martes, 14 de marzo de 2017

No quiero sacrificios ni holocaustos

"Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana".
Siempre nos encontramos con la misericordia del Padre cuando nuestro corazón se vuelve hacia Él, y reconociendo nuestros errores y pecados recibimos un abrazo amoroso de su Gracia. Realmente es un paso muy gratificante para el corazón del hombre cuando, dejando a un lado su orgullo y vanidad, logra, humildemente, pedir perdón o, también darlo. La paz que llega cuando lavamos nuestras culpas y nuestros resentimientos es la que nos devuelve las energías y esperanzas necesarias para seguir caminando, para seguir escalando la cuesta de la santidad, pues en cada paso siempre nos encontramos con situaciones que nos pueden hacer tropezar y caer. Pero siempre estará ahí nuestro Padre para tendernos la mano y ayudarnos a ponernos de pie, pues Él sabe que nuestra fragilidad es nuestro peor enemigo a la hora de luchar contra el pecado y la tentación.
El Padre "no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva", lo quiere guiar y acompañar a encontrar la Vida que Él mismo le dio por medio de Su Hijo Único quien nos la consiguió al precio de su sangre, por eso, como dice San Pablo: "en la lucha contra el pecado aún no hemos derramado nuestra sangre".
Claro que no es necesario aún derramar la sangre en verdad, sino que sí podemos desangrarnos al comenzar a renunciar a nuestro egoísmo, a nuestra vanidad, a nuestro orgullo, a nuestros rencores, a nuestras divisiones y desuniones, a nuestras rencillas. Porque cuando llega la hora de reconocer nuestros defectos y errores, en algunos casos, nos parece que tenemos que dejar la sangre, luchar con todas nuestras fuerzas para ponernos de rodillas ante el Padre y pedir perdón, pues antes le tenemos que pedir a nuestros hermanos. Por eso al Padre no le gustan "ni los sacrificios ni los holocaustos", Él sólo quiere "corazones arrepentidos y humillados" que realmente quieran vivir en su Voluntad y según lo que sus labios predican.
Aceptemos el desafío cuaresmal de abrir el corazón al verdadero arrepentimiento y a la conversión, para que nuestros sacrificios de penitencia y ayunos sean verdaderos caminos de conversión.

lunes, 13 de marzo de 2017

Conversión y misericordia

La liturgia nos presenta hoy dos hermosos textos para llevarlos a nuestra vida: el primero una oración del Profeta Daniel en la cual reconoce el pecado personal y del pueblo, haciendo ver la necesidad de volver al encuentro del Señor, no porque vayan a ser castigados, sino porque el Señor es misericordioso con ellos:
"Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él. No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas".
Reconocer cuál ha sido el error y cuál ha sido el pecado es el primer paso para la reconciliación y para recibir la misericordia del Señor, pues no se puede renovar el corazón si antes no ha habido un sincero arrepentimiento de las faltas cometidas.
Y el segundo texto es un párrafo muy corto pero lleno de contenido y sentido, de parte de Jesús:
«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».
En pocas línea Jesús nos hace una exhortación que, a simple vista y para el hombre, es un camino sencillo pero complicado para vivirlo. Es algo complicado porque la misericordia del Señor es infinita y no podemos llegar a vivirla, pues lo que más nos gusta para imitar de Dios es ser Juez, aunque muchas veces no impartamos justicia entre nuestros iguales, pues nos olvidamos de las últimas palabras de esta exhortación de Jesús:
"pues la medida con que midiereis se os medirá a vosotros".
No usemos tanta "justicia" para juzgar y condenar a nuestros hermanos, sino que a la justicia antepongamos el amor y la misericordia para poder, no sólo juzgar el pecado, sino, sobre todo, ayudar al pecador a que se convierta y viva, pues en esa misma medida el Padre me dará la Gracia para que encuentre el Camino de mi conversión.
Pues nos gusta que los demás tengan misericordia y no me juzguen, pero ¿hago yo lo mismo con mis hermanos?

domingo, 12 de marzo de 2017

De los sermones de San León Magno 

El Señor puso de manifiesto su gloria ante los testigos que había elegido e hizo resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo semejante al de todos los hombres, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve. 
En aquella transfiguración se trataba sobre todo de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de aquellos a quienes se había revelado la excelencia de la dignidad escondida. 
Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo en su totalidad podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de mi Padre. Cosa que el mismo apóstol Pablo corroboró, diciendo: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá; y de nuevo: Estáis muertos y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él en gloria
Pero en aquel milagro hubo también otra lección para confirmación y completo conocimiento de los apóstoles. Pues con el Señor aparecieron en conversación Moisés y Elías, por tanto la ley y los profetas: para que se cumplieran con toda verdad en presencia de aquellos cinco hombres lo que está escrito: Toda palabra debe apoyarse en dos o tres testigos
¿Y pudo haber una palabra más firmemente establecida que ésta, en cuyo anunció resuena la trompeta de ambos Testamentos, y los instrumentos de las antiguas afirmaciones concurren con la doctrina evangélica? 
Las páginas de los dos Testamentos se apoyaban entre sí; y el esplendor de la actual gloria ponía de manifiesto y a plena luz al que los anteriores signos habían prometido bajo el velo de sus misterios: porque como dice San Juan, la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo, en quien se cumplieron a la vez la promesa de las figuras proféticas y la razón de los preceptos legales, ya que con su presencia atestiguó la verdad de las profecías y con su gracia otorgó a los mandamientos la posibilidad de su cumplimiento. 
Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual quedó redimido. Que nadie tema tampoco sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida, pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición y si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció, y recibiremos lo que prometió. 
En efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadle.

sábado, 11 de marzo de 2017

Una vida más allá de la letra

Le dice Dios al pueblo por medio de Moisés:
"Hoy has elegido al Señor parque el que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos".
Si bien es Dios quien elige a su pueblo, pero también es el pueblo, el hombre de modo personal y libre, quien elige a su Dios. En todo momento Dios ha dejado muy en claro que nuestra elección por Él, por ser parte de su pueblo, es una elección libre que cada uno hace.
Anoche decía en la homilía que es una pena que no podamos conocer bien a qué Dios elegimos cuando nos bautizan de pequeños, y, es más, muchas veces, los padres y los padrinos tampoco saben qué eligen para sus niños. ¿Por qué esto? Porque el optar libremente por algo me genera la obligación de vivir de acuerdo a lo que opto, pero si no se lo que me han hecho hacer, ni lo que tengo que hacer para vivir de acuerdo a lo que han elegido para mí ¿cómo ser fiel a lo que me han dado?
Es así que en la edad "madura" o cuando comenzamos a tener uso de razón debemos comenzar a formarnos e interesarnos por la vida elegida o que han elegido para mí. En este caso saber bien cuál es el evangelio que Jesús ha dejado para mi vida: ¿cuáles son los mandamientos de Dios? ¿Cuáles son los consejos evangélicos que Jesús nos dio? ¿Cómo ha sido el Camino que Jesús nos ha dejado marcado para vivir como cristianos?
Porque no sólo son los 10 mandamientos los que tengo que "cumplir" sino que es la Vida Nueva que Jesús nos mostró lo que tengo que vivir. Por eso en el evangelio de hoy, como en los anteriores, les va mostrando a los discípulos que no es sólo la letra de la Ley, sino que nuestra vida desde su Venida es mucho más que cumplir con la letra de la Ley, sino que es vivir el espíritu que el Padre quiso imprimir en la Ley y los Profetas por medio de la Ley del Amor.
«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

viernes, 10 de marzo de 2017

¿Yo tengo la culpa?

Le dice Dios al pueblo por medio del profeta Ezequiel:
"Insistís: “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?"
Nos acostumbramos a no hacernos responsables de lo que hacemos o decimos, o de lo que nos sucede; buscamos siempre un culpable fuera de nosotros porque nosotros siempre hacemos bien las cosas, entonces no soy yo quien tiene la culpa de nada, sino que todo viene de afuera o de arriba, de los otros o de Dios.
No será que tendremos que volver a ubicarnos en el lugar que nos corresponde? No será que tendremos que volver a pensarnos y descubrir que somos nosotros los que estamos equivocados y que hemos obrado mal? Es que no se por qué causa le tenemos tanto miedo al echo de reconocer nuestras culpas, de reconocer que somos nosotros quienes estamos equivocados.
Y ahora que lo pienso ya lo escribían los antiguos en el Génesis: "la mujer que tú me diste me tentó y comí", "la serpiente me sedujo y comí", claro a la serpiente no le quedó ningún argumento y fue la culpable de todo. Pero igualmente al Señor nadie lo engañó y por eso los desterró del paraíso.
Fijaos que cuando no asumimos nuestros errores y comenzamos a echar culpas hacia fuera de nosotros, es como que vamos perdiendo algo: amistades, familia, relaciones; porque no siempre todos pueden soportar que les echen las culpas de algo que no cometieron.
Por este tiempo de cuaresma es el mejor tiempo para poder mirarnos, descubrir qué cosas o qué palabras han salido de mí y han dañado a alguien, qué cosas son las que yo realmente hice y que no estuvieron bien, para que pueda aceptar mis errores, pues si no acepto mis errores nunca podré corregirlos.

jueves, 9 de marzo de 2017

"Haz el bien sin mirar a quién"

Escuchamos, muchas veces, que hay personas que tiene memoria selectiva, y, en realidad, todos tenemos memoria selectiva y nos acordamos de lo que queremos o, mejor dicho, hacemos como que sólo nos acordamos de lo que nos importa y de otras cosas no. Pero, en realidad, siempre tenemos memoria de todo aunque usamos sólo lo que nos interesa en realidad, tanto sea para bueno como para malo.
Así nos pasa también con el evangelio o con la Palabra de Dios completa, sólo tenemos memoria de lo que nos facilita la vida, o de aquello que nos ayuda a hacer mi voluntad y no la de Dios; o, también, en algunos casos, me acuerdo de la Palabra de Dios para hacerle ver a mi hermano lo mal que está actuando o que no está viviendo según dice Dios.
En este sentido pensaba al leer el Evangelio de hoy, una lectura que siempre nos acordamos porque es el "Pedid y se os dará", que de eso siempre nos acordamos. Pero, ¿nos acordamos también de esta parte del mismo párrafo?:
"Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los profetas".
Quizás de esta frase no tenemos mucho recuerdo y es evidente que no lo tengamos porque no interesa mucho recordarlo, pues en el siglo de los derechos sólo yo tengo derecho de que sean buenos conmigo y que todo lo que hago caiga bajo el paraguas de "libertad de expresión" y entonces el que se queja es el que está actuando mal... "yo nunca hago nada malo".
Y ¿por qué borramos algunas cosas de nuestra memoria? o ¿por qué sólo recordamos lo que nos interesa? Es propio de los seres humanos, pues está dentro del instinto de supervivencia o de conservación de la especie, se podría decir que es algo natural. Claro que los que hemos elegido un camino de santidad y queremos vivir según el Evangelio de Jesucristo tenemos otros parámetros, otra forma de mirar y de vivir. Aunque esta obligación que nos presenta Jesús también está dentro del derecho de toda persona, aunque no sea cristiana; y, también, dentro de la obligación de toda persona aunque no sea cristiana.
A los cristianos nos afecta de manera particular pues es Palabra de Dios, para nosotros, y por eso debemos de recordarla también, no sólo para que no nos hagan lo que no queremos, sino para hacer yo el bien siempre a mis hermanos, pues es algo que me lo ha marcado mi Señor como exigencia de vida.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Somos Jonás o Ninivitas?

"Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo sayal, desde el más importante al menor".
Vivimos en un tiempo en donde todo está revuelto y donde los que intentan vivir son destinados (o intentan destinarlos) al ostracismo. La Luz de la Verdad que se intenta predicar no se quiere escuchar y por eso no se escucha el mensaje como lo escucharon los Ninivitas, pues en este tiempo no es posible, quizás, que se escuche o se vea la Luz con claridad, pues está oculta con millares de manchas negras. Por eso creo que no debemos quejarnos tanto de que no se escuche la Verdad, o que se nos quiera quitar del medio, sino que como los Ninivitas nos toca el tiempo de vestirnos de sayal y hacer penitencia, para que nuestros corazones puedan abrirse a la Luz de Dios, pues quizás sea un tiempo de conversión para todos y no sólo para algunos.
¿Quién es hoy Jonás? ¿Quiénes son hoy los Ninivitas? Lo tendremos que mirar en el silencio de la oración junto al Señor, pues quizás tengamos que aceptar que somos los dos personajes en una misma persona: profetas y pecadores, para ser pecadores que se conviertan y luego sean una luz más brillante para los hombres de hoy.
Le dice Jesús a su generación que, en definitiva somos todos nosotros: la generación de Jesús:
«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.
La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón".
Pues quizás, muchos aún seguimos pidiendo signos, y el Signo ya lo tenemos la Persona Viva y Verdadera de Jesús que, día a día, nos está hablando y nos está llevando al milagro de la conversión, al milagro de la Vida, al milagro de la Luz; pero seguimos sin escucharlo y lo que predicamos y profetizamos es sólo nuestra palabra y no la Palabra de Dios, quizás no escuchamos bien el mensaje de Salvación y estamos buscando nuestra propia salvación y no la del mundo entero.
Hoy nos toca abrir los oídos del corazón para que el Señor nos diga y nos ayude a ver quiénes somos y cómo hemos de actuar, qué debemos hacer. No sólo nos toca reclamar nuestros derechos sino que debemos vivir nuestras obligaciones, y una de ellas es ser Mensajeros de Salvación, Profetas de la Verdad, Hombres Nuevos que viven la justicia, el amor y la verdad. Y en este Camino no importa que seas blanco, negro, amarillo, varón, mujer, consagrado o laico, pues Jesús quiso derribar todas las barreras de división y odio y hacer de todos los pueblos uno solo en busca de la Paz.