Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo». Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto"».
Una de las tentaciones más comunes (y en la que casi todos caemos) es la del apetito de poder. Desde que el hombre existe y cayó en el pecado original, el apetito de poder fue metiéndose muy dentro del hombre, haciendo de éste un títere de los poderes terrenales, sean cuales sean.
Si lo miramos bien ya desde pequeños tenemos ese apetito de poder, pues queremos tener lo que otros tienen y por eso nace la envidia, una envidia que, en muchos casos, se vuelve peligrosa porque nos lleva a tomar muy malas decisiones, hasta robar desde chuches, lápices, muñecos y tantas otras cosas que vamos queriendo, siendo ya mayores.
En la familia hay que ver quién tiene más poder sobre los hijos, o ver los hijos si pueden vencer a sus padres, ya sea con caprichos, berrinches, o chantajes con notas, regalos, etc.
Y no hablemos de las comunidades parroquiales o de trabajo, donde queremos tener poder sobre los demás, sobre lo que digo que me pertenece, o sobre lo que regalo a otros: “no quiero que este florero lo quiten porque lo ha regalado mi abuela”, “no quiero que este mantel lo toquen porque lo he regalado yo”, “no quiero que me quiten el banco que me siento cada día”, “esto es de mi YO”…
Y no nos damos cuenta de que, poco a poco, somos títeres de un poder que no existe y que, sobre todo, nos lleva por mal camino, sobre todo cuando lo que Jesús nos ha pedido es “morir a nuestro YO” y entender el camino de dejar a Dios llevar las riendas de nuestra vida.
Por eso, Jesús le responde a satanás: “al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”, sin embargo, hoy en día, a lo que le damos culto es a nuestro YO que nadie lo toque, que nadie me diga esto o lo otro, y, sobre todo que nadie toque mis derechos, pues tengo derecho a todo lo que se me ocurra.
Por eso, en esta semana vamos a ir descubriendo en cuántas tentaciones vamos cayendo por no aceptar la muerte del Yo, por depender de mis criterios, de mis gustos, de mis apetencias, y no dejar que sea la Voluntad de Dios la que guíe mis pasos, la que guíe mi vida.
Así podremos aprovechar el tiempo de cuaresma porque dejamos que la Luz del Espíritu nos haga ver aquello que no queremos ver, y que nos parece común, pues todos lo viven igual, sin embargo, como hijo de Dios lo tengo que vivir de un modo diferente.
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