San Pablo le daba a los Tesalonicenses dos instrucciones:
- la primera hacia el propio interior, hacia la propia perfección: "Esto es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios".
- la segunda, como no puede ser de otro modo, está unida a nuestra relación con nuestros hermanos, con los demás, con el prójimo:
"Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y aseguramos: Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa. Por tanto, quien esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo".
Las dos instrucciones, como lo había explicado Jesús, no pueden ir separadas, pues no se puede ser muy santo si desprecias a tu hermano; como tampoco se puede ser si no aprecias los Dones que el Señor te ha dado, y mantienes la pureza de corazón.
Es claro que no siempre sabremos cómo proceder ante situaciones que nos suceden día a día. Pero, como bien nos lo explica Jesús en la parábola de las 10 vírgenes, no sólo hay que ser casto y puro, sino que hay que ser prudente. No se puede vivir con la mirada puesta en el cielo, pues estamos caminando en la tierra, por ello la santidad siempre va unidad a la prudencia, y, sobre todo, a saber pensar y reflexionar en lo que Dios nos está pidiendo y qué signos nos está dando para hacer Su Voluntad.
viernes, 1 de septiembre de 2023
Santidad y cabeza
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