lunes, 7 de marzo de 2016

Hombres nuevos

"Así habla el Señor:
Sí, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva.
No quedará el recuerdo del pasado ni se lo traerá a la memoria, sino que se regocijarán y se alegrarán para siempre por lo que yo voy a crear: porque voy a crear a Jerusalén para la alegría y a su pueblo para el gozo. Jerusalén será mi alegría, yo estaré gozoso a causa de mi pueblo, y nunca más se escucharán en ella ni llantos ni alaridos".
La esperanza en la nueva creación, en un nuevo pueblo, en un nuevo hombre, es la luz que no debemos perder, pues sabemos que las Promesas y los deseos del Señor se cumplirán, en el tiempo justo: "al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo nacido de mujer", nos recuerda San Pablo.
No siempre sus tiempos son nuestros tiempos, pero Dios siempre sabe cuándo es el mejor tiempo para darnos todo aquello que necesitamos, pero, sobre todas las cosas, no tenemos que perder nuestra esperanza en Sus Promesas.
Una vez alguien me dijo: ¿y tú sigues creyendo en que puede haber un Hombre Nuevo, una Sociedad Nueva? Y sí, sigo creyendo y sigo luchando para que podamos, con la Gracia de Dios, hacer un Hombre Nuevo que luche por una Nueva Sociedad, por un Nuevo Mundo. Esa es la esperanza que cada día me hace salir de la cama, me invita a la oración y me lleva al encuentro con el Señor en la Eucaristía: dejarme transformar por Él para que Él pueda utilizarme como instrumento en la construcción de un Nuevo Hombre y de un Nuevo Mundo.
Ayer Domingo del Gozo, meditábamos en la misericordia del Señor, pero también en el gozo del encuentro del hijo pródigo con su padre, un encuentro que nos habla del gozo que da la esperanza en la reconciliación. El gozo que nos describe San Lucas cuando dice que pensando en la reconciliación el hijo se levantó del barro, de estar entre los cerdos, dejó su orgullo de lado y salió presuroso a la Casa del Padre a buscar el perdón y reconciliarse con el amor.
¡¿No es una hermosa imagen?!
Comenzar una nueva semana con la imagen del abrazo y los besos de ese Padre que nos espera para asegurarnos que siempre nos amará, que siempre estará esperando nuestro regreso y nuestra confianza en su Amor. Comenzar la semana con la esperanza de poder abrazar con nuestra oración, nuestra entrega y nuestro sacrificio a tantos que necesitan consuelo, paz, esperanza. Comenzar la semana con la ilusión que Dios nos ha llamado para ser Hombres Nuevo, con corazones nuevos que motiven a los hombres en la búsqueda de nuevos horizontes que nos traigan la Paz, la Verdad, la Fraternidad.
Como dice la canción: Hombres nuevos creadores de la historia, constructores de nueva humanidad; y para ello no debemos perder la esperanza, que simplemente es tener firme nuestra mirada y nuestro corazón en Aquél que ha sembrado esa esperanza en nuestro corazón. No bajes la mirada del Corazón de Jesús, pues Él es quien puede sostenernos y fortalecernos para seguir, con Él, re-creando al Hombre y al Mundo.

domingo, 6 de marzo de 2016

Dos hermanos en mi vida

Una vez más la liturgia nos propone la parábola del hijo pródigo, una de las tantas parábolas que, al leer los primeros renglones, ya sabemos de qué se trata. Y, por eso, muchas veces, las leemos rapidito porque sabemos de qué va. Pero, como siempre pasa con la Palabra de Dios, si nos tomamos tiempo para dejar actuar al Espíritu Santo, será Él quién nos haga ver algún aspecto que no habíamos tenido en cuenta. Y así me pasó ayer (sábado a la tarde) cuando la leí la primera vez.
Me detuve a pensar en los dos hijos que, generalmente, los ponemos como contrapuestos por sus actitudes, y sobre todo porque dejamos muy bien parado al pequeño que es el arrepentido. Y, es cierto, no vamos a quitarle mérito al arrepentimiento y pedido de perdón del pequeño, pero quería hacer un paralelismo entre los dos.
Los dos son hijos (aparentemente) de un padre que tiene fortuna, campos y una vida "acomodada". El pequeño (como nos ha pasado a todos) no está conforme con esa vida, seguramente se siente "esclavo" y que no puede disfrutar de su libertad. Por eso pide la parte de su herencia y va a vivir "su libertad", porque teniendo dinero cualquiera puede ser "libre". Pero no valora lo que tiene, ni su libertad ni su dinero, y por eso despilfarra (derrocha) tanto el dinero como la libertad. Quedando así en una situación de pobreza absoluta: esclavo de un patrón que no le da ni de comer, y se tiene que conformar con las bellotas de los cerdos (perdió su fortuna, y su libertad, y por eso mismo su dignidad)
Pero el hermano mayor, que, aunque no pidió parte de su fortuna para vivir "su propia vida", tampoco valoró la vida que tenía, ni supo disfrutarla. Seguramente, como otros tantos, vivía pensando en "acumular" para tener un futuro más próspero y por eso sólo se dedicaba a trabajar, y no pedía nada. Y, seguramente no pedía nada porque lo tenía todo servido, al alcance de la mano. Sólo se dio cuenta que no había aprovechado nada de lo que su padre tenía cuando su hermano lo comenzó a disfrutar. Y ahí surge el reclamo: ¡nunca hiciste nada para mí! "pero si lo tenías todo para tí". El egocentrismo no le permitió ver lo que su padre había recuperado, sino que sólo vio lo que él había perdido.
El pequeño al sentirse vacío y sin nada pudo reflexionar y descubrir cómo había malgastado lo que tenía, pero, más que eso, cómo no había valorado y apreciado la casa paterna. Por eso se conformaba, ahora, aunque sea con las migajas de su padre. Y, por eso, decide volver a la casa de su padre, aunque sea como trabajador que era mejor que lo tenía en ese momento.
Necesitó, seguramente, mucha fuerza para derribar su soberbia, orgullo y vanidad, para reconocer su error, su pecado y, con la cabeza baja pedir perdón.
En cambio, el mayor, a quién el padre le hizo ver todo lo que tenía al alcance de su mano, no pudo hacer ese mismo camino: quizás no pudo reconocer que era cierto lo que le decía su padre, quizás no pudo bajar la cabeza y descubrir que era él quien no había valorado lo que tenía, y que, quizás como su hermano se había perdido en su propio mundo de maquinaciones, de proyectos, de ambiciones. Pero ahora era él quién estando en la casa del padre no podía volver, porque estaba pero no vivía.
Este es el tiempo de la misericordia, el tiempo de volver a valorar lo que tenemos, quienes somos y qué es lo que Dios y nuestros hermanos han hecho por nosotros. Es el tiempo de la reconciliación de aceptar la Gracia de Dios para reconocernos débiles y pecadores, para poder pedir perdón y volver a darnos el brazo fraterno y lleno de amor que tanto anhela nuestro corazón.

sábado, 5 de marzo de 2016

El dolor del pecado

Dice Dios por medio de Oseas:
"¿Qué haré contigo, Efraím? ¿Qué haré contigo, Judá? Porque el amor de ustedes es como nube matinal, como el rocío que pronto se disipa".
Un amor que pronto se disipa no es amor, es sólo un sentimiento pasajero que hoy está y mañana no, no está arraigado en el corazón, porque no he tomado consciencia de quién es el otro, ni de su importancia en mi vida. El sentimiento es pasajero cuando solamente quiero satisfacer una necesidad: llámese soledad, dolor, angustia, agobio. Y cuando esa necesidad está saciada el sentimiento desaparece ¡ya no te necesito!
Por eso mismo, en nuestra relación con Dios, al no haber un amor profundo y real no hay tampoco consciencia de pecado, no hay consciencia de que lo voy perdiendo de a poco, de que poco a poco voy haciendo desaparecer la unidad de corazón. Por que al buscarlo sólo cuando lo necesito, soy yo el centro de la relación y El está para "llenar" ciertos vacíos o para aplacar ciertas necesidades espirituales. Pero al primer indicio de "reclamo" por parte del otro, ya se me acabó el amor.
Así vemos en la parábola del evangelio como el fariseo se alababa a sí mismo por ser tan bueno y discriminaba al publicano porque no hacía las prácticas religiosas que él hacía. Pero el publicano estaba inclinado reconociendo su debilidad, reconociendo necesitaba purificarse para amar más.
Cuando amamos verdaderamente las faltas que cometemos nos producen dolor, el dolor del pecado, que nos demuestra la ausencia de la Gracia en nuestra vida, que nos hace notar la lejanía que se produce al no estar junto al amado. Cuanto más sentimos el dolor de nuestro pecado más buscaremos la reconciliación, pues sentimos la necesidad del perdón, la necesidad de sabernos perdonados para poder continuar amando.
Hoy en día se vive tan leve y superficialmente el amor, o, mejor dicho, ha perdido el sentido y se ha vaciado de contenido la palabra amor, que da lo mismo ser fiel o infiel, pecar o no pecar, porque no se sabe lo que es amor, confundiéndolo simplemente con un acto fisiológico de compañía y de relación sexual que, una vez que pasa el "encanto" o la "necesidad" voy en busca de "otro amor".
Y, como siempre, como pasa en la vida humana, también pasa en la vida sobrenatural, en nuestra vida espiritual: como hoy necesito te busco, cuando ya has cubierto mis necesidad me voy con otros dioses; quizás mañana cuando el agua me llegue al cuello vuelva a buscarte para que me des una mano y me pongas a salvo.
"En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!."
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.»

viernes, 4 de marzo de 2016

No estás lejos del Reino de Dios

Lamentablemente hay evangelios que siempre me dejan la misma reflexión en la cabeza y el corazón, porque me hacen pensar demasiado (sí, a veces, pienso) en no quedarme estancado en el crecimiento. Y el de hoy es uno de esos, la frase que Jesús le dice al escriba es de las matadoras:
"Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios.»
Matadoras en el buen sentido, porque me hace pensar que nuestra vida de fe no es "aprender" frases bonitas, o saber de memoria los mandamientos o la Biblia, sino que es vivir lo que sabemos, lo que vamos aprendiendo para poder aprehenderlo en nuestro corazón.
Escuchamos, por muchos lados, gente que sabe mucho de Biblia y te repite a cada momento pasajes bíblicos (y encima saben de qué libro y capítulos), otros que saben mucho de liturgia y viven para cada detalle y cada movimiento, otros que han aprendido mucho de esto o de aquello. ¿Está mal? Para nada.
Conocer a fondo lo que es el fundamento de nuestra fe, cómo poder brindar mejor culto a nuestro Dios y Señor, cómo hacer para dar a entender mejor los principios de nuestra vida cristiana, es algo muy hermoso, y brindo por los que tienen la capacidad de estudiar y conocer tanto (otros no somos tan inteligentes)
Pero, el escriba también conocía muy bien la Ley y los Profetas, le respondió perfectamente a Jesús, por eso el Evangelio dice: "Jesús al ver que había respondido tan acertadamente" Pero lo que a mí me duele es el final de esa frase: "le dijo: tú no estás lejos del Reino de Dios".
"No estás lejos del Reino de Dios". Si lo pensamos bien quiere decir que aún no hemos llegado, que no estamos en él, que no hemos entrado a formar parte del Reino de Dios, que estamos cerca pero no hemos llegado. ¿Cuánto nos queda aún por vivir para alcanzar el Reino de Dios?
Así es que siempre me sale la misma cuestión: ser cristiano no quiere decir saber responder acertadamente, sino vivir lo que sabemos acertadamente. Por que si bien, como dice Jesús,
"Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que éstos.»
Pero en la Última Cena nos va a "plenificar" estos mandamientos en el: "Un mandamiento nuevo os doy: Amaos unos a otros como Yo os he amado"
No basta con saber responder acertadamente para alcanzar el Reino de Dios, hay que vivir coherentemente lo que hemos respondido acertadamente, y cuanto más sabemos más hemos de vivir, pues nuestra vida es respuesta para aquellos que buscan en las tinieblas, pues nuestra vida es luz en el Camino, porque en nuestra vida no brillan las palabras, sino que brilla el Señor que está en nuestra vida, porque Él se ha hecho Vida en nosotros. Y así sí, el Reino de Dios estará en nosotros porque Dios habita en nuestros corazones.

jueves, 3 de marzo de 2016

Somos políticos de calle

"Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra".
Mientras rezaba pensaba en todo lo que estamos viviendo, en este país España, en mi país argentina, y en tantos otros. Se ve tanto desprecio, tanto odio, tanto rencor, tanta venganza, que no nos damos cuenta cómo hemos dejado entrar a Satanás en nuestras vidas y nos hemos convencido que la mejor manera de "ganar" es derribando al contrario, sea como sea.
Muchas veces escuchamos: "la política está podrida, los políticos son todos corruptos, la política es un asco" y ¡tantas cosas más! Sin darnos cuenta que tú, yo y todos los que formamos el mundo, todos los que vivimos en este mundo, estamos, día a día, haciendo política: con nuestras palabras, con nuestros actos e, incluso, con nuestros silencios. Por que la ciudad en la que vivo es mí ciudad, y en ella tengo que, como cristiano, sembrar la paz, la concordia, el respeto, la verdad, la fraternidad. Y en cambio nos hemos dejado tentar y vamos por ahí "escupiendo" a la cara de quien dice creer en otra cosa que no sean los colores que yo predico.
No son las grandes potencias, ni los grandes países los que hacen una guerra, sino que somos las hormiguitas pequeñas las que vamos "comiendo" los cimientos de una sociedad que tiene que ser cada día mejor. Sí, tú y yo somos importantes desde nuestro propio lugar y si tú y yo no hacemos algo para frenar tanto odio, no culpemos a los demás.
Comencemos a hacer una nueva política, una nueva forma de hacer una ciudad, un país, una nación, y es empezar por respetarnos, porque es lo que exigimos cada uno para nosotros, pero nos permitimos (y a veces hasta parece gustarnos) no respetar al prójimo, siendo que con el prójimo comparto la misma tierra, la misma acera, y hasta para muchos, compartimos la misma fe, pero somos incapaces de darnos el saludo de la paz.
Sí, es muy fácil ver gente que se dice a sí mismo ser mejor cristiano que otros que van a misa, pero son incapaces de pedir perdón, de dar el perdón, son incapaces de respetar a los demás, de respetar a los que piensan diferente, son incapaces de renunciar a sí mismos y tener gestos de paz, estirar sus manos para dar la paz a los hermanos.
No, no es la política la que no sirve para nada o está podrida, sino que somos nosotros quienes hacemos la política de todos los días, los que no sabemos convivir, los que no sabemos compartir y aceptar, los que no sabemos renunciar a nuestros propios criterios para mirar un poco más arriba de nuestras propias narices. Nosotros los que andamos cada día por la calle somos los que hacemos política, porque los políticos han salido de nuestras familias, y si seguimos con este ritmo, los pequeños políticos que hay en nuestras casas y que ven cómo actuamos seguirán nuestros mismos caminos, y el mundo que queremos dejarles será peor del que hemos encontrado.
¿No será hora de darnos cuenta que mi hermano, o quien está en el gobierno, o fulanito de tal o menganito de cual, no son el demonio sino que yo he dejado entrar al demonio en mi vida?

miércoles, 2 de marzo de 2016

Su Palabra camino de santidad

"Moisés habló al pueblo diciendo....
Tengan bien presente que ha sido el Señor, mi Dios, el que me ordenó enseñarles los preceptos y las leyes que ustedes deberán cumplir en la tierra de la que van a tomar posesión. Obsérvenlos y pónganlos en práctica, porque así serán sabios y prudentes a los ojos de los pueblos, que al oír todas estas leyes, dirán: "¡Realmente es un pueblo sabio y prudente esta gran nación!."
Y Jesús nos dice:
«No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.
El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.»
Creo que cada bien aclarado que lo que hacemos, desde Moisés, hasta nuestros días no es más que intentar comprender y vivir la Palabra de Dios, y  la Palabra de Dios con todas sus letras.
Claro está que quien no tiene fe o no cree no está obligado a vivirla, pero los que decimos pertenecer a la Iglesia o nos decimos cristianos, estamos comprometidos con la Fidelidad a la Palabra de Dios porque sabemos que no es palabra de los hombres, aunque hayan sido ellos quienes usaron el lápiz y el papel para escribirla, pero creemos que ha sido inspirada por Dios.
Tanto es así que ni el mismo Jesús se ha atrevido a modificarla.
Pero la Palabra de Dios, si bien es Vida, es el Camino que nos lleva a la Vida. Cuando la leemos, la rezamos y reflexionamos se hace diálogo con el Padre que nos transmite su Sabiduría, su Espíritu y nos fortalece para alcanzar la Tierra Prometida: el Reino de los Cielos.
También es cierto que al ir andando hacia el Reino nuestra vida se va dignificando, se va haciendo plena en tanto y en cuanto nos vamos santificando con su Gracia. Por eso, no sólo esperamos el Encuentro en el Reino de los Cielos, sino que vamos construyendo el Reino en la Tierra, pues vivimos en Dios y Dios vive en nosotros para forjar aquí "un sólo Rebaño bajo un sólo Pastor".
Somos así ciudadanos de un Reino de Amor, de un Reino de Paz, de un Reino de Verdad que va marchando día a día, y en su marcha va construyendo aquello que anhela, sabiendo que lo que se construye no es lo definitivo, sino que es el comienzo del Cielo en la Tierra y así, cada día, rezamos: venga a nosotros tu Reino, hágase Tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo. Y su Voluntad la encontramos, primeramente, en la aceptación y meditación constante de Su Palabra, en diálogo sincero con el Padre.

martes, 1 de marzo de 2016

Amar para perdonar

"Se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete".
No podemos entender un tiempo de Cuaresma sin un tiempo de Reconciliación, con Dios y con los hermanos. Por que llegar a la Pascua con el corazón lleno de rencores, odios y rencillas no es la mejor manera de celebrar una Pascua de Resurrección, porque quiere decir que no he muerto al pecado, y, como no he muerto, no puedo resucitar.
Así, en esta casi mitad de la Cuaresma la liturgia nos invita a meditar en las dos caras de una misma moneda: pedir misericordia a Dios y poder perdonar a los hermanos, pues si pedimos misericordia a Dios es porque también debemos dar perdón a nuestros hermanos, y a la vez también debemos pedir perdón a quienes hemos ofendido. "Por que si perdonan a quienes los ofenden también mi Padre Celestial perdonará vuestras ofensas", dice el Señor.
Claro está que siempre ponemos excusas para perdonar o pedir perdón, pues las dos cosas son difíciles para el corazón humano, porque sentimos mucho dolor cuando nos hieren, y nos da mucho dolor humillarnos y pedir perdón. Las dos actitudes requieren algo que es imprescindible: amor, pues si realmente amo a alguien no voy a tener vergüenza de pedir perdón, y mucho menos de darle mi perdón a quien me ha ofendido, pues buscaré siempre estar con aquella persona a la que amo.
También es cierto que algunas veces no puedo perdonar porque no han querido pedir perdón, y me quedaré esperando como el Padre del Hijo Pródigo. Y, seguramente, el hijo pródigo no reconocerá la ofensa causada porque su orgullo y su vanidad no le permiten reconocer un error. Sabiendo que reconocer los errores y los pecados no nos debilita, sino que nos hace más fuerte, porque la soberbia no engrandece el corazón del hombre, sino que lo va desgastando y creando cada día más soledad y dolor. En cambio los actos de humildad nos fortalecen y nos hacen capaces de poder amar cada día más, porque comprendemos al que cae, comprendemos al que se equivoca, y en ese instante es Dios quien hace llover su Gracia sobre el corazón humilde y misericordioso.
¿Es difícil? Claro que es difícil el camino del amor, por eso necesitamos ejercitarnos en la oración y la penitencia, los actos de humildad nos ayudan a suplicar en la oración la fuerza necesaria para la reconciliación. Los ayunos verdaderos debilitan nuestro cuerpo y fortalecen nuestro espíritu para que sea capaz de amar "como Jesús nos amó". Así podemos alcanzar un corazón misericordioso como el de nuestro Padre Celestial, y poder pedir la Gracia de la Reconciliación, para que muriendo al pecado podamos resucitar a la Vida Nueva de la Gracia.