lunes, 6 de julio de 2020

No busques solamente tu propio interés

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios.

Escrito está: Juntaos con los santos, porque los que se juntan con ellos se santificarán. Y otra vez, en otro lugar, dice: Con el hombre inocente serás inocente; con el elegido serás elegido, y con el perverso te pervertirás.
Juntémonos, pues, con los inocentes y justos, porque ellos son elegidos de Dios. ¿A qué vienen entre vosotros contiendas y riñas, banderías, escisiones y guerras? ¿O es que no tenemos un solo Dios y un solo Cristo y un solo Espíritu de gracia que fue derramado sobre nosotros? ¿No es uno solo nuestro llamamiento en Cristo? ¿A qué fin desgarramos y despedazamos los miembros de Cristo y nos sublevamos contra nuestro propio cuerpo, llegando a tal punto de insensatez que nos olvidamos de que somos los unos miembros de los otros?
Acordaos de las palabras de Jesús, nuestro Señor. El dijo, en efecto: ¡Ay de aquel hombre! Más le valiera no haber nacido, que escandalizar a uno solo de mis escogidos. Mejor le fuera que le colgaran una piedra de molino al cuello y lo hundieran en el mar, que no extraviar a uno solo de mis escogidos. Vuestra escisión extravió a muchos, desalentó a muchos, hizo dudar a muchos, nos sumió en la tristeza a todos nosotros. Y, sin embargo, vuestra sedición es contumaz.
Tomad en vuestra mano la carta del bienaventurado Pablo apóstol. ¿Cómo os escribió en los comienzos del Evangelio? A la verdad, divinamente inspirado, os escribió acerca de sí mismo, de Cefas y de Apolo, como quiera que ya desde entonces fomentabais las parcialidades. Mas aquella parcialidad fue menos culpable que la actual, pues al cabo os inclinabais a apóstoles acreditados por Dios y a un hombre acreditado por éstos.
Arranquemos, pues, con rapidez ese escándalo y postrémonos ante el Señor, suplicándole con lágrimas sea propicio con nosotros, nos reconcilie consigo y nos restablezca en el sagrado y puro comportamiento de nuestra fraternidad. Porque ésta es la puerta de la justicia, abierta para la vida, conforme está escrito: Abridme las puertas de la justicia, y entraré para dar gracias al Señor. Ésta es la puerta del Señor: los justos entrarán por ella. Ahora bien, siendo muchas las puertas que están abiertas, ésta es la puerta de la justicia, a saber: la que se abre en Cristo. Bienaventurados todos los que por ella entraren y enderezaren sus pasos en santidad y justicia, cumpliendo todas las cosas sin perturbación. Enhorabuena que uno tenga carisma de fe, que otro sea poderoso en explicar los conocimientos, otro sabio en el discernimiento de discursos, otro casto en su conducta. El hecho es que cuanto mayor parezca uno ser, tanto más debe humillarse y buscar no sólo su propio interés, sino también el de la comunidad.

domingo, 5 de julio de 2020

Una decisión, un camino

Le dice san Pablo a los cristianos de Roma:
"Así, pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis".
Tenemos que tener en cuenta que las cartas que escriben los apóstoles no son para cualquiera, sino para los cristianos que comienzan un camino de vida nuevo. Son personas que han descubierto un nuevo modo de vida y se han lanzado a la aventura de vivir de un modo diferente. Pero, muchas veces, cuando comenzamos un camino nuevo, nunca sabemos cómo recorrerlo y por eso necesitamos que nos ayuden a descubrir y a conocer el modo de caminar, de vivir. Así, las exigencias que nos presentan las cartas de los apóstoles y el evangelio, no son meras exigencias sino que son las indicaciones para alcanzar aquello que hemos visto como bueno para nuestras vidas, en este caso, como los romanos, nosotros hemos descubierto y hemos aceptardo vivir el cristianismo como Camino para alcanzar la Vida Nueva en Cristo, guiados por el Espiritu de Dios, y así llegar a la Vida Eterna.
Teniendo esto en cuenta podemos ver que san Pablo le hablara a los cristianos de Roma, y a nosotros, de decidirnos por lo que hemos optado: vivir según el Espíritu de Cristo y no según el espíritu de la carne, del mundo. Para ser cristianos tenemos que optar, cada día, por el Espíritu de Cristo: "no he hago otra cosa que lo que he visto hacer a mi Padre", "mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre"; y "así viviréis".
Es una decisión madura que tenemos que tomar, una opción fudamental para mi vida, que se va confirmando, cada día, con opciones particulares en coherencia con lo que he decidido vivir. Así, la decisión de ser cristiano es una decisión adulta, madura, pero el Camino a recorrer lo hacemos desde un espíritu de niños:
"Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien".
¿Por qué desde un espíritu de niños? Por que así podemos dejarnos conducir por las Manos del Padre, podemos creer que nuestro Padre conoce el Camino por el cual nos quiere llevar a la Vida, porque si somos niños nos dejaremos asombrar por todo lo que Él hace por nosotros, podremos disfrutar y gozar de su presencia en nuestras vidas.
En cambio, un espíritu adulto, generalmente, desconfía de los demás, porque sólo confía en sus decisiones, en su forma de pensar, porque ya ha programado su vida, tiene proyectado todo lo que hace, y no deja que otro le vaya indicando o aconsejando para caminar.
Y, si en algún momento, el caminar se nos hace pesado o agobiante, sabremos dónde ir, a quien recurrir, porque sabemos en Quién hemos puesto nuestra confianza:
"Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera".

sábado, 4 de julio de 2020

Reconoce el mal que has hecho

De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo.

    Si hay aquí alguno que esté esclavizado por el pecado, que se disponga por la fe a la regeneración que nos hace hijos adoptivos y libres; y así, libertado de la pésima esclavitud del pecado y sometido a la dichosa esclavitud del Señor, será digno de poseer la herencia celestial. Despojaos, por la confesión de vuestros pecados, del hombre viejo, viciado por las concupiscencias engañosas, y vestíos del hombre nuevo que se va renovando según el conocimiento de su creador. Adquirid, mediante vuestra fe, las arras del Espíritu Santo, para que podáis ser recibidos en la mansión eterna. Acercaos a recibir el sello sacramental, para que podáis ser reconocidos favorablemente por aquel que es vuestro dueño. Agregaos al santo y racional rebaño de Cristo, para que un día, separados a su derecha, poseáis en herencia la vida que os está preparada.
    Porque los que conserven adherida la aspereza del pecado, a manera de una piel velluda, serán colocados a la izquierda, por no haberse querido beneficiar de la gracia de Dios, que se obtiene por Cristo a través del baño de regeneración. Me refiero no a una regeneración corporal, sino al nuevo nacimiento del alma. Los cuerpos, en efecto, son engendrados por nuestros padres terrenos, pero las almas son regeneradas por la fe, porque el Espíritu sopla donde quiere. Y así entonces, si te has hecho digno de ello, podrás escuchar aquella voz: Bien, siervo bueno y fiel, a saber, si tu conciencia es hallada limpia y sin falsedad.
    Pues si alguno de los aquí presentes tiene la pretensión de poner a prueba la gracia de Dios, se engaña a sí mismo e ignora la realidad de las cosas. Procura, oh hombre, tener un alma sincera y sin engaño, porque Dios penetra el interior del hombre.
    El tiempo presente es tiempo de reconocer nuestros pecados. Reconoce el mal que has hecho, de palabra o de obra, de día o de noche. Reconócelo ahora que es el tiempo propicio, y en el día de la salvación recibirás el tesoro celeste.
    Limpia tu recipiente, para que sea capaz de una gracia más abundante, porque el perdón de los pecados se da a todos por igual, pero el don del Espíritu Santo se concede a proporción de la fe de cada uno. Si te esfuerzas poco, recibirás poco, si trabajas mucho, mucha será tu recompensa. Corres en provecho propio; mira, pues, tu conveniencia.
    Si tienes algo contra alguien, perdónalo. Vienes para alcanzar el perdón de los pecados: es necesario que tú también perdones al que te ha ofendido.

viernes, 3 de julio de 2020

Señor mío y Dios mío

De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios

    Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos en el momento de presentarse Jesús. Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, que al oír dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese? Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección.
    Palpó y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿No has creído, Tomás, sino después de haberme visto? Como sea que el apóstol Pablo dice: La fe es la firme seguridad de los bienes que se esperan, la plena convicción de las realidades que no se ven, es evidente que la fe es la plena convicción de aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: No has creído, sino después de haberme visto? Pero es que lo que creyó supera a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó con todo y que vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada.
    Y es para nosotros motivo de alegría lo que sigue a continuación: Dichosos los que sin ver han creído. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice Pablo: Van haciendo profesión de conocer a Dios, y lo van negando con sus obras. Y Santiago dice: La fe, si no va acompañada de las obras, está muerta.

jueves, 2 de julio de 2020

Pensar bien o pensar mal... esa es la cuestión.

"Pero Amós respondió a Amasías:
«Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicomoros. Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: “Ve, profetiza a mi pueblo Israel”.
No siempre lo que el profeta tiene que decir de parte del Señor, serán buenas noticias, sino que, las más de las veces, tendrá que advertir de las malas conductas, de los desvíos y de las consecuencias de haber dejado el camino marcado por el Señor.
Está claro que cuando alguien viene a alabarme, aunque diga que no me gustan las alabanzas, siempre viene bien que me digan lo hermoso y bueno que soy; pero cuando alguien viene a decirme lo que he realizado mal, que me estoy equivocando... ya no me gusta nada, aunque, muchas veces diga que siempre me gusta que me digan mi errores, y que a mí me gusta siempre ir con la verdad por delante.
Los mensajes de los Profetas nos agradan cuando traen Buenas Noticias, y, sin embargo, cuando vienen con mensajes duros de parte de Dios, también tenemos que pensar que son Buenas Noticias, porque es el Amor de un Padre que quiere lo mejor para sus hijos. Así lo hemos sentido siendo pequeños o siendo grandes, cuando nuestros padres nos tenían que poner en penitencia o dar un cachete para que sintamos que nos habíamos portado mal, y así poder entender la diferencia entre la recompensa al bien realizado y el castigo al mal que hemos hecho.
Igualmente, cuando se es padre, recién se comprende que no siempre tendremos que hacer sentir bien al otro, sino que, más de una y dos veces, habrá que llamar la atención por la mala conducta. Y eso se hace porque se quiere lo mejor para el ser amado.
Está claro que el primer pensamiento que nos surge es el mal pensamiento, pensar lo peor de la situación, y no sólo cuando vienen a decirme algo, sino cuando sucede algo delante de nuestros ojos, y en el momento hacemos un juicio rápido de lo que está pasando.
"En aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. En eso le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico:
«¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados».
Algunos de los escribas se dijeron:
«Este blasfema».
Así le pasaba a los judíos con Jesús, aunque sus pensamientos estaban motivas por un argumento anterior: buscaban con qué acusarlo, y por eso, siempre buscaban el lado malo de todo lo que Él hacía.
Por eso no debemos dejarnos llevar por las primeras impresiones, sino que siempre debemos analizar y reflexionar lo que nos dicen o lo que vemos y pensamos de los demás, porque, por lo general, el pecado original nos ayuda a pensar mal de todo, y así, no nos deja ser libres para aceptar las correcciones fraternas, ni alabar el bien que los demás hacen por otros.

miércoles, 1 de julio de 2020

Buscad el bien...

"Buscad el bien, no el mal, y viviréis, y así el Señor, Dios del universo, estará con vosotros, como pretendéis.
Odiad el mal y amad el bien, instaurad el derecho en el tribunal.
Tal vez el Señor, Dios del universo, tenga piedad del Resto de José".
Hubo un tiempo donde las advertencias del Señor al Pueblo de Israel eran muy duras, y se veía en ellas palabras de castigo frente a las infidelidades o maldades de la gente. Por eso, a través de los profetas el Señor enviaba mensajes fuertes para hacerles encontrar el verdadero camino de la salvación, del perdón, de la reconciliación. No eran mensajes de autoritarismo por parte del Señor, sino eran mensajes de parte de un Padre que tenía amor por sus hijos, hijos que habían prometido seguirlo y serle fiel en todo momento, para que Él sea su Dios y Señor. Eran palabras fuertes de un Dios que se hacía responsable de haber elegido un Pueblo para que pudiera mostrar a los demás hombres el Camino de la Vida, el camino y la verdad para alcanzar la salvación, para conocer al verdadero Dios.
Por esa razón no permitía el Señor que se desviaran del camino que Él les había indicado y que ellos había aceptado seguir, pero, sobre todo, lo que aborrecía y aborrece es la hipocresía de hacer actos u ofrendas sólo para quedar bien, pues no representan lo que en realidad el Pueblo vive.
Y, lo que es peor, no sólo le pasaba al Pueblo de Israel, sino que nos sigue pasando a nosotros, en estos tiempos, que vivimos haciendo muchos actos religiosos pero nuestros corazones pueden estar lejos de la verdad, de la justicia, del amor, de la fraternidad, porque no aceptamos, muchas veces, la Voluntad de Dios, ni sus mandamientos, sino que vivimos de acuerdo al mal y la mentira que se ha instalado en el mundo.
Hay un dicho que dice: una vela para todos los santos y para el diablo el candelero. Porque dejamos que entren en nuestras vidas, y nos hacemos eco de otros pensamientos formas de obrar que no son cristianas, pero creemos que porque no hacemos mal todo está bien.
"Aunque me presentéis holocaustos y ofrendas, no me complaceré en ellos, ni miraré las ofrendas pacíficas con novillos cebados.
Aparta de mí el estrépito de tus canciones; no quiero escuchar la melodía de tus cítaras".
Dios no quiere una religiosidad vacía de vida, sino que quiere una vida llena de Dios, que nuestra vida sea un reflejo de lo que vivimos, y no que nuestros actos sean sólo religiosos para algunos momentos de nuestras vidas, y luego de eso, no vivimos en Dios, por Dios y para Dios. Y, eso se ve muy bien, en el caso del evangelio de hoy, que cuando Jesús hace un gran bien pero nos quita algo, entonces no vemos lo bueno que hay sino lo que nos quita, y por eso lo expulsamos de nuestras vidas.

martes, 30 de junio de 2020

Habrá nueva normalidad?

"Ciertamente, nada hace el Señor Dios sin haber revelado su designio a sus servidores los profetas.
Ha rugido el león, ¿quién no temerá?
El Señor, Dios ha hablado ¿quién no profetizará?
Os transformé como Dios transformó a Sodoma y Gomorra y quedasteis como tizón sacado del incendio.
Pero no os convertisteis a mí - oráculo del Señor -.
Por eso, así voy a tratarte, Israel.
Sí, así voy a tratarte: prepárate al encuentro con tu Dios".
Son fuertes las palabras que dirige Dios por medio de Amós a su pueblo. Palabras que hablan de un llamado, de una elección, pero también de una infidelidad. Palabras que hablan del dolor de Dios por el desamor de su pueblo, y, por eso, del castigo que le sobreviene por haberse alejado de su Mano.
Palabras que, para lo que estamos viviendo en estos meses, nos vienen muy bien para saber que no tenemos que olvidar lo que hemos vivido. Aunque, en realidad, si miramos a nuestro alrededor, muchos parecen haberse olvidado que hemos pasado días de mucho sufrimiento, dolor y angustia, por el miedo al contagio, a la muerte, al sufrimiento. Pero... siempre hay un pero en nuestra vida, parece que hubiese sido hace muchos años y que ya nada podrá volver a sucedernos.
Muchos se han escudado en la fe, en la relación con Dios, y, aunque pueden haber sufrido la pérdida de sus seres queridos, siguen en la lucha de cuidarse y de cuidar a los demás. Pero, para otros parece ser que el dolor de los demás no es nuestro dolor y vivimos como si ya no hubiese nada de qué preocuparnos.
¿Cuál es la nueva normalidad si todos seguimos siendo los mismos con los mismos defectos y pecados? ¿Cuál es la nueva normalidad si no hemos aprendido a cuidarnos y a cuidar a los demás? Si lo vivido no nos ha mejorado en nuestra manera de comportarnos ¿qué es lo nuevo?
Muchas veces creemos que porque hemos pintado el frente de nuestra casa ya tenemos una casa nueva, y no, sólo hemos cambiado el color del frente pero lo de adentro sigue igual.
Nosotros debemos ponernos a pensar en las palabras del Señor al Pueblo de Israel para no caer en la tentación de dejar de lado lo que hemos vivido, no acordarnos lo que hemos sufrido será un error para nuestras vidas. Sólo la sabiduría que surge del reflexionar sobre la vida y lo vivido hará que seamos verdaderamente nuevos y podamos seguir construyendo una nueva realidad. Una nueva realidad en la que no contamos con el apoyo de todos, sino que sólo contamos con nuestra decisión de cambiar, de encontrarnos verdaderamente con el Señor y ser Fieles a Su llamado y a Su Voluntad.