viernes, 6 de noviembre de 2020
La vida de los mártires fecunda nuestras vidas
jueves, 5 de noviembre de 2020
La Luz del Evangelio o el brillo del mundo?
miércoles, 4 de noviembre de 2020
Condiciones para seguir a Jesús
martes, 3 de noviembre de 2020
De qué sirven nuestras alabanzas?
De los Sermones de san Bernardo, abad
¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma
solemnidad que celebramos. ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben
del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De
qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni
les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en
provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en
ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.
El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es
el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y
compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los
patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el
ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores, con el
coro de las vírgenes, para resumir, el de asociamos y alegramos juntos en la
comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y
nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y
nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos
atención.
Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos las cosas de
arriba, pongamos nuestro corazón en las cosas del cielo. Deseemos a los que nos
desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el
deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la
felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que
poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye
peligro alguno el anhelo de compartir su gloria.
El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que,
como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida,
y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria.
Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino
tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las
espinas de nuestros pecados. Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de
espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros
refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión.
Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte,
para recordarnos que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta
con el. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán
glorificados sus miembros, cuando transfigurará nuestro pobre cuerpo en un
cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.
Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea
permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear
también en gran manera la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga
lo que supera nuestras fuerzas.
lunes, 2 de noviembre de 2020
No se turbe vuestro corazón
domingo, 1 de noviembre de 2020
Bienaventurados
Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.
Para mí, ésta es la Bienaventuranza que engloba a todas las demás, pues si no tenemos pobreza de espíritu no llegaremos a comprender lo que Jesús quiere decirnos con el resto de las Bienaventuranzas.
Para muchos la pobreza de la que habla Jesús, es la pobreza material, pero creo que no es así (aunque también importa) sino la del espíritu que es la más difícil de conseguir, porque pobreza de espíritu significa humildad, saber que no todo lo sé, saber que hay otros que saben más que yo, saber que puedo estar equivocado, saber que tengo que perdonar y pedir perdón, saber que ante el Señor yo soy lo más pequeño.
Claro que no hay que confundir pobreza espíritu, o humildad, con la falsa humildad de hacer el humilde o el que no sé nada para pasar desapercibido y que nadie me pida nada, o no ofrecerme nunca para nada porque “es que yo no sé nada, no soy nada”. ¡NO! Dios no crea la nada, nos crea a cada uno de nosotros para algo, y ese algo es el que tenemos que averiguar para poder ser lo que realmente Dios quiere que seamos.
La falsa humildad está muy hermanada con la soberbia, el egoísmo y la mentira, porque, en definitiva, estoy haciéndome el humilde y no siendo humilde. Me quedo en el último lugar no para no estorbar, sino para que nadie me moleste en mi vida, para que nadie se meta en mi vida; pero ahí, desde el lugar que he elegido puedo seguir tirando dardo o piedras, total nunca se van a fijar en mí.
La pobreza de espíritu es saber que soy hijo, pequeño, y que sólo Dios sabe cuál es mi camino, cuál es el sueño que tiene de mí, y, por eso, día a día me pongo en sus Manos para discernir cuál es Su Voluntad y poder llevarla a cabo. Para eso me dejo guiar y conducir por quien sabe del espíritu y pregunto cuando no sé cómo se hace.
María, la Madre de Jesús, nos enseña que las preguntas son necesarias cuando no se sabe cómo llevar a cabo la Voluntad de Dios: “¿cómo será eso si no convivo con varón?”, y a la palabra del Ángel, como enviado del Padre, Ella obedeció y llegó a ser la Bienaventurada, porque aceptó en su corazón y en su vida la voluntad de Dios.
sábado, 31 de octubre de 2020
Cuan bueno es, Señor, tu Espíritu
Del Diálogo de santa Catalina de Siena, virgen, Sobre la divina providencia
El Padre eterno puso, con inefable benignidad, los ojos de su amor en aquella
alma y empezó a hablarle de esta manera:
«¡Hija mía muy querida! Firmísimamente he determinado usar de misericordia para
con todo el mundo y proveer a todas las necesidades de los hombres. Pero el
hombre ignorante convierte en muerte lo que yo le doy para que tenga vida, y de
este modo se vuelve en extremo cruel para consigo mismo. Pero yo, a pesar de
ello, no dejo de cuidar de él, y quiero que sepas que todo cuanto tiene el
hombre proviene de mi gran providencia para con él. Y así, cuando por mi suma
providencia quise crearlo, al contemplarme a mí mismo en él, quedé enamorado de
mi creatura y me complací en crearlo a mi imagen y semejanza, con suma
providencia. Quise, además, darle memoria para que pudiera recordar mis dones, y
le di parte en mi poder de Padre eterno.
Lo enriquecí también al darle inteligencia, para que en la sabiduría de mi Hijo
comprendiera y conociera cuáles mi voluntad, pues yo, inflamado en fuego intenso
de amor paternal, creo toda gracia y distribuyo todo bien. Di también al hombre
la voluntad, para que pudiera amar y así tuviera parte en aquel amor que es el
mismo Espíritu Santo; así le es posible amar aquello que con su inteligencia
conoce y contempla.
Esto es lo que hizo mi inefable providencia para con el hombre, para que así el
hombre fuese capaz de entenderme, gustar de mí y llegar así al gozo inefable de
mi contemplación eterna. Pero, como ya te he dicho otras muchas veces, el cielo
estaba cerrado a causa de la desobediencia de vuestro primer padre, Adán; por
esta desobediencia vinieron y siguen viniendo al mundo todos los males.
Pues bien, para alejar del hombre la muerte causada por, su desobediencia, yo,
con gran amor, vine en vuestra ayuda, entregándoos con gran providencia a mi Hijo
unigénito, para socorrer, por medio de él, vuestra necesidad. Y a él le exigí
una gran obediencia, para que así el género humano se viera libre de aquel
veneno con el cual fue infectado el mundo a causa de la desobediencia de
vuestro primer padre. Por eso, mi Hijo unigénito, enamorado de mi voluntad,
quiso ser verdadera y totalmente obediente y se entregó, con toda prontitud, a
la muerte afrentosa de la cruz y con esta santísima muerte os dio a vosotros la
vida, no con la fuerza de su naturaleza, humana, sino con el poder de su
divinidad.»