domingo, 23 de octubre de 2022

Fariseo o humilde

“¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Creemos muchas veces que por reconocer que somos imperfectos o que hemos cometido pecado somos la peor basura del mundo, y no es así. Tropezar, caer no es lo peor que nos puede pasar, sino que lo peor es no saber reconocer que somos imperfectos y pecadores. Claro está que junto al pecado también tenemos que reconocer las virtudes, porque la humildad consiste en reconocer no sólo la pobreza sino también la riqueza que hay en nosotros.
Sí, reconocer también la riqueza que hay en nosotros, los dones que el Señor nos dio, y, sobre todo, saber que esos dones no son porque yo los fabriqué, sino que me han sido regalados, y por eso, toda obra buena es fruto de la Gracia que hay en mí. Es así como tenemos que quitar de nuestras vidas aquello de “querer es poder”. Quizás en el orden práctico puede ser querer es poder, porque si quiero levantar una pared tengo que poner empeño y esfuerzo. Pero en el orden espiritual no porque quiera puedo, sino que puedo si Dios quiere, y si no quiere, no podré.
En el orden espiritual es disponerme para que la Gracia actúe en mí, y ponerme a disposición de la Voluntad de Dios para vivir según su proyecto. Hay veces que quisiéramos erradicar de nosotros tal defecto o pecado, o intención, y, como dice San Pablo: “Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad». Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”.
La aceptación de mi debilidad es lo que me hace fuerte porque lo dejo actuar al Señor, en cambio cuando dejo que la soberbia gane mi corazón lo único que consigo es no dejar entrar la Gracia santificante para que transforme y sane mi alma.

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