"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente". Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra..."
Nos hemos olvidado de las exigencias el Evangelio, y cuando nos las olvidamos comenzamos a actuar según el mundo, según nuestros instintos. Es por eso que, Jesús, nos presenta unas exigencias que van más allá del mundo y de los instintos, pero que, también, tienen un precio muy alto en nuestras vidas, pues, a veces, no podes escapar de nuestro temperamento y la venganza se apodera de nosotros.
San Pablo, en la carta a los Romanos, nos va a aclarar más este mandamiento del Señor:
"A nadie devolváis mal por mal. Procurad lo bueno ante toda la gente. En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo. No os toméis la venganza por vuestra cuenta, queridos; dejad más bien lugar a la justicia, pues está escrito: Mía es la venganza, yo daré lo merecido, dice el Señor. Por el contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: actuando así amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien".
En definitiva sabemos que el mundo actúa motivado por el príncipe de este mundo que nunca va a buscar el bien para el hombre sino que buscará el camino del mal, de la violencia. Y, si pensamos un poco en lo que nos dicen los refranes y el mundo podemos ver, también, un poco de razón: las cosas siempre vuelven, como un boomerang.
Por eso, no devolvamos mal por mal, a lo sumo, no devolvamos nada porque nada pueden hacernos los hombres pues hemos puesto nuestra confianza en nuestro Dios y Señor, y Él todo lo que nos ocurra lo usará para nuestro bien, y cuanto más nos acerquemos a vivir el Evangelio más Gracias tendremos para superar cualquier obstáculo que nos quiera alejar del Bien, de la paz y del amor.
lunes, 15 de junio de 2026
No devuelvas mal por mal
domingo, 14 de junio de 2026
Somos un reino sacerdotal y santo
"Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».
Esta es la promesa que Dios le hizo al Pueblo de Israel por medio de Moisés, de la cual, también nosotros, somos herederos, y más aún, por que Jesús nos lo recordó y le dio mayor energía: "sed santos porque vuestro Padre celestial es santo, sed perfectos porque vuestro Padre celestial es perfecto", y por eso, cuando recibimos el agua bautismal, y, sobre todo, cuando tomamos conciencia y decidimos seguir a Cristo, es cuando tenemos la misión de hacer realidad esta promesa y esta exigencia del Evangelio: la santidad para nuestra vida.
Claro que no es sólo una obligación evangélica sino que es también una misión, porque nuestra vida, siendo un "reino de sacerdotes" es de llevar el Evangelio a todas las gentes:
"A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.
Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».
Esos doce comenzaron la misión que llegó hasta nosotros y somos nosotros, ahora y en todo tiempo, quienes debemos continuar con esa misión. Para algunos será la excusa "pero eso lo dijo para los apóstoles, los sacerdotes, los religiosos", pues no, se lo dijo a los apóstoles porque tenía esos doce como los elegidos y a los que había instruido, pero después, por la Gracia del Espíritu, el día de nuestro bautismo, nos ungió a todos con un sacerdocio real que nos invita a seguir cumpliendo la misma misión.
No tendremos el poder de hacer milagros como ellos, no podremos ser todos sacerdotes en el orden ministerial, pero todos somos parte de un pueblo misionero que lleva la Palabra de Dios en el corazón y la transmite con alegría porque sabe que esa Palabra es el Camino Verdadero a la Vida.
sábado, 13 de junio de 2026
Conservaba las cosas en el corazón
"Él les contestó:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que le dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todo esto en su corazón".
Tanto san José como María nos enseñan varias cosas a partir de esta escena. Primero que no siempre se comprenderán las actitudes o manera de actuar de Dios, algo que siempre queremos saber y comprender y suenan en nuestras cabezas y corazones las famosas preguntas del ¿por qué esto? ¿por qué aquello? Y casi nunca obtenemos respuestas. Seguramente ellos sabían quién era Jesús y qué podría significar la respuesta "debo estar en las cosas de mi Padre", pero hay momentos en que estamos tan metidos en una situación, ellos en este caso estaban preocupados porque Él se había perdido y eso oscurecía su corazón.
Nosotros, muchas veces, estamos tan preocupados o angustiados por tal o cual asunto que nos olvidamos de lo aprendido hasta, incluso, que nos olvidamos de rezar porque no nos sale nada del corazón, ni de la mente. Y, aunque no comprendieron, igualmente, volvieron al camino y siguieron rumbo a su casa, a seguir viviendo juntos y unidos al Señor.
Y ahí está lo hermoso que nos enseña María (y seguramente también lo haya vivido José) de guardar esos momentos en el corazón, de tener paciencia y confianza en Dios porque no todo puede ser comprendido o entendido en el momento que sucede, sino que hay que llevarlo al corazón, y en el silencio y la calma ponerlo en oración para que el Espíritu ayude a comprender, y, sobre todo a hacer que aquello que en un momento nos preocupaba se transforme, por la Gracia del Espíritu, en sabiduría de vida, pues todo lo que sucede es por y para algo aunque en el momento no lo entendamos o no queramos vivirlo, pero sabemos que el Padre, en el momento oportuno nos lo hará comprender y sacaremos de todo lo sucedido fortaleza para seguir adelante, confiando en el Amor del Padre.
viernes, 12 de junio de 2026
Sagrado Corazón
San Juan Pablo II, papa (s. XX)
Con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón y del recuerdo de la consagración del género humano realizada hace cien años por el Papa León XIII, me uno mediante la oración al itinerario espiritual de todos los peregrinos y de cuantos hacen hoy un acto de consagración al Sagrado Corazón.
Siguiendo el ejemplo de San Juan Eudes, que nos enseñó a contemplar a Jesús, el Corazón de los corazones, en el corazón de María, el culto al Sagrado Corazón se difundió especialmente gracias a Santa Margarita María de Alacoque. León XIII pidió al Señor que fuera Rey no solo de los fieles, sino también de quienes lo han abandonado o aún no lo conocen, suplicándole que los conduzca a la verdad y a Aquel que es la vida. En la encíclica Annum sacrum expresó su compasión por los hombres alejados de Dios y su deseo de encomendarlos a Cristo redentor.
La Iglesia contempla sin cesar el amor de Dios, manifestado de forma sublime en el Calvario y hecho sacramentalmente presente en cada Eucaristía. Como escribió San Alfonso María de Ligorio: «Del Corazón amorosísimo de Jesús proceden todos los sacramentos, y especialmente el mayor de todos, el sacramento del amor». Cristo es una hoguera ardiente de amor que invita y tranquiliza: «Venid a mí (...) que soy manso y humilde de corazón».
El Corazón del Verbo encarnado es el signo del amor por excelencia. Por eso he destacado personalmente la importancia de penetrar el misterio de este Corazón rebosante de amor a los hombres, que contiene un mensaje extraordinariamente actual. Como escribió San Claudio de La Colombière: «He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha escatimado nada con tal de agotarse y consumirse para testimoniar su amor».
jueves, 11 de junio de 2026
Si no eres mejor...
"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No matarás", y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama "necio", merece la condena de la “gehenna” del fuego".
Puede ser que cuando escuchamos o leemos estas palabras de Jesús pensemos: esto lo dice por fulanito o por menganita, pues nunca nos pensamos tan malos como para ofender a nadie o de llamar a alguien imbécil o necio, y, por eso, creemos que, siempre, los malos son los otros, sí, esos que merecen que yo les diga imbécil o necio, pero lo digo con argumento, y no como los demás que me lo dicen a mí y no saben quien soy...
Siempre tenemos argumentos para pensar que la Palabra de Dios sólo es para mí cuando me alaba y me ayuda a ser mejor, pero cuando me advierte de mi pecado ya no vale para mí sino que es para los demás que no son tan bueno como yo.
No es que eso sea algo raro, es parte de nosotros mismos, porque estamos enfermos por el pecado y no sabemos aceptar las cosas, sobre todo aquellas que me hacen reconocer o que quieren hacerme reconocer el mal que hay en mí.
Cuando hacemos examen de conciencia para confesarnos (si es que todavía lo utilizamos, y es bueno que lo utilicemos, porque no es un sacramento que ha sido quitado de la Iglesia) debemos analizarnos con estas palabras de Jesús porque, muchas veces, dejamos muchos pecados sin confesar porque creemos que lo hemos hecho con fundamento, porque los demás son malos y por eso he tenido que insultarlos, hablar mal de ellos, difundir falsedades, etc., etc. Y es ahí cuando Jesús nos dice: "si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos" porque ellos "atan pesadas cargas sobre los hombros de los demás y no son capaces ni de ayudarles con el dedo".
No te escondas detrás de argumentos que no sirven, abre el corazón a la misericordia de Dios y verás que es Él quien te ayudará a mejorar, a pedir perdón, y a perdonar pues ese es el camino del Amor que Jesús quiere que vivamos, no sólo es de la justicia falsa que muchas veces predicamos.
miércoles, 10 de junio de 2026
He venido a darle plenitud
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
¿Quién puede modificar el Evangelio si Jesús no quiso modificar la Ley y los Profetas? ¿Quiénes somos nosotros para decirle a Dios lo que tiene que hacer o no hacer? Nos gana tantas veces nuestra soberbia que nos olvidamos quienes somos y Quién nos ha dado la vida y Quién nos ha regalado la Vida. No estamos aquí para hacer de dios ni tan siquiera para hacer un golpe de estado a la divinidad y ponernos en su lugar, sino para descubrir quienes somos y cuál es nuestra misión en esta historia, en este mundo.
Dios nos ha llamado en este momento histórico para seguir construyendo el mundo que Él soñó y que quiso, por Amor, hacernos partícipes de Él, pero, gracias al pecado, no somos capaces, algunas veces, de descubrirnos o sabernos hijos, criaturas, instrumentos en sus Manos y así poder llevar a cabo la misión encomendada.
Nos es más fácil criticar su Obra, criticar Su Palabra, desacreditar sus Mandamientos, porque así podemos hacernos nosotros con su divinidad, hacer nuestras propias leyes y exigencias, crear nuestros propios mandamientos, y no nos damos cuenta que así vamos cada día perdiendo dignidad, perdiendo el brillo original de aquello que hemos recibido desde una Cruz.
En realidad nos creemos tan maravillosos que hemos dejado de creer en la maravilla del Evangelio y por eso buscamos maravillarnos con las ideas que salen de la boca del príncipe de este mundo, quien nos da a saborear estímulos y vicios que nos hacen, cada día, más consumidores del pecado que de la Gracia.
Volvamos a pedir al Espíritu Santo que no nos dejemos llevar por los cantos de sirena que están sonando en contra de la Palabra de Dios, sino que tengamos la fuerza para poder escuchar Su Voz para aceptar y vivir la Vida que el Hijo con su muerte y resurrección nos regalado y nos ha mostrado cómo vivirla.
martes, 9 de junio de 2026
Confianza en la Providencia
"Pero Elías le dijo:
«No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel:
“La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra”».
Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia".
Cuando leemos la Palabra de Dios, muchas veces, nos damos cuenta lo hermosos que son ciertos relatos y cómo Dios va obrando por medio de los Profetas, y, sobre todo, por medio de aquellos que creen en la palabra de los profetas, que, en realidad están creyendo en la Promesa de Dios.
Es esa confianza en la Palabra de Dios lo que hace que Dios obre los milagros necesarios, que las profecías y las promesas se puedan llegar a cumplir. San Agustín decía: Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti. Es decir, para alcanzar la salvación, para alcanzar nuestra salvación Dios necesita que creamos en Su Palabra, necesita de nuestro Sí incondicional para que Él pueda transformarnos, salvarnos.
Por supuesto que no es una obligación creer, ni responder afirmativamente, pero los que hemos conocido su Amor sabemos a qué podemos atenernos, y sabemos que, cuando lo dejamos actuar, realmente Él hace maravillas con nosotros.
La viuda de Sarepta de la que habla el pasaje escuchó la palabra del Profeta, es decir la promesa de Dios, y aceptó cumplirla y por eso la promesa se cumplió, porque no dudó en que esa Palabra era Verdad. Y esa confianza nos falta, muchas veces, a nosotros: no queremos renunciar a nosotros mismos porque no sabemos si Dios va a hacer lo que ha prometido, y esa desconfianza en la Promesa del Señor es la que nos impide alcanzar los Bienes que Él nos prometió, porque seguimos aferrados a lo que conocemos y no hacemos el salto en la fe para poder entregarnos por entero a Su Obra Salvadora.
"Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías".