sábado, 15 de febrero de 2025

Aceptar mi error sin echar culpas a nadie

"El Señor Dios le replicó:
«¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».
Adán respondió:
«La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».
El Señor dijo a la mujer:
«¿Qué has hecho?».
La mujer respondió:
«La serpiente me sedujo y comí».
Desde catequesis tenemos la idea de que el Pecado Original fue comer una manzana (aunque no se habla de manzanas en la Biblia, pero bueno...) y con eso se distrajo la atención de dos cosas esencial, que aún siguen pasando en nuestras vidas: la desobediencia a los mandatos de Dios, y el no hacernos cargo de nuestras propias culpas.
Dios le había prohibido al hombre comer del árbol del medio del jardín, pero seducidos por la tentación de "ser como dios", aceptaron las mentiras del Padre de las Mentiras. Una bella imagen (a pesar del dolor de la imagen) es que después de desobedecer se escondieron de Dios, pues sabían qué era lo que habían hecho. Y así nos pasa, también, a nosotros, nos escondemos detrás de ciertas máscaras para no dar a conocer nuestra desobediencia, máscaras que son argumentos intelectuales que nos hacen quedar bien ante el gran público, pero sabemos que no hemos actuado con honestidad frente a Dios.
Y, por otro lado, siempre culpar a los demás de lo que hemos decidido nosotros mismos: fue la mujer que tú me diste, la serpiente me sedujo... y la pobre serpiente no tuvo a quien culpar. Por eso no siempre tenemos el corazón lleno de la Gracia de Dios porque no dejamos que el Señor purifique nuestra alma de nuestros pecados, nos creemos con todo el derecho de vivir como nos plazca y así y todo llamarnos muy devotos y fieles cristianos.
Mirar más hacia nosotros mismos para descubrir cuál es la verdad de mis actos y actitudes, descubrir que no escucho a Dios y por lo tanto no sólo no hago lo que Él quiere, sino que hago lo contrario, me ayudará a recibir su Gracia sanante y santificante para poder seguir creciendo y madurando en mi vida de fe.

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