domingo, 2 de junio de 2019

Testigos del Amor


«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
Vosotros sois testigos de esto”.
Somos testigos, aunque no hayamos visto, aunque no hayamos estado en ese lugar y en ese momento, pero el Señor nos quiere para dar testimonio, testimonio cierto y claro de lo que creemos, de lo que nos han contado, de lo que sabemos que el Señor ha querido dejar escrito para nuestra vida de fe.
Pero, para ser testigo no basta sólo con creer lo que me han dicho, sino que, en nuestro caso, tenemos que tener una experiencia de fe, una experiencia de Cristo, una experiencia de Dios. Y esa experiencia no se logra sólo con saber de memoria lo que dicen las Sagradas Escrituras, sino que tengo que encontrarme con el Señor, dialogar con Él, entablar una relación personal que me ayuda a no sólo a creer sino a conocer a quién, de verdad, tengo que amar.
Pero no es que tenga que amarlo como obligación, como un matrimonio acordado por mis padres, sino que tengo que amarlo porque lo he conocido, porque he escuchado su Voz, porque he experimentado su Amor por mí, aunque yo todavía no lo ame, o, incluso, aunque haya dejado de amarlo y lo haya rechazado. Él siempre me seguirá amando.
Ese testimonio de Amor verdadero es el que no se puede refutar, porque tampoco se puede explicar. ¿Cómo explicar el porqué ama al Amado? Podré decir las cualidades que tiene, en dónde nos encontramos, pero para poder amarlo hay que comenzar a conocerlo, como a todos. Y, sobre todo, aprender sabiendo que Él es una persona, que es Dios, pero que es Hombre y por eso puedo, con Él hablar de tú a Tú, sin que me reproche el haberlo olvidado, el haberlo rechazo, sino que, todo lo contrario, me abrirá su Corazón para que lo conozca profundamente, y pueda derramar así todo su Infinito Amor sobre el mío.
En realidad no somos testigos de hechos, de palabras, sino que somos testigos del Amor Verdadero.

sábado, 1 de junio de 2019

Pedir con sentido

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.
Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa."
Siempre hemos querido poder pedir todo lo que quisiéramos y que todo se cumpla, pero sabemos que no todo lo que pedimos siempre se cumple, y, es más, es mucho mas lo que no se cumple que lo que se cumple. Entonces ¿por qué nos dice Jesús que pidamos al Padre en su nombre, y Él nos lo dará?
Pedir en nombre de Jesús es pedir como pediría Jesús, y ¿qué pediría Jesús? Y ahí está el nudo de nuestra cuestión, porque Jesús no pediría todo lo que se le ocurriera, ni todo aquello que no fuera Voluntad del Padre, sino que pediría la fortaleza para vivir la Voluntad del Padre.
En este momento me vienen a la cabeza dos situaciones en las que Jesús pidió algo al Padre, en voz alta: la primera fue cuando llegó a casa de Marta, María y Lázaro y Lázaro ya llevaba tres días muerto. En ese momento dijo Jesús: "Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado". Y la segunda vez, en el Huerto de los Olivos: "Padre, si es posible que pase de mí este Cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya".
No era necesaria la resurrección de Lázaro porque era su amigo, sino para que los que estuvieran ahí pudieran creer en Su Nombre, en que Él era el Enviado. Y en el Huerto, aunque pide, como nosotros muchas veces lo hacemos que nos separe de la cruz, pero igualment acepta la Voluntad de Dios.
Si tomamos en cuenta que el Señor nos ha elegido para que seamos sus testigos, para que seamos enviados creíbles, nuestra oración siempre tiene que estar unida a Su Oración: las búsqueda de la Voluntad del Padre para que nuestro testimonio sea veradero, y la fortaleza para poder llevar a cabo. Así, si leemos y rezamos con lentitud el Padre Nuestro, que Él mismo, nos enseñó, descubriremos cuáles son las cosas que tenemos que pedir en nuestra oración, y, en el Padre Nuestro están muy bien sintetizadas.
Cuando pedimos según nuestro criterio humano y no encontramos respuestas en la oración, entonces vamos, poco a poco, perdiendo la esperanza y nuestra relación con el Señor va en caída. Pero si descubrimos el verdadero sentido de la oración y aprendemos a pedir, como nos dice san Pablo: "pedis y nos recibis, porque no sabeis pedir. El Espíritu Santo es quien clama por nosotros". Dejemos al Espíritu que nos ayude a pedir lo que verdaderamente neceistamos para que así podamos, como dice Jesús, alcanzar la "completa alegría".

viernes, 31 de mayo de 2019

Misterio siempre nuevo

De san Máximo Confesor, abad
El Verbo de Dios nació según la carne una vez por todas, por su bondad y condescendencia para con los hombres, pero continúa naciendo espiritualmente en aquellos que lo desean; en ellos se hace niño y en ellos se va formando a medida que crecen sus virtudes; se da a conocer a sí mismo en proporción a la capacidad de cada uno, capacidad que él conoce; y si no se comunica en toda su dignidad y grandeza no es porque no lo desee, sino porque conoce las limitaciones de la facultad receptiva de cada uno, y por esto nadie puede conocerlo de un modo perfecto.

En este sentido el Apóstol, consciente de toda la virtualidad de este misterio, dice: Jesucristo es el mismo hoy que ayer, y para siempre, es decir, que se trata de un misterio siempre nuevo, que ninguna comprensión humana puede hacer que envejezca.

Cristo, que es Dios, nace y se hace hombre, asumiendo un cuerpo y un alma racional, él, por quien todo lo que existe ha salido de la nada; en el Oriente una estrella brilla en pleno día y guía a los magos hasta el lugar en que yace el Verbo encarnado; con ello se demuestra que el Verbo, contenido en la ley y los profetas, supera místicamente el conocimiento sensible y conduce a los gentiles a la luz de un conocimiento superior.

Es que las enseñanzas de la ley y los profetas, cristianamente entendidas, son como la estrella que conduce al conocimiento del Verbo encarnado a todos aquellos que han sido llamados por designio gratuito de Dios.

Así pues, Dios se hace perfecto hombre, sin que le falte nada de lo que pertenece a la naturaleza humana, excepción hecha del pecado (el cual, por lo demás, no es inherente a la naturaleza humana); de este modo ofrece a la voracidad insaciable del dragón infernal el señuelo de su carne, excitando su avidez; cebo que, al morderlo, se había de convertir para él en veneno mortal y causa de su total ruina, por la fuerza de la divinidad que en su interior llevaba oculta; esta misma fuerza divina serviría, en cambio, de remedio para la naturaleza humana, restituyéndola a su dignidad primitiva.

En efecto, así como el dragón infernal, habiendo inoculado su veneno en el árbol de la ciencia, había corrompido al hombre cuando éste quiso gustar de aquel árbol, así también aquél, cuando pretendió devorar la carne del Señor, sufrió la ruina y la aniquilación, por el poder de la divinidad latente en esta carne.

La encarnación de Dios es un gran misterio, y nunca dejará de serlo. ¿Cómo el Verbo, que existe personal y substancialmente en el Padre, puede al mismo tiempo existir personal y substancialmente en la carne? ¿Cómo, siendo todo él Dios por naturaleza, se hizo hombre todo él por naturaleza, y esto sin mengua alguna ni de la naturaleza divina, según la cual es Dios, ni de la nuestra, según la cual es hombre? únicamente la fe puede captar estos misterios, esta fe que es el fundamento y la base de todo aquello que excede la experiencia y el conocimiento natural.

jueves, 30 de mayo de 2019

Entre el tiempo y la eternidad

«¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: "Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver"? En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría».
El tiempo para Dios no existe, pues en Él sólo hay eternidad, por eso nunca sabremos cuánto es ese poco en el que lo volveremos a ver. Y, muchas veces, ese poco o el tiempo de Dios en nuestras vidas es lo que más ansiedad nos produce, porque no sabemos esperar los tiempos de Dios. Vivimos, como muchas veces hablamos, en los tiempos del ¡ya! del ¡ahora! y eso para Dios no existe, sobre todo porque sólo Él sabe cuándo es la plenitud del tiempo para tal o cual persona, para tal o cual situación histórica. Sólo Él conoce cuándo nuestro corazón está preparado para recibir lo que Él quiere darnos, y, también, cuándo estamos dispuestos para aceptar lo que quiere decirnos.
San Pablo dice: "en la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo Único...", es Dios quién conoce los tiempos, pero es el Hombre quien tiene la libertad de aceptar y reconocer los tiempos de Dios. Porque en esa plenitud de los tiempos algunos reconocieron a Jesús y otros no.
Así ocurrió que con la muerte de Jesús en la Cruz el mundo se alegró, pero los que lo habían reconocido se pusieron tristes. En el mundo creyeron que habían dado muerte al que venía a molestar, y, en cambio los discípulos se entristecieron porque se llevaron a su Dios y Señor.
En cambio, cuando el Señor resucitó los que lo seguían se alegrarón de la Buena Noticia, y los que lo creían muerto comenzaron a vivir en la tristeza de que las Promesas que no supieron reconocer, se cumplían. El mundo y el Príncipe de este mundo comenzaron a vivir en la tristeza.
En este tiempo del Espíritu, en este tiempo del Camino de la Santidad nuestra vida tiene que estar marcada por la alegría de la Resurrección esperando el encuentro final con nuestro Dios y Señor, aquél día será la alegría plena porque lo veremos tal cual es, y se caerán las escamas de nuestros ojos cuando estemos delante de nuestro Dios. Mientras tanto, hasta que llegue el tiempo final, estamos peregrinando en este Valle pero viviendo las alegrías de la eternidad, porque el Señor quiso quedarse con nosotros en Su Palabra y en la Eucaristía, haciendo que, cada día, el Cielo baje a la Tierra y en el altar podamos contemplar a nuestro Dios y Señor, así como los ángeles lo contemplan en el Cielo. Y, ahí, precisamente en ese momento de la consagración eucarística, el tiempo se vuelve eternidad pues es Dios mismo quien viene a nuestro encuentro y nos conforta con su misma vida, y la tristeza de la ausencia y la ansiedad se disuelven en un hermoso encuentro del hombre con Dios.

miércoles, 29 de mayo de 2019

El Camino a la Verdad

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena..."
A veces queremos saber todo, comprender todo, entender todo, conocer todo... es lógico en el hombre que eso sucede, es propio de nuestra naturaleza el buscar la respuesta y el sentido a todo lo que pasa, e, incluso, a lo que aún no ha sucedido. Pero no todo lo podremos saber y conocer, ni tan siquiera lo que ha pasado. El Don de la Fe que hemos recibido y que intentamos conservar no nos explica todo, sino que nos ayuda a aceptar todo y a ofrecer el dolor de la oscuridad de no poder entender lo que, muchas veces, nos sucede.
Por esto mismo, Jesús, les decía a los apóstoles de la necesidad de que viniera el Espíritu Santo para "guiarnos hasta la verdad plena", un camino que, en algunos momentos, se hace demasiado largo recorrer. Sí, porque vivimos en tiempos donde la ansiedad es parte de nuestra vida, y todo lo que queremos para ayer y no sabemos esperar los tiempos de Dios, tiempos que son eternidad en nuestros días, y días en la eternidad de Dios; pero que, finalmente, siempre llegan en el momento en el que estemos dispuestos a entender, a escuchar.
La ansiedad que vivimos no nos permite, muchas veces, disponernos a escuchar, o, mejor dicho, no nos disponemos a escuchar lo que nos tiene que decir el Padre, porque no siempre queremos escuchar lo que no queremos escuchar, sino que queremos escuchar lo que nos venga bien a nosotros.
La Verdad Plena de la que nos habla el Señor no siempre nos alegrará, porque hablará de parte del Padre y será Él quien nos habra el entendimiento para saber qué es lo que había preparado desde siempre para nosotros, pero eso que Él preparó ¿es lo que nosotros esperábamos? Porque, a veces, tenemos la verdad delante de nuestros ojos pero no la vemos, porque vamos buscando otras verdades. Nos creemos tan sabios e inteligentes que la Verdad no la vemos porque "ya lo sabemos todo", y no nos damos cuenta que lo que hemos conocido por nuestra cuenta sólo es parte de la Verdad e, incluso, muchas veces, no es ni siquiera una parte sino que es la que yo me he inventado para mí.
No tengamos miedo al Espíritu Santo, Él vendrá a revelarnos todo lo que el Padre tiene para nosotros, y no sólo nos enseñará el Camino sino que nos dará la fortaleza necesaria para recorrerlo, aunque nos cueste dar cada paso.

martes, 28 de mayo de 2019

Cristo es el vínculo de unidad

Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

    Todos los que participamos de la carne sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con él, como atestigua san Pablo, cuando dice, refiriéndose al misterio del amor misericordioso del Señor: El misterio que no fue dado a conocer a las pasadas generaciones ahora ha sido revelado por el Espíritu a los santos apóstoles y profetas: esto es, que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y coparticipes de las promesas divinas, en Cristo Jesús.
    Y si somos unos para otros miembros de un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo entre nosotros mismos, sino también para aquel que está en nosotros por su carne, ¿por qué, entonces, no procuramos vivir plenamente esa unión que existe entre nosotros y con Cristo? Cristo, en efecto, es el vínculo de unidad, ya que es Dios y hombre a la vez.
    Siguiendo idéntico camino, podemos hablar también de nuestra unión espiritual, diciendo que todos nosotros, por haber recibido un solo y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo, estamos como mezclados unos con otros y con Dios. Pues, si bien es verdad que tomados cada uno por separado somos muchos, y en cada uno de nosotros Cristo hace habitar el Espíritu del Padre y suyo, este Espíritu es uno e indivisible, y a nosotros, que somos distintos el uno del otro en cuanto seres individuales, por su acción nos reúne a todos y hace que se nos vea como una sola cosa, por la unión que en él nos unifica.
    Pues, del mismo modo que la virtualidad de la carne sagrada convierte a aquellos en quienes actúa en miembros de un mismo cuerpo, pienso que, del mismo modo, el único e indivisible Espíritu de Dios, al habitar en cada uno, los vincula a todos en la unidad espiritual.
    Por esto nos exhorta también san Pablo: Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos por mantener la unidad del espíritu, con el vinculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios. Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo y lo invade todo. Al estar en cada uno de nosotros el único Espíritu, estará también, por el Hijo, el único Dios y Padre de todos, uniendo entre sí y consigo a los que participan del Espíritu.
    Y el hecho de nuestra unión y comunicación del Espíritu Santo, en cierto modo, se hace también visible ya desde ahora. Pues, si, dejando de lado nuestra vida puramente natural, nos sometimos de una vez para siempre a las leyes del espíritu, es evidente para todos nosotros que -por haber dejado nuestra vida anterior y estar ahora unidos al Espíritu Santo, y por haber adquirido una hechura celeste y haber sido en cierta manera transformados en un nuevo ser- ya no somos llamados simplemente hombres, sino también hijos de Dios y hombres celestiales, por nuestro consorcio con la naturaleza divina.
    Por tanto, somos todos una sola cosa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; una sola cosa por la identidad de condición, por la asimilación que obra el amor, por la comunión de la carne sagrada de Cristo y por la participación de un único y Santo Espíritu.

lunes, 27 de mayo de 2019

El Espíritu Santo nos renueva

Del Tratado de Dídimo de Alejandría, Sobre la Santísima Trinidad

    El Espíritu Santo, en cuanto que es Dios, junto con el Padre y el Hijo, nos renueva en el bautismo y nos retorna de nuestro estado deforme a nuestra primitiva hermosura, llenándonos de su gracia, de manera que ya nada nos queda por desear; nos libra del pecado y de la muerte; nos convierte de terrenales, esto es, salidos de la tierra y del polvo, en espirituales; nos hace partícipes de la gloria divina, hijos y herederos de Dios Padre, conformes a la imagen del Hijo, coherederos y hermanos de éste. para ser glorificados y reinar con él; en vez de la tierra nos da el cielo y nos abre generosamente las puertas del paraíso, honrándonos más que a los mismos ángeles; y con las aguas sagradas de la piscina bautismal apaga el gran fuego inextinguible del infierno.
    Hay en el hombre un doble nacimiento, uno natural, otro del Espíritu divino. Acerca de uno y otro escribieron los autores sagrados. Yo voy a citar el nombre de cada uno de ellos, así como su doctrina.
    Juan: A cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, dio poder de llegar a ser hijos de Dios, los cuales traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios. Todos los que creen en Cristo, afirma, han recibido el poder de llegar a ser hijos de Dios, esto es, del Espíritu Santo, y de llegar a ser del mismo linaje de Dios. Y, para demostrar que este Dios que nos engendra es el Espíritu Santo, añade estas palabras de Cristo en persona: Te aseguro que el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.
    La piscina bautismal, en efecto, da a luz de manera visible al cuerpo visible de la Iglesia, por el ministerio de los sacerdotes; pero el Espíritu de Dios, invisible a todo ser racional, bautiza espiritualmente en sí mismo y regenera, por ministerio de los ángeles, nuestro cuerpo y nuestra alma.
    Juan el Bautista, en relación con aquella expresión: De agua y de Espíritu, dice, refiriéndose a Cristo: Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Ya que nosotros somos como una vasija de barro, por eso necesitamos en primer lugar ser purificados por el agua, después ser fortalecidos y perfeccionados por el fuego espiritual (Dios, en efecto, es un fuego devorador); y, así, necesitamos del Espíritu Santo para nuestra perfección y renovación, ya que este fuego espiritual es también capaz de regar, y esta agua espiritual es capaz de fundir como el fuego.