martes, 7 de marzo de 2017

Mucho silencio y pocas palabras

Somos muchos los que creemos que por decir muchas palabras decimos muchas cosas y así los demás creen lo que decimos y podemos convencer al otro de lo que le estamos diciendo. ¡Qué bonito trabalenguas! Pero cuando miramos a nuestro alrededor o pensamos en quienes están a nuestro lado vemos que son muchas las palabras que se dicen y, sobre todo, que hay quienes creen que por decir mucho o por decir fuerte esas palabras pueden ser más convincentes que otras.
En realidad, como dice Jesús, son pocas las palabras que convencen y sobre todo las que se dicen con el corazón y la verdad. Por eso cuando nos enseña a rezar, y más en este tiempo de cuaresma, nos dice:
«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis".
Porque cuando estamos hablando con quien nos conoce y nos quiere, no hace falta que digamos mucho y muy fuerte, sino que el otro sabe lo que quiero decir y por qué lo digo, además sabe si lo que digo es verdad o no. Y, muchas veces, cuando la amistad o el amor es muy fuerte se conoce de antemano lo que se va a decir.
Pero cuando hablamos de la oración necesitamos el silencio, pues nuestro Padre es un Padre que habla en el silencio, y si no le dejamos lugar para que nos hable nunca podremos escucharlo, ni saber por dónde hemos de ir.
Así que la mejor oración que el Señor nos regaló es el Padre Nuestro, pues en ella está resumido todo lo que necesitamos para el encuentro y el diálogo y meditar cada palabra que decimos nos ayuda, incluso, a pensar lo que necesitamos y por dónde hemos de caminar.
"Vosotros rezad así:
“Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos han ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”.

lunes, 6 de marzo de 2017

Sed santos en el Amor

«Di a la comunidad de los hijos de Israel:
“Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo".
No hay o no debería haber en nuestra vida de fe otro horizonte que éste que nos pide Dios: la santidad. Está claro que no todos lo recordamos, ni todos creemos que podemos llegar a esa altura, pero no es el hecho de recordarlo o creer que podemos, sino confiar en la Palabra de nuestro Padre Celestial, y, sobre todo, en la llamada que no hizo su Hijo cuando nos lo recordó:
"Sed santos porque vuestro Padre Celestial es santo; sed perfectos porque vuestro Padre Celestial es perfecto".
U recordatorio que nos hizo Jesús dándonos la pauta de que no sólo es el Creador, sino que es nuestro Padre y que por eso, como todo Padre, quiere lo mejor para sus hijos. De ahí nace la exigencia de vida que nos pide tener, porque en "nuestras venas" corre su sangre, y, también, bebemos y nos alimentamos con el Cuerpo y la Sangre del Hijo, son razones suficientes para que Ellos nos muestren hasta dónde podemos llegar, y hasta dónde debemos llegar.
Claro está que esa perfección y santidad no se consiguen con meros esfuerzos de lucha, porque hay una sola pregunta que nos van a hacer: "has amado como Yo te amé?" La famosa pregunta del amor, y es lo que nos recuerda Jesús con la explicación del juicio divino en el evangelio de hoy: "¿qué hiciste con mis hermanos?"
Nuestra perfección y santidad están fundamentadas y vividas en el amor, no hay otro Camino que no sea ese. Un Camino que siempre lo vemos como difícil o intransitable algunas veces porque nos cuesta amar como debemos, porque nos cuesta perdonar como nos han perdonado, porque nos cuesta pedir perdón, porque nos cuesta... Por eso tenemos tantos medios para recibir la Gracia que nos fortalece, para recibir el Amor que nos alienta y para recibir el Agua que nos purifica: la Palabra del Padre y del Hijo nos enseña el Camino para Amar, el Pan de la Vida nos alimenta y nos fortalece para que nuestro Amor sea Verdadero, la Reconciliación nos purifica con la Gracia para renovarnos y poder volver a empezar con el corazón puro y el Amor enriquecido. Sólo nos queda poder llegar a los sacramentos con la decisión firme y confiada de que podemos Amar como Él nos amó.

domingo, 5 de marzo de 2017

Nuestras tentaciones

Al comenzar la Cuaresma la liturgia nos presenta las Tentaciones de Jesús en el desierto, un lugar al que, muchas veces sin querer vamos, y, también, sin darnos cuenta. En nuestras vidas hay muchos desiertos, algunos queridos, otros no tanto. El desierto es ese espacio o tiempo en el que no hay nada a mi alrededor, en el que no encuentro nada que me atraiga ni que me ayude a nada, sólo silencio y vacío de cosas y personas. Hay tiempos en los que el corazón de una persona se siente así: vacío, en soledad total aunque a su alrededor haya miles de personas y de cosas, pero sólo encuentra vacío. Otras veces por el crecimiento espiritual de la persona es Dios mismo, como con Jesús, quien te lleva al desierto para fortalecer el espíritu, la confianza, el amor. Otras veces es uno mismo quien se dirige al desierto para re-encontrarse con uno mismo y con Dios.
Cuando nos encontramos en el desierto, sea por el motivo que sea, no sólo nos encontramos con nosotros mismos, sino también llegan algunos o algún que otro diablo a nuestra vida para darnos muestras de su "compañía". Y las tentaciones llegan como agua de mayo pues al Tentador sólo le interesa que sucumba a sus insinuaciones, porque es el momento en que me encuentro más débil y necesitado. Y mirad, hay tres tentaciones muy marcadas en el evangelio: el hambre que nos habla de una necesidad corporal, física, San Pablo diría de "la carne"; otra tentación es el que tentemos a Dios para que haga lo que yo quiero, y si no lo hace descubrir que no existe y así perder el don de la Fe; y la tercera, es el apetito de poder que ya yace en el interior del hombre por el pecado original, querer dominar a Dios, al hombre que hay en mí y a los demás.
Jesús nos enseña que nada de eso es conforme a la Voluntad de Dios, que sólo se vence a las tentaciones con la fuerza de la Palabra de Dios, pues en Ella está la Vida y la Vida en abundancia que es la que sostiene y fortalece nuestra propia vida espiritual.
Pero, nosotros sabemos que, muchas veces, no necesitamos estar en un desierto espiritual para sufrir estas tentaciones, pues siempre tenemos a alguien que nos está "soplando" al oído cualquiera de estas tres o alguna más que se ha inventado en estos tiempos. Por eso es que cada día hemos de recurrir a la Palabra para que Ella nos ayude a defendernos de estas tentaciones, la relación con Dios y la fortaleza que nos da su Gracia es la que nos ayuda a ser fuertes en las tentaciones y a poder "alcanzar la meta sin perder la fe".

sábado, 4 de marzo de 2017

Necesitamos reconocer nuestra enfermedad para sanar

"Esto dice el Señor:
«Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y al calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía.
El Señor te guiará siempre, hartará tu alma en tierra abrasada, dará vigor a tus huesos.
Serás un huerto bien regado, un manantial de aguas que no engañan".
Las lecturas de Isaías de estos días son un verdadero examen de conciencia para prepararnos en esta Cuaresma y, esta de hoy no nos deja nada sin tener que revisar en nuestra vida. A la cual se le suma el evangelio, con la actitud que tienen los fariseos de que Jesús coma con Mateo, el recaudador de impuestos.
Siempre tenemos muy en forma nuestro dedo acusador, siempre dispuesto para orientarse hacia la vida de los demás y señalarlos como los peores o, por lo menos, señalarles algo que los haga inferiores a nosotros mismos, pues cuando señalamos con nuestro dedo acusador no lo hacemos para que nuestro hermano encuentre el camino mejor, sino para que, frente a otros amigos, quede evidente su pecado.
Es en ese momento donde nos tendríamos que dar cuenta que no estamos siendo cristianos, que no estamos viviendo la caridad fraterna como nos lo ha enseñado Jesús, que aún estamos viviendo en el "ojo por ojo" que tanto nos gusta. Claro nos gusta el "ojo por ojo" cuando lo hacemos con los otros, y no que los otros lo hagan con nosotros.
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».
No pensamos que somos nosotros quienes tienen que convertirse, sino que miramos para afuera y vemos el pecado mayor que está en los demás, y por eso no buscamos al Señor para que nos sane el alma, para que nos ayude a quitarnos la espina del pecado, del egoísmo, de la soberbia, la vanidad y tantas otras pestes que, a veces ocultas tras una falsa humildad, anidan en nuestro corazón.
Así la Cuaresma es este hermoso tiempo que nos regala el Señor para descubrir nuestras enfermedad, no para mirar las del que está mi lado, sino las mías porque yo también estoy enfermo, pues el pecado también obra en mí. Y si no me doy cuenta será el mismo pecado quien vaya creciendo ahogando toda Gracia que el Señor quiera concederme, como aquél que nunca va al médico por miedo a tener alguna enfermedad, y cuando llega el momento ya no tiene solución.
El Señor no quiere que descubramos nuestro pecado para humillarnos, sino para reconciliarnos, para darnos la Gracia necesaria y suficiente para poder tener la fuerza de buscar la reconciliación con mis hermanos, con aquellos a quienes he ofendido, con aquellos con quienes he dejado de hablar, con aquellos a quienes he señalado con mi dedo acusando de su pecado; pues la reconciliación con el Señor, con mis hermanos y conmigo mismo es el mejor momento de nuestras vidas pues deja el alma en paz y con fuerza para seguir el "combate de la fe y alcanzar la meta".

viernes, 3 de marzo de 2017

Por qué ayunar?

"¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia: inclinar la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza?
¿A eso llamáis ayuno, día agradable al Señor?
Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir al que ves desnudo, y no desentenderte de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”».
Estamos acostumbrados que el ayuno de la Cuaresma (de los Viernes) o de la Semana Santa, es solamente no comer algo, o suplantar ese algo por otra cosa, pero no estoy haciendo lo que realmente el Señor me pide, o no entiendo por qué se nos pide un ayuno o una abstinencia para un tiempo particular como la Cuaresma o la Semana Santa.
El ayuno y la abstinencia son dos métodos para poder, como dice San Pablo: "llevo a esclavitud mi carne". Estamos, generalmente, "dominados", haciendo caso a nuestras tentaciones, a nuestros instintos, a nuestros gustos, es decir a nuestro yo humano, pero sabemos que debemos obedecer más al Espíritu que el Señor nos ha dado, o sea, escuchar Su Palabra y ser obedientes a Su Voluntad y no a la mía. El mismo San Pablo nos ayuda: "no hago muchas veces lo que debo sino lo que quiero... hay una lucha constante en mí: mi carne contra mi espíritu y mi espíritu contra mi carne". Y para esa lucha tenemos que prepararnos.
Los grandes atletas y deportistas hacen grandes sacrificios para poder alcanzar un gran nivel en sus competiciones, se privan de muchas cosas y sólo comen algo que les apetezca alguna que otra vez. Y, aunque les cueste hacer semejante sacrificio ven que el fin que buscan es muy grande, por eso tiene sentido hacer esos sacrificios.
Nosotros, en este Tiempo de Cuaresma (como en todo el año) hacemos esos sacrificios de ayunos y abstinencia (no comer determinadas cosas) para ir fortaleciendo nuestro espíritu. Pero ese ayuno o abstinencia tiene que significar algo, no puedo ayunar sólo de carne o vino, y engullirme todas las demás cosas; sino que tiene que ser algo que me cueste no hacer o hacer. Por que ahí estaríamos en el mismo punto que Dios reprochaba a Su Pueblo: "¿A eso llamáis ayuno, día agradable al Señor?" si lo que hemos hecho ha sido algo normal, lo único que hemos dejado es de comer algo y nada más. ¿Hemos sentido el dolor del sacrificio? ¿Hemos podido levantar la mirada y mirar al Padre y decirle que realmente me he sacrificado por Él como Él se sacrificó por mí?

jueves, 2 de marzo de 2017

No mezclar para saborear mejor

Creo que a muchos nos ha pasado que, estando en una comida o cena, tomando alguna copa de vino nos traen en otro momento un vino mucho mejor o de mayor calidad; para que no se mezclen los sabores y poder apreciar mejor el nuevo vino, vaciamos nuestra copa y recién ahí (una vez limpia) la llenamos con el vino nuevo para poder apreciar todo su sabor. Así también, cuando vemos que sobre un vino bueno alguien le mezcla otra bebida azucarada nos parece una aberración porque pierde el sabor de lo bueno.
Es el ejemplo que se me cruzaba por la cabeza (será por el ayuno de ayer) al leer, nuevamente, el evangelio del llamado de Jesús y de su condición para seguirlo:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga".
Me parece que, a veces, no tenemos la sensación o la seguridad de lo que nos ofrece el Señor cuando nos llama; de lo que nos da Dios al llamarnos a ser sus hijos, y por eso, como con el vino bueno, mezclamos el ser hijos de Dios y ser hijos del mundo, sin darnos cuenta que la mezcla, aunque sea más dulce, hace perder el valor bueno a lo mejor.
No es fácil seguir al Jesús por sus mismas huellas, pero sí es apetitoso el manjar celestial que nos presenta y la Vida Nueva que nos trae. Pero resulta evidente que el precio que nos pide pagar no nos resulta muy barato. Por eso, como ocurre, algunas veces, compramos marcas blancas o nos enganchamos de la luz del vecino, para poder (creer que) alcanzamos los mismos efectos y los mismos fines que pagando el mayor costo. Quizás pueda ocurrir con algunas cosas del mundo que podamos tener los mismos efectos en la limpieza o en otras cosas, pero en la vida espiritual nos vamos a dar cuenta que no es lo mismo, porque la fortaleza de la Gracia sólo viene dada de la relación con Dios, de los frutos de sus Sacramentos, y si no vamos a Él por el Camino adecuado no recibiremos lo que nos promete.
Así ya en el Antiguo Testamento se lo decía al Pueblo que había elegido:
"Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a el, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob».
Es una elección personal lo que hacemos, y es una elección que nadie puede hacer por nosotros, por eso nunca el Señor nos mintió en los "costos" de esta elección; nos brinda lo mejor pero todo eso implica de parte de nosotros una respuesta acorde a lo que queremos alcanzar.
Igualmente, en el libro del Apocalipsis nos vuelve a insistir con nuestra responsabilidad en la elección y nos dice:
"que tu sí sea sí, y que tu no sea no; se frío o caliente, pues a los tibios los vomitaré de mi boca, dice el Señor".
Pues bien, en este hermoso tiempo de cuaresma que hemos comenzado nos toca volver al desierto para encontrarnos con el Señor, para que nos hable directo al corazón y nos ayude a discernir cómo queremos vivir, y nos de la fuerza necesaria para poder responder con Fidelidad y Sinceridad a su llamado: si decidimos que sea sí que realmente sea ¡SÍ! y si es no, simplemente, como el joven del evangelio, damos media vuelta y seguimos otro camino.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Convertirnos para ser Fieles

Miércoles de cenizas, comenzamos un nuevo tiempo de penitencia y conversión, un tiempo de silencio y sacrificio para poder encontrar, una vez más, el centro de nuestra vida: Jesús, crucificado y resucitado, Señor y Fuente de nuestra vida cristiana. Un tiempo privilegiado para fortalecer nuestra fe, para remediar nuestros errores y convertir nuestros pecados en actos de caridad y Gracia.
Hoy el Evangelio nos invita, varias veces, a no ser hipócritas a no vivir mostrando una imagen que no somos, a no andar por la vida diciendo algo que no somos, sino viviendo lo que creemos, y anunciando lo que vivimos. El Evangelio, la Palabra de Dios, es la Fuente de nuestra Vida, porque (es lo que creemos) que es Dios mismo Quien nos habla y por eso creemos en esa Palabra que, como dice San Pablo: es viva y eficaz, como espada de doble filo.
A muchos, y en todos los tiempos, se nos ha tratado de hipócritas en la Iglesia Católica (y ciertamente que los hay) pero hay también muchos santos (y otros que lo intentamos) que intentan vivir con radicalidad lo que creen y predicar lo que viven. Pero claro que aquellos que no nos hipócritas no son "buenos para esta sociedad" y por eso se les pide que sean hipócritas: que no muestren lo que creen porque eso lastima a la sociedad.
Porque ser hipócrita es definitiva es mostrar en el día a día algo que no vivimos. Si el católico va a misa y en le día a día es un pecador "¡hipócrita!" grita el mundo para mostrarle que te estoy mirando y juzgando. Si el católico va a misa y en el día vive lo que cree y dice lo que vive y cree "¡guárdete tus palabras que me estás discriminando!" Me mandan a ser hipócrita para que muestre lo que creo.
Está claro que no podemos estar jugando a dos puntas o tener dos señores: el mundo y Dios. Por eso, ya en el antiguo testamento el Señor le decía al pueblo: "maldito el hombre que pone su confianza en el hombre". Sólo en Dios está la salvación. Por eso no importa lo que piense el mundo, ni lo que el mundo diga: "si el mundo os odia, sabes que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo, pero, como no sois del mundo, porque yo os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo".
Por eso, está claro, que no tenemos que buscar que el mundo nos quiera, pues no nos va a querer, ni nos va a comprender; y éste es el tiempo para que busquemos el tiempo para reconciliarnos con el Señor, buscar la fuerza del Espíritu para ser fuerte en todo momento y defender lo que creemos, si realmente lo que creemos es lo que nos da Vida, entonces seamos Fieles a la Vida y no dejemos que nos manden a guardar nuestra Fe.