martes, 16 de mayo de 2017

La Paz del Señor

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde".
Antes de volver al Padre Jesús les da a los apóstoles lo más importante y necesario para vivir sin Él: la paz. Pero, como Él dice, no la paz como la da el mundo, sino una Paz verdadera que perdurará en el corazón y sabemos conservarla, pues esa Paz es la unión y permanencia de nosotros con Él, no es una paz que otros conquistan por mí, sino una paz que yo conservo en mí para los demás.
Tampoco es una paz que me deje tranquilo, sino hacer nada. Todo lo contrario, es la Paz que intranquiliza mi alma pues buscará siempre la Voluntad del Padre, para poder mantener el alma en paz. Y esa Voluntad del Padre hará que no descanse nunca: "nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti" (San Agustín)
Por eso ayer el Señor nos hablaba de permanecer "como el sarmiento en la vid" pues sólo buscando nuestra unión en el Amor con Él su Paz seguirá en nosotros, pero mientras no estemos unidos a Él por el Amor y las obras, esa paz sólo será una brisa que pasa por nuestras vidas y no la Verdadera Paz que nos da la unión de vida y alma con el Señor.
Así San Cirilo de Alejandría nos dice que: "La adhesión de los que se allegan a la vid es una adhesión de voluntad y de propósito, la unión de la vid con nosotros es una adhesión de afecto y de naturaleza. Movidos por nuestro buen propósito, nos allegamos a Cristo por la fe y, así, nos convertimos en linaje suyo, al obtener de él la dignidad de la adopción filial. En efecto, como dice san Pablo, quien se une al Señor es un espíritu con él".
Cuando no sintamos la Verdadera Paz en nuestra alma es porque nos hemos alejado, voluntaria o involuntariamente, del Señor. Quizás el trajín del día a día, las preocupaciones de todos los días, o, simplemente, la tibieza de mi vida cristiana, nos alejan del Señor: de Su Palabra, de sus Sacramentos, de los hermanos; y así, poco a poco, vamos perdiendo la Verdadera Paz y la buscamos en otros dioses que no son Nuestro Señor Jesucristo.
Y cuando vamos perdiendo la Paz del Señor vamos sembrando en nuestra propia vida inseguridades, tinieblas y el mismo pecado se vuelve cotidiano en nuestro hacer diario; y eso mismo lo hacemos con nuestros hermanos: no somos instrumentos de Paz pues no la tenemos en nuestros corazones, y nuestros frutos no son de paz.
Pidamos al Señor la fortaleza de nuestro espíritu para poder permanecer en Él, para buscarlo en la Oración, la Reflexión de la Palabra, la Vida Sacramental y en la relación con los hermanos, para que Él siempre esté en nuestro corazón y nuestro corazón pueda encontrar la Verdadera Paz

lunes, 15 de mayo de 2017

Mis 24 años sacerdotales

Hoy hace 24 años que el Señor me concedió la Gracia de ser Sacerdote, en Arrecifes mi pueblo, Mons. Domingo S. Castagna con la imposición de sus manos dignificó mi vida con el Orden Sacerdotal. Un día realmente hermoso e inolvidable que no hubiera sido posible si el P. Efraín no hubiese tenido tanta paciencia y amor como para formar mi vida para que pudiera comenzar a recorrer este nuevo camino que, aún hoy, queda mucho por recorrer y perfeccionar.
Por eso me viene bien la Palabra del Señor de hoy:
"Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada".
No es, en realidad, una frase que no tenga presente todos los días, pero hoy se hace más patente en mi vida, pues una vez nos decía Efraín: "permanecer es lo más difícil", pues permanecer no es simplemente estar, sino que es permanecer creciendo, madurando; pues el sarmiento en la vida permanece creciendo, madurando, dando frutos constantemente, si deja de crecer se seca y se tira.
Nos decía Efraín: "la gracia más necesaria en nuestra vida es la de perseverar" en el Don recibido. Hoy hay tantas cosas que nos pueden alejar del camino y no sólo a nosotros los sacerdotes, sino a todos los que queremos vivir el cristianismo de verdad. Incluso nosotros mismos ponemos obstáculos para permanecer en la Vid Verdadera, pues siempre sabemos inventarnos nuevas excusas para alejarnos de Él sabiendo que "sin Él no somos nada".
En estos 24 años he tenido muchos regalos de parte de Dios, regalos que han sido de gran gozo para mi corazón y regalos que han sido de gran poda para mi alma, aunque a éstos nunca los deseamos pero cuando nos damos cuenta son los que mejor bien nos hacen, pues en la poda adquirimos más fuerza para crecer.
No siempre el camino ha sido llano, aunque tampoco Dios me ha pedido grandes Cruces, pero siempre me ha acompañado o ha puesto hermanos que me acompañen en este hermoso caminar.
Y hoy como hace 24 años sigo dando Gracias por este no merecido regalo de Dios del Sacerdocio Ministerial, y le pido que siempre me ayude a mantener viva la llama del Amor Primero para ser cada día Fiel a la Vida que Él me ha dado.
Y a vosotros rezad por cada uno de nosotros, los sacerdotes, para que tengamos siempre el Espíritu para saber y aprender, cada día, a ser pastores según el corazón del Padre.

domingo, 14 de mayo de 2017

Cristo es el Día

De los Sermones de san Máximo de Turín, obispo
 
    Por la resurrección de Cristo se abren las puertas de la región de los muertos; por obra de los neófitos la tierra es renovada; por obra del Espíritu Santo se abren las puertas del cielo. La región de los muertos, una vez abierta, devuelve a sus prisioneros; la tierra renovada germina a los resucitados; el cielo abierto acoge a los que a él ascienden.
    El ladrón sube al paraíso, los cuerpos de los santos entran en la ciudad santa, los muertos regresan entre los vivos y, por la acción eficaz de la resurrección de Cristo, todos los elementos se ven enaltecidos.
    La región de los muertos deja salir de sus profundidades a los que allí estaban retenidos, la tierra envía al cielo a los que en ella estaban sepultados, el cielo presenta al Señor a los que acoge en sus moradas; y la pasión del Salvador, con una sola e idéntica operación, nos levanta desde lo más profundo, nos eleva de la tierra y nos coloca en lo alto.
    La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo en este día en que actuó el Señor.
    La luz de Cristo es un día sin noche, un día que no tiene fin. El Apóstol nos enseña que este día es el mismo Cristo, cuando dice: La noche va pasando, el día está encima. La noche -dice- va pasando, no dice: -vuelve-, para darnos así a entender que, con la venida de la luz eje Cristo, se ahuyentan las tinieblas del demonio y no vuelve ya más la oscuridad del pecado. y que, con este indeficiente resplandor, son rechazadas las tinieblas de antes, para que el pecado no vuelva a introducirse subrepticiamente.
    Tal es el día del Hijo, a quien el Padre comunica, de un modo arcano, la luz de su divinidad. Tal es el día que dice, por boca de Salomón: Yo hice nacer en los cielos la luz indeficiente.
    Por esto, del mismo modo que la noche no sucede al día del cielo, así también las tinieblas del pecado no pueden suceder a la justicia de Cristo. El día celeste no cesa nunca de dar su luz y resplandor, ni hay oscuridad alguna capaz de ponerle fin; así también la luz de Cristo brilla, irradia, centellea siempre, y las tinieblas de los delitos no pueden vencerla, como dice el evangelista Juan: Esta luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la vencieron.
    Por tanto, hermanos, todos debemos alegrarnos en este día santo. Nadie se retraiga de la común alegría, aunque tenga conciencia de sus pecados; nadie se aparte de la oración común, aunque se sienta agravado por sus culpas. En este día, nadie, por más que se sienta pecador, debe desesperar del perdón, ya que se trata de un día sobremanera privilegiado. Si el ladrón obtuvo la gracia del paraíso, ¿por qué el cristiano no ha de obtener el perdón?

sábado, 13 de mayo de 2017

A 100 años de Fátima

A los pocos días de ingresar en el Seminario, el 19 de enero de 1986, nuestro Formador, el P. Efraín Sueldo Luque, no tuvo mejor idea que consagrar nuestras vidas al Corazón Inmaculado de la Virgen de Fátima. Desde ese día he tenido una especial relación con María de Fátima, leyendo su historia a través de la palabra de la Hna. Lucía, una de los pastorcitos de Fátima. Siempre me ha conmovido esos momentos de encuentro profundo de almas tan inocentes con la Virgen, pero mucho más ha sido el inmenso amor que ellos, Jacinta, Francisco y Lucía, le demostraron al Señor por medio de María.
Hoy a 100 años de aquél momento Jacinta y Francisco serán declarados Santos por el Papa Francisco, para que su vida sea un modelo para todos los cristianos que intentamos, todos los días, seguir el Camino de Jesús, seguir a Jesús de la mano de María.
Pero, sobre todo, hoy como hace 100 años vuelven a resonar las palabras de María llamándonos a la conversión por medio de la penitencia y la oración. Nos vuelve a recordar que debemos volver nuestra mirada hacia Dios Padre y dejar que las Palabras de Su Hijo penetren en nuestro corazón para que vivamos en santidad.
María, como Madre, nos hace mirar a lo profundo de nuestro corazón para no sólo reconocer nuestro pecado, sino para descubrir la Obra de Dios en nosotros, ese Dios que infundió en nuestros corazones el Fuego de Su Espíritu que clama a Él llamándolo ¡Abba! ¡Padre! y si lo llamamos Padre es que tenemos que ser hijos, hijos a la medida del Hijo Único de Dios que se entregó por nosotros, por amor a nosotros, para que nosotros por Amor a Él nos entreguemos a Dios.
Los tres pastorcitos nos enseñaron que no hacen falta muchas luces, no hacen falta muchos títulos, ni mucha nada para alcanzar la santidad, sino que hace falta mucha confianza en el Señor y un deseo constante de hacer su Voluntad. Ellos con sus pocos años abrieron sus corazones al Espíritu y ofrecieron sus grandes sacrificios por la conversión de los pecadores, hicieron grandes penitencias por la paz del mundo, y supieron aceptar con amor la Cruz que el Señor les pidió vivir.
Hoy es un día muy especial. María nos vuelve a pedir que nos consagremos a su Corazón Inmaculado para que sea Ella quien nos ayude a, como Ella, a escuchar la Voz del Hijo para ser, como Él, obedientes al Padre.

"Oh Señora mía, Oh Madre mía! Yo me entrego del todo a Vos; y en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo vuestro Oh Madre de bondad, guardadme y defendedme como hijo y posesión vuestra.
Amén".

viernes, 12 de mayo de 2017

Un combate diario para creer y confiar

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
– «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí..."
Si bien este pasaje del Evangelio es el comienzo de una exhortación sobre las moradas eternas, también estas palabras nos sirven para alentarnos en todo momento. No es sólo el misterio de la muerte física lo que turba nuestro corazón, sino también tantas otras muertes espirituales que hemos de vivir constantemente lo que ensombrece nuestra vida.
¿Por qué Jesús ante estas situaciones nos dice "creed en Dios y creed también en mí"? Si creemos, pero hay cosas que nos duelen y nos fastidian mucho cuando suceden, y situaciones o cruces espirituales que no nos dejan dormir ni confiar.
El dolor de una muerte física o espiritual, el cargar una Cruz física o espiritual o moral, son dolores que no siempre los entendemos o comprendemos, y no siempre es de nuestro agrado poder asumirlos. La respuesta, muchas veces, es ¿por qué a mí Señor? ¿Por qué tengo que vivir esto si lo que yo quiero es otra cosa, hasta incluso algo más santo de lo que estoy viviendo?
Creer en Dios y en Jesús es saber confiar, primero, en Su Amor Infinito y, sobre todo, en su Voluntad que puede ser muchas veces algo que Él me pida que viva, o algo que Él permita que viva. ¿Por qué estas dos manera? Porque entre Dios y el hombre también se "meten" otros hombres, la libertad de "otros hombres", e incluso mi propia libertad.
Miremos la vida de Jesús ¿tenía Él que sufrir todo lo que sufrió? No tendría que haberlo sufrido, pues Él no tenía pecado y lo único que quería era hacer la Voluntad del Padre. Y la Voluntad del Padre era que entregara su Vida para nuestra Salvación. Por eso dice San Pablo:
"En efecto, los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Y, aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos".
Sin quererlo los hombres actuaron según su propia voluntad egoísta y llevaron a la muerte a Jesús, pero Dios hizo de ese gran pecado una Gracia de Salvación para todos los hombres.
En nuestra vida ocurre lo mismo: debemos saber confiar en el Tiempo de Dios y en su Voluntad, pues es Él quien conoce cuándo es el momento y hasta cuánto puedo yo llevar lo que me pide. Por eso tenemos que estar siempre tomados de Sus Manos, porque sólo su Gracia nos Salvará, nos sostendrá en los momentos de caídas y nos levantará cuando no tengamos más fuerzas. Pero siempre estará Él para consolarnos y mostrarnos el Camino que nos conduce a la Vida. Y así a pesar de nuestras oscuridades y dudas seguiremos combatiendo hasta el final el combate de la Fe, del Amor y la Esperanza.

jueves, 11 de mayo de 2017

No somos más que el Señor

"Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo:
– «En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido..."
Creernos más que Dios. Ser más papistas que el Papa. Y tantas otras afirmaciones escuchamos muchas veces. Afirmaciones que no están lejos de nuestras vidas, pues no sólo las decimos a otros, sino que otros las dicen de nosotros. Y sí, la humildad que nos pide vivir el Señor se nos escapa de las manos una y otra vez, no sólo porque somos vanidosos o soberbios, sino porque otras veces no creemos en la elección que el Señor ha hecho sobre nosotros: creemos que al pedirnos tal o cual cosa se ha equivocado, pues no somos ni tan buenos como Él cree, ni tan perfectos para hacer tal o cual actividad.
Es cierto que por nuestra capacidad de razonar todas las cosas nos equivocamos fácilmente, pero también nos equivocamos cuando intentamos juzgar las acciones de Dios. Pero ¡claro que podemos juzgar lo que Dios hace! Pero que eso no nos lleve a dejar de creer en Él, que no nos lleva a pensar que se ha equivocado con nosotros; sino todo lo contrario en pensar que soy yo quien se ha equivocado a la hora de comenzar a recorrer el Camino que Él ha elegido para mí.
Con esto de la tecnología se podría hacer una comparación con los navegadores GPS que usamos en los coches: cuando hemos viajado mucho ya creemos que nos sabemos todos los caminos, y a veces no le hacemos caso al navegador, o a alguien que nos ha dado una mejor forma de llegar a destino, y nos hacemos los maestros de la carretera y tomamos nuestra propia ruta. Alguna vez acertamos, pero quizás otras no ¿a quién echamos la culpa?
Y, desde Adán y Eva, como nos lo dice la Escritura, la culpa siempre la tiene el otro que fue quien me tentó. ¿Cuántas veces asumimos nuestra propia culpa? ¿Cuántas veces pedimos perdón por no haber obedecido? ¿Cuántas veces pedimos disculpas por habernos creídos más que Dios o más papistas que el Papa?
Humanamente, quizás, podemos llegar a ser mejores o más inteligentes unos que otros. Pero frente a Dios no creo que alcancemos nunca su nivel de Sabiduría y Consejo, si Él "nos conoce más que nosotros mismos" pues ha sido Él quien "no fue tejiendo en las entrañas de nuestras madres".
Por eso no es una cuestión de humildad, soberbia o vanidad, sino que es una cuestión de confianza, de saber a Quién o en qué creemos para pode dejarnos guiar. Si le tendemos la mano a Nuestro Padre Dios o simplemente nos guiamos por nuestro propio instinto pues ya somos grandes y sabemos caminar solitos. No dejes que la tontuna humana niego el Espíritu de hijo que el Señor nos ha dado y tendamos la mano al Señor para que el nos lleve por los mejores Caminos.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Son las palabras quienes nos juzgan

"Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día".
Uno podría decir que estamos salvados porque Jesús no vino a juzgarnos, porque es un hombre bueno y por eso no juzga. No, no nos juzga Su Palabra es la que nos juzga, pues si lo hemos escuchado pero no hemos obedecido somos nosotros quienes ya nos hemos condenado, pues nos hemos apartado de la Palabra de Vida. O, casi el extremo, si lo hemos escuchado pero hemos hecho lo contrario a lo que hemos escuchado así lo hemos negado totalmente, hemos renunciado a la Palabra que da vida.
Y también podríamos decir que a nosotros nos pasa lo mismo, pues son nuestras mismas palabras quienes nos juzgan a cada uno. Muchas veces nos encontramos con quienes dice cosas que después dicen que no han dicho, pero que en realidad quieren ocultarse tras una mentira pues se han dado cuenta que sus palabras no tienen fundamento en la verdad. Pero, aunque nieguen lo que han dicho, esas palabras ya lo han condenado pues han salido hacia los otros. Pues aunque dice que "a las palabras se las lleva el viento", es cierto, pero el viento las va llevando de persona en persona, y eso puede hacer mucho daño o puede hacer mucho bien.
Cuando nuestro corazón está en orden y vive en Dios, por Dios y para Dios, entonces las palabras que salen de nuestros labios van a llevar, también, un poco de Dios. Contando desde ya con nuestra imperfección y pecado, pero intentaremos que antes de que salgan de nuestros labios pensaremos qué es lo que queremos decir y por qué lo decimos, pues sabremos que esas palabras no sólo hablarán de algo o de alguien, sino que darán testimonio de quién soy yo en realidad.
Por eso Jesús siempre tenía en su mente y en su corazón:
"Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre".
"De la abundancia del corazón hablan los labios", nos decía también Jesús en algún momento.
No dejemos que nuestro corazón se llene de resentimientos, rencores, egoísmos, odios y envidias, sino que dejemos que el Espíritu nos ayude a purificarnos constantemente y sea Su Palabra la que llene nuestro corazón y nuestra mente, así teniendo la capacidad de pensar antes de hablar podremos construir y fomentar la paz, la fraternidad, la armonía, la alegría y la esperanza.