jueves, 17 de noviembre de 2016

Santa Isabel de Hungría

Conrado de Marburgo
De una carta escrita por el director espiritual de santa Isabel (Al Sumo Pontífice, año 1232: A. Wyss, Hessisches Urkundenbuch 1, Leipzig 1879,31-35)
Pronto Isabel comenzó a destacar por sus virtudes, y, así como durante toda su vida había sido consuelo de los pobres, comenzó luego a ser plenamente remedio de los hambrientos. Mandó construir un hospital cerca de uno de sus castillos y acogió en él gran cantidad de enfermos e inválidos; a todos los que allí acudían en demanda de limosna les otorgaba ampliamente el beneficio de su caridad, y no sólo allí, sino también en todos los lugares sujetos a la jurisdicción de su marido, llegando a agotar de tal modo todas las rentas provenientes de los cuatro principados de éste, que se vio obligada finalmente a vender en favor de los pobres todas las joyas y vestidos lujosos.
Tenía la costumbre de visitar personalmente a todos sus enfermos, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, curando también personalmente a los más repugnantes, a los cuales daba de comer, les hacía la cama, los cargaba sobre sí y ejercía con ellos muchos otros deberes de humanidad; y su esposo, de grata memoria, no veía con malos ojos todas estas cosas. Finalmente, al morir su esposo, ella, aspirando a la máxima perfección, me pidió con lágrimas abundantes que le permitiese ir a mendigar de puerta en puerta.
En el mismo día del Viernes santo, mientras estaban denudados los altares, puestas las manos sobre el altar de una capilla de su ciudad, en la que había establecido frailes menores, estando presentes algunas personas, renunció a su propia voluntad, a todas las pompas del mundo y a todas las cosas que el Salvador, en el Evangelio, aconsejó abandonar. Después de esto, viendo que podía ser absorbida por la agitación del mundo y por la gloria mundana de aquel territorio en el que, en vida de su marido, había vivido rodeada de boato, me siguió hasta Marburgo, aun en contra de mi voluntad: allí, en la ciudad, hizo edificar un hospital, en el que dio acogida a enfermos e inválidos, sentando a su mesa a los más míseros y despreciados.
Afirmo ante Dios que raramente he visto una mujer que a una actividad tan intensa juntara una vida tan contemplativa, ya que algunos religiosos y religiosas vieron más de una vez cómo, al volver de la intimidad de la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de sus ojos salían como unos rayos de sol.
Antes de su muerte, la oí en confesión, y, al preguntarle cómo había de disponer de sus bienes y de su ajuar, respondió que hacía ya mucho tiempo que pertenecía a los pobres todo lo que figuraba como suyo, y me pidió que se lo repartiera todo, a excepción de la pobre túnica que vestía y con la que quería ser sepultada. Recibió luego el cuerpo del Señor y después estuvo hablando, hasta la tarde, de las cosas buenas que había oído en la predicación: finalmente, habiendo encomendado a Dios con gran devoción a todos los que la asistían, expiró como quien se duerme plácidamente

miércoles, 16 de noviembre de 2016

El sofá de los criticones

Cuando llegamos al final de la parábola de las monedas (o talentos) nos llevamos siempre la misma sorpresa, pues nos encontramos con una frase que no suena bien a nuestros oídos:
"Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene".
No nos suena bien porque nos parece injusto que se le quite lo poco que tiene y se lo entregue al que más tiene. No nos suena bien porque lo pensamos en términos materiales, tomando en sentido literal las palabras de Jesús, sin pensar que este discurso es una parábola, una metáfora de lo que pasa en nuestro espíritu, en nuestra vida espiritual.
Dios nos ha concedido, a cada uno, diversos y varios talentos (quizás a algunos más que a otros) para que cada uno los utilicemos de acuerdo a la misión que Él mismo nos ha pedido vivir. En esta misión de la vida debemos hacer producir los talentos recibidos, no para que Dios sea cada día más "rico" en beneficios, sino para que esos talentos enriquecidos enriquezcan mi propia vida, pues ese enriquecimiento será lo que me dignifique cada día más, lo que lleve a plenitud mi propia vida.
Pero, lo que ocurre, es que muchas veces tenemos miedo de comprometernos con la historia, con la sociedad. Tenemos miedo de mostrar lo que sabemos por que no queremos que nos utilicen, no queremos que se abusen de lo que tenemos. En realidad, siempre tenemos una buena excusa para no darnos a los demás, no darnos a la historia porque es más fácil ver pasar la vida por delante de uno y criticarla que meterse dentro de esa vida y ayudar a que sea mejor.
Son esas personas las que no sólo no recibirán nada, sino que se les quitará lo poco que tienen porque no han sabido compartir o poner en juego lo que Dios les ha regalado: "pues gratis lo habéis recibido dadlo gratis". Aquellos que no han tenido ni la disponibilidad, ni el valor de decirle a Dios "¡aquí estoy Señor para hacer tu Voluntad!", son quienes no producen más de lo que han recibido, y van perdiendo a lo largo del camino de la vida, aquello que no han sabido compartir: alegría, esperanza, amor...
No dejemos que la comodidad del sofá de los criticones nos enganche de tal manera que sólo miremos pasar la vida, sino que tengamos la fortaleza y la valentía del Espíritu para salir a transformar lo que criticamos, pues para eso tenemos los dones que nos han sido regalados y cuanto más los hagamos producir más plenos nos sentiremos, pues hemos sido capaces de hacer aquello que hemos criticado. Pero sobre todo hemos sido capaces de ser Fieles a la Vida que el Señor nos dio, una Vida que es Buena Noticia para los hombres y causa de salvación para muchos.

martes, 15 de noviembre de 2016

Convertir nuestra tibieza en entrega radical

Hoy no podemos escapar de lo que Dios nos quiere decir, si comenzamos por Evangelio o comenzamos por el Apocalipsis, de un lado o del otro Dios nos llama a la conversión, nos pide hacer un claro examen de nuestra vida y descubrir que no hemos vivido tan radicalmente nuestra fe como Él nos lo pidió cuando nos llamó a seguirle.
"Conozco tus obras; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Sé vigilante y reanima lo que te queda y que estaba a punto de morir, pues no he encontrado tus obras perfectas delante de mi Dios. Acuérdate de cómo has recibido y escuchado mi palabra, y guárdala y conviértete".
Si, seguro que podemos decir que no hemos hecho nada malo, ni no hemos salido de lo común de la gente, pero ¿eso es suficiente para Dios? ¿Eso es lo que Dios nos ha estado mostrando y pidiendo? ¿Ese es el testimonio que tenemos que dar como cristianos al mundo de hoy?
Por eso sigue diciendo:
"Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca. Porque dices: ‘Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada’".
Nuestra tibieza espiritual, nuestra tibieza a la hora de entregarnos a la Voluntad de Dios, nuestra tibieza a la hora de defender nuestra fe, nuestra tibieza a la hora de vivir, nuestra tibieza a la hora de rechazar las cosas del mundo... Nuestra tibieza es lo que desprecia el Señor, y porque desprecia la tibieza desprecia a los tibios. Él necesita discípulos, apóstoles que realmente quieran vivir radicalmente una entrega constante y definida, que quieran vivir el Evangelio con todas las letras y que sepamos rechazar todo aquello que no es propio de nuestra vida.
Así nos pone de modelo la conversión de Zaqueo:
"Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:
«Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa».
Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:
«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».
Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor:
«Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».
Jesús le dijo:
«Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido»
Jesús comió con Zaqueo pero fue Zaqueo quien se convirtió a Dios y no Jesús que se hizo pecador.
Y como finaliza diciendo el Apocalipsis en el día de hoy:
"El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu a las Iglesias”.

lunes, 14 de noviembre de 2016

No perder el Amor Primero

Hay párrafos o frases de la Palabra que quedan grabadas muy profundo, por el sentido, por lo que dicen o por quién las ha dicho o de quién las has recibido. Una de esas frases que siempre tengo presente es esta del Apocalipsis:
"Tienes perseverancia y has sufrido por mi nombre y no has desfallecido. Pero tengo contra ti que has abandonado tu amor primero. Acuérdate, pues, de dónde has caído, conviértete y haz las obras primeras».
¿Qué es el Amor Primero? Es aquello por lo cual un día decidimos dar un paso importante en nuestras vidas, aquello que un día nos llevó a hacer grandes locuras que no teníamos programadas, aquello que un día encendió de tal manera nuestros corazones que dijimos que Sí aunque hubiésemos querido decir no.
El Amor Primero es el fuego de la pasión que nos lleva a escalar altas cumbres, a bajar a los valles más oscuros, a correr detrás de los más altos ideales, y a ¡tantas y tantas otras aventuras más!
En el caso al que se refiere el Señor es el Amor Primero que nos llevó a decir que ¡SÍ! al llamado del Señor a seguirlo, pero no sólo a seguirlo en la vida consagrada o sacerdotal, sino también en la vida laical, es decir, a seguir el Camino de la Santidad en cualquier estilo de vida que tengamos. ¿Por qué? Porque un día descubrimos su Infinito Amor por nosotros y no pudimos decir que no por que "me sedujiste y me dejé seducir" y no tuve más remedio que dejarme caer en las Manos de Aquél que me dio la Vida.
Pero... y siempre hay un pero en nuestra vida terrena y humana. Pero... con el correr de los días y de los años, ese fuego del Amor Primero se fue enfriando y me fui acostumbrando a la rutina de hacer lo mínimo indispensable para ser cristiano, a ser bueno y no a luchar por la santidad; a no hacer mal y no a luchar contra el pecado; a rezar pero no a contemplar; y a tantas cosas que "cubrían" los requisitos para no perder la fe.
Y el Señor nos quiere encendidos con el fuego del Amor, con el fuego del Espíritu por que confía en nuestra disponibilidad de entrega, confía en que como los primeros días de nuestro enamoramiento podamos seguir luchando, podamos seguir viviendo en Fidelidad a la Vida y encendidos por el Fuego del Amor Primero ser capaces de dar la vida por Cristo. Una vida que se da a cada instante, cuando combatimos contra nuestro propio yo, cuando luchamos contra nuestra carne, cuando decidimos no vivir como nos muestra el mundo, cuando al levantarnos decidimos una vez más decir, como María, ¡Aquí estoy Señor para hacer tu Voluntad!

domingo, 13 de noviembre de 2016

Perseverancia y Fidelidad

El fin del mundo, el final de los tiempos, el día de nuestra muerte, siempre fue un motivo de inquietud en algunas generaciones de la humanidad, siempre ha habido profecías acerca del día, de cuándo será. Muchos han hecho caso a esas profecías de profetas actuales, antiguos o hasta, hace unos años, la famosa profecía del calendario maya. Hubo comunidades sectarias que hasta se suicidaban por miedo al final del mundo, pero... aún seguimos aquí. Y, aún, muchos esperando que alguien nos de el día y la hora exacta ¿para prepararnos?
Algunos buscan esa noticia en las cartas, los astros, y tantas otras cosas. ¿Qué pasaría si alguien te dice que tal día y a tal hora se acaba el mundo, la raza humana o que en ese momento tú vas a morir? ¿Vivirías más tranquilo sabiendo eso? Seguro que no, es decir, quizás no vivirías por tanto pensar en el último día, por que irías contando las horas y los días para llegar a ese día.
Por eso Jesús, cuando le preguntaban tanto por ese día o por ese momento nunca decía nada claro o, mejor dicho, sí dijo algo claro: el día y la hora no la conoce el Hijo, sólo el Padre. Pero siempre insistían. En ese párrafo del Evangelio de hoy nos habla, también, de ese fin de los tiempos y de los acontecimientos que se van a ir dando, acontecimientos que se han ido realizando a lo largo de estos 2000 años, pero a eso Jesús no le da tanta importancia, o mejor dicho, ante esos sucesos Él nos dice:
"pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá", es decir el Padre se encargará de que no perezcas, pero de que no perezca nuestra Vida, no de que no sufra nuestro cuerpo, sino de que, ante todo eso Él nos dará la Salvación. Y, para alcanzar esta salvación nos dice que:
"con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas".
Perseverar hasta el fin, "luchar el buen combate de la fe", "alcanzar la meta y  no perder la fe", en palabras de San Pablo. La Perseverancia, la Fidelidad son dos valores o dos actitudes fundamentales en nuestra vida de fe, en nuestra vida de santidad, pues si queremos alcanzar la meta, hemos de ir trabajando día a día nuestra madurez espiritual, nuestra constancia en la relación con el Señor nos llevará a vivir cada día en Fidelidad, y la Gracia que Él nos de cada día nos fortalecerá y robustecerá para que, llegado el momento, no dudemos del Amor Providente del Padre, sino que, confiando plenamente en Aquél que dio a su Hijo por nosotros, seamos preservados del mal y fortalecidos para dar buen testimonio de lo que creemos y queremos vivir.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Todo lo que quiero ¿lo puedo?

Creo que, hasta el más ateo cuando le llega el agua al cuello o siente muy ajustada la soga al cuello, levanta la mirada al cielo y clama a algún Dios. Por que es lógico en el hombre buscar, en algún momento de su vida, que desde lo alto le tiren un cable para poder salir del pozo donde ha caído.
Y ese clamor, muchas veces, se hace esperar. No siempre todo lo que pedimos se cumple o se realiza en el momento en que uno quiere que se haga. Lo que siempre escuchamos: nuestros tiempos no son los tiempos de Dios.
Y fijaos en la parábola que nos relata Jesús hoy: la viuda que clama muchas veces al juez injusto por justicia. Finaliza Jesús diciendo:
«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»
Dios nos hará justicia, no dice que hará el milagro que le pedimos, nos hará justicia, nos dará lo que sea justo, y ¿qué es lo justo para cada uno? Aunque sabemos que antes que la justicia en Dios prevalece la misericordia y el amor, por eso, muchas veces, nos parece que Dios es injusto porque no nos mira con ojos de justicia sino con ojos de misericordia, pues es un Padre Amoroso que, aunque, permita que nos sucedan ciertas cosas siempre nos fortalece con el Espíritu para poder sobrellevar la Cruz de cada día.
Pero, finalmente, le da un toque duro a la parábola, duro por lo que dice:
"Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?"
¿Qué significa? Si Dios nos da todo lo que queremos, cuando lo queremos ¿eso fortalece y madura nuestra fe? Por que, y muchas veces pasa, cuando Dios no nos da lo que pedimos perdemos nuestra fe en Él, nos enfadamos con Él, dejamos de creer en Él porque no hizo lo que queríamos.
Si un padre le da a sus hijos todo lo que los hijos piden, aunque sepa el padre que no todo lo que piden les hace bien, ¿ayuda a sus hijos a madurar? ¿ayuda a sus hijos para que sean fuertes en la vida? Cuando los padres nos puedan darle a sus hijos lo que le piden ¿qué es lo que dirán? ¿Crece el amor cuando se llena a los hijos de caprichos y lujos?
Por eso, cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará fe en la tierra?

viernes, 11 de noviembre de 2016

San Martín de Tours

Sulpicio Severo
De las Cartas (carta 3,6.9-10.11.14-17.21:SC 133,336-344)
Martín conoció con mucha antelación su muerte y anunció a sus hermanos la proximidad de la disolución de su cuerpo. Entretanto, por una determinada circunstancia, tuvo que visitar la diócesis de Candes. Existía en aquella Iglesia una desavenencia entre los clérigos, y, deseando él poner paz entre ellos, aunque sabía que se acercaba su fin, no dudó en ponerse en camino, movido por este deseo, pensando que si lograba pacificar la Iglesia sería éste un buen colofón a su vida.
Permaneció por un tiempo en aquella población o comunidad, donde había establecido su morada. Una vez restablecida la paz entre los clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, de repente empezaron a faltarle las fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, todos a una, empezaron a entristecerse y a decirle entre lágrimas:
«¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas».
Entonces él, conmovido por este llanto, lleno como estaba siempre de entrañas de misericordia en el Señor, se cuenta que lloró también; y, vuelto al Señor, dijo tan sólo estas palabras en respuesta al llanto de sus manos:
«Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehuyo el trabajo; hágase tu voluntad».
¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, igualmente dispuesto a lo uno y a lo otro, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida! Con los ojos y las manos continuamente levantados al cielo, no cejaba en la oración; y como los presbíteros, que por entonces habían acudido a él, le rogasen que aliviara un poco su cuerpo cambiando de posición, les dijo:
«Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor».
Dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo:
«¿Por que estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de acogerme». Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín, lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abrahán; Martín, pobre y humilde, entró en el cielo, cargado de riquezas