domingo, 6 de agosto de 2023

Que bien estamos aquí!

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Siempre ha sido una frase de San Pedro que me ha conmovido, o me ha hecho pensar, y, quizás, siempre me repita con lo mismo, pero no puedo dejar de pensar en ese momento que ellos vivieron en la cima del Monte con Jesús: estar ahí, en ese momento, viendo a Jesús transfigurado, ver su resplandor y escuchar el diálogo con Moisés y Elías, tiene que ser algo sumamente inimaginable.
Es, quizás, una experiencia que, también, nosotros, podríamos tener si enfocamos nuestra mirada y nuestro corazón en el Señor. Sí, en Jesús, ya sea el que está en el Sagrario, el que está en la Misa o el que está expuesto en el Santísimo Sacramento del Altar, o, cuando hacemos verdadera oración personal en nuestra casa, en el campo, o en cualquier otro lugar. Porque, en definitiva, lo que el Evangelio nos muestra es una perfecta adoración de la divinidad de Jesús ¡es el misterio de nuestra fe! Y dónde podemos estar frente a Jesús como el Misterio de nuestra fe, sino frente a la Eucaristía.
Claro que para ello tenemos que acostumbrarnos a hacer silencio contemplativo, a buscar en el silencio y escuchar a Dios que nos habla, que nos susurra al oído del corazón cosas maravillosas, pero que, primero, nos dice: ¡Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco! ¡Escuchadlo!
Y, sí, creo que son esas palabras a las que les tenemos un poco de miedito. Porque tenemos que escuchar lo que el Hijo Amado nos diga, y, como dijo María a los sirvientes en las bodas de Caná: ¡haced todo lo que él os diga! Son frases que se van uniendo en la misma oración, en la misma contemplación y nos exhortan a escuchar, y si escuchamos tenemos dos opciones: hacemos lo que Él nos diga, o nos hacemos los sordos y seguimos con nuestro propio ritmo.
Claro es que la primera opción lleva consigo respuesta a otra exigencia: quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue su cruz de cada día, y sígame. Son todas frases que nos van exigiendo cambios constantes en nuestras vidas, pero cambios que nos llevan a vivir una Vida en plenitud, porque al aceptar el desafío de hacer lo que Él nos diga, aceptamos recibir su Gracia y será Él quien, en definitiva, nos lleve a alcanzar la meta que el Padre tiene pensada para cada uno: la santidad en el amor, por eso también nos dice: ¡Levantaos, no temáis!

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.