lunes, 14 de noviembre de 2016

No perder el Amor Primero

Hay párrafos o frases de la Palabra que quedan grabadas muy profundo, por el sentido, por lo que dicen o por quién las ha dicho o de quién las has recibido. Una de esas frases que siempre tengo presente es esta del Apocalipsis:
"Tienes perseverancia y has sufrido por mi nombre y no has desfallecido. Pero tengo contra ti que has abandonado tu amor primero. Acuérdate, pues, de dónde has caído, conviértete y haz las obras primeras».
¿Qué es el Amor Primero? Es aquello por lo cual un día decidimos dar un paso importante en nuestras vidas, aquello que un día nos llevó a hacer grandes locuras que no teníamos programadas, aquello que un día encendió de tal manera nuestros corazones que dijimos que Sí aunque hubiésemos querido decir no.
El Amor Primero es el fuego de la pasión que nos lleva a escalar altas cumbres, a bajar a los valles más oscuros, a correr detrás de los más altos ideales, y a ¡tantas y tantas otras aventuras más!
En el caso al que se refiere el Señor es el Amor Primero que nos llevó a decir que ¡SÍ! al llamado del Señor a seguirlo, pero no sólo a seguirlo en la vida consagrada o sacerdotal, sino también en la vida laical, es decir, a seguir el Camino de la Santidad en cualquier estilo de vida que tengamos. ¿Por qué? Porque un día descubrimos su Infinito Amor por nosotros y no pudimos decir que no por que "me sedujiste y me dejé seducir" y no tuve más remedio que dejarme caer en las Manos de Aquél que me dio la Vida.
Pero... y siempre hay un pero en nuestra vida terrena y humana. Pero... con el correr de los días y de los años, ese fuego del Amor Primero se fue enfriando y me fui acostumbrando a la rutina de hacer lo mínimo indispensable para ser cristiano, a ser bueno y no a luchar por la santidad; a no hacer mal y no a luchar contra el pecado; a rezar pero no a contemplar; y a tantas cosas que "cubrían" los requisitos para no perder la fe.
Y el Señor nos quiere encendidos con el fuego del Amor, con el fuego del Espíritu por que confía en nuestra disponibilidad de entrega, confía en que como los primeros días de nuestro enamoramiento podamos seguir luchando, podamos seguir viviendo en Fidelidad a la Vida y encendidos por el Fuego del Amor Primero ser capaces de dar la vida por Cristo. Una vida que se da a cada instante, cuando combatimos contra nuestro propio yo, cuando luchamos contra nuestra carne, cuando decidimos no vivir como nos muestra el mundo, cuando al levantarnos decidimos una vez más decir, como María, ¡Aquí estoy Señor para hacer tu Voluntad!

domingo, 13 de noviembre de 2016

Perseverancia y Fidelidad

El fin del mundo, el final de los tiempos, el día de nuestra muerte, siempre fue un motivo de inquietud en algunas generaciones de la humanidad, siempre ha habido profecías acerca del día, de cuándo será. Muchos han hecho caso a esas profecías de profetas actuales, antiguos o hasta, hace unos años, la famosa profecía del calendario maya. Hubo comunidades sectarias que hasta se suicidaban por miedo al final del mundo, pero... aún seguimos aquí. Y, aún, muchos esperando que alguien nos de el día y la hora exacta ¿para prepararnos?
Algunos buscan esa noticia en las cartas, los astros, y tantas otras cosas. ¿Qué pasaría si alguien te dice que tal día y a tal hora se acaba el mundo, la raza humana o que en ese momento tú vas a morir? ¿Vivirías más tranquilo sabiendo eso? Seguro que no, es decir, quizás no vivirías por tanto pensar en el último día, por que irías contando las horas y los días para llegar a ese día.
Por eso Jesús, cuando le preguntaban tanto por ese día o por ese momento nunca decía nada claro o, mejor dicho, sí dijo algo claro: el día y la hora no la conoce el Hijo, sólo el Padre. Pero siempre insistían. En ese párrafo del Evangelio de hoy nos habla, también, de ese fin de los tiempos y de los acontecimientos que se van a ir dando, acontecimientos que se han ido realizando a lo largo de estos 2000 años, pero a eso Jesús no le da tanta importancia, o mejor dicho, ante esos sucesos Él nos dice:
"pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá", es decir el Padre se encargará de que no perezcas, pero de que no perezca nuestra Vida, no de que no sufra nuestro cuerpo, sino de que, ante todo eso Él nos dará la Salvación. Y, para alcanzar esta salvación nos dice que:
"con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas".
Perseverar hasta el fin, "luchar el buen combate de la fe", "alcanzar la meta y  no perder la fe", en palabras de San Pablo. La Perseverancia, la Fidelidad son dos valores o dos actitudes fundamentales en nuestra vida de fe, en nuestra vida de santidad, pues si queremos alcanzar la meta, hemos de ir trabajando día a día nuestra madurez espiritual, nuestra constancia en la relación con el Señor nos llevará a vivir cada día en Fidelidad, y la Gracia que Él nos de cada día nos fortalecerá y robustecerá para que, llegado el momento, no dudemos del Amor Providente del Padre, sino que, confiando plenamente en Aquél que dio a su Hijo por nosotros, seamos preservados del mal y fortalecidos para dar buen testimonio de lo que creemos y queremos vivir.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Todo lo que quiero ¿lo puedo?

Creo que, hasta el más ateo cuando le llega el agua al cuello o siente muy ajustada la soga al cuello, levanta la mirada al cielo y clama a algún Dios. Por que es lógico en el hombre buscar, en algún momento de su vida, que desde lo alto le tiren un cable para poder salir del pozo donde ha caído.
Y ese clamor, muchas veces, se hace esperar. No siempre todo lo que pedimos se cumple o se realiza en el momento en que uno quiere que se haga. Lo que siempre escuchamos: nuestros tiempos no son los tiempos de Dios.
Y fijaos en la parábola que nos relata Jesús hoy: la viuda que clama muchas veces al juez injusto por justicia. Finaliza Jesús diciendo:
«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»
Dios nos hará justicia, no dice que hará el milagro que le pedimos, nos hará justicia, nos dará lo que sea justo, y ¿qué es lo justo para cada uno? Aunque sabemos que antes que la justicia en Dios prevalece la misericordia y el amor, por eso, muchas veces, nos parece que Dios es injusto porque no nos mira con ojos de justicia sino con ojos de misericordia, pues es un Padre Amoroso que, aunque, permita que nos sucedan ciertas cosas siempre nos fortalece con el Espíritu para poder sobrellevar la Cruz de cada día.
Pero, finalmente, le da un toque duro a la parábola, duro por lo que dice:
"Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?"
¿Qué significa? Si Dios nos da todo lo que queremos, cuando lo queremos ¿eso fortalece y madura nuestra fe? Por que, y muchas veces pasa, cuando Dios no nos da lo que pedimos perdemos nuestra fe en Él, nos enfadamos con Él, dejamos de creer en Él porque no hizo lo que queríamos.
Si un padre le da a sus hijos todo lo que los hijos piden, aunque sepa el padre que no todo lo que piden les hace bien, ¿ayuda a sus hijos a madurar? ¿ayuda a sus hijos para que sean fuertes en la vida? Cuando los padres nos puedan darle a sus hijos lo que le piden ¿qué es lo que dirán? ¿Crece el amor cuando se llena a los hijos de caprichos y lujos?
Por eso, cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará fe en la tierra?

viernes, 11 de noviembre de 2016

San Martín de Tours

Sulpicio Severo
De las Cartas (carta 3,6.9-10.11.14-17.21:SC 133,336-344)
Martín conoció con mucha antelación su muerte y anunció a sus hermanos la proximidad de la disolución de su cuerpo. Entretanto, por una determinada circunstancia, tuvo que visitar la diócesis de Candes. Existía en aquella Iglesia una desavenencia entre los clérigos, y, deseando él poner paz entre ellos, aunque sabía que se acercaba su fin, no dudó en ponerse en camino, movido por este deseo, pensando que si lograba pacificar la Iglesia sería éste un buen colofón a su vida.
Permaneció por un tiempo en aquella población o comunidad, donde había establecido su morada. Una vez restablecida la paz entre los clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, de repente empezaron a faltarle las fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, todos a una, empezaron a entristecerse y a decirle entre lágrimas:
«¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas».
Entonces él, conmovido por este llanto, lleno como estaba siempre de entrañas de misericordia en el Señor, se cuenta que lloró también; y, vuelto al Señor, dijo tan sólo estas palabras en respuesta al llanto de sus manos:
«Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehuyo el trabajo; hágase tu voluntad».
¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, igualmente dispuesto a lo uno y a lo otro, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida! Con los ojos y las manos continuamente levantados al cielo, no cejaba en la oración; y como los presbíteros, que por entonces habían acudido a él, le rogasen que aliviara un poco su cuerpo cambiando de posición, les dijo:
«Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor».
Dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo:
«¿Por que estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de acogerme». Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín, lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abrahán; Martín, pobre y humilde, entró en el cielo, cargado de riquezas

jueves, 10 de noviembre de 2016

El amor y la gratitud mueven la voluntad

San Pablo le escribe a Filemón y le dice:
"Querido hermano:
He experimentado gran gozo y consuelo por tu amor ya que, gracias a ti, los corazones de los santos han encontrado alivio.
Por eso, aunque tengo plena libertad en Cristo para indicarte lo que conviene hacer, prefiero apelar a tu caridad, yo, Pablo, anciano y ahora prisionero por Cristo Jesús".
Quizás muchos nos llegáramos a preguntarnos: ¿quién era este hombre? ¿qué hizo por la gente? Nos gustaría saber más datos y detalles de por qué Pablo lo trata de ese modo, pero lo importante no es lo que hizo sino por qué lo hizo y cuál ha sido el comentario de Pablo.
Lo que a mí me llamó más la atención es la experiencia de San Pablo frente al actuar de Filemón, y descubrir que su persona ha llegado a ser muy querida por el apóstol, pues lo considera su propio hermano. Además es hermoso cuando uno saber agradecer y mostrarle a la persona lo bien que ha actuado y cuánto ha significado eso para uno: "he experimentado gran gozo y consuelo por tu amor", pero no por que haya hecho cosas por Pablo mismo sino "ya que, gracias a ti, los corazones de los santos han encontrado alivio".
Seguramente Filemón había realizado obras para los miembros de alguna comunidad, y por eso san Pablo le agradece lo que había hecho porque el agradecer no sólo hace bien a quien le llega mi gratitud, sino que nos hace bien a los que sabemos dar las Gracias. Siempre hay cosas que podemos reprochar, pero siempre hay muchas más por las que agradecer, y son esas las que nos hacen bien al corazón y las que ayudan a los demás a seguir siendo bondadosos.
Y mirando la esa bondad del corazón de Filemón le dice:
"plena libertad en Cristo para indicarte lo que conviene hacer, prefiero apelar a tu caridad". No es necesario obligar a nadie a hacer algo cuando hay confianza, cuando hay amor, pues el amor es el motor que nos ayuda a entregarnos. Por eso no lo importante no es si hago algo por obligación, sino si lo que hago lo hago por amor, por que estoy convencido del bien que me hará o del bien que haré.
Lo que le pedirá San Pablo a Filemón será algo muy difícil de pedir y de hacer, por eso no lo obliga a hacerlo sino que lo muestra como un acto de amor, amor a Pablo y amor por el acto mismo, que será un acto de caridad.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El Templo mi persona

En casi todas, por no decir todas, las religiones encontramos que el Templo es el centro de su espiritualidad, en el Templo donde reside la divinidad a la que se adora, a la que se rinde culto. El Templo en las religiones es también el centro de convergencia hacia donde miran todos los corazones y donde mejor se le rinde culto a sus dioses. El Templo es el ámbito sagrado donde se encuentra el súbdito con su señor, el hijo con el Padre, la criatura con el creador.
La imagen que nos presenta Ezequiel, a través de su profecía, nos habla que del Templo sale el agua que purifica, que nutre y hace que todo a su paso cobre vida nueva y de fruto permanente. Es una hermosa visión que siempre me ha gustado, pero no sólo porque sale agua viva del Templo, sino porque ese caudal de agua se refiere a aquellos que en el Templo reciben el agua viva, el agua de la Gracia que nos purifica, nos da vida y llevamos esa vida a todos los lugares donde vamos: salimos del Templo siendo nosotros quienes llevamos los gérmenes de una vida nueva que vamos sembrando en los corazones de todos los hombres, y porque esa Vida Nueva no depende de nosotros, es que es una Vida que no se acaba y siempre seguirá produciendo frutos.
El Evangelio nos presenta dos realidades del Templo: una como el edificio donde sólo se tiene que ir a dar culto a Dios, un lugar de encuentro con el Señor y no un lugar de comercio, ya sea un comercio material o un comercio espiritual. Del primero sabemos cuál es, pero el segundo es también un comercio cuando sólo vamos para pedir algo, vamos y le decimos a Dios: si tú me das tal cosa yo te doy tal otra, un comercio espiritual.
Pero la segunda imagen que Jesús quiere que veamos, que me parece la más importante, es que nuestro cuerpo será y es un Templo Vivo, un Templo donde reside a partir del Bautismo el Espíritu Santo, un Templo consagrado a Dios por la Santa Unción el día del Bautismo y la confirmación. Un Templo en el que nos podemos encontrar en todo momento con el Señor y un Templo que tiene que derramar el Agua de la Gracia recibida a todos los hermanos. Son nuestros labios y nuestro corazón las puertas por donde se derrama el agua de la Gracia que comparto con mis hermanos, es la Gracia que recojo de las manos del Señor y las distribuyo en el camino de la vida.

martes, 8 de noviembre de 2016

La alegría del servidor

Dice hoy Jesús al final de la parábola:
"¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid:
“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer” ».
Podríamos pensar que da la razón a aquella frase que circula por internet: "la iglesia nos quiere sumisos", pero en realidad es todo lo contrario. Jesús intenta que no se nos suban los humos a la cabeza, como ocurre frecuentemente en nuestras vidas. Cuando vemos que las cosas nos salen bien nos creemos ya los super hombres y vamos por ahí dándonos de superados, mirando por arriba del hombro a los demás como si nunca nos hubiera pasado nada o como si nunca hubiésemos tropezado y caído.
El reconocer nuestra pequeñez no es sinónimo de sumisión, sino que conocemos y confiamos en la sabiduría de Dios que es quien guía nuestra vida y nuestras obras, para así, con su Gracia, alcanzar nuestra plenitud y perfección.
"Él ha mirado la pequeñez de su servidora, me llamarán feliz todas las generaciones porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas".
Ella, María, se consideró la esclava del Señor y se dejó conducir de Su Mano y no la consideramos una persona inútil, sumisa que no sabía hacer nada por su propia cuenta, sino que todo lo que hacía era por que vacía de sí misma encontró la plenitud de su vida en la Voluntad de Dios.
Así ser hacer lo que teníamos que hacer es, quizás, lo mejor que nos puede pasar, si lo descubrimos a tiempo, porque hacer lo que el Padre nos pide que hagamos cada día, es lo que nos llevará a la vivir las Bienaventuranzas del Evangelio, a conseguir las Gracias necesarias para cada día, para cada misión, para cada situación que el Señor nos permita o quiera que vivamos. Y sobre todo llegar al final del día sabiendo que hemos sido Fieles a la Vida que el Señor nos ha mostrado vivir, y alcanzar así la alegría de aquél que se entregó todo y tuvo todo lo necesario y más, por que el pago del Señor en nuestras vidas es mucho más de lo que merecemos, pues su pago es la Verdadera Vida en el Señor Jesucristo.