba de Jerusalén a Jericó y que cayó en manos de unos ladrones, sin duda era un símbolo de Adán, que fue arrojado del paraíso al destierro de este mundo. Y aquellos ciegos de Jericó, a los que vino Cristo para hacer que vieran, simbolizaban a todos aquellos que en este mundo estaban angustiados por la ceguera de la ignorancia, a los cuales vino el Hijo de Dios. Esta Jericó simbólica, esto es, el mundo, está destinada a caer. El fin del mundo es algo de que nos hablan ya desde antiguo y repetidamente los libros santos.

    ¿Cómo se pondrá fin al mundo? ¿Con qué medios? Con la voz -dice- de las trompetas. ¿De qué trompetas? El apóstol Pablo te descubrirá el sentido de estas palabras misteriosas. Oye lo que dice: Resonará la trompeta y los muertos en Cristo despertarán incorruptibles, y el Señor mismo, a una orden, a la voz del arcángel y al sonido de la trompeta divina, bajará del cielo. Será entonces cuando Jesús, nuestro Señor, vencerá y abatirá a Jericó, salvándose únicamente aquella prostituta de que nos habla el libro santo, con toda su familia. Vendrá -dice el texto sagrado- nuestro Señor Jesús, y vendrá al son de las trompetas.

    Salvará únicamente a aquella mujer que acogió a sus exploradores, figura de todos los que acogieron con fe y obediencia a sus apóstoles y, como ella, los colocaron en la parte más alta, por lo que mereció ser asociada a la casa de Israel. Pero a esta mujer, con todo su simbolismo, no debemos ya recordarle ni tenerle en cuenta sus culpas pasadas. En otro tiempo fue una prostituta, mas ahora está unida a Cristo con un matrimonio virginal y casto. A ella pueden aplicarse las palabras del Apóstol: He hecho lo posible por desposaros con un solo Esposo, y por llevaros a Cristo con la pureza propia de una doncella inocente. El mismo Apóstol, en su estado anterior, puede compararse a ella, ya que dice: También nosotros fuimos en un tiempo insensatos, rebeldes a Dios, descarriados, esclavos de toda suerte de pasiones y placeres.

    ¿Quieres ver con más claridad aún cómo aquella prostituta ya no lo es? Escucha las palabras de Pablo: Y en verdad que eso erais algunos; pero fuisteis lavados, fuisteis santificados, fuisteis justificados en el nombre de Jesucristo, el Señor, por el Espíritu de nuestro Dios. Ella, para poder salvarse de la destrucción de Jericó, siguiendo la indicación de los exploradores, colgó de su ventana un cordón de hilo escarlata, como signo eficaz de salvación. Este cordón representaba la sangre de Cristo, por la cual es salvada actualmente toda la Iglesia, en e mismo Jesucristo nuestro Señor, al cual sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 9 de junio de 2021

El paso del Jordan

 De las Homilías de Orígenes, presbítero, sobre el libro de Josué.


    En el paso del río Jordán, el arca de la alianza guiaba al pueblo de Dios. Los sacerdotes y levitas que la llevaban se pararon en el Jordán, y las aguas, como en señal de reverencia a los sacerdotes que la llevaban, detuvieron su curso y se amontonaron a distancia, para que el pueblo de Dios pudiera pasar impunemente. Y no te has de admirar cuando se te narran estas hazañas relativas al pueblo antiguo, porque a ti, cristiano, que por el sacramento del bautismo has atravesado la corriente del Jordán, la palabra divina te promete cosas mucho más grandes y excelsas, pues te promete que pasarás y atravesarás los mismos aires.

    Oye lo que dice Pablo acerca de los justos: Seremos arrebatados entre nubes al encuentro del Señor por los aires, y así estaremos siempre con el Señor. Nada, pues, ha de temer el justo, ya que toda la creación está a su servicio.

    Oye también lo que Dios promete al justo por boca del profeta: Cuando pases por el fuego, la llama no te abrasará, porque yo soy el Señor tu Dios. Vemos, por tanto, cómo el justo tiene acceso a cualquier lugar, y cómo toda la creación se muestra servidora del mismo. Y no pienses que aquellas hazañas son meros hechos pasados y que nada tienen que ver contigo, que los escuchas ahora: en ti se realiza su místico significado. En efecto, tú, que acabas de abandonar las tinieblas de la idolatría y deseas ser instruido en la ley divina, eres como si acabaras de salir de la esclavitud de Egipto.

    Al ser agregado al número de los catecúmenos y al comenzar a someterte a las prescripciones de la Iglesia, has atravesado el mar Rojo y, como en aquellas etapas del desierto, te dedicas cada día a escuchar la ley de Dios y a contemplar la gloria del Señor, reflejada en el rostro de Moisés. Cuando llegues a la mística fuente del bautismo y seas iniciado en los venerables y magníficos sacramentos, por obra de los sacerdotes y levitas, parados como en el Jordán, los cuales conocen aquellos sacramentos en cuanto es posible conocerlos, entonces también tú, por ministerio de los sacerdotes, atravesarás el Jordán y entrarás en la tierra prometida, en la que te recibirá Jesús, el verdadero sucesor de Moisés, y será tu guía en el nuevo camino.

    Entonces tú, consciente de tales maravillas de Dios, viendo cómo el mar se ha abierto para ti y cómo el río ha detenido sus aguas, exclamarás: ¿Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás? ¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros; colinas, que saltáis como corderos? Y te responderá el oráculo divino: En presencia del Señor se estremece la tierra, en presencia del Dios de Jacob; que transforma las peñas en estanques, el pedernal en manantiales de agua.

martes, 8 de junio de 2021

Mi amor está crucificado

 De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos

    De nada me servirán los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia. El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre.» No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible.

    No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él, que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta. Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido.

    Acordaos en vuestras oraciones de la Iglesia de Siria, que, privada ahora de mí, no tiene otro pastor que el mismo Dios. Sólo Jesucristo y vuestro amor harán para con ella el oficio de obispo. Yo me avergüenzo de pertenecer al número de los obispos; no soy digno de ello, ya que soy el último de todos y un abortivo. Sin embargo, llegaré a ser algo, si llego a la posesión de Dios, por su misericordia.

    Os saluda mi espíritu y la caridad de las Iglesias que me han acogido en el nombre de Jesucristo, y no como a un transeúnte. En efecto, incluso las Iglesias que no entraban en mi itinerario corporal acudían a mí en cada una de las ciudades por las que pasaba.

lunes, 7 de junio de 2021

Ser cristiano no de nombre

De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos.


    Nunca tuvisteis envidia de nadie, y así lo habéis enseñado a los demás. Lo que yo ahora deseo es que lo que enseñáis y mandáis a otros lo mantengáis con firmeza y lo practiquéis en esta ocasión. Lo único que para mí habéis de pedir es que tenga fortaleza interior y exterior, para que no sólo hable, sino que esté también interiormente decidido, a fin de que sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho. Si me porto como cristiano, tendré también derecho a este nombre y, entonces, seré de verdad fiel a Cristo, cuando haya desaparecido ya del mundo. Nada es bueno sólo por lo que aparece al exterior. El mismo Jesucristo, nuestro Dios, ahora que está con su Padre, es cuando mejor se manifiesta. Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma.

    Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo.

    Halagad, más bien, a las fieras, para que sean mi sepulcro y no dejen nada de mi cuerpo; así, después de muerto, no seré gravoso a nadie. Entonces seré de verdad discípulo de Cristo, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios. No os doy yo mandatos como Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo no soy más que un condenado a muerte; ellos eran libres, yo no soy al presente más que un esclavo. Pero, si logro sufrir el martirio, entonces seré liberto de Jesucristo y resucitaré libre con él. Ahora, en medio de mis cadenas, es cuando aprendo a no desear nada.

    Desde Siria hasta Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado como voy a diez leopardos, es decir, a un pelotón de soldados que, cuantos más beneficios se les hace, peores se vuelven. Pero sus malos tratos me ayudan a ser mejor, aunque no por eso me creo justificado. Quiera Dios que tenga yo el gozo de ser devorado por las fieras que me están destinadas; lo que deseo es que no se muestren remisas; yo las azuzaré para que me devoren pronto, no suceda como en otras ocasiones que, atemorizadas, no se han atrevido a tocar a sus víctimas. Si se resisten, yo mismo las obligaré.

    Perdonadme lo que os digo; es que yo sé bien lo que me conviene. Ahora es cuando empiezo a ser discípulo. Ninguna cosa, visible o invisible, me prive por envidia de la posesión de Jesucristo. Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras, desgarramientos, amputaciones, descoyuntamiento de huesos, seccionamiento de miembros, trituración de todo mi cuerpo, todos los crueles tormentos del demonio, con tal de que esto me sirva para alcanzar a Jesucristo.