"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian".
El seguir a Jesús por el camino que Él recorrió primero es una tarea no tan fácil para nosotros. Estamos acostumbrados a llevar el nombre de cristianos, pero no estamos tan acostumbrados vivir como cristianos, pues las exigencias que Él nos presenta desde el Evangelio no son tan fáciles como nos las proponemos habitualmente.
El mandamiento del amor que nos pidió vivir desde la mesa de la Última cena es el mandamiento principal de nuestra nueva vida como hijos de Dios, como seguidores y discípulos de Jesús. Claro es que cuando llega la Última Cena Jesús ya había dado las instrucciones de cómo vivir, y el mandamiento del amor es lo que resume todas sus enseñanzas y exigencias de vida. Exigencias, claro está, que Él vivió para que nosotros pudiéramos saber en “qué nos metíamos” cuando decidimos seguirlo.
Hoy nos parece algo imposible vivir lo que en el Evangelio nos pide, y, seguramente, nos sea imposible vivirlo con nuestras propias fuerzas. Y así es, humanamente no podemos amar a los enemigos, ni rezar por los que. nos hacen daño. Pero, si nos ponemos en manos del Espíritu de Jesús, del Espíritu Santo, y dejamos que su Fuego nos encienda en el Amor Divino, entonces podremos comenzar a disponer nuestro corazón para que así sea, pues lo que es “imposible para los hombres no lo es para Dios”.
Y, tenemos la certeza, desde la Fe, que lo que Dios nos pide vivir no es más de lo que podemos entregar, ya sea desde lo pequeño de cada día hasta la cruz más pesada que nos toque llevar, todo lo podremos si nos disponemos para que su Gracia actúe en nosotros. Pues todo lo que el Señor nos exige es en lo que Él mismo se compromete, por eso nos dijo: “si estáis afligidos y agobiados venid a Mí, yo os aliviaré. Cargad con mi yugo que es suave y mi carga ligera”.
Por eso, no rechaces lo que el Señor te pide o permita que vivas, sino que, abraza con amor la Cruz de cada día y pide la fuerza al Espíritu para poder llevarla, pues sólo dejándonos caer en Su Voluntad podremos alcanzar la meta que el Padre ha pensado para nosotros. No es fantasía, es la realidad de nuestra fe saber que tenemos un Padre todopoderoso que está pendiente de nosotros, así como una madre está pendiente de sus hijos pequeños, pero necesita que vayamos a Él para dejarnos conducir.
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