miércoles, 5 de febrero de 2025

No me gustan las correcciones

"Hermanos:
Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado, y habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron:
«Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos».
Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos?
Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero, luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella".
Desde siempre nos ha costado que nuestros padres nos corrijan, más aún cuando nos creemos los mejores y los más listos, que es cuando comenzamos a tener mayor capacidad de respuesta. Los berrinches que nos pillamos por las correcciones son geniales, y, hasta, en muchos momentos, somos capaces de abandonar la casa paterna porque, como hemos dicho o decimos: "no nos entienden".
Está claro que siempre y en todo momento, aunque no lo expresemos, las correcciones, vengan de quien venga, nos cuestan, porque nos toca el orgullo, pareciera que nos quieren hacer sentir menos o más mal de lo que parecemos. Sin embargo, las correcciones, como bien dice el escritor de la carta a los Hebreos, es por nuestro bien.
Por eso, al herir nuestro orgullo y nuestro yo tenemos dos alternativas: aceptamos la corrección y crecemos y maduramos, o la rechazamos y rechazamos a quien nos las hace, y, así perdemos la oportunidad de crecer y madurar.
Esto nos pasa en el plano natural, y, también en el sobrenatural. Con diferencia que, cuando, nos corrigen para vivir en la Voluntad de Dios, es Dios quien nos da la Gracia para poder alcanzar la meta y, si no aceptamos la corrección, no tendremos Su Gracia para continuar, y, aunque lo que haga sea bueno, no será del agrado del Señor, porque sólo bendice lo que es para el Bien del Reino.
Por lo tanto, no hagamos como hicieron los paisanos de Jesús que por saber de dónde venía, cuál era su familia, y tener tantos prejuicios sobre Él no pudieron recibir su Gracia por no apreciar Sus Palabras.
«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe".

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