Me pareció muy interesante y, hasta también, muy impactante, el diálogo de Dios con Job. Sí, me impactó porque es un diálogo que hoy podríamos tener con mucha gente, incluido el que escribe, porque nos consideramos, a veces, y, en algunos casos, muchas veces, más sabios que Dios:
"Cuéntamelo, si lo sabes todo.
¿Por dónde se va a la casa de la luz? ¿dónde viven las tinieblas?
¿Podrías conducirlas a su tierra o enseñarles el camino de su casa?
Lo sabrás, pues ya habías nacido y has cumplido tantísimos años».
Job respondió al Señor: «Me siento pequeño, ¿qué replicaré?
Me taparé la boca con la mano. Hablé una vez, no insistiré, dos veces, nada añadiré»
Y, en realidad, no somos nada si Dios quisiera que no existiéramos, en cambio Él nos creó para darnos parte en su Vida y, en cambio, como muchos hacen, queremos quitarle el protagonismo que debería tener en nuestras vidas. Nos creemos, incluso, más sabios que Dios, o como se dice en refranero popular: más paistas que el papa. Y, sin embargo, no somos capaces de manejar nuestras vidas, o, por lo menos, lo que quisiéramos cambiar o modificar en nuestras vidas.
La soberbia del hombre actual no tiene parangón, aunque, en muchos hombres históricos podríamos ver cómo la soberbia hizo estragos, no sólo en sus propias vidas, sino en la humanidad. Pero, aunque seamos conscientes de la historia del hombre, no nos damos cuenta que, muchas veces, recorremos los mismos pasos que caminaron los más soberbios de la historia del hombre. Y, lo peor, que, muchas veces, nos rasgamos las vestiduras por lo que hicieron y vamos por el mismo camino.
La humildad de la respuesta de Job es la que tendríamos que ponernos a meditar todos, sin reparo lo digo: todos. Sí, todos, porque ninguno nos hemos salvado de ser marcados por el pecado original y nos olvidamos de lo pequeños que somos, aunque, muchas veces nos queramos poner sobre los demás, pero ahí, también, se demuestra nuestra soberbia y tontería a la vez, pues los altares que nos construimos algunos para que la gente nos vea, son altares que desaprecen ante la menor brisa de la mentira sobre la que están construidos.
Y Jesús lo remata con una frase "matadora":
"Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno".
¡Cuántos nos creemos que somos los mejores! y sin embargo no somos más que nadie, pero ¿quién es capaz de hacernos ver nuestro error?
viernes, 30 de septiembre de 2022
Tú lo sabes todo?
jueves, 29 de septiembre de 2022
Las funciones del ser
De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios
Hay que saber que el nombre de «ángel» designa la función, no el ser, del que lo lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros. Los que transmiten mensajes de menor importancia se llaman ángeles, los que anuncian cosas de gran trascendencia se llaman arcángeles.
Por esto a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese transmitido por un ángel de la máxima categoría.
Por la misma razón se les atribuyen también nombres personales, que designan cuál es su actuación propia. Porque en aquella ciudad santa, allí donde la visión del Dios omnipotente da un conocimiento perfecto de todo, no son necesarios estos nombres propios para conocer a las personas, pero sí lo son para nosotros, ya que a través de estos nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual nos son enviados. Y, así, «Miguel» significa: «¿Quién como Dios?», «Gabriel» significa: «Fortaleza de Dios» y «Rafael» significa: «Medicina de Dios».
Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiera un poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que por su soberbia pretendió igualarse a Dios, diciendo: Escalaré los cielos, por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo, nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando al fin del mundo será desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta Juan: Se entabló una batalla con el arcángel Miguel.
A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa: «Fortaleza de Dios», porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del que es el Señor de los ejércitos y héroe en las batallas.
«Rafael» significa, como dijimos: «Medicina de Dios»; este nombre le viene del hecho de haber curado a Tobías, cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo libró de las tinieblas de su ceguera. Si, pues, había sido enviado a curar, con razón es llamado «Medicina de Dios».
miércoles, 28 de septiembre de 2022
Caminemos en la fe y la justicia
De la carta de san Policarpo, obispo y mártir, a los Filipenses
Os exhorto a todos a que obedezcáis a la palabra de la justicia y a que perseveréis en la paciencia; con vuestros propios ojos, en efecto, habéis contemplado una paciencia admirable no sólo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en muchos otros que eran de vuestra comunidad, en el mismo Pablo y en los otros apóstoles; imitadlos, persuadidos de que todos ellos no corrieron en vano, sino que anduvieron en la fe y en la justicia y ahora están en el lugar que merecieron, cerca del Señor, con el cual padecieron. Porque ellos no amaron este siglo, sino a aquel que por nosotros murió, y a quien Dios, también por nosotros, resucitó.
Permaneced, pues, en estos sentimientos y seguid el ejemplo del Señor, firmes e inquebrantables en la fe, amando a los hermanos, queriéndoos unos a otros, unidos en la verdad, estando atentos unos al bien de los otros con la dulzura del Señor, no despreciando a nadie. Cuando podáis hacer bien a alguien, no os echéis atrás, porque la limosna libra de la muerte. Someteos unos a otros y observad entre los gentiles una conducta ejemplar; así cuando vean y consideren vuestras buenas obras os podrán alabar y el nombre del Señor no será blasfemado a causa de vosotros. Porque, ¡ay de aquel por cuya causa ultrajan el nombre del Señor! Enseñad a todos la sobriedad y vivid también vosotros según ella.
Me ha contristado sobremanera el caso de Valente, que había sido durante un tiempo presbítero de vuestra Iglesia, y que ahora vive totalmente ajeno al ministerio que se le había confiado. Os exhorto también a que os abstengáis del amor al dinero y a que seáis castos y veraces. Apartaos de todo mal. El que no es capaz de gobernarse a sí mismo en estas cosas ¿cómo podrá enseñarlas a los demás? Quien no se abstiene de la avaricia se verá mancillado también por la idolatría y será contado entre los paganos que desconocen el juicio del Señor. ¿O es que no sabéis que los fieles han de juzgar al mundo, como dice san Pablo?
No es que nada de esto haya observado y oído decir de vosotros, entre quienes trabajó el bienaventurado apóstol Pablo, quien os cita al principio de su carta. De vosotros, en efecto, se gloría ante todas las Iglesias, que entonces eran las únicas que conocían a Dios, mientras que nosotros todavía no lo habíamos conocido.
Es por ello que me he apenado mucho a causa de Valente y de su esposa; ¡ojalá el Señor les inspire un verdadero arrepentimiento! Con ellos debéis comportaros moderadamente: no los tengáis como a enemigos, al contrario, llamadlos de nuevo, como miembros sufrientes y extraviados, para salvar así el cuerpo entero de todos vosotros. Haciendo esto os iréis edificando vosotros mismos.
martes, 27 de septiembre de 2022
El servicio a los pobres
De los Escritos de san Vicente de Paúl, presbítero.
Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que con frecuencia son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me envió a evangelizar a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos.
Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres. Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres. Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo para todos. Por lo cual todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos.
El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos.
Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores.
domingo, 25 de septiembre de 2022
Salvados por la Gracia
Comienza la carta de san Policarpo, obispo y mártir, a los Filipenses
Policarpo y los presbíteros que están con él a la Iglesia de Dios que vive como
forastera en Filipos. Que la misericordia y la paz de parte de Dios todopoderoso
y de Jesucristo, nuestro salvador, os sean dadas con toda plenitud. Sobremanera
me he alegrado con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, al enterarme de que
recibisteis a quienes son imágenes vivientes de la verdadera caridad y de que
asististeis, como era conveniente, a quienes estaban cargados de cadenas dignas
de los santos, verdaderas diademas de quienes han sido escogidos por nuestro
Dios y Señor. Me he alegrado también al ver cómo la raíz vigorosa de vuestra fe,
celebrada desde tiempos antiguos, persevera hasta el día de hoy y produce
abundantes frutos en nuestro Señor Jesucristo, quien, por nuestros pecados,
quiso salir al encuentro de la muerte,
y Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte. En él creéis ahora,
aunque no lo veis, con un gozo inefable y radiante, gozo que muchos desean
alcanzar, sabiendo como saben que estáis salvados por la gracia y no se debe
a las obras, sino a la voluntad de Dios en Cristo Jesús.
Por eso, con ánimo dispuesto y vigilante, servid al Señor con temor y con
verdad, abandonando la vana palabrería y los errores del vulgo y creyendo en
aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos y lo glorificó,
colocándolo a su derecha; a él le fueron sometidas todas las cosas, las del
cielo y las de la tierra, y a él obedecen todos cuantos tienen vida, pues él ha
de venir como juez de vivos y muertos y Dios pedirá cuenta de su sangre a
quienes no quieren creer en él.
Aquél qué lo resucitó de entre los muertos nos resucitará también a nosotros si
cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que él amó y
absteniéndonos de toda injusticia, de todo fraude, del amor al dinero, de la
maldición y de los falsos testimonios, no devolviendo mal por mal, ni insulto
por insulto, ni golpe por golpe, ni maldición por maldición, sino recordando
más bien aquellas palabras del Señor que nos enseña. No juzguéis y no seréis
juzgados, perdonad y seréis perdonados, compadeced y seréis compadecidos; con la
medida con que midiereis a los demás se os medirá también a vosotros. Y:
Dichosos los pobres y los que padecen persecución por razón del bien, porque
de ellos es el reino de Dios.
sábado, 24 de septiembre de 2022
Nuestra Señora de la Merced
De los Sermones del beato Elredo, abad
Acudamos a la que es su esposa, su madre, su perfecta esclava. Todo esto es María.
Pero, ¿qué haremos en su presencia? ¿Qué presentes le ofreceremos? ¡Ojalá pudiéramos, por lo menos, devolverle lo que le debemos en justicia! Le debemos honor, servicio, amor, alabanza. Le debemos honor, porque es madre de nuestro Señor. Pues el que no honra a la madre, sin duda deshonra al hijo. Y la Escritura dice: Honra a tu padre y a tu madre.
¿Qué más diremos, hermanos? ¿No es ella nuestra madre? Ciertamente, hermanos, es realmente madre nuestra, ya que por ella hemos nacido, no para el mundo, sino para Dios.
Nos hallábamos todos, como creéis y sabéis, en la muerte, en la caducidad, en las tinieblas, en la miseria. En la muerte, porque habíamos perdido al Señor; en la caducidad, porque estábamos sometidos a la corrupción; en las tinieblas, porque habíamos perdido la luz de la sabiduría, y así estábamos totalmente perdidos.
Mas, por María, hemos nacido mucho mejor que por Eva, por el hecho de haber nacido de ella Cristo. En vez de la caducidad hemos recobrado la novedad, en vez de la corrupción la incorrupción, en vez de las tinieblas la luz.
Ella es madre nuestra, madre de nuestra vida, de nuestra incorrupción, de nuestra luz. Dice el Apóstol, refiriéndose a nuestro Señor: Dios lo ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención.
Ella, pues, por ser madre de Cristo, es madre de nuestra sabiduría, de nuestra justicia, de nuestra santificación, de nuestra redención. Por ello es más madre nuestra que la misma madre carnal, ya que nuestro nacimiento de ella es superior; de ella, en efecto, procede nuestra santidad, nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención.
Dice la Escritura: Alabad a Dios por sus santos. Si hemos de alabar a nuestro Señor por sus santos, a través de los cuales realiza portentos y milagros, ¡cuánto más no hemos de alabarlo por aquella en la cual se hizo a sí mismo aquel que es admirable sobre todo lo admirable!
viernes, 23 de septiembre de 2022
Alzare fuerte mi voz a Él
De las cartas de San Pío de Pietrelcina
En fuerza de esta obediencia me resuelvo a manifestarle lo que sucedió en mí desde el día 5 por la tarde que se prolongó durante todo el 6 del corriente mes de agosto.
No soy capaz de decirle lo que pasó a lo largo de este tiempo de superlativo martirio. Me hallaba confesando a nuestros seráficos la tarde del 5, cuando de repente me llené de un espantoso terror ante la visión de un personaje celeste que se me presenta ante los ojos de la inteligencia. Tenía en la mano una especie de dardo, semejante a una larguísima lanza de hierro con una punta muy afilada y parecía como si de esa punta saliese fuego. Ver todo esto y observar que aquel personaje arrojaba con toda violencia tal dardo sobre el alma fue todo uno. A duras penas exhalé un gemido, me parecía morir. Le dije al seráfico que se marchase, porque me sentía mal y no me encontraba con fuerzas para continuar. Este martirio duro sin interrupción hasta la mañana del día siete. No sabría decir cuánto sufrí en este periodo tan luctuoso. Sentía también las entrañas como arrancadas y desgarradas por aquel instrumento mientras todo quedaba sometido a hierro y fuego.
Y ¿qué decirle con respecto a lo que me pregunta sobre cómo sucedió mi crucifixión? ¡Dios mío, qué confusión y humillación experimento al tener que manifestar lo que tú has obrado en esta tu mezquina criatura!
Era la mañana del 20 del pasado mes de septiembre en el coro, después de la celebración de la santa misa, sentí una sensación de descanso, semejante a un dulce sueño. Todos los sentidos internos y externos, incluso las mismas facultades del alma se encontraron en una quietud indescriptible. Durante todo esto se hizo un silencio total en torno a mí y dentro de mí; siguió luego una gran paz y abandono en la más completa privación de todo, como un descanso dentro de la propia ruina. Todo esto sucedió con la velocidad del rayo.
Y mientras sucedía todo esto, me encontré delante de un misterioso personaje, semejante al que había visto la tarde del 5 de agosto, que se diferenciaba de éste solamente en que tenía las manos, los pies y el costado manando sangre. Sólo su visión me aterrorizó; no sabría expresar lo que sentí en aquel momento. Creí morir y habría muerto si el Señor no hubiera intervenido para sostener mi corazón, el cual latía como si se quisiera salir del pecho. La visión del personaje desapareció y yo me encontré con las manos, los pies y el costado traspasados y manando sangre. Imaginad qué desgarro estoy experimentando continuamente casi todos los días. La herida del corazón mana asiduamente sangre, sobre todo desde el jueves por la tarde hasta el sábado.
Padre mío, yo muero de dolor por el desgarro y la subsiguiente confusión que yo sufro en lo más íntimo del corazón. Temo morir desangrado, si el Señor no escucha los gemidos de mi corazón y retira de mí este peso. ¿Me concederá esta gracia Jesús que es tan bueno? ¿Me quitará al menos esta confusión que experimento por estas señales externas? Alzaré fuerte mi voz a él sin cesar, para que por su misericordia retire de mí la aflicción, no el desgarro ni el dolor, porque lo veo imposible y yo deseo embriagarme de dolor, sino estas señales externas que son para mí de una confusión y humillación indescriptible e insostenible.
El personaje del que quería hablarle en mi anterior, no es otro que el mismo del que le hablé en otra carta mía y que vi el 5 de agosto. El continúa su actividad sin parar, con gran desgarro del alma. Siento en mi interior como un continuo rumor, como el de una cascada, que está siempre echando sangre. ¡Dios mío!
Es justo el castigo y recto tu juicio, pero trátame al fin con misericordia. Señor —te diré siempre con tu profeta—: Señor no me corrijas con ira, no me castigues con cólera. Padre mío, ahora que conoces toda mi interioridad, no desdeñes de hacer llegar hasta mí la palabra de consuelo, en medio de tan feroz y dura amargura.
jueves, 22 de septiembre de 2022
Vanidad y Espíritu
"Lo que pasó volverá a pasar; lo que ocurrió volverá a ocurrir: nada hay nuevo bajo el sol.
De algunas cosas se dice: «Mira, esto es nuevo». Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos mucho antes de nosotros".
Al leer este pasaje del Eclesiastés me he acordado de tanta gente que, en estos tiempos, se creen muy listas porque quieren inventar cosas nuevas y, finalmente, no se dan cuenta que "no hay nada nuevo bajo el sol". Además que lo que inventan no sirve para mejorar al hombre, ni tan siquiera para darle más dignidad sino que todo lo contrario.
"¡Vanidad de vanidades! - dice Qohelet - ¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!
¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?"
Queriendo ser originales con los inventos sólo se quedan en coasas supérfluas que lo único que hacen es poner en evidencia la superficialidad de su vanidad, y esa vanidad sólo hace que nos demos cuenta que no hay nada nuevo que no haya sido ya inventado.
Y ¿qué es lo peor? que a esas vanidades hay muchos que le hacen caso y las van esparciendo como si fueran el invento del siglo. Y ¿qué es lo más peor? que los que hemos sido llamados para darle una mayor dignidad al hombre, para hacerle conocer el valor de ser hijo de Dios, se dejan convencer por la vanidad del mundo, y en lugar de iluminar las tinieblas, dejan al mundo en la oscuridad en la que pretenden ocultar la verdad del evangelio.
Y surge la voz del Salmo como una oración para ir en contra del mundo y volver nuestros ojos hacia Quien nos da la verdadera Luz para encontrar la originalidad del ser hombre, y del ser hijo de Dios:
Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos.
Que dejemos que el Señor haga prósperas las obras de nuestras manos, para que podamos darle al mundo un Camino que lo lleve a la verdadera originalidad del ser, que es la que el Señor le dio al crearlo y, sobre todo, al recrearlo con la muerte y resurrección de Jesús, que nos devolvió la "belleza original" de nuestro ser al sanarnos de la herida del pecado original.
miércoles, 21 de septiembre de 2022
Lo vio, lo amó, lo elegió
De las Homilías de san Beda el Venerable, presbítero
Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado ante la mesa de cobro de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme. «Sígueme», que quiere decir: «imítame.» Le dijo: «Sígueme», más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que está siempre en Cristo debe andar de continuo como él anduvo.
Él —continúa el texto sagrado— se levantó y lo siguió. No hay que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible.
Y sucedió que, estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron a colocarse junto a él y a sus discípulos. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de su fe, comienza su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de desempeñar. Pero, si deseamos penetrar más profundamente el significado de estos hechos, debemos observar que Mateo no sólo ofreció al Señor un banquete corporal en su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y por su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su interior, según aquellas palabras del Apocalipsis: Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo.
Nosotros escuchamos su voz, le abrimos la puerta y lo recibimos en nuestra casa, cuando de buen grado prestamos nuestra asentimiento a sus advertencias, ya vengan desde fuera, ya desde dentro, y ponemos por obra lo que conocemos que es voluntad suya. Él entra para cenar con nosotros y nosotros con él, porque por el don de su amor habita en el corazón de los elegidos para saciarlos con la luz de su continua presencia, haciendo que sus deseos tiendan cada vez más hacia las cosas celestiales y deleitándose él mismo en estos deseos como en un manjar sabrosísimo.
martes, 20 de septiembre de 2022
La Fe coronada por el amor
De la última exhortación de san Andrés Kim Taegon, presbítero y mártir.
Hermanos y amigos muy queridos: Consideradlo una y otra vez: Dios, al principio de los tiempos, dispuso el cielo y la tierra y todo lo que existe, meditad luego por qué y con qué finalidad creó de modo especial al hombre a su imagen y semejanza.
Si en este mundo, lleno de peligros y de miserias, no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni continuar aún vivos. Aunque por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por la gracia de Dios hemos recibido el bautismo y hemos ingresado en la Iglesia, y, convertidos en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso, ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso, si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; más aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él.
Considerad al agricultor cuando siembra en su campo: a su debido tiempo ara la tierra, luego la abona con estiércol y, sometiéndose de buen grado al trabajo y al calor, cultiva la valiosa semilla. Cuando llega el tiempo de la siega, si las espigas están bien llenas, su corazón se alegra y salta de felicidad, olvidándose del trabajo y del sudor. Pero si las espigas resultan vacías y no encuentra en ellas más que paja y cáscara, el agricultor se acuerda del duro trabajo y del sudor y abandona aquel campo en el que tanto había trabajado.
De manera semejante el Señor hace de la tierra su campo, de nosotros, los hombres, el arroz, de la gracia el abono, y por la encarnación y la redención nos riega con su sangre, para que podamos crecer y llegar a la madurez. Cuando en el día del juicio llegue el momento de la siega, el que haya madurado por la gracia se alegrará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios, pero el que no haya madurado se convertirá en enemigo, a pesar de que él también ya había sido hijo adoptivo de Dios, y sufrirá el castigo eterno merecido.
Hermanos muy amados, tened esto presente: Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos, con su pasión fundó la santa Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla. Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas partes en medio de tribulaciones.
También ahora, durante cincuenta o sesenta años, desde que la santa Iglesia penetró en nuestra Corea, los fieles han sufrido persecución, y aun hoy mismo la persecución se recrudece, de tal manera que muchos compañeros en la fe, entre los cuales yo mismo, están encarcelados, como también vosotros os halláis en plena tribulación. Si todos formamos un solo cuerpo, ¿cómo no sentiremos una profunda tristeza? ¿Cómo dejaremos de experimentar el dolor, tan humano, de la separación?
No obstante, como dice la Escritura, Dios se preocupa del más pequeño cabello de nuestra cabeza y, con su omnisciencia, lo cuida; ¿cómo por tanto, esta gran persecución podría ser considerada de otro modo que como una decisión del Señor, o como un premio o castigo suyo?
Buscad, pues, la voluntad de Dios y luchad de todo corazón por Jesús, el jefe celestial, y venced al demonio de este mundo, que ha sido ya vencido por Cristo.
Os lo suplico: no olvidéis el amor fraterno, sino ayudaos mutuamente, y perseverad, hasta que el Señor se compadezca de nosotros y haga cesar la tribulación.
Aquí estamos veinte y, gracias a Dios, estamos todos bien. Si alguno es ejecutado, os ruego que no os olvidéis de su familia. Me quedan muchas cosas por deciros, pero, ¿cómo expresarlas por escrito? Doy fin a esta carta. Ahora que está ya cerca el combate decisivo, os pido que os mantengáis en la fidelidad, para que, finalmente, nos congratulemos juntos en el cielo. Recibid el beso de mi amor.
lunes, 19 de septiembre de 2022
Inisiste siempre
Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
No recogéis las descarriadas ni buscáis a las perdidas. En cierta. manera puede
decirse que vivimos en este mundo rodeados de ladrones y de lobos rapaces; por
ello os exhortamos a que, ante tales peligros, no dejéis de orar. Además las
ovejas son rebeldes; si, cuando se descarrían vamos tras ellas, ellas, para
engaño y perdición suya, huyen de nosotros, diciendo: «¿Qué queréis de
nosotras? ¿Por qué nos buscáis?» Como si no fuera un mismo y único motivo el que
nos hace desear tenerlas cercanas y el que nos obliga a buscarlas cuando las
vemos lejos; las deseamos, en efecto, cerca, porque cuando se alejan se
descarrían y se pierden. «Si vivo en el error -dicen-, si camino hacia la
perdición, ¿por qué me buscas?, ¿por qué me deseas?» Precisamente porque vives
en el error quiero llevarte de nuevo al buen camino; porque te estás perdiendo
deseo encontrarte de nuevo.
«Pero yo -dice la oveja- deseo vivir en el error, quiero perecer.» Así pues,
¿quieres vivir en el error y caminar a la perdición? Pues si tú deseas esto, yo,
con mayor ahínco, deseo lo contrario. Y además no dejaré de írtelo repitiendo,
aunque con ello llegue a importunarte, pues escucho al Apóstol que me dice:
Proclama la palabra, insiste con oportunidad o sin ella. ¿A quiénes se anuncia
la buena nueva con oportunidad? ¿A quiénes se les anuncia sin ella? Con
oportunidad se anuncia a quienes desean escucharla, sin oportunidad a quienes no
lo desean. Por
tanto, aunque sea importuno, me atreveré a decirte: «Tú deseas andar por el
camino del error, tú deseas perecer, pero yo deseo todo lo contrario.» Aquel que
puede hacerme temer en el último día no me permite abandonarte; si te abandonara
en tu error, él me increparía, diciéndome: No recogéis las descarriadas ni buscáis a
las perdidas. ¿Acaso piensas que te temeré más a ti que a él? Pues,
todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo.
Iré, por tanto, tras la descarriada, buscaré a la perdida. Lo haré tanto si lo
deseas como si no lo deseas. Y aunque, mientras voy tras ella, las zarzas de las
selvas desgarraren mi carne, estoy dispuesto a pasar por los más difíciles y
estrechos caminos y a penetrar en todos los cercados. Mientras el Señor, el
único a quien temo, me dé fuerzas haré cuanto esté en mi mano. Forzaré a la
descarriada al retorno, buscaré a la perdida. Si quieres que no sufra, no te
descarríes, no te apartes del buen camino. Y aun es poco el dolor que siento al
ver que vas descarriada y en camino de perdición; temo, además, que si a ti te
abandonara daría incluso muerte a las ovejas sanas. Mira, si no, lo que se dice
en el texto a continuación. Maltratáis brutalmente a las fuertes. Si descuido,
pues, a la que se descarría y se pierde, la que está fuerte deseará también
andar por los caminos del error y de la perdición.
sábado, 17 de septiembre de 2022
Ofrece el vendaje del consuelo
Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
El Señor azota, dice la Escritura, a todo el que por hijo acoge.
¿Y tú te atreves a decir: «Quizás a ti no te azotará»? Si a ti no te azota
quedarás sin duda excluido del número de sus hijos. «¿Pero acaso -continuarás
diciendo- azota absolutamente a todos sus hijos?» Sin duda alguna, azota a todos
sus hijos, como azotó a su propio Unigénito. Su Unigénito, en efecto, aquel único
Hijo engendrado de la misma sustancia que el Padre, igual al Padre por su
condición divina, el Verbo, por quien fueron creadas todas las cosas,
no tenía en sí mismo posibilidad de ser probado ni azotado. Pero para poder ser
azotado se revistió de carne. Si, pues, Dios no perdonó ni a su propio Hijo que no
había conocido el pecado, ¿piensas que va a dejar sin pruebas a los hijos adoptivos
que conocieron el pecado? El Apóstol dice, en efecto, que hemos sido hechos hijos
de adopción para ser coherederos del Hijo único, para ser la herencia de él, como
se dice en el salmo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones. De ello nos
da, pues, un ejemplo cuando nos hace participar en los sufrimientos de su Hijo.
Pero, a fin de que el débil no desfallezca al oír hablar de las pruebas que se
avecinan, el pastor no debe ni alentarlo con falsas esperanzas ni atemorizarlo
con miedos indebidos. Debe decirle: Prepárate para las pruebas. Y, si al
oír estas palabras la oveja empieza a desfallecer y a temer hasta tal punto que
ya no se atreve a acercarse, el pastor debe recordarle aquello otro: Fiel es
Dios para no permitir que seáis tentados más allá de lo que podéis. Anunciar
y recordar las pruebas que se avecinan es como curar a las ovejas enfermas;
hablar de la misericordia de Dios, que hace superar las pruebas, al que se asusta
desmesuradamente es como vendar las heridas.
Hay algunos, en efecto, que al oír hablar de pruebas futuras se preparan con mayor
empeño y buscan con qué remediar su debilidad. Creen que no es suficiente la ayuda
que pueden recibir de los fieles y se fortalecen recordando la gloria de los mártires.
Pero hay, en cambio, otros que, al oír hablar de las pruebas futuras que necesariamente
tiene que soportar el cristiano y de las que están exentos los que no lo son, se
descorazonan y claudican.
Ofrece, pues, el vendaje del consuelo y cura a la oveja herida. Dile: «No temas; no te
abandonará en tus pruebas aquel en quien has puesto tu fe. Fiel es Dios para no permitir
que seas tentado más allá de lo que puedes resistir.» No pienses que soy yo quien te
dice esto, lo afirma aquel Apóstol que dice también: ¿Queréis tener pruebas de que
Cristo habla por mí? Por tanto, cuando oyes las palabras que acabas de escuchar oyes
al mismo Cristo, escuchas al pastor que apacienta a Israel. Pues a Israel también se le
dijo: Les diste a comer llanto con medida. Lo que dice el Apóstol: No permitirá
Dios que seáis tentados más allá de lo que podéis, es lo mismo que afirma el profeta
al hablar de un llanto con medida. No abandones, por tanto, al que te corrige y exhorta,
al que te atemoriza y te consuela, al que te hiere y te sana.
viernes, 16 de septiembre de 2022
Una fe generosa y firme
De las Cartas de San Cipriano, obispo y mártir
Cipriano a su hermano Cornelio:
Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el honor de vuestra confesión, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos?
No hay manera de expresar cuán grande ha sido aquí la alegría y el regocijo, al enterarnos de vuestra victoria y vuestra fortaleza: de cómo tú has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de Cristo, y de cómo esta confesión tuya, como cabeza de tu Iglesia, se ha visto a su vez robustecida por la confesión de los hermanos; de este modo, precediéndolos en el camino hacia la gloria, has hecho que fueran muchos los que te siguieran, y ha sido un estímulo para que el pueblo confesara su fe el hecho de que te mostraras tú, el primero, dispuesto a confesarla en nombre de todos; y, así, no sabemos qué es lo más digno de alabanza en vosotros, si tu fe generosa y firme o la inseparable caridad de los hermanos. Ha quedado públicamente comprobada la fortaleza del obispo que está al frente de su pueblo y ha quedado de manifiesto la unión entre los hermanos que han seguido sus huellas. Por el hecho de tener todos vosotros un solo espíritu y una sola voz, toda la Iglesia de Roma ha tenido parte en vuestra confesión.
Ha brillado en todo su fulgor, hermano muy amado, aquella fe vuestra, de la que habló el Apóstol. Él preveía ya en espíritu, esta vuestra fortaleza y valentía, tan digna de alabanza, y pregonaba lo que más tarde había de suceder, atestiguando vuestros merecimientos, ya que, alabando a vuestros antecesores, os incitaba a vosotros a imitarlos. Con vuestra unanimidad y fortaleza, habéis dado a los demás hermanos un magnífico ejemplo de estas virtudes.
Y, teniendo en cuenta que la providencia del Señor nos advierte y pone en guardia y que los saludables avisos de la misericordia divina nos previenen que se acerca ya el día de nuestra lucha y combate, os exhortamos de corazón, en cuanto podemos, hermano muy amado, por la mutua caridad que nos une, a que no dejemos de insistir, junto con todo el pueblo, en los ayunos, vigilias y oraciones. Porque éstas son nuestras armas celestiales, que nos harán mantener firmes y perseverar con fortaleza; éstas son las defensas espirituales y los dardos divinos que nos protegen.
Acordémonos siempre unos de otros, con grande concordia y unidad de espíritu, encomendémonos siempre mutuamente en la oración y prestémonos ayuda con mutua caridad cuando llegue el momento de la tribulación y de la angustia.
jueves, 15 de septiembre de 2022
Estaba de pie junto a la Cruz
De los Sermones de san Bernardo, abad
El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste —dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús— está predestinado por Dios para ser signo de contradicción; tu misma alma —añade, dirigiéndose a María— quedará atravesada por una espada.
En verdad, Madre santa, atravesó tu alma una espada. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús —que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo— hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.
¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?
No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.
Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Éste murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante.
miércoles, 14 de septiembre de 2022
Cruz y exaltación de Cristo
De las Disertaciones de san Andrés de Creta, obispo
Por la cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la cruz, y junto con el Crucificado nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la cruz. Quien posee la cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original.
Porque, sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.
Por esto la cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos, cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo.
La cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria, cuando dice: Ya ha entrado el Hijo del hombre en su gloria, y Dios ha recibido su glorificación por él, y Dios a su vez lo revestirá de su misma gloria. Y también: Glorifícame tú, Padre, con la gloria que tenía junto a ti antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre.» Y, de improviso, se dejaron oír del cielo estas palabras: «Lo he glorificado y lo glorificaré de nuevo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la cruz.
También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuando dice: Yo, cuando sea levantado en alto, atraeré a mí a todos los hombres. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo.
martes, 13 de septiembre de 2022
Soy cristiano y obispo, dijo san Agustín
Comienza el Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
No es la primera vez que me oís hablar de aquella esperanza, fundada en Cristo,
en la que tenemos nuestra única gloria verdadera y saludable, pues vosotros
formáis parte del rebaño que tiene por pastor a aquel que cuida y apacienta a
Israel. Sin embargo, como no faltan pastores a quienes les gusta el nombre de
pastor, pero no cumplen, en cambio, con las obligaciones del pastor, no estará
mal que recordemos lo que dice el Señor por boca del profeta sobre esos tales.
Escuchadlo con atención, atendamos todos con temor.
El Señor me dirigió la palabra en estos términos «Hijo de hombre, profetiza
contra los pastores de Israel, diciéndoles.» Acabamos de escuchar la lectura
que se nos ha proclamado, y por ello debo decir algo para comentarla. Dios me
ayudará para que diga cosas verdaderas, si yo, por mi parte, no pretendo
exponer mis propias ideas. Porque si os propusiera mis ideas, también yo sería
de aquellos pastores que, en lugar de apacentar las ovejas, se apacientan a sí
mismos. Si, en cambio, hablo no de mis pensamientos, sino, exponiendo la
palabra del Señor, es el Señor quien os apacienta por mediación mía. Esto dice
el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son
las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?; es como si se dijera: «Los
pastores no deben apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas.» Ésta es la
primera causa por la que el profeta reprende a tales pastores, porque se
apacientan a sí mismos y no a las ovejas. ¿Y quiénes son, pues, aquellos
pastores que se apacientan a sí mismos? Sin duda alguna son aquellos de los que
el Apóstol afirma: Todos buscan sus intereses personales, no los de Cristo
Jesús.
El Señor, no según mis merecimientos, sino según su infinita misericordia, ha
querido que yo ocupara este lugar y me dedicara al ministerio pastoral; por ello
debo tener presente dos cosas, distinguiéndolas bien, a saber: que por una parte
soy cristiano y por otra soy obispo. El ser cristiano se me ha dado como don
propio; el ser obispo, en cambio, lo he recibido para vuestro bien.
Consiguientemente, por mi condición de cristiano debo pensar en mi salvación, en
cambio, por mi condición de obispo debo ocuparme de la vuestra.
En la Iglesia hay muchos que, siendo cristianos pero sin ser prelados, llegan a
Dios; ellos andan, sin duda, por un camino tanto más fácil y cara un proceder
tanto menos peligroso cuanto su carga es más ligera. Yo, en cambio, además de
ser cristiano, soy obispo; por ser cristiano deberé dar cuenta a Dios de mi
propia vida, por ser obispo deberé dar cuenta de mi ministerio.
lunes, 12 de septiembre de 2022
Para mí la vida es Cristo
De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo
Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo; de modo que nada podemos llevarnos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza.
¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad ¿no estará presente el Señor? Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo.
Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: «Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga.» Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también.
Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunirnos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo.
Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro.
domingo, 11 de septiembre de 2022
Tenemos la capacidad de decidir
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
En el evangelio de hoy hay tres parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida y la del hijo pródigo. Con estas tres parábolas Jesús intenta decirle a los fariseos y los escribas que murmuraban contra él que está siempre cercano del que necesita salvarse y convertirse, por lo tanto, de aquellos que se creen más justos e inmaculados y que se creen con el derecho de juzgar a todos, no está tan cerca. Las murmuraciones de los que se creen mejores que otros son una gran falta de caridad hacia el hermano, y, sobre todo, caer en el pecado de la soberbia de creer que puedo juzgar y condenar lo que los demás hacen, sin saber el por qué o para qué.
Además, me parece muy significativo tener las tres parábolas unidas para descubrir cómo es la actitud del pastor, de la mujer y del padre, los protagonistas de las parábolas. Tanto el pastor como la mujer salen a buscar lo que se les perdió: la oveja y la moneda, por ser un animal sin capacidad de razonar, o una cosa material, se los sale a buscar pues no han tenido libertad para perderse. En cambio, en cuanto el hijo decide irse de su casa no sale el padre a buscarlo, sino que se queda a esperarlo. ¿Por qué? Porque el hijo ha tomado una decisión libre de alejarse de la casa paterna y de vivir su vida como él quiere.
Así podemos darnos cuenta qué papel juega la libertad y la capacidad de razonar en nosotros mismos: si nos alejamos no esperes que te vayan a buscar, quizás te esperen como el padre al hijo, pero eres tú quien tiene la capacidad de discernir y asumir tus propios actos. A veces nos quedamos esperando que otros hagan lo que nosotros tenemos que hacer, y, por eso mismo, Jesús nos propone estas parábolas para descubrir que está en nuestra capacidad de razonar, discernir y decidir qué estilo de vida queremos vivir.
El Padre, por medio del Hijo, nos ha presentado un estilo de vida: ser cristiano, pero somos nosotros quienes tenemos la capacidad de decidir si queremos o no vivir ese estilo de vida. Por eso mismo nos dice: que tu Sí sea Sí y que tu No sea No. Si te decides a vivir ¡vive! Sino no hagas pantomimas con la vida cristiana, pues los incoherentes son los que más daño hacen, porque no ayudan a descubrir un Camino sino que lo van destruyendo con su ejemplo y palabras.
sábado, 10 de septiembre de 2022
Estás dividido?
"¿Por qué me llamáis "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo?
Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida".
¿Cuándo nos damos cuenta que nuestra fe no está edificada sobre la Roca que es Cristo? Porque cuando llegan las tempestades de la vida nos hundimos, cuestionamos al Señor, perdemos la esperanza y, sobre todo, perdemos la fe.
Cuando todo se nos vuelve oscuro e incierto es en ese momento donde se ve si realmente estamos bien cimentados en nuestra fe, porque es en ese momento donde la esperanza y la confianza en la Providencia se hace visible, y, a pesar del dolor, la tristeza o la oscuridad seguimos seguros caminando en el Señor.
Por que es fácil decir que somos cristianos cuando no vivimos en la Voluntad de Dios, sino que nos dejamos llevar por los dioses de este mundo, y, más aún, por las costumbres morales de este mundo. Por eso le decía san Pablo a los corintios (aunque nos parezcan palabras muy fuertes):
"¿Qué quiero decir? ¿Que las víctimas sacrificadas a los ídolos son algo o que los ídolos son algo? No, sino que los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios, y no quiero que os unáis a los demonios. No podéis beber del cáliz del Señor y del cáliz de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios".
Cuando nuestro corazón está dividido los momentos difíciles y de cruz hacen que terminemos de derribarnos, pero si nuestro corazón está sólido en el Señor, nada nos podrá derribar, ni quitar la esperanza ni la alegría de seguir siendo Fieles.
viernes, 9 de septiembre de 2022
Por qué corres?
"¿No sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corred así: para ganar.
Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita".
Cuando en nuestra vida hay un gran propósito a alcanzar no dudamos en privarnos de cosas: tiempo, dinero, fiestas, o lo que sea. Si miramos a nuestro alrededor hasta vemos cómo hay familias que se privan de estar unidas por alcanzar una meta económica, un buen pasar y un ahorro que les permita estar mejor. Si miramos al otro lado vemos cómo hay otros tantos que hasta dejan que se pase el tiempo, los años, por estar viviendo "la buena vida" y, como decimos, sin sentar cabeza, hasta que ya es tarde para hacerlo.
En realidad todo lo que hacemos es con un propósito, para un fin que, en definitiva, cuando lo analizamos y optamos por el, lo vemos como bueno e ideal, y, luego aceptamos los desafíos y las renuncias que tenemos que hacer para tal o cual fin.
Así es lo que nos propone san Pablo: que nuestro propósito no sea sólo humano o mundano, sino que vayamos más allá: alcanzar la santidad de vida, y por eso dejar de vivir pendientes del mundo y buscar los bienes de allá arriba que son los que le dan más valor y sentido a nuestras vidas, e, incluso, nos la hacen disfrutar mejor.
Es cierto que en el mundo de hoy disfrutar de la vida signifique, muchas veces, y para muchos, desperdiciarla con botellones, sexo y fiestas por doquier; para otros, quizás significará gastar horas de trabajo y más trabajo para alcanzar un mejor puesto y mejores ingresos; otros también se desviven por tener un físico que sea el perfecto y que pueda encandilar a los demás; pero son pocos los que renuncian a las cosas del mundo por comenzar a vivir lo que creen: el llamado a la santidad.
Tenemos miedo de que se nos pida renunciar a los placeres del mundo y por eso no nos animamos a mirar si Dios nos pide algo más de lo que estamos haciendo o viviendo, o, si, en cambio, lo que Dios nos pide es mejor de lo que estamos viviendo o haciendo. ¿No te has puesto a pensar que la carrera a la que te invita san Pablo es mejor que la carrera en la cual gastas tu vida en vano por alcanzar una meta que no te satisface interiormente?
jueves, 8 de septiembre de 2022
Hágase!
En casi todo el mundo se celebra hoy el Nacimiento de la Virgen María, un acontecimiento que nos lleva a pensar en Ella, la Madre, con sus diferentes advocaciones y nombres, pero una Única Madre de Dios y Madre nuestra: María.
Y si pensamos en María no podemos, o, por lo menos yo, dejar de pensar en lo que fue y es para la Humanidad toda, aunque muchos no crean ni confíen en Ella como la Madre del Hijo de Dios, Madre de Dios y Madre nuestra.
Pero aunque no crean Ella sigue actuando igual porque no hace discriminación entre los hijos que le dio su Hijo en la Cruz, porque Jesús no le dijo a estos sí y a estos no, y aunque se lo hubiera dicho, una Madre no hace distinción entre los hijos, aunque sí se ocupa más de aquellos que más la necesitan, y, muchas veces, de aquellos que menos la quieren o menos le agradecen, pues el amor de la Madre va más allá del agradecimiento de los hijos.
Pero, también pensaba (a veces lo hago) en lo que ha sido María para la historia de la humanidad, porque si Ella no hubiera dado un sí a Dios en aquél día de Nazaret todo hubiera seguido igual. Sin embargo abrió su corazón de para en par a la Voluntad de Dios y así, por su mediación, la historia se partió en dos: un antes y un después de Cristo, con lo que ello significa para el Hombre. Sí, porque al encarnarse el Hijo de Dios en el seno de María, la historia del hombre comenzó a ser historia de salvación, y el Cielo comenzó a estar en la tierra.
Hace un rato en la misa decía que si nosotros, como María, despejamos nuestro corazón de nuestro YO y dejáramos, como Ella, obrar a Dios de un modo absoluto ¡cuanto no podría hacer Dios!? Por eso siempre tienen que quedar sus palabras dando vueltas en nuestra cabeza, pero sobre todo en nuestro corazón: he aquí la esclava del Señor ¡hágase en mí según tu Palabra!
martes, 6 de septiembre de 2022
Paños fríos o calientes?
"¿No os da vergüenza? ¿Es que no hay entre vosotros ningún entendido que sea capaz de arbitrar entre dos hermanos?
No señor, un hermano tiene que estar en pleito con otro, y además entre gentiles.
Desde cualquier punto de vista ya es un fallo que haya pleitos entre vosotros".
Pleitos, discusiones, desaveniencias, rencores, dejar de hablar, dar vuelta la cara... y una larga lista de actitudes que son totalmente anti-evangélicas podríamos agregar a esta exhortación de san Pablo.
Hay gente a la que le gusta entrar en discusión, generar pelitos entre hermanos, en definitiva, sembar cizaña entre los miembros de la familia, o entre amigos, o entre la misma comunidad cristiana.
¿No nos da vergüenza andar siempre sembrando discordia? ¿Por qué no nos dejamos de tonterías y hacemos las cosas como debemos? ¡Ah! Claro, el pecado original que vive en nosotros es el que no nos deja en paz. Sí, sería un buen argumento. Pero también sabemos que el Espíritu Santo reside en nosotros, pero ¡a ese no le hacemos tanto caso! Es mejor afirmarnos en nuestros propios argumentos para ver si podemos hacer lo que queremos al costo que sea.
Y no sólo es el pecado original el que nos lleva a hacer lo que no debemos, sino que es que tampoco educamos nuestro temperamento para poder no llegar a entablar discusiones o pleitos con los hermanos. Ni, tampoco, somos capaces de poner paños fríos ante una discusión, sino que, a veces, nos gusta echar más leña al fuego.
Y todo eso, o mejor dicho, nada de eso forma parte de lo que Jesús nos enseñó, sino todo lo contrario.
Ver, muchas veces, a hermanos que discuten por tonterías en nuestras filas te da vergüenza ajena, porque te das cuenta que el apetito de poder, el creerme dueño de tal o cual cosa, aunque sea un florero lleno de mugre hace que tenga poder ¡mentira! tendrías poder si en lugar de generar una discusión pusiera calma y paz. ¡Pero no! haces lo contrario con tal de quedarte con tu verdad o con tu poder.
Y termina san Pablo diciendo:
"¿No estaría mejor sufrir la injusticia? ¿No estaría mejor dejarse robar?
En cambio, sois vosotros los injustos y los ladrones, y eso con hermanos vuestros.
¿No sabéis que ningún malhechor heredará el reino de Dios?".
lunes, 5 de septiembre de 2022
Mucha paz tienen los que aman tus leyes
Del Sermón de san León Magno, papa, Sobre las bienaventuranzas
Con toda razón se promete a los limpios de corazón la bienaventuranza de la
visión divina. Nunca una vida manchada podrá contemplar el esplendor de la luz
verdadera, pues aquello mismo que constituirá el gozo de las almas limpias será
el castigo de las que estén manchadas. Que huyan, pues, las tinieblas de la
vanidad terrena y que los ojos del alma se purifiquen de las inmundicias del
pecado, para que así puedan saciarse gozando en paz de la magnífica visión de
Dios.
Pero para merecer este don es necesario lo que a continuación sigue: Dichosos
los que obran la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Esta
bienaventuranza, amadísimos, no puede referirse a cualquier clase de concordia o
armonía humana, sino que debe entenderse precisamente de aquella a la que alude
el Apóstol cuando dice: Estad en paz con Dios, o. a la que se refiere el profeta
al afirmar: Mucha paz tienen los que aman tus leyes, y nada los hace tropezar.
Esta paz no se logra ni con los lazos de la más íntima amistad ni con una
profunda semejanza de carácter, si todo ello no está fundamentado en una total
comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Una amistad fundada en
deseos pecaminosos, en pactos que arrancan de la injusticia y en el acuerdo que
parte de los vicios nada tiene que ver con el logro de esta paz. El amor del
mundo y el amor de Dios no concuerdan entre sí, ni puede uno tener su parte
entre los hijos de Dios si no se ha separado antes del consorcio de los que
viven según la carne. Mas los que sin cesar se esfuerzan por mantener la unidad
del Espíritu, con el vínculo de la paz, jamás se apartan de la ley divina,
diciendo, por ello, fielmente en la oración: Hágase tu voluntad en la tierra
corno en el cielo.
Éstos son los que obran la paz, éstos los que viven santamente unánimes y
concordes, y por ello merecen ser llamados con el nombre eterno de hijos de Dios
y coherederos, de Cristo; todo ello lo realiza el amor de Dios y el amor del
prójimo, y de tal manera lo realiza que ya no sienten ninguna adversidad ni
temen ningún tropiezo, sino, que, superado el combate de todas las tentaciones,
descansan tranquilamente en la paz de Dios, por nuestro Señor Jesucristo, que
con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.
domingo, 4 de septiembre de 2022
Podré seguirlo?
“Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío”.
Se podría pensar que las exigencias de Jesús van en contra de los mandamientos, porque en los mandamientos se nos pide honrar al padre y a la madre, e incluso se nos dice que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. ¿En serio va en contra de los mandamientos las exigencias de Jesús para seguirlo? Sería muy loco pensarlo así.
Lo mejor es pensarlo en positivo, porque siempre Él nos pide pensar en positivo las exigencias que nos pide vivir. Y ¿cómo pensar en positivo semejante exigencia? Porque no quiere decir que no honremos a nuestros padres y familia, o que cuidemos de ellos, o que no nos amemos a nosotros mismos, pues si no nos amamos a nosotros, dudo que podamos amar a los demás. Pero sí tenemos que entender que ni nuestros padres, familias, o nosotros mismos tienen que ser un impedimento para aceptar las exigencias del Evangelio. Pues seguir a Cristo no quiere sólo decir que tengamos que decir que somos cristianos, sino vivir como Cristo, es decir: “no he venido a hacer mi voluntad sino la del que me envió”
Y, si estamos atados a nuestra familia o a nuestros propios proyectos, no vamos a poder decir que Sí a la Voluntad de Dios cuando vaya en contra de lo que pienso, de lo que quiero, o de lo que me digan. Por eso, antes de todo en el Evangelio se nos presenta una imagen muy bella y difícil: la voz de María diciéndole al Ángel: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
Y a partir de ahí comenzó esta historia que hoy llega hasta nosotros y que. nos pide que podamos tener el mismo valor y espíritu de entrega de María, pues es el mismo de Jesús: hacer la Voluntad del Padre, sin mirar lo que quiere mi familia o lo que quiero yo mismo, pues he aprendido que ser Fiel a la Vida que el Padre me ha regalado y que he decidido seguir al aceptar el cristianismo, es el mejor camino para mí.
Es por ello por lo que Jesús no nos anduvo dando vueltas para decir qué debíamos hacer para seguirlo, cuáles eran sus condiciones sin las cuales no podíamos alcanzar la plenitud de nuestra vida. Si queremos seguirlo, estas son las condiciones, si no las aceptamos entonces no somos verdaderos cristianos, si anteponemos nuestro yo o lo que piensen los nuestros antes de lo que me pide Dios… es para pensar…
sábado, 3 de septiembre de 2022
No seas engreído
"Hermanos:
Aprended de Apolo y de mí a jugar limpio y no os engriáis el uno contra el otro. A ver, ¿quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?".
¡Que difícil es no engreírnos cuando nos va todo bien!
¡Qué difícil es no engreirnos cuando hemos alcanzado lo que queremos!
¡Qué difícil es no engreirnos cuando nos caemos de nuestro propio pedestal!
Por que, también, hay quienes no dejan de ser engreídos cuando se han caído de su propio pedestal. Un pedestal que nos vamos construyendo ladrillo a ladrillo, pues así somos cuando no tenemos en cuenta que en nosotros sigue estando la espina del pecado original.
Creernos los mejores (según el temperamento de cada uno) es uno de los primeros pasos que nos enseña el pecado origianl, y por eso, en seguida, comenzamos a creer que todo lo hacemos mejor que los demás, que nadie puede hacer las cosas como yo, y así me voy dando diversos títulos que, según yo, creo que me vienen muy bien: juez y verdugo de los demás, autosuficiente y dictador, poderoso y dueño de todo, etc. etc.
Y, como dice san Pablo: ¿tienes algo que no hayas recibido? ¿quien te ha dado lo que tienes? ¿quién te ha enseñado los primeros pasos para comenzar a camiinar? ¿estás seguro que no vas a necesitar a nadie en tu vida? ¿de quien son todas las posesiones que dice que son tuyas? ¿a dónde te las vas a llevar cuando el Señor te llame a juicio?
¡Qué difícil es no engreirse y ponerse frente a los otros como el mejor!
Y ante estos pensamientos viene a mi cabeza una hermosa canción que nos sirve para seguir meditando:
Señor, mi corazón no está engreído
Mis ojos no pretenden ser soberbios
No voy por un camino de grandeza
Sencillo y escondido es mi sendero
No busco maravillas ni prodigios
Pues me conozco y sé que soy pequeño
Mantengo el corazón en paz contigo
Y mi alma está tranquila y en silencio, y en silencio
Señor te revelaste como Padre
Desde mi pequeñez yo te contemplo
Un niño en el regazo de su madre
Parece mi alma dentro de mi pecho
Pues tú le das respuesta a mis temores
Trayendo la certeza de lo eterno
Un niño en los brazos de su padre
Descansa y se abandona sin recelos
Así también me basta tu presencia
Para colmar en mi alma todo anhelo, todo anhelo.
viernes, 2 de septiembre de 2022
No te dejes engañar
"La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor.
Así, pues, no juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece".
Muchas veces nos hacemos problemas por lo que los demás piensen o digan de nosotros, como si a uno lo definiera lo que los demás digan o piensen. Ese no es el problema. El problema es que me deje llevar y crea lo que los demás digan o piensen de mí. Es nuestra conciencia quien nos juzga y nos condena, más que lo que dicen o hacen los demás.
Cuando no hemos madurado en nuestra personalidad y sólo nos adaptamos a lo que los demás quieren de mí, entonces dejo a la conciencia que solo se guíe por lo que digan o piensen los demás, pero tengo que saber que eso no es lo que debo hacer, ni es el mejor método para madurar y vivir.
Cada uno de nosotros es único e irrepetible, y para madurar neceisto conocerme y ser fiel a lo que el Padre quiere de mí, por eso necesito no dejarme llevar por los demás, sino por lo que el Padre quiere. Conocerme interiormente y saber que lo que hago, digo o vivo es porque lo he discernido frente al Señor, porque he buscado su Voluntad y he intentado vivirla lo mejor posible.
Que hay errores, tropiezos y caídas ¡por supuesto! pero no esas cosas las que van a definir mi vida, sino los valores, los dones, los talentos, el esfuerzo que haga para construir lo que el Padre quiere en mí.
Los demás seguramente van a ver los errores y caídas, y se van a agarrar de eso para juzgarme y condenarme, pero tengo que saber que el Padre no sólo ve eso, sino que ve lo profundo de mi corazón, y aunque, a veces, no pueda salir del barro, Él me dirá como a san Pablo: ""te basta mi Gracia", y esa Gracia será la que me ayude a salir de esa situación y a buscar caminos de crecimiento y maduración.
"Así, pues, no juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece".
No sólo no juzgues a los demás, sino tampoco te juzgues tú sin misericordia, pues el Padre usa de misericordia cuando te mira y cuando intenta mostrarte el Camino para la salvación. No te condenes, pues tienes un Justo Juez en el Cielo que vela por ti, y busca, constantemente, como ayudarte para seguir siendo Fiel a la Voluntad de Dios.
jueves, 1 de septiembre de 2022
Cómo pescar?
"Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio".
"Jesús dijo a Simón:
«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Hoy se me ocurrió unir estas dos frases, de san Pablo y de Jesús, pues esa es nuestra misión: ser pescadores de hombres que se creen sabios, pero los tenemos que "pescar" con la sabiduría de Dios y no la de los hombres.
Hoy no somos pocos los que nos formamos en la filosofía, en la teología, en la psicología, en la liturgia, en esto, en aquello, y vamos teniendo títulos de todos los colores y de todos los tamaños, pero en lo único que no nos formamos es en la verdadera sabiduría de Dios: la ciencia de la Cruz.
Como el hombre de hoy está tan bien informado, y estudia de todo, creemos que para enseñarles el evangelio también tenemos que tener todas las respuestas habidas y por haber para poder responder a todos los interrogantes que se nos plantean desde el mundo del siglo XXI. Pero ¿es necesario?
Si alguien quiere entender entenderá el lenguaje del evangelio. Si alguien busca, verdaderamente, a Dios escuchará el mensaje de Jesús. Pero si no buscan entender ni quieren encontrar, por más que le hables en todos los idiomas conocidos y les des todas las respuestas que existen en los Tratados acerca del Misterio de Dios, nunca entenderán y nunca encontrarán.
Por eso nos hace mucha falta hincar las rodillas frente al Misterio de la Cruz y dejar que la Luz del Corazón de Jesús ilumine nuestros corazones y nuestras mentes para poder iluminar no con sabiduría humana, sino con el Amor Divino.
No es con la razón con lo que Jesús llegó al corazón de los hombres, sino con la compasión, la misericordia, el perdón, y sobre todo, con la autencidad de sus palabras que estaban sostenidas por el ejmplo de su vida. La coherencia de vida de Jesús, entre sus palabras y sus acciones, llegaron al corazón de los que querían oír y podían decir: nunca nadie habló con tanta autoridad.
Así que no busquemos las respuestas en los libros, sino que dejemos que la Palabra ilumine nuestro corazón y nos ayude a vivir lo que queremos anunciar y predicar.