miércoles, 19 de octubre de 2022

El más insignificante

Creo que cada uno de nosotros, los bautizados, podemos atribuirnos (y debemos) las palabras de San Pablo:
"A mi, el más insignificante de todos los santos, se me ha dado esta gracia de anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo; e iluminar la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo".
Sí, y no es por pecar de soberbia, sino que es nuestra obligación como bautizados en la Iglesia Católica y Apostólica, ser apóstoles de la Buena Noticia de Cristo. No es un derecho, sino que es una obligación: "¡Ay de mi si no predicara!", también lo dice san Pablo. Porque la predicación forma parte de la vida de todo bautizado.
Claro está que no predicamos nuestra propia palabra o nuestras propias ideas (aunque algunos sí lo hacen, en contra del Evangelio), sino que predicanos la Palabra Revelada por Dios por medio de los profetas y, llegada la plenitud de los tiempos, por Su Unigénito, Jesucristo Nuestro Señor.
Una Palabra que, para nosotros los bautizados en la Iglesia de Jesucristo, sabemos que está custodiada, y por un Don de Gracia y Fe, ha sido guardada en la Santa Biblia por el Magisterio de la Iglesia Catóica:
"Así, mediante la Iglesia, los principados y potestades celestes conocen ahora la multiforme sabiduría de Dios, según el designio eterno, realizado en Cristo, Señor nuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en él".
Sí, porque Iglesia somos todos los bautizados en Cristo, somos miembros de Su Cuerpo que es la Iglesia, y por lo tanto, todos, de acuerdo a la misión de cada uno, tenemos el derecho y la obligación de ser portadores de la Buena Noticia de la Salvación.
Por eso mismo podemos hacernos eco de las palabras de San Pablo para nuestra vida, sintiéndonos, también con él, el más pequeño de los apóstoles, pero con la misma responsabilidad de transmitir la Palabra de Dios revelada.
Claro está que para ello debemos tratar de reflexionarla, meditarla y dejarla echar raíces en nuestro corazón, para que sea Ella la que llene nuestra alma y podamos así hablar de Ella y no de nosotros: "de la abundancia del corazón hablan los labios", dice el Señor. Cuanto más nos "metamos" dentro de la Palabra más la Palabra se hará parte de nuestra vida: iluminándonos, instruyéndonos, exhortándonos y llevándonos a la Vida que el Padre quiere para nosotros.

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