lunes, 19 de diciembre de 2016

Nacemos con una misión

Hoy la liturgia nos anuncia dos nacimientos milagrosos: el de Sansón y el de Juan Bautista, los dos, por Gracia de Dios, nacieron para dar testimonio de Dios. Los dos nacimientos nos hablan del Nacimiento que vamos a celebrar y que, cada día, recordamos: el Nacimiento de Jesús en Belén. Pero también es el nacimiento de cada uno de nosotros, porque también nuestro nacimiento ha sido una Gracia de Dios, y, cada uno de nosotros también venimos con una misión para dar testimonio de Dios.
Seguramente se preguntarán cuál es esa misión, porque no nos sentimos importantes, ni haciendo grandes cosas como estos personajes bíblicos. Pero, por suerte Dios ha ido suscitando, a lo largo del tiempo, santos que nos hacen ver que cada uno tiene una misión propia que es necesario descubrir la para saber qué es lo que el Padre quiere de mí.
Porque no son las grandes obras las que nos hacen santos, sino las pequeñas cosas de todos los días las que santifican nuestra vida. Por eso el Señor no nos dio un gran mandato sino uno simple para el que necesitamos una gran fortaleza del espíritu: "Amaos unos a otros como Yo os he amado". Es el Amor a Dios y a nuestros hermanos el que hace que cada acto, palabra y obra demuestren nuestra santidad, y den testimonio de nuestra fe.
Claro que en la historia de la salvación ha habido personales que han tenido grandes poderes milagrosos, grandes místicos, y tantas otras cosas más; pero la mayoría de los que han escrito la historia de la salvación no han realizado grandes obras, sino que sólo han sido grandes santos en lo cotidiano de la vida. Y en este sector estamos nosotros, o, mejor dicho, debemos estar nosotros si nos disponemos a buscar y vivir la misión que el Padre Dios nos ha dado, nos ha puesto en nuestro corazón.
Así, en esta Navidad al contemplar el Nacimiento desde el silencio del corazón podemos llegar a ver cuál es nuestro nacimiento, cuál es el Plan que el Señor sembró en nuestro corazón y poder, cada día al nacer, darle continuidad, hacer que ese Amor que el tuvo al Nacer por nosotros se haga realidad y se haga vida cada día, porque ese Amor que nace en Belén lo damos, cada día, a nuestros hermanos, para que cada día vuelva a brillar la Luz de la Vida en mi vida y a mi alrededor.

domingo, 18 de diciembre de 2016

En el silencio de Navidad: San José

Anoche en la Misa del sábado, las lecturas me llevaron a pensar en San José. Las lecturas de la tercera semana de Adviento nos hacían meditar en la persona de Juan Bautista, como la voz que gritaba en el desierto, la voz que exhortaba a la conversión, que decía la verdad, la voz que anunciaba la llegada del Salvador. En cambio San José, se podría decir, no tiene voz, es el hombre del silencio: recibe la noticia de María, intenta dejarla, recibe el anuncio del Ángel y acepta la misión... todo en silencio. Dios no ha querido dejarnos escritas palabras de José.
Por eso pensaba que en este momento de la preparación a la Navidad tenemos que intentar el silencio, el silencio de la escucha de la Palabra, porque Dios Padre también es un Dios de silencios, Él nos habla en el silencio: no grita, no truena, susurra. Y creo que para los momentos especiales hemos de buscar silencios, silencios que nos lleven a la contemplación de los más hermosos misterios de la vida; y uno de esos hermosos misterios es el nacimiento de nuestro Dios y Salvador.
Pero el silencio de San José no es un silencio pasivo, sino que en el silencio acepta, reflexiona y actúa. Y lo que hace lo hace desde el amor más puro y fuerte, porque la decisión de abandonar a María cuando ella estaba embarazada, no es una decisión fácil, sino que él asume sobre sí el pecado pues no quiere dañar a María. Y ahí nos deja una hermosa imagen de lo que su hijo hará: cargar sobre sí los pecados de los hombres. José antes de culpar a María asume sobre sí el posible pecado. Y es en ese momento donde Dios le envía el Ángel para que en el silencio de la noche le revele la verdad:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».
Y en el silencio de su corazón aceptar a María por esposa y cumple su misión de esposo fiel y padre generoso. Comienza para él una nueva etapa, una etapa que lo llevará a formar parte de una hermosa misión: ser padre, educador del Hijo de Dios y esposo y custodio de su Madre.
Una hermosa y gran misión que comienza con una entrega perfecta de amor, amor a María y amor al Padre; por eso no le hacen falta las palabras porque su vida es la que habla de lo que vive y de cómo vive, de lo que cree y de lo que confía en su Dios y Señor.
San José nos invita a que en estos días previos a la Navidad nos busquemos momentos de silencio para preparar el corazón a la hermosa contemplación del Misterio del Amor de Dios por nosotros, para que nosotros llenándonos de su Amor lo transmitamos a los demás así como San José se lo transmitió a María y a Jesús.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Nos preparamos para Nacer

Comienza hoy la Novena de Navidad. Sí, parecía que faltaba mucho para esta hermosa fiesta, pero no, ya no quedan más que 9 días para que nuestra Esperanza sea cumplida, para que la Promesa hecha al Hombre por parte de Dios se haga realidad. Por supuesto que no es hoy, ni mañana el día en que recién se cumpla la Promesa y se viva la Esperanza, pero sí es hoy y mañana cuando nosotros lo vivimos de modo más intenso. Pero ¿por qué necesitamos celebrar la Fiesta de la Navidad? ¿Por qué nos preparamos tanto para algo que ya sabemos que pasó, que sucedió y cómo sucedió? ¿Por qué tanta Fiesta con algo que quizás no creemos o no vivimos?
Aquél día algo sucedió en la historia del Hombre. Aquél día la historia del Hombre se partió en dos. Aquél día el Hombre comenzó a ver una luz de esperanza pero no en un Niño que acababa de nacer, sino en la Palabra de un Hombre que acababa de resucitar. Fue este hombre que un día nació el que caminó entre nosotros, el que nos habló y llegó al corazón, el que se dejó crucificar en una Cruz y al tercer día resucitó de entre los muertos. Fue ese mismo Hombre que resucitado colmó la esperanzas de los que lo seguían y fundó un Nuevo Pueblo, un Pueblo que lleva no sólo su Palabra por el mundo, sino su Vida que es Vida de Gracia, de Verdad, de Paz, Vida de Amor pleno y puro por el Hombre al que quiso salvar y rescatar del pecado.
Es y será un misterio tan grande el Amor de Dios para con nosotros, que hemos elegido un día para celebrarlo con grandes galas y con mucha más alegría, porque el día de Navidad renace nuestra esperanza no sólo en que Dios cumple sus promesas, sino en que el Hombre renaciendo como Niño pueda llegar a encontrar Caminos de Vida, Caminos de Paz. Es el día en que nuestro corazón vuelve a encontrarse con ese Niño que es nuestro Dios, y con ese Dios que nos quiere Niños para darnos, como a Su Hijo, todos los dones necesarios para que alcancemos la plenitud de nuestra vida aquí en la tierra y el gozo eterno en los Cielos.
San Mateo tenía necesidad de contarles a la gente de su tiempo que Aquél que había resucitado de entre los muertos y que había dado su Vida en la Cruz, era el mismo que había nacido en Belén y que era del linaje de David, que era humano como todos (aunque sin pecado) y que por eso, al asumir nuestra misma condición nos daba aquello que no teníamos: su divinidad, su filiación divina.
Sí, ese mismo Hombre que pende de la Cruz; ese mismo Dios que permanece en el Sagrario y que se nos da en la Eucaristía; ese mismo Hombre que resucitó de entre los muertos, es el mismo Niño que nació en Belén y que, cada día, nos habla por su Palabra y quiere que, cada día, al escuchar su Palabra renazcamos con Él para la Vida, que cada día al renacer podamos celebrar la Navidad: un nuevo Nacimiento a una Vida Dada cargada de Divinidad.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Tu mismo deseo es tu oración

De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos
 
(Salmo 37, 13-14: CCL 38, 391-392)
 

Rugía debido a los gemidos de mi corazón. Hay un gemido oculto que no puede ser oído por el hombre; pero, si el corazón está invadido por un deseo tan ardiente que la herida del hombre interior llegue a expresarse con voz más clara, entonces se investiga la causa y el hombre dice dentro de sí: «Tal vez gime por esto o tal vez le sucedió esto otro.» Pero ¿Quién puede comprender estos gemidos sino aquel ante cuyos ojos y oídos gime? Por eso dice: Rugía debido a los gemidos de mi corazón, porque, si bien los hombres pueden oír los gemidos de un hombre, frecuentemente lo que oyen son los gemidos de la carne, pero no oyen al que gime en su corazón.
    Y ¿quién conoce el motivo de estos gemidos? Escucha: Todas mis ansias están en tu presencia. Por tanto, nuestros gemidos no están delante de los hombres, que no pueden ver el corazón, sino que todas mis ansias están en tu presencia. Que tu deseo esté siempre ante él; y el Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
    Tu mismo deseo es tu oración; si el deseo es continuo, la oración es continua. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin cesar. Pero ¿acaso nos arrodillamos, nos postramos y levantamos las manos sin interrupción, y por eso dice: Orad sin cesar? Si decimos que sólo podemos orar así, creo que es imposible orar sin cesar.
    Existe otra oración interior y continua, que es el deseo. Aunque hagas cualquier otra cosa, si deseas el reposo en Dios, no interrumpes la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo.
    Tu deseo continuo es tu voz, es decir, tu oración continua. Callas si dejas de amar. ¿Quiénes callaron? Aquellos de quienes se dijo: Por exceso de la maldad se apagará el fervor de la caridad en muchos.
    El frío de la caridad es el silencio del corazón, y el fuego de la caridad es el clamor del corazón. Si la caridad permanece siempre, clamas siempre; si clamas siempre, siempre deseas; si deseas, te acuerdas del reposo eterno. Todas mis ansias están en tu presencia. ¿Qué sucedería si nuestras ansias estuvieran delante de Dios y no lo estuvieran nuestros gemidos? ¿Acaso esto es posible, siendo así que el gemido es la voz de nuestras ansias?
    Por esto añade: Y no se te ocultan mis gemidos. Para ti no están ocultos, para muchos hombres lo están. A veces parecería que el humilde servidor de Dios dice: Y no se te ocultan mis gemidos. Otras veces observamos que sonríe; ¿será acaso porque aquel deseo ha muerto en su corazón? Si subsiste el deseo, también subsiste el gemido; no siempre llega a los oídos de los hombres, pero nunca se aparta de los oídos de Dios.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Una Alianza Eterna de Amor

La lectura del profeta Isaías de hoy me parece algo demasiado hermoso y que, seguramente, ha de llegar a nuestro corazón, porque lo que hace es una declaración de amor de Dios al hombre, a su pueblo, por eso subrayo el final del párrafo:
"En un arrebato de ira, por un instante te escondí mi rostro, pero con amor eterno te quiero – dice el Señor, tu libertador -.
Me sucede como en los días de Noé: juré que las aguas de Noé no volverían a cubrir la tierra; así juro no irritarme contra ti ni amenazarte.
Aunque los montes cambiasen y vacilaran las colinas, no cambiaría mi amor, ni vacilaría mi alianza de paz –dice el Señor que te quiere-".
Somos muchos los que, a veces, pensamos que Dios no nos quiere, que ha dejado de preocuparse o de ocuparse de nosotros, pues pensamos que no nos escucha, que permite cosas que nos hacen sufrir y calamidades que no hablan de su amor. Y sin embargo Él nos recuerda, una y otra vez, "¡cuánto amor nos ha tenido el Padre que ha enviado su Hijo al mundo!", nos recuerda San Juan. Ese Amor no es de mentira, es verdadera, totalmente verdadero para quienes hemos aceptado su Palabra, para quienes hemos creído en Él.
Es cierto, también, que nos pasa como dice San Lucas al finalizar el párrafo donde Jesús hablaba de Juan Bautista:
"Al oír a Juan, toda el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos".
Una relación de Amor entre dos personas, se realiza entre dos personas que al amarse se entregan uno al otro, en fidelidad a una alianza, en fidelidad a un deseo de compartir lo bueno y lo malo, en todo momento. Y he aquí nuestro error: sabemos del amor de Dios hacia nosotros, y Él lo ha demostrado, pero nosotros no somos tan Fieles como lo es Él. Nosotros nos tomamos nuestro tiempo para aceptar o no su Voluntad; nuestra fidelidad dura, muchas veces, lo que duran los tiempos de bonanza; nuestra alianza es, algunas veces, rota por ir tras otros amores que, supuestamente, nos hacen más felices, pero que, descubrimos que no son duraderos.
NO, nuestro Dios no quiere el mal para nosotros por eso ha realizado una Alianza de Amor con el hombre y la ha sellado con la sangre de su Único Hijo, para que esa Alianza sea eterna; pero, como dice San Pablo: nosotros aún no hemos derramado la sangre por Él. Es decir, no somos capaces de renunciar a nosotros mismos por amar como Él nos ama, por eso el mal, el dolor, la discordia, las enemistades y las guerras siguen viviendo entre nosotros, pues no vivimos una relación de entrega plena en el Amor. Si estuviéramos injertados verdaderamente en el Amor de Dios, y nos amáramos como Él nos amó, veríamos los frutos que tanto anhelamos hacerse realidad.
Él nos sigue amando porque ha sellado una Alianza eterna, pero nosotros no somos Fieles a su Palabra y por eso frustramos el designio de Dios para con el hombre.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Conocer, amar y aceptar

San Juan de la Cruz hablando del conocimiento y de la ciencia que estudia los misterios de la fe y de Cristo, decía:
"Que por eso san Pablo amonestaba a los de Éfeso que no desfalleciesen en las tribulaciones, que estuviesen bien fuertes y arraigados en la caridad, para que pudiesen comprender con todos los santos qué cosa sea la anchura y la longura y la altura y la profundidad, y para saber también la supereminente caridad de la ciencia de Cristo, para ser llenos de todo henchimiento de Dios. Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos".
Conocer a Cristo se puede superficialmente o profundamente, pero, cada vez que nos vamos ahondando en el conocimiento de Cristo comienzan nuevos padeceres, no sólo físicos sino, sobre todo espirituales, es el Camino de la Cruz. Los grandes místicos, como San Juan de la Cruz, han comprendido, aceptado y, hasta, querido este Camino, pues cuanto más se acercaban al misterio de la Cruz y vivían en unión esponsalicia con Cristo, más era el fuego que encendía su pasión por Cristo.
Hay un padecimiento que se hace muy claro en la vida de los místicos: el padecer por los propios pecados, pues cuanto más te acercas a la Luz del Amor, más se notan nuestras debilidades y pecados; y no porque los pecados sean atroces sino porque la Luz del Amor Infinito destaca con mayor profundidad las "arrugas" del corazón del hombre en donde se ocultan las "hilachas" del pecado original y de nuestros propios pecados.
Y, a la vez que el Amor va llegando al corazón del hombre es cuánto más el corazón quiere inundarse de Amor, y no le asustan por ello los padecimientos a los que tenga que asociarse porque sabe que el gozo del Amor Puro es lo que desea todo su ser. Es una atracción que no se puede dejar de sentir en la medida que nos acercamos a Cristo y, así y todo, no podemos dejar de sentirnos totalmente humanos cuanto más nos acercamos a lo Divino, necesitando el alma, cada día y cada momento, purificarse más y más para poder ser colmada de los frutos del Amor.
Por eso, en la vida de los grandes santos vemos cómo pueden soportar los sufrimientos de la Cruz de cada día pues lo único a lo que aspiran es al Amor, y sólo en la Cruz han podido descubrir el verdadero Camino a la Vida del Amor. No aspiran sólo a deleites humanos frutos del amor de Cristo, sino que aspiran a dejarse traspasar por el Amor de Cristo para ser total y plena pertenencia del Señor, pues "sólo en Tí mi alma descansará segura" y "no descansará hasta llegar a Tí".

martes, 13 de diciembre de 2016

El arrepentido

"En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
– «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.” El le contestó: “No quiero.” Pero después se arrepintió y fue".
El arrepentimiento es algo muy importante y duro en nuestras vida. No sé por qué nos cuesta tanto arrepentirnos de lo que hemos hecho mal, de lo que hemos dicho mal, de nuestras malas conductas. Es como si al arrepentirnos pensáramos que perdemos dignidad o autoestima o poder o... ¡vaya a saber qué! Y sin embargo es una gran cualidad de la persona el saber arrepentirse y pedir perdón. Fijaos que Jesús alaba la actitud de este hombre que arrepentido fue después a hacer la voluntad de su padre.
Cuando descubrimos en nuestra vida una mala actitud, una mala acción con los demás o con nosotros mismos, arrepentirnos de tal hecho o situación es algo maravilloso pues habla de nuestra madurez ante la vida, de nuestra sabiduría para saber corregirnos y, si se da el caso, de saber pedir ayuda para encontrar el método para corregir. Y, por supuesto, tener una actitud de reconciliación si hemos hecho daño con nuestra actitud.
Claro que estamos hablando de arrepentirnos del mal, porque hay quienes se arrepienten del bien y no es este el caso.
Jesús nos plantea el hecho de estar en una constante de la Voluntad de Dios, de estar disponibles a la escucha de la Palabra del Padre y poder responder. De acuerdo a cómo respondamos el Padre podrá darnos la Gracia necesaria para hacer su Voluntad o no. Dios no nos da Gracia para hacer otra cosa, sólo lo que nos hará bien a nosotros. Y, por sobre todo, Él nos dará la Gracia en el momento oportuno, es decir cuando Él nos muestra su Voluntad en ese momento nos da su Gracia. Si decidimos hacer otra cosa no la tendremos. O si decidimos hacerla en el momento en que a mí se me ocurre quizás tampoco tengamos la Gracia de Dios y tengamos que hacer lo mismo pero a costa de nuestra propia fuerza.
La disponibilidad a la Voluntad de Dios ayuda mucho a nuestra vida, porque el hijo tiene que estar dispuesto no sólo a escuchar la Voluntad de Dios, sino, también, a cumplirla en el momento en que Él nos lo muestra. Y en este tenemos como modelo a María que no dudó un instante en entregarle toda su vida al Padre para que se haga Su Voluntad: "He aquí la esclava del Señor, que se cumple lo que has dicho".
Claro está que si primero le hemos dicho que No a Dios y le hemos cerrado el corazón a su Voluntad y, luego, como el muchacho del ejemplo de Jesús, hemos salido pronto a hacerla, el sólo hecho del arrepentimiento hace que Dios nos vuelva a acompañar con su Gracia, pues "un corazón contrito y arrepentido Tú, oh Dios, no lo desprecias".
No lo dudemos el arrepentimiento y el pedido de perdón siempre renuevan la vida y el amor. En este tiempo de Adviento y Navidad es el mejor regalo que nos podemos hacer y que podemos hacer.