"Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó:
«¿De qué discutíais por el camino?».
Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».
Desde siempre hemos querido tener poder, pues el pecado original nos ha dejado esa impronta de que si no tenemos poder no somos nada o no somos nadie. Y así, para poder tener poder hay que poseer bienes y por eso toda una búsqueda constante de tener y poseer, de poseer bienes o de tener el poder sobre ellos o sobre las personas.
Está claro que, muchos, por temperamento, no pueden o no quieren expresar lo que sienten o darse a conocer, pero, en el fondo, muchas veces, se sufre por no poder ser como tal o como cual, pues en el fondo del ser se quiere ser poderoso. Es así como surgen las luchas, las divisiones, los problemas con las amistades, con la familia, en la sociedad.
Y no sólo hablo del poder como forma de esclavizar a los demás, sino como forma de manipular a los demás, o como medio para hacer lo que tengo ganas. Y así vemos cómo, hoy por hoy, en muchas familias son los hijos los que tienen el poder de mandar sobre sus padres. En lo colegios los problemas del bullying, etc.
Vivimos en una sociedad que nos quiere convencer que sólo tenemos derechos que defender, y, por eso hay que defenderlos con uñas y dientes, a pesar de que no siempre se tenga la verdad sobre lo que defiendo, pero a fuerza de exigir creemos que la mentira se puede transformar en verdad.
Y ¿cuál es el problema? Que los cristianos hemos caído en la misma trampa del Príncipe de este mundo y nos dejamos llevar por la corriente del mundo queriendo ser poderosos, queriendo ser los que tenemos el poder y así poder servirnos de todo lo que nos guste, sin ponernos a pensar si lo que estamos haciendo, viviendo o pidiendo es lo que Dios quiere. Hemos dejado de lado el Evangelio para dejarnos conducir por las ideas y el modo de actuar del mundo, donde las exigencias vienen acompañadas de fuerza y mentiras para alcanzar nuestros logros, sin ver que el Evangelio va por otro lado y que nuestra vida ya no es testimonio de verdad.
Cuando nos hemos dejado cautivar por el apetito de poder, aunque sea en una pequeña porción de la vida, se nos vuelve dañino para nuestra salvación y para las relaciones con los demás, porque el pecado no es una semilla que crece de a poco, sino que, como hierba mala, crece sin medida y va dañando todo. Y, sobre todo, no nos deja ver cuál es el Camino que el Señor nos está pidiendo recorrer, porque hemos sido cegados por la soberbia y el orgullo no nos deja reconocer nuestro propio pecado.
martes, 25 de febrero de 2025
Hierba mala
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