«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados… Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados!, porque tendréis hambre!"
Pobreza y riqueza, dos situaciones contrarias en la vida de toda sociedad, en la vida de todo hombre, familia y nación. Siempre se ha batallado contra la pobreza material, y, por otro lado, siempre ha habido sectores que batallan contra las grandes riquezas que dominan el mundo. Pero no se refiere, Jesús, a esas situaciones de la sociedad y de la humanidad, dado que todo es fruto del pecado del hombre, pues los extremos que se viven en el mundo son fruto del egoísmo y del apetito de poder que va ganando las batallas en la sociedad.
Por eso, lo primero que le dice Jesús a los que lo buscan (pecadores, lisiados, prostitutas, y enfermos) es ¡bienaventurados! Pero no porque pasen necesidades, sino porque ese corazón está necesitado de consuelo y lo buscan donde saben que lo encuentran. El corazón de todos los que lo seguían a Jesús escuchaban sus Palabras con hambre, con sed porque Su Palabra los elevaba de su propia situación y les hacía ver otra realidad, y, sobre todo, les daba la dignidad que su condición social les negaba.
No podía ofrecerles algo que no les iba a dar pues no era un político en campaña, sino que Él venía a traernos el Reino del Padre, o, mejor dicho, a mostrarnos el Camino hacia el Reino del Padre, y, viviéndolo aquí en la tierra mejor la condición del hombre, y, darle, por supuesto, la dignidad que el pecado le había robado.
Y, por el otro lado, se lamenta de aquello que, con el corazón rico de sus vicios y enseñanzas se creen los poderosos de este mundo y esclavizan a los demás, quitándoles su dignidad de hijos de Dios. Por eso, cuando se enfrenta a los Sumos Sacerdotes, Escribas y fariseos lo hace con tanta vehemencia porque ve que van a perder el Reino de los Cielos. Ellos, intelectuales de la religión, se ven privados de entrar en el Reino por no querer abrir su corazón a la Buena Noticia que trae Jesús.
Por eso, ni la pobreza es material a la que refiere Jesús, ni la riqueza es material, sino que va más allá: al espíritu y a la forma de ver la vida que nos pide el Padre que vivamos. Si nos encerramos en sólo lo material perdemos de vista lo espiritual, pues lo que creemos está más allá de lo material y humano, pues creemos en Dios que se hizo hombre para que nosotros pudiéramos ser hijos de Dios, y así, hecho hombre como nosotros se entregó, en obediencia, a la muerte y muerte de Cruz, para darnos una Vida Nueva.
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