martes, 18 de octubre de 2022

Perseverar o abandonar, esa es la cuestion

"Demas me ha abandonado, enamorado de este mundo presente, y se marchó a Tesalónica; Crescente a Galacia; Tito, a Dalmacia; Lucas es el único que está conmigo".
Esta breve frase de san Pablo nos puede hacer pensar en muchas cosas, así como todo el párrafo de hoy de la carta a Timoteo, pero no voy a hablar de toda la carta.
¿Por qué este párrafo me llama la atención? Hay dos cosas, por un lado el abandono de Demas y por el otro la perseverancia de Lucas. Son dos situaciones que vivimos constantemente en nuestra vida diaria: el abandono y la peseverancia en el camino de la fe, o en la conquista de nuestros ideales, o en la marcha diaria de nuestra vida.
La perseverancia es un Don que tenemos que pedir, pues es difícil perseverar cuando el camino es lento o duro o complicado o difícil. Cuando el camino se hace muy cuesta arriba nos cansamos demasiado pronto (en estos tiempos) Eso lo vemos en muchas situaciones de la vida: en los matrimonios que se cansan muy rápido del otro y dicen que se ha acabado el amor, en la conquista de grandes ideales que, cuando son muy altos cuestan más; en las profesiones que no son tan bien pagadas y van buscando mejores pagos, etc. etc. Y, sobre todo, en el camino de la santidad.
Es ahí donde se hace más cuesta arriba el caminar pues la santidad cuesta mucho, la vida de coherencia entre la fe y lo que vivo cuesta mucho, aceptar la Voluntad de Dios cuesta mucho, vivir según el Evangelio cuesta mucho; y todo ellos nos lleva a estar muchas veces agobiados.
Claro que es en ese momento donde miramos hacia otro lado y vemos que la vida en el otro camino, el del mundo, es mucho más fácil: no hay que pensar en lo que Dios quiere, no tengo que renunciar a lo que me gusta, nadie me cuestiona si lo que hago está mal o es pecado... entonces, me cambio de carril y me voy por el más fácil.
Está claro que alcanzar los más altos ideales nunca ha sido un camino fácil, ni en el mundo, ni en Dios. Por eso mismo Jesús nos decía que el camino para alcanzar el Reino de Dios era difícil y tenía una puerta estrecha, por la cual sólo entraban los que eran como niños. Y, aunque parece una frase muy fácil de comprender no es algo muy fácil para vivir.
La puerta estrecha por la que todos los días tenemos que pasar es la que nos hace complicado el decir que Sí a la Voluntad de Dios, pues para pasar por ella tenemos que despojarnos de lo que más nos gusta y amamos: nuestro yo.
De lo que nos olvidamos en estos casos es, también, de algo que nos dijo Jesús: quien esté afligido y agobiado venga a Mí, Yo lo aliviaré; cargue con mi yugo que es suave y mi carga ligera. Cuando él nos pide recorrer un camino difícil es Él quien nos asiste y nos fortalece, por eso debemos mantenernos cerca y recibir de Él toda la Gracia necesaria para seguir caminando. Nunca nos dejará solos, siempre estará con nosotros, y así podremos alcanzar la meta, como dice san Pablo, sin perder la fe.

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