domingo, 4 de julio de 2021
Valorar lo que tenemos
sábado, 3 de julio de 2021
Señor mío, Dios mío
De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios
Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos en el momento de
presentarse Jesús. Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo
que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta
de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe,
le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida
de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos
hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel
discípulo elegido estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, que al
oír dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese? Todo esto no sucedió
porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de
un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las
heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más
provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros
discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado,
nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en
efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la
realidad de la resurrección.
Palpó y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿No has creído, Tomás,
sino después de haberme visto? Como sea que el apóstol Pablo dice: La fe es la
firme seguridad de los bienes que se esperan, la plena convicción de las
realidades que no se ven, es evidente que la fe es la plena convicción de
aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de
fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que
le dice el Señor: No has creído, sino después de haberme visto? Pero es que lo
que creyó supera a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la
divinidad. Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su
divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó con todo y que vio,
ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que
escapaba a su mirada.
Y es para nosotros motivo de alegría lo que sigue a
continuación: Dichosos los que sin ver han creído. En esta sentencia el Señor
nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin
haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras
acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe.
Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice Pablo:
Van haciendo profesión de conocer a Dios, y lo van negando con sus obras. Y
Santiago dice: La fe, si no va acompañada de las obras, está muerta.
viernes, 2 de julio de 2021
No juzgueis para no ser juzgados
jueves, 1 de julio de 2021
Pasaré al lugar del tabernáculo admirable
Homilía de san Jerónimo, presbítero, a los recién bautizados, sobre el salmo cuarenta y uno.
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.
Como la cierva del salmo busca las corrientes de agua, así también nuestros
ciervos, que han salido de Egipto y del mundo, y han aniquilado en las aguas del
bautismo al Faraón con todo su ejército, después de haber destruido el poder del
diablo, buscan las fuentes de la Iglesia, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo.
Que el Padre sea fuente, lo hallamos escrito en el libro de Jeremías: Me han
abandonado a mí, la fuente de aguas vivas, para excavarse cisternas agrietadas,
incapaces de retener el agua. Acerca del Hijo, leemos en otro lugar: Han abandonado
la fuente de la sabiduría. Y del Espíritu Santo: El que beba del agua que yo le dé,
se convertirá en él en manantial, cuyas aguas brotan para comunicar vida eterna,
palabras cuyo significado nos explica luego el evangelista, cuando nos dice que el
Salvador se refería al Espíritu Santo. De todo lo cual se deduce con toda claridad
que la triple fuente de la Iglesia es el misterio de la Trinidad.
Esta triple fuente es la que busca el alma del creyente, el alma del bautizado,
y por eso dice: Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. No es un tenue deseo
el que tiene de ver a Dios, sino que lo desea con un ardor parecido al de la
sed. Antes de recibir el bautismo, se decían entre sí: ¿Cuándo entraré a ver
el rostro de Dios? Ahora ya han conseguido lo que deseaban: han llegado a la presencia de Dios y se
han acercado al altar y tienen acceso al misterio de salvación.
Admitidos en el cuerpo de Cristo y renacidos en la fuente de vida, dicen
confiadamente: Pasaré al lugar del tabernáculo admirable, hacia la casa de
Dios. La casa de Dios es la Iglesia, ella es el tabernáculo admirable, porque
en él resuenan los cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta.
Decid, pues, los que acabáis de revestiros de Cristo y, siguiendo nuestras
enseñanzas, habéis sido extraídos del mar de este mundo, como pececillos con el
anzuelo: «En nosotros, ha sido cambiado el orden natural de las cosas. En
efecto, los peces, al ser extraídos del mar, mueren; a nosotros, en cambio, los
apóstoles nos sacaron del mar de este mundo para que pasáramos de muerte a vida.
Mientras vivíamos sumergidos en el mundo, nuestros ojos estaban en el abismo y
nuestra vida se arrastraba por el cieno; mas, desde el momento en que
fuimos arrancados de las olas, hemos comenzado a ver el sol, hemos comenzado a
contemplar la luz verdadera, y por esto, llenos de alegría desbordante, le
decimos a nuestra alma: Espera en Dios, que volverás a alabarlo: "Salud
de mi rostro, Dios mío."»
miércoles, 30 de junio de 2021
Confianza en Su Misericordia
martes, 29 de junio de 2021
Combatir el buen combate
lunes, 28 de junio de 2021
Ver a Dios