"Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos".
Además de mostrarnos Jesús, o de hacernos descubrir la misericordia del Padre, también quiere que descubramos el valor del arrepentimiento, y, antes que eso, el valor de reconocer nuestros errores y pecados.
Para que lo entendamos, el Catecismo de la Iglesia nos dice que:
1849 El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (San Agustín, Contra Faustum manichaeum, 22, 27; San Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 71, a. 6) )
1850 El pecado es una ofensa a Dios: “Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses”, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5). El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (San Agustín, De civitate Dei, 14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf Flp 2, 6-9).
Así que no sólo es decir o mirar los 10 mandamientos por arriba y descubrir que “no he matado ni robado”, sino que debemos buscar más adentro y mirar bien nuestra conducta hacia nosotros, el prójimo y Dios, pues en el cómo nos relacionamos en esos tres sentidos encontraremos nuestros errores y pecados, sabiendo que todo es siempre y cuando lo haya hecho con conciencia de ir en contra de la voluntad de Dios y del amor.
En estos en los que nos preparamos para la Pascua debemos adentrarnos en nosotros mismos para preparar nuestro corazón, para purificarlo y dejarlo vacío de todo mal y así poder recibir todas las Gracias que el Señor quiera regalarnos con su Muerte y Resurrección.
No dejemos pasar el tiempo, pues es un tiempo muy propicio para hacer una buena confesión sacramental e individual, para sentir que el Señor perdona y abraza al hijo que vuelve, sinceramente, arrepentido a su lado.
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