viernes, 6 de noviembre de 2020

La vida de los mártires fecunda nuestras vidas

Hoy 6 de noviembre se conmemora en España a los mártires del siglos XX, a todos aquellos que murieron por defender su fe, por no querer renegar de su fe, y seguir siendo Fieles a Cristo a pesar de su propia vida, y de las amenazas y torturas a las que fueron sometidos, en años muy trágicos y duros de este país.
A los ojos del mundo se podría decir que no fueron muy astutos, como dice el evangelio, porque podrían haber mentido acerca de su fe, podrían haber ocultado su verdadera identidad, pero no, ellos fortalecidos por el Espíritu Santo, como Jesús, fueron seguros y firmes al matadero, para dar su vida por el evangelio.
Los mártires del siglos XX nos dejaron un legado, como todos los mártires de todos los tiempos: no tengamos miedo a quien puede matar nuestro cuerpo, como dice el Señor, sino tengámosle miedo a quien matar el cuerpo y el alma. Aunque, en realidad, ellos no le temieron al Señor sino que lo amar hasta el último momento y nos dejaron ese legado: el amor todo lo puede, y es el Amor de Dios quien hizo que su sangre fuese el fertizante para nuevos cristianos.
Hoy, nosotros, los cristianos de este siglo XXI somos herederos de la sangre de tantos mártires, no sólo de España, sino de cada uno de nuestros países, porque en todos ha habido testigos fieles del Evangelio. Varones y mujeres que con constancia fueron forjando su vida en la Fidelidad a la Vida que Jesús les había dado, fueron fieles al evangelio y recibieron la Gracia del martirio o de la santidad, para dejarnos una herencia y un testimonio para seguir. Sus vidas son las huellas marcadas en la historia que nadie podrá borrar y que nosotro tenemos que mantener vivas, para saber y conocer el valor de la Fe, la Fortaleza del Espíritu y seguir compartiendo con toda la humanidad el hermoso tesoro que llevamos en estas vasijas de barro: la fe en nuestro Señor Jesucristo.
Pero nuestra fe tiene que ser una fe viva, una fe que brille ante los ojos del mundo, no porque seamos los mejores, sino porque nos esforzamos en vivir como Jesús nos pidió. Y, si miramos la vida de aquellos que derramaron su sangre por Cristo, podremos entender las palabras de Pablo, y hacer nuestro propio balance de cómo estamos viviendo como cristianos:
"Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros.
Porque - como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos - hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; sólo aspiran a cosas terrenas.
Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.
Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.
Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mí corona, manteneos así, en el Señor, queridos".

 

jueves, 5 de noviembre de 2020

La Luz del Evangelio o el brillo del mundo?

"Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor".
A diferencia de san Pablo, hoy consideramos los títulos y los bienes materiales, mucho más importantes que el conocimiento de Cirsto Jesús, nuestro Señor. Y no estoy hablando sólo de los laicos, sino también de nosotros, los consagrados (sacerdotes, religiosos, etc.) No buscamos un conocimiento vivencial de Jesús, sino que nos quedamos con lo intelectual de la teología o de la filosofía, o en el mundo buscamos los títulos que nos lleven a tener más conocimiento de nuestras profesiones, y nos vamos olvidando de lo esencial de nuestra vida espiritual. Y, así, poco a poco, se va perdiendo la fuerza del cristianismo, porque, en definitiva, la fuerza del cristianismo está en los cristianos, y si los cristianos somos cada día más tibios en la vivencia de nuestra fe...
Y ¿por qué? Porque nos olvidamos de las premisas esencciales del llamado de Cristo: niégate a tí mis, toma tu cruz y sígueme. Hoy, se podría decir, que no tenemos ni tiempo para negarnos a nosotros mismos, porque nos hemos "metido" dentro de la rueda del mundo y seguimos sus indicaciones como si fuera el evangelio de Cristo, bueno en realidad no, porque al Evangelio no lo escuchamos tanto como las voces del mundo.
¿Cuál es la ganancia que nos ofrece el mundo? ¿Cuál es la fortaleza que nos dan los títulos y los conocimientos intelectuales? ¿Por qué decimos que somos cristianos si no tenemos relación con Cristo, Verdad y Vida? ¿Qué tenemos miedo de perder si renunciamos a nosotros mismos? ¿Qué pretendes ganar siguiendo las indicaciones que nos da el mundo? ¿Qué quieres lograr haciéndote tú solo el dios de tí mismo?
Miremos a nuestro alrededor y veamos hacia dónde se dirige el mundo con sus propias leyes y sus nuevas ideologías: va camino a su propia destrucción, pues si no respeta lo más esencial y natural del hombre, como es su propia vida ¿hacia dónde nos conduce el derecho de matar a quien nos molesta en nuestro día a día? Por que el derecho al aborto o el derecho a la eutanasia, es el derecho a quitar la vida a quien molesta en mi vida, nada más, es un asesinato con un mejor título. Y de ahí un montón de tonterías que se van metiendo en nuestras vidas sin que nos demos cuenta, y a las que, muchas veces les rendimos más culto que al mismo Dios.
Permitámosle a Dios, que como a san Pablo, nos ayude a quitar de nuestros ojos las escamas que no nos permiten ver Su Voluntad, y apreciar los Dones que tiene preparados para nosotros si nos dejamos guiar por Él. La Luz que Cristo trajo al mundo con Su Vida y Su Espíritu, se va apagando por la dejó en nuestras vidas, y nuestras vidas van perdiendo su Luz, por que nos gustan más los brillos de las bijuterias del mundo, que la Verdadera Luz del Evangelio.

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Condiciones para seguir a Jesús

"En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?..."
Estas son las palabras de Jesús que no nos gusta escuchar: las condiciones para seguirlo, o sea, las condiciones que Él ha puesto para ser su discípulos. Y, como dice la pregunta final, son las condiciones que tenemos que saber antes de decir que somos discípulos de Cristo, o sea antes de aceptar ser cristianos o no. Hemos de calcular si estamos dispuestos a:
- posponer a nuestros padres por Cristo;
- posponer a nuestra familia por Cristo;
- posponer nuestro YO por Cristo;
- cargar nuestra cruz por Cristo.
¿Estamos dispuestos? Y no es que sólo puedo aceptar una de todas las condiciones. NO. Tengo que saber que tengo que aceptar todas las condiciones para ser cristiano. Y si he aceptado ser cristiano sin conocer las condiciones, ahora que las conoces ¿quieres seguir a Cristo? Por que si llevas por título soy cristiano, Él te va a exigir lo mismo aunque no lo hayas aceptado, y, entonces, cuando le digas que no a lo que Él te pida, y vivas otra cosa, entonces, serás un hipócrita porque dices que eres algo que no vives.
Por eso san Pablo le decía a los filipenses:
"...trabajad por vuestra salvación con temor y temblor, porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar para realizar su designio de amor.
Cualquier cosa que hagáis sea sin protestas ni discusiones, así seréis irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida..."
Por que Jesús lo dijo: "vosotros sois la luz del mundo", y en verdad lo tenemos que ser, pero si no aceptamos las condicioines para seguirlo a Jesús y vivimos según el ritmo del mundo, y según nuestras propias apetencias, entonces, no somos luz, no iluminamos el camino, sino que confundimos el camino, pues no vivimos como cristianos.
Por lo tanto será cuestión de examinar nuestra vida a la Luz de la Palabra de Dios y de los consejos evangélicos, para saber si estamos siendo verdadera Luz o si estamos guiando a otros por el camino de la hipocresía hacia la perdición.

 

martes, 3 de noviembre de 2020

De qué sirven nuestras alabanzas?

De los Sermones de san Bernardo, abad

    ¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos. ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.
    El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores, con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociamos y alegramos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.
    Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos las cosas de arriba, pongamos nuestro corazón en las cosas del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su gloria.
    El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados. Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión. Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordarnos que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con el. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuando transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.
    Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también en gran manera la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.

lunes, 2 de noviembre de 2020

No se turbe vuestro corazón

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no; os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros".
Muchas veces escuchamos: "todo tiene solución menos la muerte", y no es verdad, hasta la muerte tiene solución, pues así nos lo a dicho Jesús, por que Él murió y resucitó para que nosotros tuviéramos una Vida después de la muerte. ¡Esa es nuestra fe!
Por eso el Señor nos ha contados y nos ha aclarado lo que pasa después de nuestra muerte: Él viene a buscarnos pues ya está preparado nuestro lugar junto al Padre. Nuestra vida no muere, sino que se transforma y volvemos a la Casa Paterna.
Él nos lo ha revelado no sólo para que nos preparemos para cuando nos llegue el día, sino para que lo vivamos con naturalidad y tranquilidad, pues nuestra vida no termina. Como me gusta pensar, es sólo una puerta para pasar a la Casa Paterna y poder vivir en el eternidad.
Es cierto que sabemos el Camino, pues el Camino es Jesús, su Vida en nuestra vida es lo que hace fácil el caminar hacia Él, el caminar hacia Dios. Y, lo que sí, muchas veces tememos es lo difícil que puede ser el último tramo del camino, pero, sabemos que siempre Él estará con nosotros para ayudarnos a llegar hasta el final del camino sin perder la fe, sin perder la paz, viivendo en armaonía con nosotros mismos, con Dios y con los hermanos.
Por eso Él nos decía que no se turbe nuestro corazón, que no se nos llene el alma con las tinieblas de las dudas, sino que la Luz de la Fe nos siga iluminando en todo momentos, pues Él conoce nuestra debilidad y sabe que en los momentos de mayor dolor las dudas nos ciegan y no nos permiten ver la luz, no nos permiten recordar las veces que Él nos habló y así se nos pierde la fe en Él y sucumbimos a las tinieblas porque dejamos de creer en Su Palabra.
No, que "no se turbe nuestro corazón" ante el dolor y la tristeza de la muerte, ni ante la tristeza de la despedida de nuestros seres queridos. Sabemos a dónde van los que han vivido con Cristo en su corazón, sabemos que la misericordia del Padre es infinita y que en Su Bondad purificará los pecados de los que son llamados por Él, y renacerán a la Vida que el Señor nos consiguió al precio de su sangre. Por eso, aunque la tristeza de la despedida nos llene los ojos de lágrimas, sabemos que ellos gozan de la paz y el amor eterno en la Casa del Padre, a donde un día todos nos volveremos a encontrar para celebrar, unidos, la gran Fiesta del Amor en el Cielo.

 

domingo, 1 de noviembre de 2020

Bienaventurados

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Para mí, ésta es la Bienaventuranza que engloba a todas las demás, pues si no tenemos pobreza de espíritu no llegaremos a comprender lo que Jesús quiere decirnos con el resto de las Bienaventuranzas.

Para muchos la pobreza de la que habla Jesús, es la pobreza material, pero creo que no es así (aunque también importa) sino la del espíritu que es la más difícil de conseguir, porque pobreza de espíritu significa humildad, saber que no todo lo sé, saber que hay otros que saben más que yo, saber que puedo estar equivocado, saber que tengo que perdonar y pedir perdón, saber que ante el Señor yo soy lo más pequeño.

Claro que no hay que confundir pobreza espíritu, o humildad, con la falsa humildad de hacer el humilde o el que no sé nada para pasar desapercibido y que nadie me pida nada, o no ofrecerme nunca para nada porque “es que yo no sé nada, no soy nada”. ¡NO! Dios no crea la nada, nos crea a cada uno de nosotros para algo, y ese algo es el que tenemos que averiguar para poder ser lo que realmente Dios quiere que seamos.

La falsa humildad está muy hermanada con la soberbia, el egoísmo y la mentira, porque, en definitiva, estoy haciéndome el humilde y no siendo humilde. Me quedo en el último lugar no para no estorbar, sino para que nadie me moleste en mi vida, para que nadie se meta en mi vida; pero ahí, desde el lugar que he elegido puedo seguir tirando dardo o piedras, total nunca se van a fijar en mí.

La pobreza de espíritu es saber que soy hijo, pequeño, y que sólo Dios sabe cuál es mi camino, cuál es el sueño que tiene de mí, y, por eso, día a día me pongo en sus Manos para discernir cuál es Su Voluntad y poder llevarla a cabo. Para eso me dejo guiar y conducir por quien sabe del espíritu y pregunto cuando no sé cómo se hace.

María, la Madre de Jesús, nos enseña que las preguntas son necesarias cuando no se sabe cómo llevar a cabo la Voluntad de Dios: “¿cómo será eso si no convivo con varón?”, y a la palabra del Ángel, como enviado del Padre, Ella obedeció y llegó a ser la Bienaventurada, porque aceptó en su corazón y en su vida la voluntad de Dios.


sábado, 31 de octubre de 2020

Cuan bueno es, Señor, tu Espíritu

Del Diálogo de santa Catalina de Siena, virgen, Sobre la divina providencia

    El Padre eterno puso, con inefable benignidad, los ojos de su amor en aquella alma y empezó a hablarle de esta manera:
    «¡Hija mía muy querida! Firmísimamente he determinado usar de misericordia para con todo el mundo y proveer a todas las necesidades de los hombres. Pero el hombre ignorante convierte en muerte lo que yo le doy para que tenga vida, y de este modo se vuelve en extremo cruel para consigo mismo. Pero yo, a pesar de ello, no dejo de cuidar de él, y quiero que sepas que todo cuanto tiene el hombre proviene de mi gran providencia para con él. Y así, cuando por mi suma providencia quise crearlo, al contemplarme a mí mismo en él, quedé enamorado de mi creatura y me complací en crearlo a mi imagen y semejanza, con suma providencia. Quise, además, darle memoria para que pudiera recordar mis dones, y le di parte en mi poder de Padre eterno.
    Lo enriquecí también al darle inteligencia, para que en la sabiduría de mi Hijo comprendiera y conociera cuáles mi voluntad, pues yo, inflamado en fuego intenso de amor paternal, creo toda gracia y distribuyo todo bien. Di también al hombre la voluntad, para que pudiera amar y así tuviera parte en aquel amor que es el mismo Espíritu Santo; así le es posible amar aquello que con su inteligencia conoce y contempla.
    Esto es lo que hizo mi inefable providencia para con el hombre, para que así el hombre fuese capaz de entenderme, gustar de mí y llegar así al gozo inefable de mi contemplación eterna. Pero, como ya te he dicho otras muchas veces, el cielo estaba cerrado a causa de la desobediencia de vuestro primer padre, Adán; por esta desobediencia vinieron y siguen viniendo al mundo todos los males.
    Pues bien, para alejar del hombre la muerte causada por, su desobediencia, yo, con gran amor, vine en vuestra ayuda, entregándoos con gran providencia a mi Hijo unigénito, para socorrer, por medio de él, vuestra necesidad. Y a él le exigí una gran obediencia, para que así el género humano se viera libre de aquel veneno con el cual fue infectado el mundo a causa de la desobediencia de vuestro primer padre. Por eso, mi Hijo unigénito, enamorado de mi voluntad, quiso ser verdadera y totalmente obediente y se entregó, con toda prontitud, a la muerte afrentosa de la cruz y con esta santísima muerte os dio a vosotros la vida, no con la fuerza de su naturaleza, humana, sino con el poder de su divinidad.»