En las lecturas de hoy hay dos situaciones que las podemos encontrar en nuestra vida, o en la vida de nuestro alrededor: el desaliento del pueblo de Israel y el hablar contra Dios por lo que le sucede, y la actitud de la mujer cananea frente a Jesús que no se deja desalentar frente a la respuesta de Jesús.
Cuando nos suceden algunas cosas o nos llega una cruz, que nos parece pesada, tenemos dos caminos: o aceptamos la Cruz y recibimos la Gracia del Señor para llevarlo, o nos renegamos contra Dios y nos toca cargar solos la Cruz.
A veces nos renegamos contra Dios porque pensamos que no nos tiene que ocurrir nada a nosotros y por eso clamamos al cielo ¿por qué a mí? Y ¿por qué no a ti? Si todos somos hijos, ¿por qué el Padre no puede pedirle a un hijo lo mismo que le pidió a su Único Hijo?
Muchas veces creemos que la Cruz es una desgracia para nosotros, porque hemos crecido con la certeza de que si rezamos y vamos a misa nada nos tiene que ocurrir, y por eso, siendo personas de fe nos renegamos contra Dios y nos deprimimos porque "eso a mí no me tenía que ocurrir".
Sin embargo, muchas veces, nos encontramos con cristianos que no tienen tanta vida de oración o eucarística y que viven con mayor confianza la Cruz que les toca llevar. Es ahí donde vemos que no es que haya resignación, sino que hay aceptación del querer de Dios para sus vidas, porque, desde la sencillez y humildad, han aceptado el camino que Dios les pide recorrer.
"Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame».
Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija".
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