domingo, 4 de julio de 2021

Valorar lo que tenemos

Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
¿Sabemos valorar a las personas que tenemos a nuestro lado? A veces, me da la impresión de que no valoramos a quienes conviven con nosotros, y no es que los despreciemos, sino que no llegamos a darle el valor que cada uno tiene. Y, sobre todo, cuando alguien nos quiere dar un consejo o una advertencia, primero pensamos quién es y qué significa para mí, y luego vemos si le hacemos caso o no. Los pre-juicios sobre las personas, muchas veces, nos hacen des-preciar, no apreciar, no valorar lo suficiente a quienes Dios pone a nuestro lado para ayudarnos a avanzar en el camino de la Vida.
No es que necesitemos hacerles un altar a todos para declararlos santos, sino que Dios pone a nuestro lado hermanos para que nos ayuden a alcanzar la meta que Él quiere, pues sabe que, no siempre, tenemos la vista puesta en las cosas que verdaderamente valen la pena vivirlas. Y, sin embargo, si miramos un poco más a nuestro alrededor libres de pre-juicios, vamos a descubrir una infinidad de santos que nos están mostrando el camino o nos están anunciando o advirtiendo de lo que estamos viviendo o de cómo seguir andando.
Es claro que no siempre queremos escuchar lo que, creemos, que no nos conviene. Sin embargo, lo que, a veces, creemos que no nos conviene es lo que más nos conviene, pues llegamos a decir: “¿por qué no hice caso de eso? si era eso lo que tenía que hacer…” Pero, ya pasó el tiempo, y ahora no puedo volver al punto inicial, sino que tengo que aprender a escuchar, y, vuelvo a lo mismo, sobre todo, a valorar a todos como posibles instrumentos de la Voluntad de Dios para mi vida.
Es cierto, también, que tengo que discernir si lo que me están aconsejando o diciendo, es porque realmente quieren que viva de acuerdo con la Voluntad de Dios, o, simplemente, me están anunciando lo que el mundo pretende que viva, pues es lo que el mundo está viviendo. Ahí, luego de escuchar, toca discernir…



 

sábado, 3 de julio de 2021

Señor mío, Dios mío

De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios

    Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos en el momento de presentarse Jesús. Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, que al oír dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese? Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección.
    Palpó y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿No has creído, Tomás, sino después de haberme visto? Como sea que el apóstol Pablo dice: La fe es la firme seguridad de los bienes que se esperan, la plena convicción de las realidades que no se ven, es evidente que la fe es la plena convicción de aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: No has creído, sino después de haberme visto? Pero es que lo que creyó supera a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó con todo y que vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada.
    Y es para nosotros motivo de alegría lo que sigue a continuación: Dichosos los que sin ver han creído. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice Pablo: Van haciendo profesión de conocer a Dios, y lo van negando con sus obras. Y Santiago dice: La fe, si no va acompañada de las obras, está muerta.

viernes, 2 de julio de 2021

No juzgueis para no ser juzgados

"Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:
«¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».
Jesús lo oyó y dijo:
«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
Hace mucho tiempo, en alguna comunidad en la que estuve, (como suele ocurrir en muchos lugares), la gente de la comunidad pedía que entrase gente nueva para poder hacer las cosas, sobre todo, que atrajese a los jóvenes para que la iglesia tuviera más vida. Yo les respondí que sí, que iba a intentar que ellos viniesen para tener más gente y, sobre todo, gente joven en la comunidad, pero con una condición. ¿Cuál? me preguntaron. Que si venía gente nueva, con nuevas ideas, y con nuevas propuestas para trabajar en la comunidad que no se les ocurriera espantarlos diciendo: "aquí toda la vida se hicieron las cosas así", porque esa es la forma que tenemos para que nunca haya gente nueva en nuestras comunidades.
Así le pasaba a los fariseos. Seguramente ellos rezaban por la conversión de los pecadores, pero cuando los pecadores se convertían, no los querían porque les recordaban sus pecados pasados, y siempre seguían estigmatizados por ellos.
Somos muy proclives a vivir la justicia de Dios, juzgando a todos con el dedo de Dios, pero no somos capaces de amar con el Amor de Dios, que, cuando perdona, perdona y se olvida de nuestros pecados.
Cuando Dios llama a los pecadores a su mesa, es porque les ha ayudado a cambiar su corazón, y, por eso quiere compartir con ellos una Vida Nueva, y nos pide a nosotros que, como "justos" que somos los recibamos con amor en la mesa fraternal. Por que, aunque nos creamos mejores que los demás, ya por pensar eso no somos mejores, sino que, casi casi, somos peores, por que estamos siendo justicieros y prejuiciosos, sin tener en cuenta cuáles son las intenciones que Dios tiene con cada uno de nosotros. Y, sobre todo, olvidándonos de todo lo que el Señor nos ha perdonado, y, por eso Él nos enseñó a decir: "perdona nuestros ofendas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden", y, nos dijo también: "con la misma vara con la que jusguen seréis juzgados". Pequeñas frases para recordar e intentar vivir....

 

jueves, 1 de julio de 2021

Pasaré al lugar del tabernáculo admirable

Homilía de san Jerónimo, presbítero, a los recién bautizados, sobre el salmo cuarenta y uno.

    Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Como la cierva del salmo busca las corrientes de agua, así también nuestros ciervos, que han salido de Egipto y del mundo, y han aniquilado en las aguas del bautismo al Faraón con todo su ejército, después de haber destruido el poder del diablo, buscan las fuentes de la Iglesia, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
    Que el Padre sea fuente, lo hallamos escrito en el libro de Jeremías: Me han abandonado a mí, la fuente de aguas vivas, para excavarse cisternas agrietadas, incapaces de retener el agua. Acerca del Hijo, leemos en otro lugar: Han abandonado la fuente de la sabiduría. Y del Espíritu Santo: El que beba del agua que yo le dé, se convertirá en él en manantial, cuyas aguas brotan para comunicar vida eterna, palabras cuyo significado nos explica luego el evangelista, cuando nos dice que el Salvador se refería al Espíritu Santo. De todo lo cual se deduce con toda claridad que la triple fuente de la Iglesia es el misterio de la Trinidad.
    Esta triple fuente es la que busca el alma del creyente, el alma del bautizado, y por eso dice: Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. No es un tenue deseo el que tiene de ver a Dios, sino que lo desea con un ardor parecido al de la sed. Antes de recibir el bautismo, se decían entre sí: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Ahora ya han conseguido lo que deseaban: han llegado a la presencia de Dios y se han acercado al altar y tienen acceso al misterio de salvación.
    Admitidos en el cuerpo de Cristo y renacidos en la fuente de vida, dicen confiadamente: Pasaré al lugar del tabernáculo admirable, hacia la casa de Dios. La casa de Dios es la Iglesia, ella es el tabernáculo admirable, porque en él resuenan los cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta.
    Decid, pues, los que acabáis de revestiros de Cristo y, siguiendo nuestras enseñanzas, habéis sido extraídos del mar de este mundo, como pececillos con el anzuelo: «En nosotros, ha sido cambiado el orden natural de las cosas. En efecto, los peces, al ser extraídos del mar, mueren; a nosotros, en cambio, los apóstoles nos sacaron del mar de este mundo para que pasáramos de muerte a vida. Mientras vivíamos sumergidos en el mundo, nuestros ojos estaban en el abismo y nuestra vida se arrastraba por el cieno; mas, desde el momento en que fuimos arrancados de las olas, hemos comenzado a ver el sol, hemos comenzado a contemplar la luz verdadera, y por esto, llenos de alegría desbordante, le decimos a nuestra alma: Espera en Dios, que volverás a alabarlo: "Salud de mi rostro, Dios mío.

miércoles, 30 de junio de 2021

Confianza en Su Misericordia

"Al ver que el hijo de Agar, la egipcia, y de Abrhán jugaba con Isaac, Sara dijo a Abrahán:
«Expulsa a esa criada y a su hijo, pues no va a heredar el hijo de esa criada con mi hijo Isaac».
Las herencias siempre han sido conflictivas para todas las familias, desde tiempo inmemoriales. Como vemos, Sara la esposa de Abrahán, no quería que el otro hijo de él con la servienta, compartiera la herencia con su propio hijo. Los bienes materiales, siempre han sido, cuando no se los ha entendido como bienes pasajeros, los que han dominado la vida de los hombres, pues creemos que cuanto más bienes mejores somos.
Así, incluso, en estos tiempos, las herencias que nos dejan, sean grandes o sean pequeñas, siempre han generado divisiones en las familias. Y, generalmente, siempre hay una parte que, en silencio, como Abrahán deja hacer a la otra para no generar más conflicto.
"Abrahán se llevó un disgusto, pues era hijo suyo. Pero Dios dijo a Abrahán:
«No te aflijas por el muchacho y la criada; haz todo lo que te dice Sara, porque será Isaac quien continúe tu descendencia. Pero también al hijo de la criada le convertiré en un gran pueblo, pues es descendiente tuyo».
Dice, un refrán: "Dios escribe derecho con renglones torcidos", y Él sabe sacar de la maldad del hombre, algo bueno para quien tenga un corazón sincero y desinteresado. Y así, volvió, Dios, ha hacer una nueva promesa al hijo de Abrahán con Agar. E, incluso, cuidó de la vida de Ismael y de Agar, en los momentos de mayor dolor y oscuridad.
Está claro que, tampoco, dejó de cumplir la promesa con Isaac de convertirlo en un gran pueblo, el Pueblo Elegido, el Pueblo de Dios.
Y ¿qué sacamos de enseñanza de estos pasajes? Creo que por lo menos dos cosas: no dejar que los celos o las envidias por las cosas materiales nos hagan tomar decisiones que luego no podamos remediar, pues cuando se abren heridas por cuestiones temporales, son heridas que se hacen eternas, y dividen y producen dolor en el corazón de todos.
Y, por otro lado, nos hace descubrir que tampoco tenemos que llegar al conflicto por esas cosas, pues no son las que van a cambiar mi vida para bien, sino que, muchas veces, nos cambian para mal. Pero si dejamos que el Señor nos muestre el camino de la reconciliación, podemos llegar a renovar la vida de un modo mejor, pero siempre en busca de la Voluntad de Dios, pues Él es quien tiene las riendas de la historia, y, de lo que ahora vemos como lo peor que nos está ocurriendo, Él va a sacar lo mejor para nuestra vida.
La confianza en la Providencia Divina es lo que nos ayuda, día a día, a intentar se Fieles a Dios sin tener que preocuparnos, como dice Jesús, "de qué vais a comer o con qué os vais a vestir", sino "ocuparnos del Reino de Dios y su justicia, pues todo lo demás vendrá por añadidura". Pues Él no abandona nunca a los que se confían a su misericordia.

 

martes, 29 de junio de 2021

Combatir el buen combate

"Querido hermano:
Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe".
¿Puede tener la vida del cristiano un mejor final? Poder decir que se ha combatido el noble combate, es saber que se ha hecho lo posible por ser fiel hasta el último día de la vida. Y, sobre todo, saber que esa fidelidad a la vida no ha sido nada fácil, pues en todo momento han habido pruebas que había que pasar y piedras que saltar, y, sin desmerecer, hubo caídas de las cuales hubo que levantarse y ser fuerte, en todo momento, incluso frente al pecado de uno.
Muchas veces, en nuestras vidas, nos encontraremos con miles de obstáculos, tendremos miles de tropiezos, e, incluso muchas caídas, pero todo es un combate, un combate contra nosotros mismos para que la desesperanza no nos gane la batalla, sino que, como escribía san Pablo que le dijo el Señor: "te basta mi gracia", porque, en todo momento, si nos mantenemos o intentamos mantenernos en el Camino del Señor, siempre su Gracia estará en nosotros para seguir luchando, para seguir recorriendo el camino de la santidad hacia la Vida.
¿Cuándo se termina de combatir? Cuando el Señor, Justo Juez, nos venga a buscar y dejemos de estar prisioneros en este cuerpo que es nuestra cárcel terrena, pero que es el instrumento de salvación que el Señor nos ha regalado, no sólo para salvar nuestra alma, sino para llevar a otras hasta Su Reino, hasta Su Voluntad, para que, no sólo nosotros, sino todos aquellos que lo busquen encuentren Su Rostro.
¿Cuál es el combate? Cada uno lo sabe, como dicen algunos, cada uno sabe cuáles son sus demonios, y no debemos comparar nuestros demonios, ni nuestras cruces, ni nuestras vidas, pues cada uno tiene su propia vida y su propio camino de salvación y santidad, y en ese camino nos encontraremos cada uno batallando contra lo que Dios permita y quiera, pero, sin olvidar, que neceistaremos en esa batalla de Su Gracia, pues sólo vencermos si estamos unidos a Él y viviendo en Él, a pesar de nuestros defectos, errores y pecados. Pues es Él quien nos ha elegido y llamado para ser sus instrumentos, y, por eso, nos ha dado las armas necesarias para la batalla.
Y así nos lo recordaba Jesús: "el reino de los cielos sufre violencia, y sólo los violentos lo arrebatan". La violencia que tenemos que hacernos día a día para no hacer nuestra voluntad, sino la del Padre, es la violencia que nos ayuda a alcanzar el Reino de los Cielos, para hacerlo vida aquí en la tierra.

 

lunes, 28 de junio de 2021

Ver a Dios

Del Tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías

La claridad de Dios vivifica y, por tanto, los que ven a Dios reciben la vida. Por esto, aquel que supera nuestra capacidad, que es incomprensible, invisible, se hace visible y comprensible para los hombres, se adapta a su capacidad, para dar vida a los que lo perciben y lo ven. Vivir sin vida es algo imposible, y la subsistencia de esta vida proviene de la participación de Dios, que consiste en ver a Dios y gozar de su bondad.
Los hombres, pues, verán a Dios y vivirán, ya que esta visión los hará inmortales, al hacer que lleguen hasta la posesión de Dios. Esto, como dije antes, lo anunciaban ya los profetas de un modo velado, a saber, que verán a Dios los que son portadores de su Espíritu y esperan continuamente su venida. Como dice Moisés en el Deuteronomio: Aquel día veremos que puede Dios hablar a un hombre, y seguir éste con vida.
Aquel que obra todo en todos es invisible e inefable en su ser y en su grandeza, con respecto a todos los seres creados por él, mas no por esto deja de ser conocido, porque todos sabemos, por medio de su Verbo, que es un solo Dios Padre, que lo abarca todo y que da el ser a todo; este conocimiento viene atestiguado por el evangelio, cuando dice: A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer
Así pues, el Hijo nos ha dado a conocer al Padre desde el principio; ya que desde el principio está con el Padre; él, en efecto, ha manifestado al género humano el sentido de las visiones proféticas, de la distribución de los diversos carismas, con sus ministerios; y en qué consiste la glorificación del Padre, y lo ha hecho de un modo consecuente y ordenado, a su debido tiempo y con provecho; porque donde hay orden allí hay armonía, y donde hay armonía allí todo sucede a su debido tiempo, y donde todo sucede a su debido tiempo allí hay provecho.
Por esto, el Verbo se ha constituido en distribuidor de la gracia del Padre en provecho de los hombres, en cuyo favor ha puesto por obra los inescrutables designios de Dios, mostrando a Dios a los hombres, presentando al hombre a Dios; salvaguardando la invisibilidad del Padre, para que el hombre tuviera siempre un concepto muy elevado de Dios y un objetivo hacia el cual tender, pero haciendo también visible a Dios para los hombres, realizando así los designios eternos del Padre, no fuera que el hombre, privado totalmente de Dios, dejara de existir; porque la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios. En efecto, si la revelación de Dios a través de la creación es causa de vida para todos los seres que viven en la tierra, mucho más lo será la manifestación del Padre por medio del Verbo para los que ven a Dios.