viernes, 7 de diciembre de 2018

Vidas que nos transforman

Hoy, 7 de diciembre, Víspera de la Inmaculada Concepción de María, no puedo no pensar en el P. Efraín quien hoy cumpliría sus 51 años de vida sacerdotal. En realidad, no puedo no pensar en él todos los días pues a su ministerio, por Gracia de Dios, le debo mi ministerio sacerdotal y mi formación personal. Aunque siendo sincero, anoche, en charla con amigos les contaba que no puedo dejar de pensar en mis dos padres: mi papá Mario y mi P. Efraín, los dos que fueron y serán puntales fundamentales en mi vida, los que me han dado las bases más solidas que tengo en mi vida personal y ministerial. ¿Por qué los dos juntos? No lo sé, pero no puedo pensar en uno sin pensar en el otro. Quizás porque los dos, además de ser las bases de mi vida, se fueron muy pronto a la Casa del Padre y por eso no puedo separarlos, así como no estaban separados en vida, hoy tampoco lo están en la Vida.
Son esos recuerdos que siguen viviendo en la cabeza y en el corazón, y de los cuales uno sigue tomando enseñanza y recibiendo palabras de apoyo y fortaleza, pues la vida de los dos han sido de entrega y fortaleza, de alegría y dolor, de fe, de esperanza y de amor, de un profundo amor por aquellos que hemos vivido junto a ellos, cada uno con su forma de entrega, pero los dos brindándose por igual a los que entrábamos en sus vidas.
Hay muchas cosas que en este momento vuelven a mi cabeza, y sobre todo, muchos sentimientos que vuelven al corazón y a dar gracias a Dios por la vida de ellos, porque si algo he aprendido de los dos es a ser agradecido, agradecido por todo lo que he recibido de parte de Dios a través de tantos que han pasado por mi vida, porque de cada persona que ha pasado he recibido un poco de lo que Dios ha querido darme, porque, en realidad, somos un conjunto de valores y virtudes que en el Camino de la Vida hemos ido cosechando, porque cada persona que ha venido a nuestras vidas nos ha dejado algo de sí misma, aunque ninguno lo sepamos, siempre vamos dejando trocitos de nuestra vida en todos los corazones que se abren a nosotros. Porque entre nosotros, los humanos, compartimos valores (claro que también se nos pegan defectos) que nos van transformando, día a día, en lo que somos y con la Gracia de Dios vamos perfeccionando su Obra en nosotros.
Y es esta imagen a la que también se refiere el Profeta hoy:
"Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en vergel, y el vergel parecerá un bosque".
Sí, porque nuestra vida que a simple vista parece estar seca en algunos momentos, o no tener mayores "flores" para entregar a los demás, se va transformando, poco a poco, con las semillas de virtudes que van cayendo en nuestra alma, y con la Gracia de Dios van germinando, sin saber cuándo ni cómo, pero si nos acercamos cada vez más al Señor, Él seguirá regando con su Amor todo lo que va cayendo en nuestro corazón, y así, cada día iría transformando nuestra vida en un vergel de virtudes que algunos podrán ver, otros no podrán descubrir porque sólo los de corazón puro y simple puede descubrir las virtudes en el corazón de los hermanos.
Por eso en este tiempo de Adviento es María quien nos enseña a dejarnos transformar por el Señor. Ella, una Virgen, pude ser Madre sin perder su Virginidad porque abrió su corazón a la Gracia de Dios y el Espíritu la transformó en la Bienaventurada por todas las generaciones, porque el Todopoderoso hizo en Ella grandes cosas.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Constuirnos sobre Roca

"No todo el que me dice Señor, Señor" y no sólo se refiere a los hipócritas, sino que, muchas veces, decimos cosas que no sabemos qué significan o qué quieren decir en nuestra vida cristiana. ¿Por qué? Porque no siempre nos hemos dejado tiempo para madurar en la fe, en las verdades de la fe; nos hemos quedado con el catecismo de la primera comunión (si es que lo hemos escuchado) y no hemos seguido profundizando, por eso, decimos cosas que no sabemos qué significan o qué deben significar en nuestra vida cristiana.
Decir Señor, Señor, como dice Jesús, es saber que Él es el Señor de nuestras vidas, como María que el día de la anunciación le dijo al Ángel: he aquí la Esclava del Señor, y fue realmente la Esclava del Señor, porque le dió al Señor toda su vida y dejó su libertad en manos de Dios, y así llegó a ser la Bienaventurada por todas las generaciones, porque el Señor, Su Señor, hizo en Ella grandes cosas.
Pero ¿tengo que dejar de ser libre para que Él sea mi Señor? En parte sí, en parte no, o totalmente sí y totalmente no. Sí, es complicado. Si conociéramos veraderamente al Señor y cómo es Él no tendríamos miedo, como María, de hacernos sus esclavos porque sabríamos que darle toda nuestra vida a Dios es crecer como persona, es vivir plenamente libre en el Amor, es poder encontrarnos siempre a nosotros mismos y llevar a plenitud los deseos que hay en nuestro corazón.
Vuelvo a insistir: miremos a María, nuestra Madre del Cielo. Ella dejó de vivir para sí misma y se entregó por entero al Señor. Es cierto que no siempre su vida fue un caminar sobre lecho de rosas, pero en todo momento, en el gozo de Nazareth o en el dolor del Calvario, siempre se mantuvo en pie y fiel a la Voluntad de Dios, pues sabía, en su corazón, que el Padre no la abandonaría, y por eso hoy la llamamos la Bienaventurada Virgen María, la Llena de Gracia, La Perfectísima, y todos los títulos que se nos ocurran porque Ella alcanzó la perfección no sólo como hija de Dios, sino como hombre verdadero, porque alcanzó la plenitud de todo su ser haciéndose la Esclava del Señor.
Por eso, para construir nuestra vida cristiana tenemos que poner sólidos cimientos no en el conocimiento intelectual de nuestro Dios, sino en el conocimiento personal de nuestro Padre Dios, de nuestro Hermano Jesús, para poder saber que el Amor que Ellos nos tienen es el Amor que nos hace libres, que nos hace descubrir los mejores valores que hay en nosotros y que con todos ellos podemos llegar a construir una personalidad sólidad que ya nada la podrá destruir.
Podrán venir todas las tormentas de la vida que quieran pero nunca podrán destruirme, porque mi vida está cimentada en la Roca firme mi fe en un Dios Padre Todopoderoso y en su Hijo Jesucristo quien por Amor entregó su vida por mí, y en el Espíritu Santo que enciende mi fe cada día con el fuego de su Amor, para que junto a María pueda vivir una entrega seria y confiada en las Manos de Aquél que me llamó desde antes de la creación del mundo para ser santo e irrpochable por el Amor.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Alimentados somos alimento

Dios dice por medio del Profeta Isaías:
"En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados".
Y ¿cuándo será ese día? Ese día ya nació, pero no nació en una Navidad, sino que nació en una Noche Santa, la Noche de la Última Cena, cuando el Señor preparó para sus amigos una Cena Especial en la que dejó su Cuerpo y su Sangre en el Pan y el Vino consagrado. Una Cena que nació en una Noche especial pero que se sigue viviendo todos los días en el altar de cada eucaristía.
No tenemos que esperar al fin de los tiempos cuando el Señor nos convoque a todos en su Reino para gozar del festín de manjares suculentos y vinos de solera, sino que si nos acercamos a la Mesa de la Eucaristía podremos alimentarnos con el mejor de los manjares que ningún hombre ha probado, el Manjar que nos da Vida y Vida en Abundancia.
Porque cuando nos acercamos al altar de la Eucaristía es el mismo Jesús quien nos alimenta con su Vida y nos fortalece para que seamos nosotros mismos, también, alimento para los hombres que no encuentran en camino para llegar hasta Él. Alimentados con el Pan de la Vida, nos transformamos en alimento para el mundo, llevando Su Palabra, Su ejemplo, Su Vida con nuestra vida. Por eso a esta profecía del Festín celestial unimos el Evangelio de la Multiplicación de los Panes y los Peces, porque el Señor necesita de nuestro poco para poder mulitplicarlo y repartirlo a manos llenas entre aquellos que escuchando la Palabra tienen, ahora, hambre de Dios.
Nuestra pequeña vida en manos del Señor se transforma en alimento de comunión para todos los hombres que necesitan alimentar su vida de manjares sustanciosos y suculentos que los fortalezcan en la debilidad, que los iluminen en la oscuridad, que los consuelen en el dolor, que los alienten en la desesperanza, porque así como el Señor nos sostiene, fortalece y alimenta quiere que nosotros hagamos lo mismo con nuestros hermanos.
Así cuando nos acercamos al Altar del Banquete Celestial no sólo nos estamos alimentando para nuestra salvación, sino que nos alimentamos para dar Vida Nueva a un Mundo que se está sumergiendo en la oscuridad del error, del sinsentido, de la vergüenza de no saber hacia dónde ir y no poder encontrar un Camino que les devuelva la Vida.
Hoy, en esta etapa del siglo XXI somos nosotros, los que nos alimentamos de la Palabra y del Pan de la Vida quienes llevamos luz al mundo, y mostramos el Camino hacia la Vida.

martes, 4 de diciembre de 2018

Te doy gracias, Padre

"¡Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra!", es la expresión con la que inicia Jesús una hermosa oración, y es la expresión que en este tiempo, y todos los días, tendríamos que usar para comenzar nuestro día: dando Gracias, pero no sólo dar Gracias sino reconocer la Soberanía de nuestro Padre Celestial, reconocer su fuerza y su poder, su sabiduría y su amor. Porque no sólo da gracias Jesús, sino que lo reconoce como su Señor, y en su Sabiduría ha hecho grandes maravillas, como dice María en el Magníficat, no sólo en la creación sino en cada uno de nosotros a pesar de nuestra pequeñez, o mejor dicho, desde nuestra pequeñez.
En este Tiempo de Adviento es una de las expresiones que tendríamos que tener más a mano en nuestra cabeza y corazón, porque es el Tiempo de preparnos para recibir el mejor regalo que el Señor nos hizo: el nacimiento de su Hijo, no sólo en la carne sino en la Fe, porque celebrar la Navidad es un acto de Fe en que el Hijo Unigénito de Dios, llegada la plenitud de los tiempos, se hizo Hombre en el Seno de una Virgen y nacióo entre nosotros.
Sí, celebrar Navidad es una expresión de nuestra Fe en Jesús, Dios y Hombre Verdadero, y, sobre todo, un acto de Fe en el Amor de Dios Padre Todopoderoso creador de Cielo y Tierra. Y ese Don de la Fe es lo que nos trajo Jesús y nos regaló cuando entregó su vida en la Cruz y Resucitó por nosotros, por eso nosotros lo celebramos la Vida en el Amor, celebramos que Dios nos ha amado tanto que envió a su Hijo Único para enseñarnos el Camino de la Vida.
Para muchos es una niñería celebrar navidad, hacer coronas de adviento y ponernos a rezar en torno a ella, preparar la casa y el corazón para esta navidad, pero es un gran acto de fe, implica de nuestra parte un creer verdaderamente en que Dios ha venido a nuestro mundo y nos ha dado Vida Nueva. Y por eso, cuando vamos adentrándonos en el Adviento vamos fortaleciendo el corazón con la Palabra de Dios, y esta Palabra es la que hoy nos dice:
"¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron".
¡Bienaventurados! porque el Don de la Fe nos fortalece para no sólo reconocernos sino para seguir creciendo en la infancia espiritual que nos permite creer, que nos permite conocer al Padre Todopoderoso, que nos permite encontrarnos con Jesús Hombre-Dios, que nos permite dialogar con la Palabra y que, sobre todo, nos da la fuerza en el Pan Eucarístico con el que seguimos fortaleciendo nuestra Fe y seguimos recorriendo el Camino de la Santidad que el Señor comenzó a recorrer primero cuando, tomando carne en el seno de María, se hizo Hombre y caminó primero el Sendero del Amor y la Obediencia a la Voluntad de Dios.

lunes, 3 de diciembre de 2018

No soy digno de que entres en mi casa

Una vez alguien me preguntó acerca de esta frase que decimos en Misa:
"Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme".
En realidad me preguntaba por qué decíamos que no éramos dignos de que Él entre en nuestra casa.
Si leemos el evangelio de hoy vamos a descubrir el por qué de esta respuesta en un momento de la Misa.
Es la respuesta que le dió a Jesús un centuríón romano, que no era judío, y por eso no se sentía digno de que Jesús, que era judío y rabbí, pero además por sus palabras le domostraba mucha admiración, y eso provocó una hermosa respuesta de Jesús:
"En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe".
Y hay varias cosillas dentro de esto que podríamos meditar: la dignidad y la fe, creo, y algo más que saldrá por ahí.
En realidad ¿quién es digno de que el Señor venga a nuestra casa? Creo que la mayoría nos consideramos indignos de recibir al Señor, de recibir la Eucaristía, porque siempre hay alguna mancha de pecado en nuestro corazón, no siempre están tan puros e inmaculados como quisiéramos. Salvo que no tengamos conciencia de pecado y nos creamos más Inmaculados que María. Pero si somos conscientes de nuestra naturaleza simpre tenemos algo que modificar, algo por lo que pedir perdón, y, por supuesto, siempre estaremos en camino de conversión.
Pero no es nuestra dignidad en lo que Jesús se ha fijado, sino en nuestra necesidad de Su Vida, porque "tanto nos amó el Padre que nos envió a Su Hijo... para que tuviéramos vida y Vida en abundancia". Por eso mismo Jesús nos dijo "sin Mí no podéis hacer nada".
Sí, Él nos amó primero cuando todavía éramos pecadores y se entregó en la Cruz para salvarnos de nuestro pecado, y debemos alegrarnos de nuestra debilidad porque así cada día lo necesitaremos más, cada día viendo nuestra indignidad lo buscaremos para que nos ayude y fortalezca para convertirnos, para alcanzar la santidad que sólo su Vida nos puede dar. No buscamos la Eucaristía porque somos perfectos, la necesitamos para alcanzar la perfección en el Amor.
Y ese es un acto de fe enorme, saber que, a pesar de mi imperfección y pecado, el Padre me ama y el Hijo me ama, y los dos vienes a mí para ayudarme a alcanzar la santidad en el Amor, para ayudarme a ser Fiel a la Vida que ellos me han dado por el Espíritu que habita en mí. En la debilidad lo busco, en el pecado lo necesito, en la enfermedad me consuela, en el llanto me sostiene, en la indignidad me ama.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Las dos venidas de Cristo

De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo

Os anunciamos la venida de Cristo, y no sólo una, sino también una segunda que será sin duda mucho más gloriosa que la primera. La primera se realizó en el sufrimiento, la segunda traerá consigo la corona del reino.
Porque en nuestro Señor Jesucristo casi todo presenta una doble dimensión. Doble fue su nacimiento: uno, de Dios, antes de todos los siglos; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Doble su venida: una en la oscuridad y calladamente, como lluvia sobre el césped; la segunda, en el esplendor de su gloria, que se realizará en el futuro.
En la primera venida fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre; en la segunda aparecerá vestido de luz. En la primera sufrió la cruz, pasando por encima de su ignominia; en la segunda vendrá lleno de poder y de gloria, rodeado de todos los ángeles.
Por lo tanto, no nos detengamos sólo en la primera venida, sino esperemos ansiosamente la segunda. Y así como en la primera dijimos: Bendito el que viene en nombre del Señor, en la segunda repetiremos lo mismo cuando, junto con los ángeles, salgamos a su encuentro y lo aclamemos adorándolo y diciendo de nuevo: Bendito el que viene en nombre del Señor.
Vendrá el Salvador no para ser nuevamente juzgado, sino para convocar a juicio a quienes lo juzgaron a él.
El que la primera vez se calló mientras era juzgado dirá entonces a los malvados que durante la crucifixión lo insultaron: Esto hicisteis y callé.
En aquel tiempo vino para cumplir un designio de amor, enseñando y persuadiendo a los hombres con dulzura; pero al final de los tiempos -lo quieran o no necesariamente tendrán que someterse a su reinado.
De estas dos venidas habla el profeta Malaquías:
Pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis. Esto lo dice de su primera venida.
Y de la otra dice: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: he aquí que viene -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será como un fuego de fundidor, como lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata.
Pablo, en su carta a Tito, nos habla también de las dos venidas con estas palabras: Dios Iza hecho aparecer a la vista de todos los hombres la gracia que nos trae la salud; y nos enseña a vivir con sensatez, justicia y religiosidad en esta vida, desechando la impiedad y las ambiciones del mundo, y aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Mira cómo nos muestra la primera venida, por la cual da gracias, y la segunda, que esperamos.
Por eso la fe que hemos recibido por tradición nos enseña a creer en aquel que subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
Vendrá, por tanto, nuestro Señor Jesucristo desde el cielo, vendrá glorioso en el último día. Y entonces será la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, será totalmente renovado.

sábado, 1 de diciembre de 2018

No nos durmamos: estad despiertos

Hoy termina el año litúrgico y comienza, con la misa vespertina y de domingo, un ciclo nuevo con la liturgia del Adviento. Es por eso que en estos días anteriores hemos escuchado (o leído) la Palabra de Dios que nos mostraba los signos de los últimos tiempos, no sólo como una visión profética de parte de Jesús y en las lecturas del Apocalipsís, sino como una advertencia de que este mundo es pasajero, que nuestra vida, aquí en la tierra, es pasajera, pero que aún así Dios nos ha dado un espíritu de eternidad y, al hacernos hijos suyos, nos llama a vivir "aquí en la tierra como en el Cielo", haciendo que podamos transformar lo efímero en eterno.
En este evangelio de sábado vemos cómo el Señor nos pide que estemos despierto, en algún otro pasaje nos dice: estad despiertos y vigilantes; a lo que San Pedro en su carta nos va a decir: porque satanás está como león rugiente esperando a quien devorar. Por que nuestra misión aquí en la tierra es una misión apótolica, somos apóstoles del Señor y, como Él mismo, traemos al mundo un mensaje de Salvación. Y es ese mensaje el que Satanás no quiere que demos y por eso nos va engañando, con toda clase de sensaciones, pensamientos y tentaciones para que no lo podamos dar. Y, si no estamos atentos y vigilantes, seguramente caeremos en su tampa y no podré dar el Mensaje al mundo.
El Señor no quiere que nos quedemos pensando que ya se acerca el fin y que por eso tenemos que estar atentos, sino que estemos atentos para no caer en la desidia de pensar que yo no tengo la capacidad para ser apóstol, pues la pereza y la falsa humildad son las que nos engañan para que nuestra misión no sea realizada, es así como nos adormilamos y no salimos al paso de lo que el Señor nos pide.
Nos adormilamos con nuestros defectos y pecados y no somos capaces de ponernos en pie para dar a conocer lo que se nos ha comunicado. Nos dormimos pensando que no somos nada y dejamos que el mundo se vaya encargando de dar su Mensaje sin siquiera nosotros ponerle trabas y pregonar el Gozo de la Vida que el Señor nos ha regalado.
Nos adormilamos con las vanas sensaciones de felicidad que nos presenta el mundo, y no buscamos la Verdadera Plenitud que nos da la Fidelidad a la Vida que el Señor nos presenta con su propia Vida. Nos parece que siempre vamos a tener tiempo para convertir una situación que, a ojos del mundo, es normal y "convenientemente" buena y no buscamos la ayuda del Espíritu para poder cambiar y obedecer Su Voluntad.
Nos dormimos porque el sabor del pecado embriaga nuestra mente y nos hace pensar que "como todos lo hacen" no está mal, y que como tenemos que estar "a la moda" con el mundo, entonces las exigencias del Evangelio no son para esta época y le damos la espalda a la Voluntad de Dios, para vivir de acuerdo con la Voluntad de los tiempos y del mundo.
"Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre".