sábado, 14 de marzo de 2020

Prescindible e imprescindible

No se si hablaré del evangelio de hoy, porque, recién, al leer un hilo de un tuit quedé perplejo y no es porque se dijeran tonterías o malas cosas, sino por la discusión que se había generado, sobre todo en los comentarios de un sacerdote a otro sacerdote. El tema surgió porque uno puso que en estos días de emergencia las procesiones de semana santa pueden ser prescindibles, porque lo importante son los oficios religiosos: encontrarnos con Jesús en la Eucaristía, en Su Palabra. Y ¡pobre hombre! comenzaron a surgir los defensores de las procesiones, como si las hubiera despreciado, y no lo había hecho.
Y es cierto ¿qué es lo esencial en la Semana Santa? ¿Qué es lo que piensas tu? Porque lo que yo veo es que los que van, muchas veces, y es mucha gente, a las procesiones son muy pocos los que después se quedan o antes van a la Misa a encontrarse con Jesús Vivo y Verdadero. Para ellos si es prescindible la Eucaristía ¿o estoy muy equivocado?
El hecho es que lo que veo es que nadie puede opinar nada diferente a la opinión de los demás, porque la opinión que vale es la que está en contra de mi opinión. Y, fijaos, que este sacerdote no dijo que no valían las procesiones sino que en un momento determinado podían no hacerse, como sucede en caso de lluvia. Porque si fueran imprescindibles las procesiones tendrían que salir aunque cayeran litros de agua de lluvia, pero no salen por cuidar las imágenes...
A veces, no entiendo a los católicos. O, mejor, a veces no entiendo nuestros conceptos de prescindibles e imprescindibles, e, incluso no entiendo el concepto de libertad de expresión ¿por qué algunos pueden tenerla y otros no?
Ahí es cuando nos vamos damos cuenta de por dónde estamos caminando, cuál es el camino que hemos elegido, y vamos a descubrir que aún nos queda mucho trecho por recorrer para alcanzar aquello que vino a traer Jesús: un Reino Nuevo, un Reino de personas que se aman fundado en la Verdad, en el Amor.
¿Quién es el centro de nuestras vidas? ¿No será que hemos cambiado el centro de nuestra vida y el Señor ya no es el Señor de nuestra vida? ¿Es Su Palabra la única que ilumina mii vida? ¿Es Su Voluntad lo que busco cada día para recorrer el Camino que me da Vida?
Es cierto que todo en la vida es prescindible, porque lo único imprescindible es la vida misma, y aquello que alimenta mi vivir. Pero, cuando hago una elección de vida, como es ser cristiano, hay cosas que son más importantes que otras, y tengo que elegir, todos los días, para saber o recorrer el Camino a la Vida. Y, si en algo me equivoqué, como el Hijo Pródigo, siempre tengo la oportunidad de volver a la Casa del Padre.
Y, como vemos, en esta situación de emergencia, también puede ser prescindible ir a Misa, porque lo importante es lo que yo haga o viva con lo que el Señor me ha dado y con lo que me expresa en Su Voluntad, en Su Palabra.

viernes, 13 de marzo de 2020

No dejarnos atrapar por la envidia o el rencor

El Genésis nos presenta la historia de José, y, junto a él, cómo la envidia transforma el corazón de sus hermanos hasta llegar a querer matarlo. Una realidad que, lamentablemente, se sucede muy a menudo en una sociedad materialista y que sólo vive para buscar el tener y el aparentar ser más que los demás.
Por otro lado, Jesús nos presenta una parábola que va por caminos similares: los labradores que viciados por el dinero y el poder no quieren cumplir con lo pactado con el dueño de la tierra y, por eso, matan a todos los que vienen a cobrar el alquiler.
La historia de José nos hablará de que él no ha muerto sino que encontró el favor en Egipto y gracias a eso pudo liberar a su pueblo del hambre que sufría, y, pudo, por la bondad de su corazón perdonar a sus hermanos el día que se encontró con ellos.
Y Jesús, como sabemos, nos enseña que, a pesar de todo lo que le hicieron hasta darle muerte de Cruz, en el último aliento dice: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.
Cuando el corazón del hombre está centrado en Dios, cuando busca no el consuelo y el pacer de los hombres, sino la Vida en Dios, siempre encuentra caminos de reconciliación, de perdón. Pero cuando nos dejamos llevar por los apetitos humanos y sus vicios: egoísmo, envidia, apetito de poder, venganza, rencor, odio... nuestra vida se vuelve muerte, porque lo único que buscamos es la oscuridad de la muerte. Quizás no la muerte física de la otra persona, pero sí, muchas veces, queremos destruir su fama, hablamos mal de ella, le negamos el saludo, y hasta llegamos a decir: para mí a muerto.
En este tiempo de cuaresma el Señor nos invita a renovar nuestro corazón a la Luz de su Amor, de su entrega en la Cruz por nosotros. Por que, como dice el Apóstol, "cuando todavía éramos pecadores, él murió por nuestros pecados". Y así, cuando seguimos el camino de Jesús, podemos entregar nuestra vida por la salvación de los demás, sacar de la maldad de los demás el bien para muchos, incluso para uno mismo. 
Por que dejar que lo que los demás intenten hacer con uno nos destruya o nos haga daño, no tiene sentido, sino que debemos utilizar esos "dardos envenenados", para pedir la Gracia de la Fortaleza para que nuestro corazón siga creciendo en amor, pues nos dice el Señor: "si amáis a quienes os aman ¿qué mérito tenéis? eso también lo hacen los paganos... pues yo os digo: amad a vuestros enemigos, rezar por vuestros perseguidores..."
Por que así actúo el Señor, y aquellos que creyeron que le quitaban la vida, no pudieron conseguir sus deseos, pues Él volvió de la muerte y nos dio Vida Nueva a todos los que creemos y vivimos con Él, por Él y en Él.

jueves, 12 de marzo de 2020

Maldito quien confía en el hombre

"Esto dice el Señor:
«Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto".
No es fácil mantener nuestra mirada puesta en Dios cuando vivimos en un mundo que nos lleva de narices. No es fácil cuando vemos que todo sigue avanzando y que nuestra vida parece como detenida. No es fácil cuando queremos ver los frutos abundantes y aún no hemos sembrado como nos lo dice el Señor.
Y así nos sucede en todas las cosas, cuando no vemos los frutos que queremos ponemos nuestra confianza en los hombres, en las cosas humanas, y no en Dios. Si miramos bien, esto lo vemos, incluso, dentro de la iglesia misma porque vamos poniendo, cada día, más confianza en nuestras propias prescripciones, ya sean litúrgicas, de vestimenta, etc., y no en lo que Dios nos pide a cada uno para vivir de acuerdo a su Voluntad.
Hacemos, muchas veces, de la Iglesia una empresa que tiene que dar buenos rendimientos, y tener, cada día, más gente dentro de sus muros. Y ¿es esa la iglesia que el Señor quiere? En estos días de la paranoia coronavirus vemos cómo se van dando reglas y seguros, y otros condenan lo que tiene que ser tan normal. Para algunos la comunión en la mano es un rito satánico y profanador de lo sagrado, mientras que para otros es lo más normal que pueda ser así. ¿Por qué atamos cargas pesadas sobre los hombros de los demás?
Y ni qué hablar de tantas y tantas normas litúrgicas que creemos que nos llevan a ser más santos. Si solamente tenemos la mirada puesta en la Ley ¿cuándo amamos de verdad? Por tener los ojos puestos en las leyes humanas ¿somos más fraternos? Nos vamos, muchas veces, criticando unos a otros por lo que hacen, por cómo visten, por como hablan... y por poner la mirada en la ley humana, hemos perdido tiempo para amarnos, para perdonarnos, para llegar a ser lo que Jesús quiere que seamos: "sean Uno para que el mundo crea", "en esto verán que sois mis discípulos: en la medida en que se amen unos a otros".

miércoles, 11 de marzo de 2020

Se paga el bien con mal?

"Ellos dijeron:
«Venga, tramemos un plan contra Jeremías, porque no faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta. Venga, vamos a hablar mal de él y no hagamos caso de sus oráculos».
Hazme caso,Señor, escucha lo que dicen mis oponentes.
¿Se paga el bien con mal?, ¡pues me han cavado una fosa!".
Muchas veces, cuando uno escucha por la tele o en la calle, vemos cómo nos gusta ir "cavando fosas" para la gente. ¿Qué quiero decir? Me voy a referir (como ejemplo) a la clase política que vemos en la televisión: siempre hay una palabra, un gesto, o algo que unos le critican a los otros para hacerlos quedar mal, porque haciéndolos quedar mal parece que el que tira la primera piedra queda mejor y gana puntos. Y aunque en algún momento las cosas eran las mejores, en otro momento parecen ser las peores.
O lo que nos pasa a cualquiera de nosotros: siempre le hacemos grandes elogios a quien hace bien las cosas, pero no vaya a ser que se equivoque o que no diga o haga lo que pienso que ya lo enviamos a lo más hondo del pozo. Así como creamos una buena fama de alguien así también lo intentamos derribar con las piedras que le vamos tirando.
Es que somos muy previsibles los humanos: si alguien nos cayó bien lo alabamos, y si al momento no me hizo caso, lo denigramos. ¿Cuál es la verdad?
La verdad es que no soportamos que alguien no piense como yo o no haga lo que yo quiero. Y, así, pareciera que el único medio de medir la verdad es mi verdad, o la verdad de mi círculo más cercano. Porque, también es cierto, que, muchas veces, vemos como cierta gente sigue lo que dice alguien que tiene más fuerza (o aparenta tenerla) y los demás lo siguen como buenos corderos, sin chistar.
¿Se paga e bien con mal? Sí, muchas veces somos así: pagamos el bien con el mal, y no porque hagamos daño, sino porque nuestros comentarios, nuestros actos, nuestros silencios hacen daño cuando no defendemos la Verdad, y no nuestra verdad.
Y es ahí donde nos tendríamos que preguntar: ¿qué es la Verdad para mí? ¿Jesús es la Verdad? ?¿A quién sigo? ¿Soy fiel a Dios o a los hombres?
Como dice el profeta Jeremías:
"Así habla el Señor: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre y busca su apoyo en la carne, mientras su corazón se aparta del Señor! 
El es como un matorral en la estepa que no ve llegar la felicidad; habita en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhóspita. 
¡Bendito el hombre que confía en el Señor y en él tiene puesta su confianza! 
El es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto. 
Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo? Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino las entrañas, para dar a cada uno según su conducta, según el fruto de sus acciones".

martes, 10 de marzo de 2020

No seais como ellos

"¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?"
Muchas veces sabemos muchas cosas del evangelio, sabemos mucho de religión, sabemos mucho... pero no siempre actuamos como todo lo que sabemos, sino que nos dejamos llevar por lo que nos interesa, lo que nos gusta, lo que nos dicen, o lo que se hace en el mundo, sin ponernos a pensar qué es lo que quiere Dios que hagamos. Cuando nos dejamos llevar por "otras sabidurías" y no por la Palabra de Dios, es lo que Dios llama: "detestas mi enseñanza... te echas a la espalda mis mandatos".
Sí, quizás lo hagamos por ignorancia, pero tenemos que convertir esas situaciones, porque, aunque no detestemos la Palabra de Dios, con nuestras acciones pareciera que es así, pues no le damos el lugar que tiene que tener en nuestras vidas.
Por eso, Jesús le decía a la gente:
"En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar".
Generalmente, en el día de hoy, creemos que esto vale sólo para los obispos y los curas, que somos quienes decimos y hablamos de la Palabra de Dios, desde nuestro lugar en las iglesias. Y eso es cierto, no siempre vivimos lo que decimos, y eso, también, confunde a la gente, porque no somos testigos veraces de la Palabra de Dios. Pero, también, lo dice por cada uno de los que hemos sido ungidos profetas en el bautismo, pues todos estamos llamados a anunciar la Buena Noticia con nuestras vidas.
Lo que nos pasa, muchas veces, es que se nos suben los aires de "maestros" a la cabeza y nos creemos los mejores predicadores del evangelio. Nos aprendemos de memoria algunos versículos de la Palabra de Dios, y ya nos damos el título de maestros o doctores de la Ley, pero, lo que, en realidad vale, no es el título de papel que me han dado en una universidad, sino el papel que juega en mi vida la Palabra de Dios.
"Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.

lunes, 9 de marzo de 2020

De las Catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo

Los judíos vieron maravillas; también tú las verás, y más grandes y sorprendentes que cuando los judíos salieron de Egipto. Tú no viste sumergirse al Faraón con su ejército, pero has visto al diablo con todo su poder cubierto por las olas. Los judíos atravesaron el mar Rojo; tú has atravesado ,el dominio de la muerte. Ellos fueron liberados de Egipto; tú has sido liberado de los demonios. Los judíos escaparon de la esclavitud en país extranjero; tú has escapado de la esclavitud, mucho más triste, del pecado.
¿Quieres aún más pruebas de que has sido honrado con dones mayores? Los judíos, entonces, no pudieron contemplar el rostro glorificado de Moisés, a pesar de que era consiervo y congénere suyo; tú, en cambio, has contemplado la gloria del rostro de Cristo. Y el apóstol Pablo afirma: Todos nosotros reflejamos como en un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria del Señor.
Ellos tenían entonces a Cristo que los seguía; pero, de un modo mucho más real, nos sigue ahora a nosotros. Pues entonces el Señor los acompañaba en atención a Moisés, pero ahora os acompaña no sólo en atención a Moisés, sino por vuestra obediencia. Ellos, al salir de Egipto, encontraron el desierto; tú, al salir de este mundo, encontrarás el cielo. Ellos tuvieron como guía e ilustre caudillo a Moisés; pero nosotros tenemos como guía y caudillo al otro Moisés, que es Dios mismo.
¿Cuál fue la nota distintiva del primer Moisés? Moisés -dice la Escritura- era el hombre más humilde del mundo. Esta característica se la podemos atribuir, sin temor a equivocarnos, a nuestro Moisés, ya que en él moraba íntima y consubstancial mente el Espíritu suavísimo. Entonces, Moisés, alzando las manos al cielo, hacía caer el maná, pan de ángeles; nuestro Moisés alza las manos al cielo y nos proporciona el alimento eterno. Aquél golpeó la roca e hizo salir torrentes de agua; éste toca la mesa, golpea la mesa espiritual y hace manar las fuentes del Espíritu. Por esto la mesa está situada en medio, cual una fuente, para que los rebaños acudan a la fuente desde todo lugar y beban de sus aguas salvadoras.
Disponiendo, pues, de una fuente tal, de una mesa abastecida con tal abundancia de alimentos de toda clase, de tanta abundancia de bienes espirituales, acerquémonos con un corazón sincero y una conciencia pura, para que alcancemos gracia y misericordia en el tiempo oportuno: la gracia y la misericordia del Hijo único, nuestro Señor y salvador Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria, el honor y el poder al Padre y al Espíritu dador de vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 8 de marzo de 2020

Salir para dar

"En aquellos días, el Señor dijo a Abran:
«Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.
Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y serás una bendición".
El Señor lo llama a Abran para una misión particular: hacer de él un gran pueblo, una nación nueva. Y así como lo llama a él nos llama a nosotros: el día de nuestro bautismo no sólo nos llamó, sino que nos consagró para ser parte de una Nuevo Pueblo, la Iglesia, esa es nuestra misión. Cada uno de nosotros, como Abran, tiene la misión de ser parte de un Nuevo Pueblo, por el cual ser bendecirán todas las naciones de la tierra, pues, el llamado no es una Gracia para nosotros mismos, sino que es una Gracia para los demás, porque, con nuestras vidas, llevamos un mensaje a todos los que nos miran: el mensaje de la Salvación.
Sigue diciéndonos san Pablo:
"Querido hermano:
Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestros obras, sino según su designio y según la gracia que no dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio".
Al reconocer nuestro llamado, nuestra misión, comenzamos a tomar parte en los padecimientos por el Evangelio. Sí, tomamos parte en los padecimientos, porque como dice el Señor: "el reino de los cielos sufre violencia y sólo los violentos lo arrebatan". O lo que nos ejemplifica san Pablo: "hay dentro de mí un guerra constante, entre mi carne y mi espíritu, entre mi espíritu y mi carne", porque no siempre hacemos lo que debemos sino que, muchas veces, hacemos lo que queremos.
Es esa lucha la que nos provoca sufrimientos para poder llevar "nuestra carne a la esclavitud del Espíritu", sin embargo no desfallecemos, porque sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza:
"Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti".
El Señor es nuestra fuerza y nuestro escudo, y por eso confiamos en su misericordia, y para esta lucha interna y con el mundo, necesitamos que, continuamente, nos lleve a lo alto del monte y nos vuelva a mostrar su divinidad. O, mejor dicho, necesitamos volver a subir al Monte de Transfiguración para volver a tener la fuerza para seguir "el buen combate de la fe". Porque, nos tenemos que acordar que "sin mí no podéis hacer nada", pero nada en lo relativo a la misión y vocación que Él nos ha dado y a la cual hemos respondido, como María, con generosidad de corazón para hacer Su Voluntad y no la nuestra. Y así, el Padre, nos volverá a decir en el Monte de la Oración: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo», y bajaremos a la vida cotidiana con el corazón lleno de Su Gracia para poder contagiar a todos con el gozo de nuestro encuentro con el Señor, con la Vida.