miércoles, 19 de agosto de 2026

No todo es culpa del otro

Hoy hay de esas lecturas que nos llevan a pensar no en nosotros mismos sino en otras personas. La lectura de Ezequiel puede llevarnos a pensar a los sacerdotes sobre los obispos, a los obispos sobre sus curas, a los laicos sobre sus párrocos y a los párrocos sobre sus laicos, y a los hijos sobre sus padres. ¿Por qué? Porque habla de la función y de la manera de actuar de los pastores de una comunidad y por eso ¡qué mejor que pensar en los pastores y poder criticarlos desde esta lectura que tiene tanto para decirnos! Por eso lo primero que se nos ocurre pensar es en nuestros pastores y no en nuestro propio modo de actuar con los pastores o con nuestros hermanos de comunidad o familia.
Siempre es más fácil hacer un examen de conciencia sobre la conciencia de los otros que sobre mi propia conciencia. Se ven mejor los pecados de los otros que los propios, y ya sabemos lo que dijo Jesús sobre eso: aquello de la viga en el ojo...
Pues bien ¿porqué quiero que esta lectura acerca de los pastores la miremos desde nosotros mismos? Porque cada uno de nosotros también tiene la función de pastorear y de formar una comunidad. No sólo el Pastor es quien hace que una comunidad esté organizada y se mantenga unida, sino que los que forman esa comunidad también son responsables de la unidad, de la fraternidad.
Está claro que cuando hay más de dos personas reunidas en el nombre de Jesús hay una comunidad cristiana, pero hay algo que es, también, muy verdadero: cuando hay más de dos personas reunidas hay pecado original concentrado, es decir, llevamos nuestro pecado original con nosotros y con él hay: egoísmo, envidia, apetito de poder, soberbia, etc., etc. Y eso también lo tenemos que tener en cuenta para no ser las "ovejitas" las causantes de los líos que se generan en las comunidad y las familias.
Por eso, cuando leas la lectura de Ezequiel (y vuelve a releerla ahora) hazlo pensando que tú también eres pastor de tu comunidad, de tu familia, pero sin querer quitarle el puesto a tu obispo, o a tu párroco o a tus padres, sino que aprendamos a ocupar cada uno nuestro propio lugar como Dios lo pensó y lo permitió.

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