Me llena de gozo, querido hermano, el celo que te anima en la
propagación de la gloria de Dios. En la actualidad se da una gravísima epidemia
de indiferencia, que afecta, aunque de modo diverso, no sólo a los laicos, sino
también a los religiosos. Con todo, Dios es digno de una gloria infinita. Siendo
nosotros pobres criaturas limitadas y, por tanto, incapaces de rendirle la
gloria que él merece, esforcémonos, al menos, por contribuir, en cuanto podamos,
a rendirle la mayor gloria posible.
La gloria de Dios consiste en la salvación de las almas, que
Cristo ha redimido con el alto precio de su muerte en la cruz. La salvación y la
santificación más perfecta del mayor número de almas debe ser el ideal más
sublime de nuestra vida apostólica. Cuál sea el mejor camino para rendir a Dios
la mayor gloria posible y llevar a la santidad más perfecta el mayor número de
almas, Dios mismo lo conoce mejor que nosotros, porque él es omnisciente e
infinitamente sabio. Él, y sólo él, Dios omnisciente, sabe lo que debemos hacer
en cada momento para rendirle la mayor gloria posible. ¿Y cómo nos manifiesta
Dios su propia voluntad? Por medio de sus representantes en la tierra. La
obediencia, y sólo la santa obediencia, nos manifiesta con certeza la voluntad
de Dios. Los superiores pueden equivocarse, pero nosotros obedeciendo no nos
equivocamos nunca. Se da una excepción: cuando el superior manda algo que con
toda claridad y sin ninguna duda es pecado, aunque este sea insignificante;
porque en este caso el superior no sería el representante de Dios.
Dios, y solamente Dios infinito, infalible, santísimo y
clemente es nuestro Señor, nuestro creador y Padre, principio y fin, sabiduría,
poder y amor: todo. Todo lo que no sea él vale en tanto en cuanto se refiere a
él, creador de todo, redentor de todos los hombres y fin último de toda la
creación. Es él quien, por medio de sus representantes aquí en la tierra, nos
revela su admirable voluntad nos atrae hacia sí, y quiere por medio nuestro
atraer el mayor número posible de almas y unirlas a sí del modo más íntimo y
personal.
Querido hermano, piensa qué grande es la dignidad de nuestra
condición por la misericordia de Dios. Por medio de la obediencia nosotros nos
alzamos por encima de nuestra pequeñez y podemos obrar conforme a la voluntad de
Dios. Más aún: adhiriéndonos así a la divina voluntad, a la que no puede
resistir ninguna criatura, nos hacemos más fuertes que todas ellas. Ésta es
nuestra grandeza; y no es todo: por medio de la obediencia nos convertimos en
infinitamente poderosos.
Éste y sólo éste es el camino de la sabiduría y de la
prudencia, y el modo de rendir a Dios la mayor gloria posible. Si existiese un
camino distinto y mejor: Jesús nos lo hubiera indicado con sus palabras y su
ejemplo.
Los treinta años de su vida escondida son descritos así por la sagrada
Escritura: Y les estaba sujeto. Igualmente, por lo que se refiere al resto de la
vida toda de Jesús, leemos con frecuencia en la misma sagrada Escritura que él
había venido a la tierra para cumplir la voluntad del Padre.
Amemos sin límites a nuestro buen Padre: amor que se
demuestra a través de la obediencia y se ejercita sobre todo cuando nos pide el
sacrificio de la propia voluntad. El libro más bello y auténtico donde se puede
aprender y profundizar este amor es el Crucifijo. Y esto lo obtendremos mucho
más fácilmente de Dios por medio de la Inmaculada, porque a ella ha confiado
Dios toda la economía de la misericordia.
La voluntad de María, no hay duda alguna, es la voluntad del
mismo Dios. Nosotros, por tanto, consagrándonos a ella, somos también como ella,
en las manos de Dios, instrumentos de su divina misericordia. Dejémonos guiar
por María; dejémonos llevar por ella, y estemos bajo su dirección tranquilos y
seguros: ella se ocupará de todo y proveerá a todas nuestras necesidades, tanto
del alma como del cuerpo; ella misma removerá las dificultades y angustias
nuestras
lunes, 14 de agosto de 2017
domingo, 13 de agosto de 2017
No reconocieron el Don de Dios
"Hermanos:
Digo la verdad en Cristo, no miento – mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo – : siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne..."
San Pablo está sufriendo por que el Pueblo Elegido no ha reconocido en Jesús al Mesías Esperado, Prometido. Sufre porque los de su sangre no pueden abrir el corazón como Él lo abrió a la Gracia del Señor. Sufre porque quisiera que los suyos también compartieran con Él el gozo de haber encontrado al Mesías, al Salvador. Un sentimiento muy profundo y lleno de dolor por no poder acercar a los que uno quiere a este gozo de saberse salvado, de saberse querido por el Mesías Salvador. Es uno de los sentimientos más puros del corazón del hombre el sufrir por no poder compartir con quien se quiere el gran tesoro que uno ha encontrado, o más aún que los que uno quiere le den vuelta la cara por no haber comprendido el Camino de la Salvación.
Nos paramos, muchas veces, sobre nuestras cerrazones de corazón y entendederas y no somos capaces de ver lo que es evidente a nuestros ojos. El mal orgullo nos impide descubrir el Camino Verdadero o la Verdad del Camino y nos enceguece de tal manera que hasta rompemos las relaciones más profundas, tanto con la familia como con los mejores amigos. Y no estoy hablando solamente del camino de la FE, sino que también vemos a nuestro alrededor familias o amistades rotas desde hace muchos años por la cerrazón del corazón.
San Pablo al hablar del dolor que siente por su pueblo hace referencia a todo lo que el Pueblo había recibido de parte de Dios, pero aún así no comprenden y desprecian los mensajes que el Señor les había dado a lo largo del tiempo. Y así también nos sucede con nuestras cerrazones, no valoramos lo vivido, no valoramos que hemos luchado y cuánto nos hemos querido, sino que por esta situación o por aquella cosa hemos dejado de mirarnos como hermanos y hemos roto lazos preciosos y valiosos para nuestras vidas.
Por eso cuando Cristo nos pide que para seguirlo hemos de renunciar a nosotros mismos nos quiere ayudar a convertir aquellas cosas que hay en nuestro corazón que nos impidan reconocer y conocer a Aquél que es nuestra Salvación, a Aquél que viene a liberarnos de las ataduras del pecado y quiere hacernos vivir en la libertad de la Gracia, una Gracia que Él mismo nos trae con su Vida y Su Palabra. Si tuviéramos el corazón libre de nosotros mismos podríamos aceptar los errores, los pecados, y descubrir que el mejor camino es el arrepentimiento y el pedido de perdón para sanar aquello que se ha roto o muerto por causa de la cerrazón de corazón.
sábado, 12 de agosto de 2017
Cultivar nuestra fe
«Por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada os sería imposible».
¿Por qué nuestra fe parece poca? La Fe es un don que hay que cultivar toda la vida y no porque el Señor no quiera dárnosla en abundancia, pues Él nos la da en gran medida siempre, pero no siempre la utilizamos como corresponde y no simepre la cultivamos como debemos.
El Don de la Fe el Señor nos lo da a todos, pero no todos la aceptan, y a aquél que la acepta debe saber hacerla madurar y dar fruto.
¿Cómo la cultivamos? Se podría decir o hacer una analogía con nuestra educación: los primeros pasos han sido aprender las letras y aprender a escribir, a partir de ahí comenzamos a leer y a estudiar un montón de asignatura que, a veces, algunas nos parecían interesantes y otras que no servían para nada.
La fe la comenzamos a cultivar en familia, es el primer paso. Aunque, a veces, en familia no se viva la fe y surja el Don en algún momento diferente. Pero una vez que he recibido el Don y comienzo una vida de fe, tengo que comenzar a descubrir el misterio de Dios. La catequesis ya sea de niños o de adultos es un primer paso para ir descubriendo no sólo quién es el Dios en el que comienzo a creer sino cómo se ha manifestado nuestro Dios a lo largo de la historia.
Conocer a las personas Divinas me permite comenzar a quererlas y amarlas, para poder así empezar un diálogo con ellas, un diálogo que se llama oración. Porque rezar no sólo es repetir oración ya hechas, sino entablar un diálogo "cara a cara" con el Señor. Así la oración sincera y constante será el mejor paso para ir madurando mi relación con Él y Él me dará las Gracias para madurar mi fe.
La reflexión constante de la Palabra de Dios me ayudará a entender su forma de actuar, de comunicarse, de relacionarse con el hombre, conmigo. Además la lectura de la Palabra es, también, un diálogo con el Señor pues Su Palabra es lo que Él me ha transmitido a lo largo de la historia y de sus instrumentos más preciados. Así podré ver cómo sus discípulos: profetas, apóstoles y Su mismo Hijo han sabido escuchar y obedecer. Pues el Don de la Fe me llevará a escuchar su Voz y a tener la fuerza para ser obediente a Su Voluntad.
Por los sacramentos el Señor me concederá las Gracias necesarias y suficientes para poder seguir creciendo y madurando. La Eucaristía es el principal alimento que el Señor quiso dejarnos para alimentar nuestra vida de Gracia, porque su Vida es nuestro alimento para poder vivir en Él. La Reconciliación es el sacramento para sanar lo que el pecado va debilitando en mi vida espiritual y fortalecerme después de los tropiezos y caídas, para poder continuar en el Camino de la santidad.
Pero todo este crecimiento tiene un sólo fin, que es el que Jesús más de una vez nos dijo: "no hago otra cosa que lo que he visto hacer a mi Padre", "mi alimento es hacer la Voluntad de mi Padre". Por que seguir a Cristo, ser cristiano es comenzar a recorrer el Camino de la Santidad no haciendo lo que el mundo me dice sino obedeciendo la Voluntad de Nuestro Padre Celestial, por eso mismo el Hijo nos dijo: "El que quiera seguirme que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará".
viernes, 11 de agosto de 2017
Seguir a Cristo
Creo que no se puede pensar a Santa Clara de Asís sin asociarla a San Francisco de Asís, pues los dos marcaron la historia de la Iglesia con una huella muy particular. Los dos, de diferente maneras, se hicieron eco de las palabras de Jesús que nos recuerda el Evangelio de hoy:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a si mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?"
Francisco primero fue quien aceptó este llamado y dejando todo y renunciando a sí mismo se lanzó detrás del Señor a vivir la pobreza más radical. Una vida que fue conquistando, poco a poco, otros discípulos que, por su ejemplo, se encontraron con la alegría de vivir despojados de todo para estar sólo en Diios. Así fue cómo la Vida de Cristo llegó al corazón de Clara quien aceptó seguir las Huellas de Jesús por el camino que iba marcando Francisco de Así.
Sus vidas, como la de todos los santos, son para nosotros un aliciente y una esperanza porque en ellos descubrimos que es posible una vida de total entrega en el seguimiento de Cristo.
De más está decir que para cada uno de nosotros hay un estilo de vida diferente, pero todos unidos en un solo Camino: Jesús, viviendo una sola Vida: Jesús, y aceptando una sola Verdad: Jesús; pues Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Por eso, antes de que nos decidamos a decirle que Sí para seguirlo nos dejó bien claro cuales eran las condiciones para ir detrás de Él. No nos engañó y nos dijo que todo iba a ser fácil, sino que desde el principio de su llamado nos advirtió que no sería fácil, pero también nos dijo que "nada podríamos hacer sin Él", pues para Dios nada es imposible.
Nuestra vida cristiana comienza, como la de todos los santos, con una actitud de confianza en la Providencia, pues sin ella nada podríamos hacer. Pero también con una total conciencia de que la Providencia solo actúa si nos vaciamos de nosotros mismos y somos total pertenencia al Señor, para vivir intensa y radicalmente su Voluntad.
¿Por qué tanta exigencia? Porque lo que se nos brinda y se nos regala es mucho más de lo que podemos esperar. Y, como dice San Pablo, el precio que se pagó por lo que se nos brinda ha sido precio de sangre. Si lo miramos con esos mismos ojos veremos que es muy poco lo que nosotros le entregamos al Señor, para que Él nos colme con sus bendicones y nos sostenga con su Amor. Es muy poco a lo que tenemos que renunciar para llegar a ser su hijos y alcanzar la Vida.
"Así pues, reconoce hoy, y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Observa los mandatos y preceptos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos, después de ti, y se prolonguen tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre».
jueves, 10 de agosto de 2017
Dar con alegría
Le dice San Pablo a los Corintios:
"Hermanos:
El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.
Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que da con alegría”.
Cada paso que damos en cada día es un paso de siembra, pues no podemos no sembrar, no podemos no dar; somos seres sociales que viven en sociedad y por eso cada acto nuestro es una acto de siembra, y cada uno siembra lo que lleva en su corazón, lo que lleva en sus manos, pero también siembra de acuerdo a su corazón, a lo que dicta su corazón y su razón.
Cuando nuestro corazón está lleno de egoísmo y vanidad, mi siembra será de manera tacaña, pues todo lo quiero reservar para mí y por eso la cosecha no será abundante, si es que hay cosecha; porque al final lo que todos queremos es que en la amistad podamos compartir nuestras vidas, pero si la otra parte no comparte llega un momento en que uno se retira y el egoísta queda consigo mismo.
Pero si el corazón está lleno del amor de Dios, si el corazón se ha vaciado de sí mismo y busca vivir en la Verdad, siempre su siembra será no sólo abundante sino que será fructífiera, su semilla solamente no brotará en los corazones cerrados a la verdad, al amor, a la esperanza.
Y en la medida en que se siembra generosamente y con alegría, en una medida rebosada recibirá del Señor toda su Gracia, por eso no sólo no se quedará sin nada sino que tendrá en abundancia para seguir dando y sembrando.
"Dios ama al que da con alegría", una hermosa frase que tiene que llenar nuestra vida y nuestros días, pues como decía la Madre Teresa de Calcuta: un cristiano siempre tiene que estar sonriente. La sonrisa, la alegría en nuestros ojos y en nuestro rostro es el signo más perfecto de una vida vivida en la confianza en la providencia, una Providencia que siempre llena el corazón del hombre de su Gracia para que sea fuerte en las caídas, para que sea fuerte en el dolor, para que sea sabio en las decisiones, para que sea sabio en la hora de aconsejar, para que sepa amar sobre todas las cosas y entregar el perdón a quien lo desee.
La alegría no es la expresión de una vida sin cruces ni dolores, sino que es la expresión de la confianza de aquél que sabe dejarse caer en las Manos Amorosas del Padre, que se siente protegido y sostenido por la Madre y confianzdo en que Jesús, su Hermano siempre lo alimentariá para permanecer de pie en todo momento, ya sea en la Cruz como en el gozo. La alegría es la expresión del haber sido Fiel al abandono de sí mismo que el Señor nos pidió para poder seguirlo, y libre de uno mismo va en busca del Amor de los Amores, y de su Mano vivir en el deseo constante de hacer, cada día, Su Voluntad aquí en la Tierra como en el Cielo.
miércoles, 9 de agosto de 2017
Testimonios que ayudan
El libro de la autobiografía de Edith Stein, o Santa Teresa Benedicta de la Cruz, es un libro muy lindo para leer, pues la vida de Edith Stein es una vida como la de cualquiera de nosotros. Ella al escribirla no escatimó detalles de su rebeldía y de su búsqueda, así como también de su vida espiritual y de su vida social.
Hace unos días me acordaba de algo que ella contaba y que siempre me quedó grabado por lo hermoso y simple que era.
Ella contaba cómo le había sorprendido, gratamente, antes de convertirse al cristianismo, ver cómo en la Iglesia por la que ella pasaba, siempre había alguna señora rezando, con su bolsa de la compra a su lado, haciendo así de la oración un momento ordinario de su vida diaria. Aunque para ella no era ordinario sino extraordinario porque no lo había visto antes y eso comenzó a llamar su atención.
Por eso, cuando se convierte al cristianismo descubre que la oración frente al Sagrario es un encuentro maravilloso con el Señor, con el Señor que está ahí en su Presencia Real esperando a quien quiera venir a dialogar. Un Amado que siempre en silencio espera a quien le ama, pero que nunca obliga a nadie a amarlo.
Hoy, muchas veces, en cualquier horario las Iglesias están vacías o, en algunos casos, llenas de turistas que pasan a ver y tomar fotos. Ni siquiera nosotros, los que creemos en la presencia Viva y Real de Cristo en el Sagrario nos acercamos cuando vamos a Misa, sino que nos ponemos a charlar con quien está a nuestro lado como si no lo hubiésemos visto hace años, cosa que está bien que hagamos pero no en el Templo, donde tenemos que dejar lugar al silencio de la oración, al silencio de la contemplación para que realmente sea lo que decimos que es: Casa de Oración, y como dice la Palabra: Casa de oración, puerta del Cielo.
Edith Stein pudo en esos silencios profundos de la oración alcanzar el conocimiento del misterio de Jesús, del misterio de la Cruz. Un misterio que llevó a su vida pues en el descubrió su vocación de entrega silenciosa en el Carmelo y, más tarde, con la Guerra Mundial y el Holocausto, su entrega en Sacrifico por su pueblo judío. Porque es el silencio profundo del diálago con el Señor el que nos ayuda a encontrarnos, como Moisés, cara a cara con el Señor; y en el díalogo cara a cara Él nos dirá todo lo que nuestro corazón necesita saber y nos ayudará con la Luz de Su Espíritu a discernir nuestra propia vocación y camino.
Además de todo esto tenemos que pensar que si nosotros no respetamos el ámbito Sagrado de nuestros Templo, si nosotros no valoramos al Presencia Viva y Real de Cristo en la Eucaristía: ¿somos verdaderos testigos de lo que creemos? ¿podemos así hacerle creer a los que no creen que ahí está nuestro Dios y Señor?
martes, 8 de agosto de 2017
Guías ciegos
«Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
No entendemos, muchas veces, que son nuestras palabras y acciones las que hablan de quiénes somos y de cómo somos. No importa si hablamos sin pensar o pensando, siempre se va a manifestar de alguna manera nuestro verdadero rostro. Por eso Jesús no se molestaba si los fariseos pensaban mal de él, pues eran sus acciones y sus palabras las que hablaban de su personalidad, de lo que había en su corazón. Así no tenía, tampoco, problemas para acusar a los fariseos y a los escribas de su hipocresía, de su deshonestidad a la hora de mostrar su estilo de vida.
Por eso cuando los apóstoles le decían que sus palabras los habían escandalizado, Jesús responde:
«La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
No es que Él quiera condenarlos sino que ellos ya están ciegos por no querer ver, y como en el caso de la primera lectura, muchas veces, dejamos que la voz de los que están llenos de rencor, de espíritu de venganza, de odios o egoísmos, guién nuestra vida estamos dejando que ciegos nos enceguezcan y nos lleven hacia un pozo donde no podremos salir, pues cuando el rencor y el odio entran en nuestro corazón es difícil de sanarlos si no reconocemos nuestros errores y pedimos perdón.
"En aquellos días, María y Aarón hablaron contra Moisés, a causa de la mujer cusita que había tomado por esposa. Dijeron:
«¿Ha hablado el Señor solo a través de Moisés? ¿No ha hablado también a través de nosotros?». El Señor lo oyó."
Ellos, por envidia, se pusieron a hablar contra Moisés y fue algo que no se le pasó de largo al Señor, sino que les hizo ver lo quién era Moisés y quién era el Señor. Hasta que la culpa le permitió a Aarón pedir perdón por su error y su pecado, así fue como María volvió a recuperar su salud.
Cuando nos enceguecen nuestros errores y pecados contra nuestros hermanos, sólo el sincero pedido de perdón a Dios y a los hermanos nos devuelve la alegría y la paz del corazón. Pero así como nadie me ha obligado a pecar y sembrar la oscuridad y la cizaña, así también tendré que ser yo mismo quien reconozca mi pecado y pida perdón para alcanzar la Gracia de la reconciliación.
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