jueves, 15 de enero de 2015

Animaos los unos a los otros

Si bien el escritor de la carta a los Hebreos nos exhorta con palabras duras al comienzo, para que no se endurezca nuestro corazón cuando escuchemos a Dios, nos hace un hermoso pedido:
"Animaos, por el contrario, los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy», para que ninguno de vosotros se endurezca, engañado por el pecado".
Animaos los unos a los otros mientras dure este "hoy", me pareció algo muy lindo para tenerlo siempre presente en nuestro "hoy" constante, porque en los tiempos que vivimos muchos estamos proclives a la desesperanza, y no sólo que nos deprimimos nosotros mismos, sino que, muchas veces (inconscientemente) contagiamos a los demás con nuestra depresión.
Pero, a la vez, el ánimo que Dios quiere que tengamos o que nos demos es para que no endurezcamos nuestro corazón, para que no caigamos en el pecado. Claro que no es fácil pedirle a nuestros hermanos que no pequen, o que dejen de pecar. O, incluso, a veces, es fácil señalar el pecado a nuestros hermanos y marcarlos con la señal del pecado. Pero Dios nos pide que nos demos ánimos, es decir que alimentemos el deseo de vivir con el corazón "blando", permeable a la Palabra de Dios, a Su Voluntad, a Su Amor, para que llenos de Su Vida fortalezcamos la nuestra para evitar las tentaciones del pecado.
Y, claro, ahora sí que es más complicado. Sí, es más complicado contagiar la vida que señalar el pecado. Porque el pecado se ve claramente, pero vivir la Vida de Dios para poder contagiarla me implica que debe asumir y debo vivir, para poder dar lo que tengo.
Por eso, Dios por medio del escritor de la Carta, nos dice "animaos los unos a los otros", es una tarea conjunta que, como hermanos, debemos intentar en comunidad, unidos unos con los otros, creciendo en el amor fraternal, creciendo en una relación dialogante de hermanos que se aman, y que juntos buscan crecer en la santidad.
Si sólo nos buscamos para señalarnos el pecado y los defectos, eso no nos da vida, nos desanima y hasta incluso nos lleva a la desesperanza. Pero si cada día nos unimos para la oración, la reflexión de la Palabra y la fracción del Pan, como lo hacían las primeras comunidades cristianas (y nos lo cuentan los Hechos de los apóstoles) vamos a ver que la Vida retorna a nuestros corazones, y podremos así volver a encendernos en el Espíritu Santo para que nuestra vida sea luz, sal y fermento en el mundo.

miércoles, 14 de enero de 2015

Con Dios o contra Dios

En estos días nos encontramos con varios evangelios que nos hablan de curaciones, pero también de expulsión de los demonios que toman posesión de algunas personas. En éstos casos el evangelista dice:
"Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar".
¿Qué es lo que me llama la atención? Que diga que "como los demonios lo conocían, no les permitía hablar". Es decir, Satanás y sus demonios tiene un conocimiento (casi) perfecto de quién es Dios y su Hijo Jesucristo, y de toda la Ley y los profetas, pero, aunque sepa quiénes son no viven de acuerdo a su Voluntad. Y esa es la diferencia entre los ángeles de Dios y los de satanás, unos conocen y aman y los otros conocen pero no aman.
Por eso es que tenemos que entender, también nosotros, que no basta el conocer intelectualmente, de memoria quién es Dios, Nuestro Señor Jesucristo, y las demás cosas de nuestra religión, sino abrir el corazón al Amor de Dios y a Su Voluntad, para vivir de acuerdo a lo que Él nos pide.
Por que son muchos los que pueden conocer, pero no son tantos los que desean vivir. Y, en estos tiempos que vivimos, quizás, somos muchos los que sabemos muchas cosas, pero son muy pocos los que viven lo que creen, sino que se dedican a poner piedras en el camino de los que quieren vivir.
Y ¿cómo sabemos si vivimos o sólo conocemos? "Por los frutos los conoceréis". Analicemos nuestra manera de hablar, de comportarnos. Analicemos si somos portadores de paz, de alegría, de esperanza, de consuelo. Miremos si somos constructores de fraternidad, de unidad, de comunidad. Miremos si nuestro Ideal es la santidad, ser instrumentos de Dios, constructores de Hombres Nuevos. Pensemos cuál es nuestro primer pensamiento a la hora de tomar decisiones: la Voluntad de Dios o los deseos del mundo, me dejo conducir por las cosas del espíritu o por lo que me indica el mundo.
San Pablo en la carta a los gálatas ya  nos decía cuáles son los frutos del Espíritu Santo en nosotros, para que los tengamos en cuenta para descubrir si nos dejamos guiar por Él o por el espíritu del mundo:
"El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí..."
Muchas veces la comodidad del mundo nos invita a dejarnos llevar por el sólo echo de no necesitar nada más que el ser bueno y estar bien, y me quedo cómodo en el sillón viendo cómo son otros los que hacen lo que yo debería hacer, y, en algunos casos, criticando cómo hacen mal algo que yo podría hacer bien. Pero no salgo de mi comodidad y me pongo a trabajar en función de la Gracia que me ha sido concedida por el Bautismo, y como no hago lo que Dios quiere, estoy trabajando en contra de Dios:
"El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama".

martes, 13 de enero de 2015

Reza por mí...

Recién al rezar, en el momento de llegar a la oración de los fieles (las preces) comencé a recordar a los que día a día piden que recemos por ellos, algo que me parece muy lindo porque confían en la fuerza de la oración. Pero, en ese momento también me acordaba de alguien que (en una parroquia por la que he pasado) siempre me pedía que rezara por que estaba enferma. Un día, a esta señora, le pregunté si había ido al médico y qué le había dicho, a lo que me contestó: "no, al médico no voy, confío en que Dios me sanará por eso le pido que rece por mí".
Me sorprendió mucho esta respuesta, pero igual le respondí: "no voy a rezar más por tí hasta que vayas al médico. Si Dios le ha dado a los médicos el don de sanar, tú tiene que ir a ellos para que te digan qué tienes y te ayuden a curarte. Así que hasta que no vayas al médico no rezaré más por tí".
Y, por fortuna, esta señora tomó en serio mi palabra y fue al médico y comencé a rezar, nuevamente, por ella. El resultado es que se sanó más rápido y me dio las gracias, por haberla amonestado de esa manera.
Por que claro, muchas veces es fácil pedirle a otros que recen por mí, pero yo no muevo un dedo para ver si la situación puede cambiar. Porque más de una vez me han dicho tal o cual cosa, me han dado consejos, me han hablado por izquierda y derecha, pero ¡no! me he parado en mis treces y no he hecho caso a lo que Dios me manda decir por un lado y por el otro. Pero sigo pidiendo que recen por mí.
Y pensando en esto, San Basilio Magno, en la liturgia de hoy nos dice:
"Digamos, en primer lugar, que Dios nos ha dado previamente la fuerza necesaria para cumplir todos los mandamientos que él nos ha impuesto, de manera que no hemos de apenarnos como si se nos exigiese algo extraordinario, ni hemos de enorgullecernos como si devolviésemos a cambio más de lo que se nos ha dado. Si usamos recta y adecuadamente de estas energías que se nos han otorgado, entonces llevaremos con amor una vida llena de virtudes; en cambio, si no las usamos debidamente, habremos viciado su finalidad".
Es cierto que muchas veces necesitamos de la oración de nuestros hermanos para darnos fortaleza en la vida, pero también es cierto que yo debo escuchar a Dios que me habla por medio de mis hermanos y saber que Él me da la Gracia para que yo haga lo que debo hacer, y no sólo quedarme a esperar el milagro sentado en el sofá de mi casa, o haciendo lo que me da la gana.
Si no escuchamos lo que Dios nos dice y hacemos el esfuerzo de ser obedientes, por más que los ángeles recen por mí nunca llegaré a alcanzar la meta; sólo si comienzo a caminar la fuerza de la oración de mis hermanos me acompañarán para llegar a la meta.

lunes, 12 de enero de 2015

Apóstoles del Señor

Terminamos el Tiempo litúrgico de Navidad, comenzamos el Tiempo Ordinario o durante el año, un tiempo de nueva esperanza y de misión, pues después del Bautismo de Juan, Jesús comienza su misión evangelizadora, comienza su vida pública, y el anuncio de la llegada del Reino de Dios llega a nosotros.
Jesús, como Juan Bautista, también exhorta a la conversión:
-«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pero ¿qué es convertirse? Convertirse es cambiar el rumbo, darnos cuenta que hay otro camino para recorrer y eso es lo que nos anuncia el Señor: para alcanzar la Salvación hay que recorrer Su Camino.
Y para poder recorrer ese camino y alcanzar la Salvación hay que creer en el Evangelio, hay que creer en la Buena Noticia de la Salvación, hay que creer en lo que la Palabra que se hizo carne nos dice, porque la Palabra ha salido de Dios, viene de Dios y es Dios, por eso nos dice la Verdad.
Pero no es una misión que va a realizar en soledad, sino que apenas comienza, Jesús, su misión evangelizadora llama a los apóstoles, nos llama a nosotros, para que después de Él continuemos la misma misión, que anunciemos la misma Palabra, que seamos portadores del mismo Mensaje.
Es así que este tiempo de rutina cotidiana, el tiempo Ordinario, hemos de transformarlo en un Tiempo Extraordinario porque somos mensajeros de un mensaje Extraordinario: como dice San Juan, no sólo nos llamamos, sino que somos hijos de Dios; y Él nos ha incorporado a Su Vida y nos ha llamado a ser servidores, instrumentos de Dios para llevar el mensaje de Salvación a los hombres.
Y este mensaje es un mensaje que se anuncia con alegría, con gozo, con la certeza de que las promesas de Dios se cumplen, y por eso nuestro día se vuelve extraordinario porque es extraordinaria nuestra alegría de sabernos sus hijos y mensajeros. Pero además, tomando palabras de Santa Teresita, hacemos de este modo, que nuestra vida no sólo sea natural, sino sobrenatural porque Dios está con nosotros, Dios vive en nosotros, Dios ha transformado nuestra vida y trasmitimos esa vida.

domingo, 11 de enero de 2015

Su bautismo nuestra vida

Para finalizar el tiempo de Navidad, la liturgia nos regala una hermosa fiesta: El Bautismo del Señor, la tercera manifestación de Dios hacia Su Hijo, pero también, el gesto hermoso de Jesús de querer hacer lo que todos sus hermanos hacían, no por necesidad sino para ser Fiel al Padre.
Un gesto: ser bautizado por Juan para renovar y transformar un bautismo de agua en un bautismo de fuego y en el Espíritu Santo.
Y miremos la hermosa imagen de sumisión de Jesús, hombre-Dios, que aceptando la Voluntad del Padre, también se deja transformar y así, el Padre, da testimonio de la Verdad del Hijo: "Este es mi Hijo amado, mi predilecto".
No sólo esta imagen, sino esta misma realidad sucede el día de nuestro bautismo. Cuando el agua, ya purificada por Jesús, toca nuestra cabeza se abren los Cielos para que el Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos transforme en hijos a imagen del Hijo, de hombres en hijos de Dios.
Pero también ese día, el de nuestro bautismo, aunque no lo escuchemos con los oídos del cuerpo, pero resuena en nuestra alma la Voz del Padre: este es mi hijo amado, mi predilecto. Y es Él quien nos da Su Espíritu para ver en nosotros el rostro de su Hijo, pero para llamarnos a cada uno por nuestro propio nombre, y cuidarnos a cada uno como amó a Su Hijo.
Por eso, el día de nuestro bautismo es tan importante, por que a partir de ese día nacemos a la Vida Nueva. Así como a partir de ese día comenzó la vida pública de Jesús, a partir de nuestro bautismo comienza nuestra misión de anunciar con nuestra vida el gozo de ser hijos de Dios.
A partir del bautismo del Jordán Jesús comienza a predicar y anunciar el Reino de los Cielos, el Camino hacia el Padre, el gozo de la salvación; por eso, a partir de ese día, el de nuestro bautismo, comienza para nosotros un nuevo Camino: ser testimonio vivo y gozoso de haber sido salvados por el Amor de Dios.
El bautismo es una Gracia: nos hace hijos de Dios; pero también es una misión: somos portadores de una Nueva Noticia, del Evangelio de Jesucristo, y hemos de anunciarlo hasta los confines de la tierra.

sábado, 10 de enero de 2015

El Espíritu de Dios está sobre nosotros

Realmente es hermoso el evangelio de hoy, y más hermoso si lo podemos ver en nuestra vida.
Dice Jesús, tomando la Escritura:
"El Espíritu del Señor está sobre mí".
Y no sólo es cierto porque Él es el Ungido de Dios, el Cristo, sino que también nosotros hemos sido ungido por Cristo en el día de nuestro bautismo, cuando el Espíritu Santo descendió a nuestra alma y nos transformó en hijos de Dios a imagen de Jesús, y, además, ese día nos ungieron con el óleo de la salvación, el Santo Crisma, para estar por siempre unidos a Cristo sacerdote, profeta y rey.
¿Por qué hemos sido ungidos? ¿Por qué el Espíritu Santo está sobre nosotros? Para que, al igual que Cristo seamos fieles a la misión que el Padre, y el mismo Cristo nos han pedido y nos han encomendado: "Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio".
"Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista.
Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.»
La alegría de la fe, la esperanza de la Vida, la fuerza del amor, son las riquezas mejores de la vida en Cristo, y la hemos de anunciar a los que tienen el corazón vacío de tanto dolor, de tanta desesperanza, de tanta angustia y amargura, a aquellos pobres que claman al Señor, debemos anunciarles la Buena Noticia de Su Amor por nosotros.
Ese Amor de Dios que fe derramado en nuestros corazones es el amor que nos ha liberado de nuestro pecado, de nuestro orgullo y vanidad, por eso alegremente anunciamos que estamos en una lucha constante para vivir la verdadera libertad de los hijos de Dios, que nos permite y nos exige amarnos como hermanos, sin distinción de color, credo, pues en la Cruz Jesús nos hizo a todos hermanos, derribando el muro que nos separaba: el odio.
Y será el mismo Espíritu que nos anima a nosotros el que llevaremos, como María a Isabel, a nuestros hermanos para que consigan la Luz que ilumine las tinieblas y oscuridades de este mundo y puedan encontrar el Camino que le abra las puertas de la Vida Nueva, de la Salvación. El Camino que renueve la alegría y el gozo de creer. El Camino que renueve la paz y el deseo de construir un mundo nuevo. El Camino que renueve la esperanza de saber que juntos podemos alcanzar un mañana mejor, pues ha  llegado la Salvación de Dios a nosotros.

viernes, 9 de enero de 2015

Torpes para amar o creer?

El evangelio de hoy, termina con una frase que, por un lado parece dura, pero si la vemos en profundidad es ideal para meditar:
"Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque eran torpes para entender".
Parece dura porque el evangelista llama torpes a los apóstoles, torpes para entender. Y tiene razón, eran torpes para entender, pues nosotros tampoco podríamos entender los milagros que hacía Jesús: la multiplicación de los panes, el caminar sobre las aguas, las sanaciones y las resucitaciones que hizo, todo los milagros que hizo no eran posibles de entender. En ese tiempo, como pasa hoy mismo, sólo se quiere los milagros por los milagros, pero no se mira más allá, y ahí está la dureza: cuando queremos o cuando necesitamos a Dios, creemos, pero cuando no lo necesitamos lo negamos o no nos acordamos de quién es.
Los que son torpes de entender siempre buscan signos, siempre piden milagros, y hay un milagro que es que nunca se ve, y al que no le damos importancia, y es del que nos habla San Juan en la lectura de hoy:
"A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amarnos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo".

¿Quién a visto el amor? Sin embargo todos buscamos el amor, todos buscamos ser amados y amar, pero nadie ha visto nunca el amor. Se piden signos y gestos de amor, pero ¿para qué? Es necesario pedir un gesto o un signo al amado o al amante, si el amor se experimenta o no, no puede haber signo de amor si no se ama, porque por más signo que pida, si no experimento y no me abro al amor, ¿para qué quiero los signos?

¿Cuándo dejaron de ser torpes para entender los apóstoles? Cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos y los colmó con sus dones, pero sobre todo porque tenían la necesidad de entender, querían entender para anunciar, para vivir aquello que el Señor les había pedido:

"Id a todo el mundo y anunciad el evangelio", anunciad la Buena Noticia del Amor de Dios que nos salva, que nos da nueva vida, que nos inunda el corazón y nos hace capaces de la Vida Eterna, porque la Vida Eterna es Vida de Amor, en el Amor. Y nos hay mejor noticia que una Vida de Amor.

Por eso, cuando nosotros, los que hemos conocido el Amor de Dios y experimentamos su Amor debemos manifestarlo a todos los hombres, manifestar la alegría y el gozo de sabernos amados, y lo hacemos amando a todos y dándoles a todos testimonio de amor.

Claro, nada fácil, pero la mejor noticia de nuestra vida: somos capaces de vivir entre nosotros el amor de Dios, pues ese Amor ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado el día de nuestro Bautismo.