domingo, 31 de octubre de 2021
No estás lejos...
sábado, 30 de octubre de 2021
El Amigo nacio de la Virgen
De los sermones de san Proclo de Constantinopla, obispo
Alégrense los cielos, y las nubes destilen la justicia, porque el Señor se ha
apiadado de su pueblo. Alégrense los cielos, porque, al ser creados en el
principio, también Adán fue formado de la tierra virgen por el Creador,
mostrándose como amigo y familiar de Dios. Alégrense los cielos, porque ahora,
de acuerdo con el plan divino, la tierra ha sido santificada por la encarnación
de nuestro Señor, y el género humano ha sido liberado del culto idolátrico. Las
nubes destilen la justicia, porque hoy el antiguo extravío de Eva ha sido
reparado y destruido por la pureza de la Virgen María y por el que de ella ha
nacido, Dios y hombre juntamente. Hoy el hombre, cancelada la antigua condena,
ha sido liberado de la horrenda noche que sobre él pesaba.
Cristo ha nacido de la Virgen, ya que de ella ha tomado carne, según la libre
disposición del plan divino: La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros;
por esto la Virgen ha venido a ser madre de Dios. Y es virgen y madre al mismo
tiempo, porque ha dado a luz a la Palabra encarnada, sin concurso de varón; y
así, ha conservado su virginidad por la acción milagrosa de aquel que de este
modo quiso nacer. Ella es madre, con toda verdad, de la naturaleza humana de
aquel que es la Palabra divina, ya que en ella se encarnó, de ella salió a la
luz del mundo, identificado con nuestra naturaleza, según su sabiduría y
voluntad con las que obra semejantes prodigios. De ellos procede según la carne
Cristo, como dice san Pablo.
En efecto, él fue, es y será siempre el mismo; mas por nosotros se hizo hombre;
el amigo de los hombres se hizo hombre sin sufrir por eso menoscabo alguno en su
divinidad. Por mí se hizo semejante a mí, se hizo lo que .no era aunque
conservando lo que era. Finalmente, se hizo hombre para cargar sobre sí el
castigo por nosotros merecido y hacernos de esta manera capaces de la adopción
filial y otorgamos aquel reina, del cual pedimos que nos haga dignos la gracia y
misericordia del Señor Jesucristo, al cual junto con el Padre y el Espíritu
Santo, pertenece la gloria, el honor y el poder, ahora y siempre y por los
siglos de los siglos. Amén.
viernes, 29 de octubre de 2021
La Palabra de Dios es viva y eficaz
De los Tratados de Balduino de Cantorbery, obispo
La palabra de Dios es viva, eficaz y tajante más que espada de dos filos. Los que
buscan a Cristo, palabra, fuerza y sabiduría de Dios, descubren por esta expresión de la
Escritura toda la grandeza, fuerza y sabiduría de aquel que es la verdadera palabra dé
Dios y que existía ya antes del comienzo de los tiempos y, junto al Padre, participaba
de su misma eternidad. Cuando llegó el tiempo oportuno, esta palabra fue revelada a los
apóstoles, por ellos el mundo la conoció y el pueblo de los creyentes la recibió con
humildad. Esta palabra existe, por tanto, en el seno del Padre, en la predicación de
quienes la proclaman y en el corazón de quienes la aceptan.
Esta palabra de Dios es viva, ya que el Padre le ha concedido poseer la vida en sí misma,
como el mismo Padre posee la vida en sí mismo. Por lo cual hay que decir que esta palabra
no sólo es viva, sino que es la misma vida, como afirma el propio Señor, cuando dice:
Yo soy el camino, la verdad y la vida. Precisamente porque esta palabra es la vida
es también viva y vivificante; por esta razón está escrito: Lo mismo que el Padre resucita
a los muertos, devolviéndoles la vida, así también el Hijo dispensa la vida a los que quiere.
Es vivificante cuando llama a Lázaro del sepulcro, diciendo al que estaba muerto: Lázaro, sal
fuera.
Cuando esta palabra es proclamada, la voz del predicador resuena exteriormente pero su fuerza
es percibida interiormente y hace revivir a los mismos muertos, y su sonido engendra para la
fe nuevos hijos de Abraham. Es, pues, viva esta palabra en el corazón del Padre, viva en los
labios del predicador, viva en el corazón del que cree y ama. Y si de tal manera es viva, es
también, sin duda, eficaz.
Es eficaz en la creación del mundo, eficaz en el gobierno del universo, eficaz en la redención
de los hombres. ¿Qué otra cosa podríamos encontrar más eficaz y más poderosa que esta palabra?
¿Quién podrá contar las hazañas de Dios, pregonar toda su alabanza? Esta palabra es eficaz
cuando actúa y eficaz cuando es proclamada; jamás vuelve vacía, sino que siempre produce fruto
cuando es enviada.
Es eficaz y tajante más que espada de dos filos para quienes creen en ella y la aman.
¿Qué hay, en efecto, imposible para el que cree o difícil para el que ama? Cuando esta palabra
resuena, penetra en el corazón del creyente como sise tratara de flechas de arquero afiladas;
y lo penetra tan profundamente que atraviesa hasta lo más recóndito del espíritu; por ello se dice
que es más tajante que una espada de dos filos, más incisiva que todo poder o fuerza, más sutil que
toda agudeza humana, más, penetrante que toda la sabiduría y todas las palabras de los, doctos.
jueves, 28 de octubre de 2021
Como me envió mi Padre, así os envío Yo
Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan
Nuestro Señor Jesucristo instituyó a aquellos que habían de
ser guías y maestros de todo el mundo y administradores de sus divinos misterios,
y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no sólo el país de
los judíos, sino también a todos los países que hay bajo el sol, a todos los
hombres que habitan la tierra entera. Es verdad lo que afirma la Escritura:
Nadie se arroga este honor; sólo lo toma aquel que es llamado por Dios.
Fue, en efecto, nuestro Señor Jesucristo el que llamó a sus discípulos a la gloria
del apostolado, con preferencia a todos los demás.
Aquellos bienaventurados discípulos fueron columnas y fundamento de
la verdad; de ellos afirma el Señor que los envía como el Padre lo ha enviado a él,
con las cuales palabras, al mismo tiempo que muestra la dignidad del apostolado y
la gloria incomparable de la potestad que les ha sido conferida, insinúa también,
según parece, cuál ha de ser su estilo de obrar.
En efecto, si el Señor tenía la convicción de que había de enviar a
sus discípulos como el Padre lo había enviado a él, era necesario que ellos, que
habían de ser imitadores de uno y otro, supieran con qué finalidad el Padre había
enviado al Hijo. Por esto, Cristo, exponiendo en diversas ocasiones las
características de su propia misión, decía: No he venido a invitar a los justos
a que se arrepientan, sino a los pecadores. Y también: He bajado del cielo
no para hacer mi voluntad, sino para cumplir la voluntad de aquel que me ha enviado.
Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por
medio de él.
De este modo resume en pocas palabras la regla de conducta de los
apóstoles, ya que, al afirmar que los envía como el Padre lo ha enviado a él, les da
a entender que su misión consiste en invitar a los pecadores a que se arrepientan y
curar a los enfermos de cuerpo y de alma, y que en el ejercicio de su ministerio no
han de buscar su voluntad, sino la de aquel que los ha enviado, y que han de salvar
al mundo con la doctrina que de él han recibido. Leyendo los Hechos de los apóstoles
o los escritos de san Pablo, nos damos cuenta fácilmente del empeño que pusieron los
apóstoles en obrar según estas consignas recibidas.
miércoles, 27 de octubre de 2021
Sigamos la senda de la Verdad
De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios
Revistámonos de concordia, manteniéndonos en la humildad y en la continencia,
apartándonos de toda murmuración y de toda crítica y manifestando nuestra
justicia más por medio de nuestras obras que con nuestras palabras. Porque
está escrito: ¿Va a quedar sin respuesta tal palabrería?, ¿va a tener
razón el charlatán?
Es necesario, por tanto, que estemos siempre dispuestos a obrar el bien, pues
todo cuanto poseemos nos lo ha dado Dios. Él, en efecto, ya nos ha prevenido
diciendo: Mirad, el Señor Dios llega con poder, y con él viene su salario y su
recompensa lo precede y paga a cada hombre según sus acciones. De esta forma,
pues, nos exhorta a nosotros, que creemos en él con todo nuestro corazón, a que,
sin pereza ni desidia, nos entreguemos al ejercicio de las buenas obras. Nuestra
gloria y nuestra confianza estén siempre en él; vivamos siempre sumisos a su
voluntad y pensemos en la multitud de ángeles que están en su presencia, siempre
dispuestos a cumplir sus órdenes. Dice, en efecto, la Escritura: Miles de
millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él y
gritaban, diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos, llena
está la tierra de su gloria!»
Nosotros, pues, también con un solo corazón y con una sola voz, elevemos el
canto de nuestra común fidelidad, aclamando sin cesar al Señor, a fin de tener
también nuestra parte en sus grandes y maravillosas promesas. Porque él ha
dicho: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios
ha preparado para los que lo aman.
¡Qué grandes y maravillosos son, amados hermanos, los dones de Dios! La vida en
la inmortalidad, el esplendor en la justicia, la verdad en la libertad, la fe en
la confianza, la templanza en la santidad; y todos estos dones son los que están
va desde ahora al alcance de nuestro conocimiento. ¿Y cuáles serán, pues, los
bienes que están preparados para los que lo aman? Solamente los conoce el
Artífice supremo, el Padre de los siglos; sólo él sabe su número y su belleza.
Nosotros, pues, si deseamos alcanzar estos dones procuremos, con todo ahínco,
ser contados entre aquellos que esperan su llegada. ¿Y cómo podremos lograrlo,
amados hermanos? Uniendo a Dios nuestra alma con toda nuestra fe, buscando
siempre con diligencia lo que es grato y acepto a sus ojos, realizando lo que
está de acuerdo con su santa voluntad, siguiendo la senda de la verdad y
rechazando de nuestra vida toda injusticia.
martes, 26 de octubre de 2021
Dios no cesa de alentarnos
De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios
Consideremos, amadísimos hermanos, cómo Dios no cesa de alentarnos con la
esperanza de una futura resurrección, de la que nos ha dado ya las primicias al
resucitar de entre los muertos al Señor Jesucristo. Estemos atentos, amados
hermanos, al mismo proceso natural de la resurrección que contemplamos todos los
días: el día y la noche ponen ya ante nuestros ojos como una imagen de la
resurrección: la noche se duerme, el día se levanta; el día termina, la noche lo
sigue. Pensemos también en nuestras cosechas: ¿Qué es la semilla y cómo la
obtenemos? Sale el sembrador y arroja en tierra unos granos de simiente, y lo
que cae en tierra, seco y desnudo, se descompone; pero luego, de su misma
descomposición, el Dueño de todo, en su divina providencia, lo resucita, y de un
solo grano saca muchos y cada uno de ellos lleva su fruto.
Tengamos, pues, esta misma esperanza y unamos con ella nuestras almas a aquel
que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. Quien nos prohibió mentir
ciertamente no mentirá, pues nada es imposible para Dios, fuera de la mentira.
Reavivemos, pues, nuestra fe en él y creamos que todo está, de verdad, en sus
manos.
Con una palabra suya creó el universo y con una palabra lo podría también
aniquilar. ¿Quién podría decirle:
«Qué has hecho»? O ¿quién podrá resistir la fuerza de su brazo? Él lo hace todo
cuando quiere y como quiere y nada dejará de cumplirse de cuanto él ha
decretado. Todo está presente ante él y nada se opone a su querer, pues el cielo
proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día
al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo murmura; sin que hablen,
sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón.
Siendo, pues, así que todo está presente ante él y que él todo lo contempla,
tengamos temor de ofenderlo y apartémonos de todo deseo impuro de malas
acciones, a fin de que su misericordia nos defienda en el día del juicio. Porque
¿quién de nosotros podría huir de su poderosa mano? ¿Qué mundo podría acoger a
un desertor de Dios? Dice, en efecto, en cierto lugar, la Escritura: ¿A dónde iré
lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. ¿En qué lugar, pues, podría
alguien refugiarse para escapar de aquel que lo envuelve todo?
Acerquémonos, por tanto, al Señor con un alma santificada, levantando hacia él
nuestras manos puras e incontaminadas; amemos con todas nuestras fuerzas al que
es nuestro Padre, amante y misericordioso, y que ha hecho de nosotros su pueblo
de elección.
miércoles, 20 de octubre de 2021
Me pondré de centinela
De los Sermones de san Bernardo, abad
Leemos en el Evangelio que, predicando en cierta ocasión el Salvador y
habiendo afirmado que daría a comer su carne sacramental para que así sus
discípulos pudieran participar de su pasión, algunos exclamaron: ¡Duras son
estas palabras! Y se alejaron de él. A vista de ello, preguntó el Señor a sus
discípulos si también ellos querían dejarlo; ellos entonces respondieron:
Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna.
Pues bien, hermanos, es manifiesto que en nuestros días las. palabras, de Jesús
son también espíritu y vida para algunos y, por ello, éstos lo siguen; pero, en
cambio, a otros estas mismas, palabras les parecen duras, por lo cual no faltan
quienes van a buscar, en otra parte un consuelo miserable. La sabiduría no deja
de levantar su voz en las plazas, anunciando que el camino que conduce a la
muerte es ancho y espacioso, a fin de que cuantos andan por él vuelvan sobre sus
pasos.
Durante cuarenta años -dice- aquella generación me repugnó, y dije:
«Es un pueblo de corazón extraviado.»
Y en otro salmo añade: Una sola vez habló Dios; es cierto que Dios habló una
sola vez, pues está hablando siempre, ya que su locución es continua y eterna, y
nunca se interrumpe.
Esta voz invita sin cesar a los pecadores, exhortándoles a meditar en su corazón
y reprendiendo los errores de este corazón, pues es la voz de aquel que habita
en el corazón del hombre y habla en su interior, realizando así lo que ya dijo
por boca del profeta: Hablad al corazón de Jerusalén.
Ya véis, hermanos, cuán saludablemente nos amonesta el profeta a fin de que si
hoy escuchamos su voz no endurezcamos el corazón. Las palabras que leemos en el
profeta son casi las mismas que hallamos también en el Evangelio. En efecto, en
el Evangelio dice el Señor: Mis ovejas oyen mi voz, y en el salmo afirma el
profeta: Nosotros, su pueblo (el del Señor, ciertamente), el rebaño que
él guía, ojalá escuchemos hoy su voz y no endurezcamos el corazón.
Escucha, finalmente, al profeta Habacuc; él no disimula la increpación del Señor,
sino que la medita asiduamente y por ello exclama: Me pondré de centinela,
me plantaré en la atalaya, velaré para escuchar lo que me dice, lo que responde
a mis quejas. Procuremos, hermanos, ponernos también nosotros de centinela,
porque la vida presente es tiempo de lucha.
Que nuestra vida tenga su centro en nuestro interior, donde Cristo habita, y que
nuestros actos sean reflexivos y nuestras obras según los dictados de la razón;
pero de tal forma que no confiemos excesivamente en nuestros actos ni nos fiemos
excesivamente de nuestras simples reflexiones.
martes, 19 de octubre de 2021
La Iglesia crece como vid
Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo por los montes y collados; mis
ovejas se dispersaron por toda la tierra. ¿Qué significa: Se dispersaron
por toda la tierra? Quiere decir que, buscando los bienes del mundo, apetecen
la gloria terrena; esto es lo que aman, esto lo que desean. No quieren morir para
que su vida quede oculta en Cristo. Se dispersaron por toda la tierra, a causa
del amor de los bienes del mundo y porque son, en verdad, ovejas desperdigadas y sin
rumbo por toda la tierra. Viven en diversos lugares; una única madre, la soberbia,
las engendró a todas, al igual que una sola madre, nuestra Iglesia católica, ha dado
también a luz a todos los fieles cristianos esparcidos por todo el orbe.
Nada tiene de extraño que la soberbia engendre divisiones y el amor unidad.
Nuestra madre, la Iglesia católica, y el pastor que en ella mora van buscando
por todas partes a las ovejas descarriadas y perdidas, fortalecen a las débiles,
curan a las enfermas, vendan a las heridas por medio de diversos pastores, los
cuales, aunque se desconozcan mutuamente, son de la Iglesia, pues ella con todos
está identificada.
De esta forma la Iglesia crece como una vid y se extiende por toda la tierra;
los malos pastores, en cambio, son como sarmientos inútiles que, a causa de su
esterilidad, han sido cortados por la podadera del agricultor, no para destruir
la vid, sino para que ésta continúe existiendo. Aquellos sarmientos, pues, han
quedado en el mismo lugar donde cayeron al ser cortados; la vid, en cambio,
extendiéndose entre todos los pueblos, reconoce como propios los sarmientos que
en ella permanecieron, y considera como cercanos a sí aquellos otros que le
fueron cortados.
La razón por la cual se preocupa de los sarmientos cortados, como si se tratara
de algo que le debe pertenecer de nuevo, es aquello que afirma el Apóstol:
Poderoso es Dios para injertarlos de nuevo. Llámense, pues, ovejas descarriadas
del rebaño, llámense sarmientos cortados de la vid, Dios, el pastor supremo y
verdadero agricultor, es poderoso tanto para hacer volver a la oveja al buen
camino, como para injertar el sarmiento desgajado. Mis ovejas se dispersaron por
toda la tierra, sin que nadie las cuidase y saliese en su busca; ninguno, en
efecto, de entre aquellos malos pastores fue tras ellas; ningún hombre salió en
su busca.
Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ¡Lo juro por mi vida! -Oráculo
del Señor-. Fíjate cómo empieza. Es como si se tratara de un juramento que hace
el mismo Dios, poniendo a su propia vida como testigo: ¡Lo juro por mi vida!
-Oráculo del Señor-. ¿Y quiénes son los pastores que han muerto? Aquellos que
buscaban sus intereses personales, no los de Cristo Jesús. ¿Se encontrarán otros
pastores que, sin buscar sus intereses personales, busquen los de Cristo Jesús?
Los hay, sin duda, y los encontraremos, porque ni faltan ahora ni faltarán nunca.
lunes, 18 de octubre de 2021
El Señor viene detrás de sus predicadores
De las Homilías de san Gregario Magno, papa, sobre los Evangelios
Nuestro Señor y Salvador, hermanos muy amados, nos enseña unas veces con sus palabras, otras con sus obras. Sus hechos, en efecto, son normas de conducta, ya que con ellos nos da a entender tácitamente lo que debemos hacer. Manda a sus discípulos a predicar de dos en dos, ya que es doble el precepto de la caridad, a saber, el amor de Dios y el del prójimo.
El Señor envía a los discípulos a predicar de dos en dos, y con ello nos indica sin palabras que el que no tiene caridad para con los demás no puede aceptar, en modo alguno, el ministerio de la predicación.
Con razón se dice que los envió delante de si por todas las aldeas y lugares que iba a visitar. En efecto, el Señor viene detrás de sus predicadores, ya que, habiendo precedido la predicación, viene entonces el Señor a la morada de nuestro interior, cuando ésta ha sido preparada por las palabras de exhortación, que han abierto nuestro espíritu a la verdad. En este sentido dice Isaías a los predicadores: Preparad el camino del Señor; enderezad las sendas para nuestro Dios. Por esto les dice también el salmista: Alfombrad el camino del que sube sobre el ocaso. Sobre el ocaso, en efecto, sube el Señor, ya que en el declive de su pasión fue precisamente cuando, por su resurrección, puso más plenamente de manifiesto su gloria. Sube sobre el ocaso, porque, con su resurrección, pisoteó la muerte que había sufrido. Por esto nosotros alfombramos el camino del que sube sobre el ocaso cuando os anunciamos su gloria, para que él, viniendo a continuación, os ilumine con su presencia amorosa.
Escuchemos lo que dice el Señor a los predicadores que envía a sus campos: La mies es mucha, pero los operarios son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies. Por tanto, para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas. Mirad cómo el mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo, es muy difícil encontrar un trabajador para la mies del Señor; porque hemos recibido el ministerio sacerdotal, pero no cumplimos con los deberes de este ministerio.
Pensad, pues, amados hermanos, pensad bien en lo que dice el Evangelio: Rogad al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies. Rogad también por nosotros, para que nuestro trabajo en bien vuestro sea fructuoso y para que nuestra voz no deje nunca de exhortaras, no sea que, después de haber recibido el ministerio de la predicación, seamos acusados ante el justo Juez por nuestro silencio.
domingo, 17 de octubre de 2021
Es grande mi nombre
Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el profeta Ageo
La venida de nuestro Salvador en el tiempo fue como la edificación de un templo
sobremanera glorioso; este templo, si se compara con el antiguo, es tanto más
excelente y preclaro cuanto el culto evangélico de Cristo aventaja al culto de
la ley o cuanto la realidad sobrepasa a sus figuras. Con referencia a ello, creo
que puede también afirmarse lo siguiente: El templo antiguo era uno solo, estaba
edificado en un solo lugar y sólo un pueblo podía ofrecer en él sus sacrificios.
En cambio, cuando el Unigénito se hizo semejante a nosotros, como el Señor es
Dios: él nos ilumina, según dice la Escritura, la tierra se llenó de templos
santos y de adoradores innumerables, que veneran sin cesar al Señor del universo
con sus sacrificios espirituales y sus oraciones. Esto es, según mi opinión, lo
que anunció Malaquías en nombre de Dios, cuando dijo: Desde el oriente hasta
el poniente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerá
incienso a mi nombre y una oblación pura.
En verdad, la gloria del nuevo templo, es decir, de la Iglesia, es mucho mayor
que la del antiguo. Quienes se desviven y trabajan solícitamente en su edificación
obtendrán, como premio del Salvador y don del cielo, al mismo Cristo, que es la
paz de todos, por medio de quien tenemos acceso al Padre en un solo Espíritu;
así lo declara el mismo Señor, cuando dice: En este sitio daré la paz a cuantos
trabajen en la edificación de mi templo. De manera parecida, dice también Cristo
en otro lugar: Mi paz os doy. Y Pablo, por su parte, explica en qué consiste
esta paz que se da a los que aman, cuando dice: La paz de Dios, que está por encima
de todo conocimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
También oraba en este mismo sentido el sabio profeta Isaías, cuando decía: Señor,
tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú.
Enriquecidos con la paz de Cristo, fácilmente conservaremos la vida del alma y
podremos encaminar nuestra voluntad a la consecución de una vida virtuosa.
Por tanto, podemos decir que se promete la paz a todos los que se consagran a la
edificación de este templo, ya sea que su trabajo consista en edificar la
Iglesia en el oficio de catequistas de los sagrados misterios, es decir,
colocados al frente de la casa de Dios como mistagogos, ya sea que se entreguen
a la santificación de sus propias almas, para que resulten piedras vivas y
espirituales en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio
sagrado. Todos estos esfuerzos lograrán, sin duda, su finalidad y quienes actúen
de esta forma alcanzarán sin dificultad la salvación de su alma.
sábado, 16 de octubre de 2021
El Amigo de los hombres se hizo hombre
De los sermones de san Proclo de Constantinopla, obispo
Alégrense los cielos, y las nubes destilen la justicia, porque el Señor se ha
apiadado de su pueblo. Alégrense los cielos, porque, al ser creados en el
principio, también Adán fue formado de la tierra virgen por el Creador,
mostrándose como amigo y familiar de Dios. Alégrense los cielos, porque ahora,
de acuerdo con el plan divino, la tierra ha sido santificada por la encarnación
de nuestro Señor, y el género humano ha sido liberado del culto idolátrico. Las
nubes destilen la justicia, porque hoy el antiguo extravío de Eva ha sido
reparado y destruido por la pureza de la Virgen María y por el que de ella ha
nacido, Dios y hombre juntamente. Hoy el hombre, cancelada la antigua condena,
ha sido liberado de la horrenda noche que sobre él pesaba.
Cristo ha nacido de la Virgen, ya que de ella ha tomado carne, según la libre
disposición del plan divino: La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros;
por esto la Virgen ha venido a ser madre de Dios. Y es virgen y madre al mismo
tiempo, porque ha dado a luz a la Palabra encarnada, sin concurso de varón; y
así, ha conservado su virginidad por la acción milagrosa de aquel que de este
modo quiso nacer. Ella es madre, con toda verdad, de la naturaleza humana de
aquel que es la Palabra divina, ya que en ella se encarnó, de ella salió a la
luz del mundo, identificado con nuestra naturaleza, según su sabiduría y
voluntad con las que obra semejantes prodigios. De ellos según la carne procede
Cristo, como dice san Pablo.
En efecto, él fue, es y será siempre el mismo; mas por nosotros se hizo hombre;
el amigo de los hombres se hizo hombre sin sufrir por eso menoscabo alguno en su
divinidad. Por mí se hizo semejante a mí, se hizo lo que .no era aunque
conservando lo que era. Finalmente, se hizo hombre para cargar sobre sí el
castigo por nosotros merecido y hacernos de esta manera capaces de la adopción
filial y otorgamos aquel reina, del cual pedimos que nos haga dignos la gracia y
misericordia del Señor Jesucristo, al cual junto con el Padre y el Espíritu
Santo, pertenece la gloria, el honor y el poder, ahora y siempre y por los
siglos de los siglos. Amén.
viernes, 15 de octubre de 2021
Acordémonos del amor de Cristo
De las Obras de santa Teresa de Ávila, virgen
Con tan buen amigo presente -nuestro Señor Jesucristo-, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita.
Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí van mas seguros. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Él lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado.
¿Qué más queremos que un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe de sí. Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino: san Francisco, san Antonio de Padua, san Bernardo, santa Catalina de Siena.
Con libertad se ha de andar en este camino, puestos en las manos de Dios; si su Majestad nos quisiere subir a ser de los de su cámara y secreto, ir de buena gana. Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor. Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar, porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo.
jueves, 14 de octubre de 2021
No sabemos pedir lo que nos conviene
De la carta de san Agustín, obispo, a Proba
Quizá me preguntes aún por qué razón dijo el Apóstol que no sabemos pedir lo que
nos conviene, siendo así que podemos pensar que tanto el mismo Pablo como
aquellos a quienes él se dirigía conocían la oración dominical.
Porque el Apóstol experimentó seguramente su incapacidad de orar como conviene,
por eso quiso manifestarnos su ignorancia; en efecto, cuando en medio de la
sublimidad de sus revelaciones le fue dado el aguijón de su carne, el ángel de
Satanás que lo abofeteaba, desconociendo la manera conveniente de orar, Pablo
pidió tres veces al Señor que lo librara de esta aflicción. Y oyó la respuesta
de Dios y el porqué no se realizaba ni era conveniente que se realizase lo que
pedía un hombre tan
santo: Te basta mi gracia, que en la debilidad se muestra perfecto mi poder.
Ciertamente, en aquellas tribulaciones que pueden ocasionarnos provecho o daño
no sabemos cómo debemos orar; pues como dichas tribulaciones nos resultan duras
y molestas y van contra nuestra débil naturaleza, todos coincidimos naturalmente
en pedir que se alejen de nosotros. Pero, por el amor que nuestro Dios y Señor
nos tiene, no debemos pensar que si no aparta de nosotros aquellos contratiempos
es porque nos olvida; sino más bien por la paciente tolerancia de estos males
esperemos obtener bienes mayores, y así en la debilidad se muestra perfecto su
poder. Esto, en efecto, fue escrito para que nadie se enorgullezca si, cuando
pide con impaciencia, es escuchado en aquello que no le conviene, y para que
nadie decaiga ni desespere de la misericordia divina si su oración no es
escuchada en aquello que pidió y que, posiblemente, o bien le sería causa de un
mal mayor o bien ocasión de que, engreído por la prosperidad, corriera el riesgo
de perderse. En tales casos, ciertamente, no sabemos pedir lo que nos conviene.
Por tanto, si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con
paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de que lo
más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no
según la nuestra. De ello nos dio ejemplo aquel divino mediador, el cual dijo en
su pasión: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero, con
perfecta abnegación de la voluntad humana que recibió al hacerse hombre, añadió
inmediatamente: Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Por lo cual,
entendemos perfectamente que por la obediencia de uno solo todos quedarán
constituidos justos.
miércoles, 13 de octubre de 2021
Nada hallarás fuera del Padre nuestro
De la carta de san Agustín, obispo, a Proba
Quien dice, por ejemplo, como mostraste tu santidad a las naciones, muéstranos así
tu gloria y que tus profetas sean hallados fieles, ¿qué otra cosa dice sino
santificado sea tu nombre?
Quien dice: Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve,
¿qué otra cosa dice sino venga tu reino?
Quien dice: Asegura mis pasos con tu promesa, que ninguna maldad me domine, ¿qué
otra cosa dice sino hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo?
Quien dice: No me des pobreza ni riqueza, ¿qué otra cosa dice sino danos hoy
nuestro pan de cada día?
Quien dice: Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes, o bien: Señor, si
soy culpable, si hay crímenes en mis manos, si he causado daño a mi amigo, ¿qué
otra cosa dice sino perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a
los que nos ofenden?
Quien dice: Líbrame de mi enemigo, Dios mío; protégeme de mis agresores, ¿qué
otra cosa dice sino líbranos del mal?
Y si vas discurriendo por todas las plegarias de la santa Escritura, creo que nada
hallarás que no se encuentre y contenga en esta oración dominical. Por eso,
hay libertad de decir estas cosas en la oración con unas u otras palabras, pero no
debe haber libertad para decir cosas distintas.
Esto es, sin duda alguna, lo que debemos pedir en la oración, tanto para
nosotros como para los nuestros, como también para los extraños e incluso para
nuestros mismos enemigos, y aunque roguemos por unos y otros de modo distinto,
según las diversas necesidades y los diversos grados de familiaridad,
procuremos, sin embargo, que en nuestro corazón nazca y crezca el amor hacia
todos.
Aquí tienes explicado, a mi juicio, no sólo las cualidades que debe tener tu
oración, sino también lo que debes pedir en ella, todo lo cual no soy yo quien
te lo ha enseñado, sino aquel que se dignó ser maestro de todos.
Hemos de buscar la vida dichosa y hemos de pedir a Dios que nos la conceda. En
qué consiste esta felicidad son muchos los que lo han discutido y sus sentencias
son muy numerosas. Pero nosotros, ¿qué necesidad tenemos de acudir a tantos
autores y a tan numerosas opiniones? En las divinas Escrituras se nos dice de
modo breve y veraz: Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor. Para que podamos
formar parte de este pueblo, llegar a contemplar a Dios y vivir con él
eternamente, tenernos aquella exhortación cuyo objetivo no debe ser otro que
promover la caridad que proviene de un corazón sincero, de una conciencia recta
y de una fe sin fingimiento.
Al citar estas tres propiedades se habla de la conciencia recta aludiendo a la
esperanza. Por tanto, la fe, la esperanza y la caridad conducen hasta Dios al
que ora, es decir, a quien cree, espera y desea, al tiempo que descubre en la
oración dominical lo que debe pedir al Señor.
martes, 12 de octubre de 2021
No es el título
lunes, 11 de octubre de 2021
A veces debemos amonestarnos
De la carta de san Agustín, obispo, a Proba
Deseemos siempre la vida dichosa y eterna, que nos dará nuestro Dios y Señor, y
así estaremos siempre orando. Pero, con objeto de mantener vivo este deseo,
debemos, en ciertos momentos, apartar nuestra mente de las preocupaciones y
quehaceres que, de algún modo, nos distraen de él y amonestarnos a nosotros
mismos con la oración vocal, no fuese caso que si nuestro deseo empezó
a entibiarse llegara a quedar totalmente frío y, al no renovar con frecuencia
el fervor, acabara por extinguirse del todo.
Por eso, cuando dice el Apóstol: Presentad públicamente vuestras peticiones a
Dios, no hay que entender estas palabras como si se tratara de descubrir a Dios
nuestras peticiones, pues él continuamente las conoce, aun antes de que se las
formulemos; estas palabras significan, más bien, que debemos descubrir nuestras
peticiones a nosotros mismos en presencia de Dios, perseverando en la oración,
sin mostrarlas ante los hombres por vanagloria de nuestras plegarias.
Como esto sea así, aunque ya en el cumplimiento de nuestros deberes, como
dijimos, hemos de orar siempre con el deseo, no puede considerarse inútil y
vituperable el entregarse largamente a la oración, siempre y cuando no nos lo
impidan otras obligaciones buenas y necesarias. Ni hay que decir, como algunos
piensan, que orar largamente sea lo mismo que orar con vana palabrería. Una
cosa, en efecto, son las muchas palabras y otra cosa el afecto perseverante y
continuado. Pues del mismo Señor está escrito que pasaba la noche en oración y
que oró largamente; con lo cual, ¿qué hizo sino darnos ejemplo, al orar
oportunamente en el tiempo, aquel mismo que, con el Padre, oye nuestra oración
en la eternidad?
Se dice que los monjes de Egipto hacen frecuentes oraciones, pero muy cortas, a
manera de jaculatorias brevísimas, para que así la atención, que es tan
sumamente necesaria en la oración, se mantenga vigilante y
despierta y no se fatigue ni se embote con la prolijidad de las palabras. Con
esto nos enseñan claramente que así como no hay que forzar la atención cuando no
logra mantenerse despierta, así tampoco hay que interrumpirla cuando puede
continuar orando.
Lejos, pues, de nosotros la oración con vana palabrería; pero que no falte la
oración prolongada, mientras persevere ferviente la atención. Hablar mucho en la
oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfluas.
Orar, en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de
afecto a la puerta de aquel que nos escucha. Porque con frecuencia la finalidad
de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones
verbales. Porque el Señor recoge nuestras lágrimas en su odre y a él no se le
ocultan nuestros gemidos, pues todo lo creó por medio de aquel que es su
Palabra, y no necesita las palabras humanas.
domingo, 10 de octubre de 2021
Qué dificil!
sábado, 9 de octubre de 2021
No es el título, es la fidelidad
viernes, 8 de octubre de 2021
El progreso del dogma
Del primer Conmonitorio de san Vicente de Lerins, presbítero
¿Es posible que se dé en la Iglesia un progreso en los conocimientos religiosos?
Ciertamente que es posible y la realidad es que este progreso se da.
En efecto, ¿quién envidiaría tanto a los hombres y sería tan enemigo de Dios
como para impedir este progreso? Pero este progreso sólo puede darse con la
condición de que se trate de un auténtico progreso en el conocimiento de la fe,
no de un cambio en la misma fe. Lo propio del progreso es que la misma cosa que
progresa crezca y aumente, mientras lo característico del cambio es que la cosa que
se muda se convierta en algo totalmente distinto. Es conveniente, por tanto,
que, a través de todos los tiempos y de todas las edades, crezca y progrese la
inteligencia, la ciencia y la sabiduría de cada una de las personas y del
conjunto de los hombres, tanto por parte de la Iglesia entera, como por parte de
cada uno de sus miembros.
Pero este crecimiento debe seguir su propia naturaleza, es decir, debe estar de
acuerdo con las líneas del dogma y debe seguir el dinamismo de una única e
idéntica doctrina. Que el conocimiento religioso imite, pues, el modo como
crecen los cuerpos, los cuales, si bien con el correr de los años se van
desarrollando, conservan, no obstante, su propia naturaleza. Gran diferencia hay
entre la flor de la infancia y la madurez de la ancianidad, pero, no obstante,
los que van llegando ahora a la ancianidad son, en realidad, los mismos que hace
un tiempo eran adolescentes. La estatura y las costumbres del hombre pueden
cambiar, pero su naturaleza continúa idéntica y su persona es la misma.
Los miembros de un recién nacido son pequeños, los de un joven están ya
desarrollados; pero, con todo, el uno y el otro tienen el mismo número de
miembros. Los niños tienen los mismos miembros que los adultos y, si algún
miembro del cuerpo no es visible hasta la pubertad, este miembro, sin embargo,
existe ya como en embrión en la niñez, de tal forma que nada llega a ser
realidad en el anciano que no se contenga como en germen en el niño.
No hay, pues, duda alguna: la regla legítima de todo progreso y la norma recta
de todo crecimiento consiste en que, con el correr de los años, vayan
manifestándose en los adultos las diversas perfecciones de cada uno de aquellos
miembros que la sabiduría del Creador había ya preformado en el cuerpo del
recién nacido.
Porque si aconteciera que un ser humano tomara apariencias distintas a las de su
propia especie, sea porque adquiriera mayor número de miembros, sea porque
perdiera alguno de ellos, tendríamos que decir que todo el cuerpo perece o bien
que se convierte en un monstruo o, por lo menos, que ha sido gravemente
deformado. Es también esto mismo lo que acontece con los dogmas
cristianos: las leyes de su progreso exigen que éstos se consoliden a través de
las edades, se desarrollen con el correr de los años y crezcan con el paso del
tiempo.
Nuestros mayores sembraron antiguamente en el campo de la Iglesia semillas de
una fe de trigo; sería ahora grandemente injusto e incongruente que nosotros,
sus descendientes, en lugar de la verdad del trigo legáramos a nuestra
posteridad el error de la cizaña.
Al contrario, lo recto y consecuente,- para que no discrepen entre sí la raíz y
sus frutos, es que de las semillas de una doctrina de trigo recojamos el fruto
de un dogma de trigo; así, al contemplar cómo a través de los siglos aquellas
primeras semillas han crecido y se han desarrollado, podremos alegrarnos de
cosechar el fruto de los primeros trabajos.
jueves, 7 de octubre de 2021
Conviene meditar los misterios de la Salvación
De los sermones de san Bernardo, abad
El hijo, en ti engendrado, será santo, será Hijo de Dios. ¡La fuente de la
sabiduría, la Palabra del Padre en las alturas! Esta Palabra, por tu mediación,
Virgen santa, se hará carne, de manera que el mismo que afirma: Yo estoy en el
Padre y el Padre está en mi podrá afirmar igualmente: Procedo y vengo del Padre.
Ya al comienzo de las cosas -dice el Evangelio- existía
la Palabra. Manaba ya la fuente, pero hasta entonces sólo dentro de sí misma. Y
continúa el texto sagrado: Y la Palabra estaba con Dios, es decir, morando en
la luz inaccesible; y el Señor decía desde el principio: Mis designios son de
paz y no de aflicción. Pero tus designios están escondidos en ti, y nosotros no
los conocemos; porque, ¿quién había penetrado la mente del Señor? o ¿quién había
sido su consejero?
Pero llegó el momento en que estos designios de paz se convirtieron en obra de
paz: La Palabra se hizo carne y ha puesto ya su morada entre nosotros; ha
puesto ciertamente su morada por la fe en nuestros corazones, ha puesto su morada en
nuestra memoria, ha puesto su morada en nuestro pensamiento y desciende hasta
la misma imaginación. En efecto, ¿qué idea de Dios hubiera podido antes formarse
el hombre, que no fuese un ídolo fabricado por su corazón? Era incomprensible
e inaccesible, invisible y superior a todo pensamiento humano; pero ahora ha
querido ser comprendido, visto, accesible a nuestra inteligencia.
¿De qué modo?, te preguntarás. Pues yaciendo en un pesebre, reposando en el
regazo virginal, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien
pendiente de la cruz, en la lividez de la muerte, libre entre los muertos y
dominando sobre el poder de la muerte, comO también resucitando al tercer día y
mostrando a los apóstoles la marca de los clavos, como signo de victoria, y
subiendo finalmente ante la mirada de ellos hasta lo más íntimo de los cielos.
¿Hay algo de esto que no sea objeto de una verdadera, piadosa y santa
meditación? Cuando medito en cualquiera de estas cosas, mi pensamiento va hasta
Dios y, a través de todas ellas, llego hasta mi Dios. A esta meditación la
llamo sabiduría, y para mí la prudencia consiste en ir saboreando en la memoria
la dulzura que la vara sacerdotal infundió tan abundantemente en estos frutos,
dulzura de la que María disfruta con toda plenitud en el cielo y la derrama
abundantemente sobre nosotros.
miércoles, 6 de octubre de 2021
Nuestros disgustos
martes, 5 de octubre de 2021
Acción de Gracias
lunes, 4 de octubre de 2021
Debemos ser...
De las Cartas de san Francisco de Asís, dirigidas a todos los fieles
La venida al mundo del Verbo del Padre, tan digno, tan santo
y tan glorioso, fue anunciada por el Padre altísimo, por boca de su santo
arcángel Gabriel, a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió una
auténtica naturaleza humana, frágil como la nuestra. Él, siendo rico sobre toda
ponderación, quiso elegir la pobreza, junto con su santísima madre, y, al
acercarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre,
diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mi este cáliz.
Sin embargo, sometió su voluntad a la del Padre. Y la
voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, a quien entregó por
nosotros y que nació por nosotros, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y
víctima en el ara de la cruz, con su propia sangre, no por sí mismo, por quien
han sido hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados, dejándonos un
ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y
lo recibamos con puro corazón y cuerpo casto.
¡Qué dichosos y benditos son los que aman al Señor y cumplen
lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor, tu Dios, con todo
tu corazón y con toda tu alma y a tu prójimo como a ti mismo! Amemos, pues, a
Dios y adoré mas lo con puro corazón y con mente pura, ya que él nos hace saber
cuál es su mayor deseo, cuando dice: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre
en espíritu y en verdad. Porque todos los que lo adoran deben adorarlo en
espíritu y en verdad. Y dirijámosle, día y noche, nuestra alabanza y oración,
diciendo: Padre nuestro, que estás en el cielo; porque debemos orar siempre y no
desfallecer jamás.
Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento.
Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos
limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los
hombres pierden todo lo que dejan en este mundo; tan sólo se llevan consigo el
premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán
del Señor la recompensa y una digna remuneración.
No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más
bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los
demás, sino, al contrarío, debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y
sumisos a toda humana creatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del
Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin, y los
convertirá en el lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre
celestial, cuyas obras imitan; ellos son los esposos, los hermanos y las madres
de nuestro Señor Jesucristo.
sábado, 2 de octubre de 2021
Que te guarden en tus caminos
De los Sermones de san Bernardo, abad
A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos.
Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con
los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado
grande con ellos.» Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia,
para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras
tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único,
le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y,
para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta
solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos
sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean
nuestros ayos.
A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas
palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción
y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles,
devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están
presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte,
lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta
orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con
tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.
Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios;
correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin
embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a
aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al
cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.
En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día
hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este
día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y
administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún
visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y
administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.
Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un
camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos
guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no
pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son
prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con
que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.
viernes, 1 de octubre de 2021
En el corazón de la Iglesia, yo seré el amor
De la Narración de la vida de santa Teresa del Niño Jesús, virgen, escrita por ella misma.
Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las caro tas
de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente
con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el
primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas
y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser
al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente
para satisfacer mis deseos y darme la paz.
Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora
exhortación: Aspirad a los dones más excelentes; yo quiero mostraros un camino
todavía mucho mejor. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones
sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para
llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.
Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había
reconocido á mi misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que
lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. En la caridad descubrí el
quicio de mi vocación. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la
unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y
noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está
ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los
miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían
ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me
convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es
todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es
eterno.
Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé:
«Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi
vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar
es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi
madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo y mi deseo se verá colmado.»