martes, 17 de septiembre de 2019

Humos en la cabeza

Cuando san Pablo le escribe a Timoteo acerca de la elección de los obispos, hay una frase que llama la atención, y dice:
"Que no sea alguien recién convertido a la fe, por si se le sube a la cabeza y es condenado lo mismo que el diablo".
Se le subieron los humos a la cabeza, decimos, a veces, de ciertas personas que se creen que porque tienen un título, o han conseguido algo en la vida, ya pueden estar por sobre todos y pisar a cualquiera "con su sabiduría" o con su... vaya a saber con qué...
Pero es cierto, y sobre todo en estos tiempos que corren, hay mucha gente que se cree más que otros y, en algunos casos, quieren ocupar lugares que no le corresponden. El sábado decía en una homilía que, muchas veces, "los curas queremoa ser obispos, los obispos papas, los concejales alcaldes, los alcaldes presidentes...", porque nos creemos más capaces de los que ocupan los cargos ¿por qué? Por que los humos se nos subieron a la cabeza.
El orgullo mal vivido nos lleva a la vanidad, y la vanidad nos termina convirtiendo en soberbios que sólo buscan estar un esavalón por encima de todos. Y eso lo vemos con mucha facilidad en algunos y en nuestra propia vida, de la cual tamibén tenemos que dar cuenta, porque no sólo tenemos que mirar a quien está enfrente nuestro para saber si los humos se le han subido a la cabeza, sino que hay que mirar nuestros propios humos para ver si están en el lugar indicado.
Por eso el Señor nos pide, constantemente, crecer en la virtud de la humildad, no para menospreciarnos, sino para que aprendamos a ocupar el lugar que nos corresponde, y desde ahí poder mostrar un estilo de vida adecuado y coherente, porque cuando se disipan los humos que se nos subieron a la cabeza, apareceremos tal cual somos ante el mundo y eso será una gran caída para el ego, pues cuando nos hemos construido un pedestal de humo, las caídas pueden ser muy estrepitosas.
"El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado".
Pero es bueno recordar que la virtud de la humildad no es menospreciarnos, o dejar que nos pisoteen, sino que sabiendo quién soy ocupar mi lugar en la sociedad con mucha altura, sin creer que soy más que nadie, sino saber que Dios me ha puesto en ese lugar y en este tiempo porque ha pensado una misión particular que sólo yo puedo realizar, y, para la cual, tengo la Gracia suficiente y necesaria. Porque con buscar mi propia identidad y saber bien quién soy, tendré el lugar que me corresponde y en ese luguar Dios me ensalzará en la medida que Él lo crea, porque "El miró la pequeñez de su servidora, me llamarán Feliz todas las generaciones, porque el Todopoderoso ha obras grandes por mí".
Con aprender a encontrar tu misión y saber quién eres ya tenemos un gran trabajo, y ser coherente con esa misión, será un camino que nos santificará. Por eso no quieras ser quién no eres, sino que con ser quien Dios quiere que sea, es más que suficiente para dar una gran respuesta al mundo.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Tu palabra basta para sanarme

«Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; y a mi criado: "Haz esto", y lo hace».
Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo:
«Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe».
Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano".
Recordáis lo que decimos en la Misa, después de la consagración del Pan y del Vino:
- ¡Este es el misterio de la FE!
- Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Pues bien, de este pasaje evangélico se ha tomado esa respuesta. Una respuesta que es una afirmación de lo que creemos, de lo que necesitamos y de lo que practicamos.
"Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe", eso también lo dice, Jesús, por nosotros pero ¿tenemos tanta fe? ¿Cómo se mide la fe? La única forma de medir la fe es por nuestro estilo de vida. Sí, porque no hay una medida de fe más que la vida del que tiene fe, porque mi forma de hablar, de moverme, de hacer la cosas, de tratar a la gente hablarán de lo que creo y de en quien creo.
Si realmente tenemos la fe del centurión romano entonces sabremos que nuestra vida se desarrollará en unidad con el Señor, porque Él no sólo nos ha hablado desde lejos, sino que ha entrado en nuestra casa, en nuestra vida para sanar nuestras enfermedades y liberarnos de la opresión de nuestros pecados: egoísmos, vanidades, orgullos, envidias, desaveniecias, peleas, rencores... y tantas otras pestes que se nos van pegando del día a día.
Si el enfermo se curó sólo por la palabra que Jesús le dirigió a la distancia, ¡cuánto más nuestra alma es sanada cuando recibimos a Jesús en la Eucaristía! ¡Cuántas Gracias se derraman en nuestros corazones cuando Él llega a nuestros labios y a nuestro corazón al recibir Su Cuerpo! Pero si con una sola vez que comulgaramos con la fe del centurión estaríamos salvados y santificados. Y, sin embargo, aún queremos más signos y milagros.
Cuantos más milagros pedimos es porque confiamos en la Palabra del Señor, es porque poco hemos conocido el Amor de la Providencia de Jesús, porque "si una palabra tuya bastará para sanarme", ¿porque sigo insistiendo en algo que Dios no quiere concederme?¿Es que Dios es tan malo que no quiere darme lo que le pido? ¿No será acaso, como dice san Pablo: no recibis porque no sabeis pedir?
¡Cuánto que se nos da cuando nos acercamos al altar y es Jesús mismo quien se nos entrega en la Eucaristía! ¿Acaso necesitamos más que a Jesús mismo en su Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad? Si su palabra basta para sanarnos...

domingo, 15 de septiembre de 2019

Los dolores de María

Hoy, 15 de setiembre, se celebra en muchos lugares la fiesta de la Virgen de los Dolores, una emotiva devoción a los Dolores de la Madre junto a la Cruz de Jesús. Una imagen que nos lleva hasta el Corazón sufriente de una madre que se despide de su Hijo y tiene la fuerza de permanecer de pie junto al sufrimiento de su único hijo. Pero también nos lleva a mirar al Hijo que desde la Cruz nos entrega a María como Madre para cada uno de nosotros. Un ofrecimiento el de Jesús no sólo de su propia vida en la cruz, sino también del amor de María, del Amor de la Madre, para que, nosotros como Él, tengamos siempre su cercanía, su consuelo, su fortaleza. Y, sobre todo, una nueva misión para María, una misión que acepta desde el silencio de su corazón: abrazar a todos los hombres como lo abrazaba a Jesús, consolar a todos como lo hacía con Jesús, sostenernos a todos como lo sostuvo a Jesús, en definitiva encontrar en nuestros rostros el rostro de Jesús.
Una misión que no sólo será para María, sino que también será para nosotros: que María pueda descubrir en nosotros al Hijo que Dios le entregó, al Hijo Único que nos la entrego como Madre.
Y junto a este pensamiento hay, en las lecturas de este domingo, una actitud y una virtud que se repiten desde Dios Padre a los hijos pequeños: el arrepentimiento. En la primera lectura, ante Moisés, Dios se arrepiente de encender su cólera sobre el Pueblo de Israel, en la carta de San Pablo, él nos habla de su conversión y de su encuentro con Jesús; y en el evangelio nos muestra la parábola del hijo pródigo que arrepentido vuelve a casa de su Padre. Y en cada momento, luego del arrepentimiento nos muestra la alegría de volver a encontrarse, cada uno, con la alegría del perdón, del abrazo con el otro, del encuentro consigo mismo.
Es cierto que se necesita mucha fuerza para alcanzar el arrepentimiento, pues para arrepentirnos neceistamos reconocer que nos hemos equivocado, y eso, por nuestro egoísmo, orgullo y vanidad, no siempre lo logramos. El caso es que cuando no nos arrepentimos y no pedimos perdón seguimos con ese nudo en nuestro corazón y se va viendo en nuestro rostro la angustia, el dolor, el sinsabor de saber que hay algo que aún no está bien, que hay algo que podría solucionar pero que no puedo, o no quiero. Y esa angustia no nos deja alcanzar la total felicidad del re-encuentro con la verdad, con el amor, con la alegría de sanar la herida que produjo una actitud, una palabra, un desencuentro.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Elevado por amor

"Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna".
Elevar al Hijo del hombre, para muchos elevar significa alcanzar altos puestos, y así, también, lo pensaban los discípulos de Jesús: "quiero que cuando estés en tu reino mis hijos estén uno a tu derecha y otro a tu izquierda", le pidió la madre de los hijos de Zebedeo a Jesús. Todos querían que Jesús fuera un Rey, un Emperador. Y es ese tipo de poder el que aún está guardado en nuestros corazones, todos queremos tener poder para poder ser alguien.
Sin embargo, el poder de Jesús no radica o no es un poder humano, sino un poder espiritual, por eso no tuvo una corona de oro, sino una corona de espinas; no tuvo un trono dorado sino una cruz de madera; y su cetro fueron los clavos que recibió en sus manos y pies. Y aún así, aunque no nos cansamos de mirar y besar la Cruz de Cristo seguimos buscando cómo poder dominar, cómo poder mandar sobre los demás, cómo poder demostrar nuestro poder.
¿Cómo demostró el poder Jesús? "Por medio del sufrimiento, siendo hijo, aprendió lo que significa obedecer". El poder de la obediencia al Padre, por amor. Ese fue el gran poder de Jesús: reconocer su propio lugar y saber que era el Padre quien tenía el poder absoluto y así "obedeciendo hasta la muerte en cruz" alcanzó al resurrección y la vida.
Hoy exaltamos la Cruz de Cristo no como método de dolor y crueldad, sino como camino de redención, para que la Cruz de cada día no nos desanime ni nos derribe, sino que sea, para cada uno, una fuerza de salvación, un camino de perfección y redención.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Para mi la vida es Cristo y la muerte una ganancia

De las homilías de san Juan Crisósotomo, obispo

    Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo; de modo que nada podemos llevamos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo !a muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza.
    ¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad ¿no estará presente el Señor? Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo.
    Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: «Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga.» Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también.
    Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunimos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo.
    Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Santos y amados

"Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad consumada.
Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.
Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.
Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.
Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él".
No podía resumir la palabra de san Pablo de hoy, porque es un decálogo para nuestra vida cristiana. Decálogo que no se entiende si le quitamos las primeras palabras: "como elegidos de Dios, santos y amados". A partir de esta afirmación de san Pablo es que tenemos que comprender la exigencia del evangelio: elegidos de Dios, santos y amados.
"No sois vosotros los que elegisteis sino que yo os he elegí", "Dios nos elegió desde antes de la creación del mundo para que seamos santos e irreprochables en su presencia por el amor", "Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna".
Esa es la razón por la que, en nuestra vida, tengamos que ser muy exigentes a la hora de vivir los valores del evangelio, a la hora de madurar en nuestra fe, y, sobre todo, cuando nos examinamos frente a Dios y a nosotros mismos. Porque no sólo debemos ser buenas personas, sino que estamos llamados y elegidos para ser santos, para ser Luz, Sal y Fermento en el mundo, para dar testimonio claro y concreto de un estilo de vida que Jesús vivió primero y que nos eligió a nosotros para que lo mostremos al mundo.
Y no nos quedemos en la tonta frase de decir: "es muy difícil lo que Dios nos pide", porque mucho más le pidió a su Hijo, a María, y sin embargo, dejándo de lado sus miedos y vacilaciones se entregaron de lleno a la vivencia de la Voluntad de Dios. Nosotros también contamos con el mismo Espíritu que nos ilumina y fortalece, y la Gracia que Jesús nos regaló desde la Cruz y la Resurrección para poder alcanzar la verdadera santidad que el Padre sueña para nosotros.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Ser humano para ser santo

"Hermanos:
Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.
En consecuencia, dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría".
Se podría decir que la carta a los colesenses, como todo en la Sagrada Escritura, es una catequesis para iniciarnos en la vida cristiana. Pero veo muy claro que esta carta la tenemos que tener más a la vista, para poder comprender cómo tenemos que esforzarnos los cristianos por vivir diariamente, y dónde tenemos que tener puesta la mirada para no caer en la hipocresía de decir que somos cristianos pero que, en realidad, somos mundanos.
¿Cuándo hemos resucitado con Cristo? El día de nuestro bautismo el Espíritu Santo que se nos ha dado nos ha renovado en el espíritu y nos ha concedido una Vida Nueva. Los tres momentos en los que cae agua sobre la cabeza del bautizado, son símbolo de los tres días que Jesús estuvo muerto en el sepulcro, y al salir nos dio Vida Nueva con su resurrección. Por eso, a partir del día de nuestro bautismo gozamos de una Vida Nueva iluminada por la Luz de la Resurrección de Jesucristo, ya no somos sólo hijo de hombre, sino que Dios nos ha hecho hijos en el Hijo, somos hijos de Dios.
Por eso es tan necesario que los padres y padrinos comprendan cuál es la grandeza del Don que se nos da en el bautismos, para que, con el paso de los años, no se pierda lo esencial de nuestra vida de fe, de nuestra vida cristiana, y los padres junto a los padrinos, puedan enseñar a sus hijos y ahijados, qué significa ser cristiano.
¿Cuáles son los bienes de arriba? Son todos los valores humanos que Jesús, con su muerte y resurrección a plenificado y les ha dado la luz del Espíritu. Por eso, primero tengo que aprender a vivir los Valores Humanos, para que, con la Gracia de Dios, pueda sobrenaturalizarlos y alcanzar las virtudes que el Señor tiene preparadas para nosotros. Pero, si no soy capaz de vivir los valores humanos (que hoy día nos estamos, también, olvidando de vivir) nunca podré alcanzar la vida sobrenatural, porque no habrá naturaleza sobre la que acentar la Gracia, pues la Gracia plenifica lo que ya está en nosotros.
Porque de qué me sirve ir todos los días a misa, estar en la iglesia, ser consgarado (cura o monja...) si no soy capaz de vivir la honestidad, la fidelidad, la magnanimidad, etc. Cuando sea fiel a los valores humanos, entonces podré vivir los valores sobrenaturales y alcanzar, así, la verdadera santidad de vida.