lunes, 22 de enero de 2018

Las luchas diarias

"Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir".
Así como un reino dividido no puede subsistir, tampoco podemos "llegar a buen puerto" si nuestro interior está dividido. Es enorme lucha que siempre llevamos a cabo entre la carne y el espíritu, es la división que hay en nosotros mismos. Es la lucha que tenemos todos los días para poder llegar a alcanzar el Ideal de vida que nos hemos propuesto o que Dios nos ha propuesto. Para ello tenemos que tener plena conciencia de lo que queremos o de lo que Dios quiere, y esa es la cuestión: ¿sabemos lo que queremos o lo que Dios quiere de nosotros? ¿Queremos lo que Dios quiere para nosotros?
Porque luchar por luchar no sirve para nada, siempre ganará lo que más me guste y no lo que debe hacer, pues todo estará en función de lo que haya elegido ser. Por eso cuanto más sea consciente y tenga en claro qué es lo que quiero ser o lo que debo ser, según la Voluntad de Dios, entonces mis luchas internas tendrán sentido. De lo contrario siempre estaré luchando hasta que llegue el día del cansancio y deje ya de luchar conmigo mismo.
Claro que cuando he descubierto que lo que Dios quiere que sea es el Ideal de Vida que quiero vivir, ya las luchas no son sólo mías, sino que el Espíritu viene en mi ayuda para fortalecerme, para ayudarme a discernir, para darme la Luz necesaria para encontrar el mejor sendero para alcanzar el Ideal que el Señor me ha mostrado para vivir.
Por eso mismo, cuando el Señor dice:
"todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre", porque pecar quiere decir que consciente y libremente estoy en contra de lo que Dios quiere para mí, y si he renunciado al Espíritu Santo, entonces no tengo quien me ayude con la fortaleza, quien me ilumine con su Luz, quien me aliente a vivir en Dios, pues he rechazado al Espíritu que habita en mí y que me hace llamar a Dios ¡Abba! Y en esa lucha ganó el mundo para quien he de dejar mi vida y mis ideales.

domingo, 21 de enero de 2018

Convertíos...

"Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina".
Al leer la carta de San Pablo pareciera que Dios no quiere que disfrutemos, ni que nos alegremos, sino que tengamos una vida llena de tristeza y de amargura, pero no hay nada más lejos de eso lo que Dios quiere. San Pablo, siendo tan exigente consigo mismo ha descubierto el Camino de la Salvación y nos lleva al extremo de intentar pensar si seremos capaces de dejar todo con tal de vivir para Dios, porque en Dios está la Verdadera Vida y su Vida es la que le da sentido a todo lo que nos toca vivir, sea en alegría o tristeza, luz u oscuridad...
Cuando el Señor nos pide que dejemos todo, como a los apóstoles frente al llamado de Jesús, ¿seremos capaces de dejar todo por seguirlo a Él? ¿Podremos como los apóstoles decirle que ¡Sí! y seguirlo? Es claro que que no hoy nos pide que si estás casado abandones a tu familia, ni a tus hijos; que si tienes tal cosa vendas todo y dejes todo de lado; pero lo que Dios quiere es que no vivas aferrado a todo lo que no es eterno, sino que seas tú quien, unidos a la eternidad de Dios, hagas que todo cobre sentido en Él.
Porque muchas veces vivimos tan aferrados a las cosas de este mundo, a las seguridad que creemos que nos dan las cosas de este mundo, que nos olvidamos de mirar hacia lo alto y descubrir que sólo Dios hace que todo tenga sentido en nuestras vidas. Encontrar en Dios el sentido de lo que vivimos y del para qué vivimos es lo que hace que todo pueda verlo de diferente manera y pueda así, disfrutar de todo lo que Él me brinda.
Cuando el Señor nos llama y optamos por seguirlo en nuestro propio estilo de vida: laical o consagrado o sacerdotal, entonces comienza nuestra propia conversión pues tenemos que hacer un cambio de sentido en nuestro caminar, en nuestro pensar, en nuestro vivir. Porque ya no vivimoms para nosotros mismos, sino que vivimos para Dios y por Dios. Aquello que Jesús nos dijo en la Última Cena: "estáis en el mundo pero no sois del mundo", es lo que nos recuerda que diariamente las "cosas" del mundo (su manera de pensar, de actuar, de vivir) se nos van "pegando" a nuestra vida, a nuestra conducta y por eso el "convertíos", es una conversión constante, descubrir qué es lo que hemos adquirido del mundo, y si no es Voluntad de Dios, poder rechazarlo de mi vida, porque he optado por la Vida en Dios.
Convertir, es simplemente, recordar el sentido que le quiero dar a mi vida, y si me torcí en el caminar, volver a retomar el Camino, con la Gracia de Dios.

sábado, 20 de enero de 2018

De san Ireneo

El sacrificio puro y acepto a Dios es la oblación de la Iglesia, que el Señor mandó que se ofreciera en todo el mundo, no porque Dios necesite nuestro sacrificio, sino porque el que ofrece es glorificado él mismo en lo que ofrece, con tal de que sea aceptada su ofrenda. La ofrenda que hacemos al rey es una muestra de honor y de afecto; y el Señor nos recordó que debemos ofrecer nuestras ofrendas con toda sinceridad e inocencia, cuando dijo: Si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve luego y presenta tu ofrenda. Hay que ofrecer a Dios las primicias de su creación, como dice Moisés: No te presentarás al Señor tu Dios con las manos vacías; de este modo el hombre, hallado grato en aquellas mismas cosas que a él le son gratas, es honrado por parte de Dios.
    Y no hemos de pensar que haya sido abolida toda clase de oblación, pues las oblaciones continúan en vigor ahora como antes: el antiguo pueblo de Dios ofrecía sacrificios y la Iglesia los ofrece también. Lo que ha cambiado es la forma de la oblación, puesto que los que ofrecen no son ya siervos, sino hombres libres. El Señor es uno y el mismo, pero es distinto el carácter de la oblación, según sea ofrecida por siervos o por hombres libres; así la oblación demuestra el grado de libertad. Por lo que se refiere a Dios nada hay sin sentido, nada que no tenga su significado y su razón de ser. Y por esto los antiguos hombres debían consagrarle los diezmos de sus bienes; pero nosotros, que ya hemos alcanzado la libertad, ponemos al servicio del Señor la totalidad de nuestros bienes, dándolos con libertad y alegría, aun los de más valor, pues lo que esperamos vale más que todos ellos; echamos en el cepillo de Dios todo nuestro sustento, imitando así el desprendimiento de aquella viuda pobre del evangelio.
    Es necesario, por tanto, que presentemos nuestra ofrenda a Dios y que le seamos gratos en todo, ofreciéndole con mente sincera, con fe sin mezcla de engaño, con firme esperanza, con amor ferviente, las primicias de su creación. Esta oblación pura sólo la Iglesia puede ofrecerla a su Hacedor, ofreciéndole con acción de gracias del fruto de su creación.
    Le ofrecemos, en efecto, lo que es suyo, significando con nuestra ofrenda nuestra unión y mutua comunión, y proclamando nuestra fe en la resurrección de la carne y del espíritu. Pues del mismo modo que el pan, fruto de la tierra, cuando recibe la invocación divina, deja de ser pan común y corriente y se convierte en eucaristía, compuesta de dos realidades, terrena y celestial, así también nuestros cuerpos, cuando reciben la eucaristía, dejan ya de ser corruptibles, pues tienen la esperanza de la resurrección.

viernes, 19 de enero de 2018

La verdad libera el corazón

"David se inclinó rostro a tierra y se postró.
Y dijo a Saúl:
«¿Por qué haces caso a las palabras que dice la gente: David busca tu desgracia”? Tus ojos han visto hoy mismo en la cueva que el Señor te ha entregado en mi mano. Han hablado de matarte, pero te he perdonado, diciéndome: “No alargaré mi mano contra mi amo, pues es el ungido del Señor”.
La historia entre el rey Saúl y David continua y nos va enseñando cada día más cosas. Veíamos que la envidia había entrado en el rey y quería matar a David, hasta que Jonatán lo disuadió. Pero eso no le bastó a la gente que es mala de corazón y siguieron sembrando cizaña en el corazón del rey y comenzó, otra vez, a perseguir a David.
Incluso, había soldados del lado de David que lo empujaban a vengarse del rey, pues para que eso termine era mejor matar al rey y ¡listo! Pero David que tenía un corazón bueno no se dejó convencer en ningún momento por esas insinuaciones sino que siguió el consejo de la Bondad.
En este episodio vemos cómo David se muestra ante el rey y le hace ver, con la verdad en los labios y el corazón, cómo se había equivocado él y la gente de mal corazón y malas intenciones. Logra así con la bondad de sus palabras y actuar la conversión del corazón del rey quien vuelve a quererlo y respetarlo no sólo como hijo, sino como su próximo sucesor.
"Que el Señor te recompense el favor que hoy me has hecho. Ahora sé que has de reinar y que en tu mano se consolidará la realeza de Israel".
A veces creemos que todos quieren hacernos bien cuando nos "llenan la cabeza y el corazón" con murmuraciones contra otras personas, pero somos culpables si no aprendemos a discernir entre el bien y el mal, y, sobre todo, si no hacemos el esfuerzo por aprender a descubrir cuándo hay verdad y bondad en las palabras de los demás. Porque cualquier puede decir lo que quiera pero soy yo quien tiene que discernir qué acepto de esas palabras y qué no, pues de lo que acepte se llenará mi corazón y mi mente, y de eso será lo que yo también hable y me haga eco.
Y, como dice el Señor: "sólo la Verdad os hará libres", tengamos siempre el valor de defender no sólo la verdad, sino defender a las personas pues nadie tiene el derecho de hacer daño con sus palabras a nadie, ni de ofender ni de ser ofendido, pues si me uno a sus malas acciones y palabras soy tan culpable como el que más, pues no he intentando apagara la maldad de las palabras o del actuar, sino que me he unido a él con la complicidad o el silencio.

jueves, 18 de enero de 2018

Haz lo mejor

Alguna otra vez hemos meditado sobre la envidia, cómo se mete en nuestras vidas y es capaz de hacernos cometer los mayores males, pues la envidia enceguece nuestra mente y nubla nuestro corazón, hasta tal punto, que, como al Rey Saúl le hace querer matar a su mejor soldado, a David, sólo por haber escuchado que la gente lo vitoreaba más que al mismo Rey.
Pero también en bueno meditar sobre la actitud que tiene Jonatán el hijo del Rey y amigo de David, que no puso más "leña al fuego" (como se dice habitualmente) no hizo que su padre, el Rey, siguiese con su plan de matar a David por envidia, sino que intentó hacerle ver lo que realmente pasaba y mostrarle el camino mejor. Lo que se dice lo ayudó a calmar sus ánimos y a no cometer un delito del que luego se arrepentiría y no podría deshacerlo.
Y ese también tendría que ser nuestro parecer. Quizás nunca nos toque hablar con un rey, pero sí constantemente nos encontramos en situaciones donde se "despelleja" a alguien con nuestras lenguas, o conocemos a quien está acumulando ira contra alguien y ¿qué es lo que hacemos? ¿cómo actuamos? ¿Actuamos como Jonatán o echamos leña al fuego?
Claro que también está la actitud de "yo no me meto", que es la más fácil de todas, me quedo fuera de la situación y paso por la vida sin hacer nada, ni bueno ni malo, por miedo a lo que me digan o a cómo me miren. Y ahí también estamos actuando totalmente mal, pues estamos "pecando de omisión", siendo que Dios nos ha puesto en ese lugar y nos ha permitido "enterarnos" de una situación en la que podría ayudar a que sea mejor.
¡Ah! Pero yo no se hablar, no sé qué decir... No te preocupes, siempre que tengas disposición para ayudar el Señor pondrá las palabras en tu boca y si no sabes qué decir, sólo distrae la atención de la conversación y hablen del tiempo, que ahí seguro que no pecas.
Claro que no es sólo la envidia lo que me hace hablar mal de los otros, sino muchas otras cosas que hay en mi corazón y mi mente, las que me llevan a la crítica, y al chusmerío barato que hacen que la gente pierda su buen nombre y su fama. Y por eso aquí tengo que poner aquella frase de Jesús: "no hagais a los demás lo que no quieres que te hagan a tí", o en positivo "haz a los demás lo que te gustaría que hagan por tí".

miércoles, 17 de enero de 2018

Vende todo lo que tienes...

"El joven dijo: «Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?»
«Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme.» Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes".
La inquietud del joven era entrar en la Vida eterna por eso le pregunta al Señor, pues ya cumplía en su vida todos los mandamientos, pero, aparentemente, suponía o sentía que aún le quedaban cosas por cumplir o vivir para lograr ese anhelo. Y ahí está la respuesta del Señor: "vende todo loq ue tienes y ven y sígueme".
Y aquí hay un tema que siempre ha traído muchas discusiones en muchos ámbitos eclesiales: la pobreza que nos pide el Señor. Aquí, junto al joven lo invita a vender todos sus bienes. Pero también está lo dice en el Monte de las Bienaventuranzas: "Bienaventurados los que tienes espíritu de pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos".
Y cuando realmente se busca el espíritu de la Palabra descubrimos que las dos situaciones son iguales, pues la pobreza es ausencia de bienes o consciencia de que los bienes no son nuestros, de que nada hay que nos ate a este mundo y por eso podemos vivir libremente la Voluntad de Dios, pues el "seguir" a Cristo no es otra cosa que hacer la Voluntad de Dios, después de habernos despojado de nuestro propio yo: "quien quiera venir en pos de mí níeguese a sí mismo".
Hoy, al recordar la memoria de San Antonio, abad (San Antón) vemos como en su caso pudo descubrir su vocación de ermitaño y tuvo la fortaleza, como tantos otros santos, de vender todos sus bienes terrenales y sin nada que lo ate a este mundo dedicarse a una vida de completa contemplación.
Pero no a todos Jesús los llamó a vender todos sus bienes materiales, pues ese no es el fin de su llamado, sino que nos invita a no dejarnos "atar" por ningún bien, ya sean bienes materiales o espirituales. Los bienes materiales los conocemos y sabemos cómo atan la vida de las personas y nos hacen egoístas y vanidosos, con la incapacidad para compartir con los que más necesitan o para poder estar atentos a quienes están a nuestro lado.
Pero también los bienes espirituales nos llevan a la vanidad espiritual dejando de lado, muchas veces, a quienes necesitan de nuestra ayuda y de nuestra compañía. Estos bienes también nos llevan a la soberbia espiritual haciéndonos creer más o mejores que los demás, permitiendo que nuestra autosuficiencia y orgullo nos hagan pensar que nadie como nosotros puede hacer las cosas o nadie puede estar a nuestra altura, y así me convierto en egoísta y juez de aquellos que "no son como uno".
Por eso no podemos dejar de unir la pobreza material a la espiritual, ni la espiritual a la material, porque no pueden existir una sin la otra pues lo importante es que encontremos el equilibrio y la fortaleza en nuestro espíritu para saber que todo le pertenece al Señor y que todo lo que tengo es por su Gracia y Amor que ha obraado en mí, y me ha otorgado el uso de esos bienes para ponerlos al servicio de Su Voluntad y de los hermanos.

martes, 16 de enero de 2018

Las apariencias engañan o engañamos con las apariencias?

"Pero el Señor dijo a Samuel:
«No te fijes en las apariencias ni en lo elevado de su estatura porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón».
Es muy difícil para nosotros, humanos, mirar más allá de las apariencias, y son las apariencias las que nos dan la pauta de lo que hacemos y de lo que hacen los demás. Inlcuso, muchas veces, al vivir en este mundo de hoy que sólo se rige por apariencias, nos cuesta, también a nosotros mismos, no dejarnos llevar por las apariencias y así vamos "cambiando" nuestro estar y lo modificamos de acuerdo al lugar o con quién nos encontramos.
Este modo de vivir nos hace ocultar, en algunos momentos, nuestro ser cristianos y nos "ocultamos" bajo la apariencia del mundo, como para pasar desapercibido. Algunas veces lo hacemos inconscientemente, pero otras veces, de acuerdo al lugar o con quien estemos lo hacemos muy consciente como para que no se nos juzgue por nuestra fe y nuestro modo de vivir.
"Las apariencias engañan" dice un dicho popular, pero tamibén es cierto que engañamos con las apariencias. Claro que también es cierto que aparentamos ser cristianos y en realidad no los somos, y no porque no queramos serlo, sino porque sólo aparantamos serlo, pues por dentro no estamos de acuerdo con muchas cosas de las que Dios nos pide vivir.
"Los fariseos le preguntan:
«Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?»
Por estar siempre atentos a las apariencias tenemos un ojo siempre dispuesto a juzgar las apariencias de los demás, a ir mirando qué es lo que hacen los demás para ver qué hacemos nosotros.
Es algo lógico porque eso nos ayuda a "sobrevivir" en algún lugar, en un ambiente, es lo que se llama instinto de supervivencia. Pero no es lo que Dios nos llama a vivir pues no son llama a sobrevivir, sino a Vivir en Su Voluntad.
Pero, por otro lado, nuestro ojo siempre está más atento a lo que viven los demás para poder cuestionarlos o para poder "excusarnos": "si ellos lo hacen ¿por qué yo no?", "si todos los hacen es porque está bien hacerlo". Y en lugar de mirar y examinar nuestro corazón según la Voluntad de Dios, lo examino según el actuar o el aparentar de los demás.
Si juzgo a los demás y me doy cuenta que están actuando mal, entonces tengo la obligación de hacer uso de la "corrección fraterna" e ir a su encuentro para mostrarle el camino, y escuchar el porqué actúa como lo hace. Y poder tenderle una mano si lo necesita y lo acepta. Pero señalar sólo con mi dedo el pecado de mi hermano y darlo a conocer, eso es una debilidad que será tenida en cuenta para mi propio actuar.
Si miro mi actuar en función de la Voluntad de Dios será Él quien me de la Gracia necesaria y suficiente para poder ir corrigiendo mi forma de ser e ir configurándome, cada día más, a imagen se Jesús para que mi vida siga madurando su fe y se manifieste no sólo a los ojos del mundo, sino a los ojos de Dios, como lo que realmente tiene que ser.