martes, 10 de octubre de 2017

Hablamos de parte de Dios

"El Señor dirigió la palabra por segunda vez a Jonás. Le dijo así:
«Ponte en marcha y ve a la gran ciudad de Nínive, allí les anunciarás el mensaje que yo te comunicaré».
«Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada».
Nunca nos es fácil anunciar o exhortar a la conversión, señalar el pecado para que el otro busque un camino de conversión y salvación. No nos gusta ir al diálogo personal para ayudar a la otra persona a que descubra qué es lo que está haciendo mal y ayudarla y acompañarla a corregir el camino.
Sin embago nos gusta señalar con el dedo y comentar entre otras personas el pecado de los demás, haciendo de su pecado un comentario inapropiado sobre su persona, llegando al cotilleo o chusmerío y critiando constantemente a los demás.
Como le preguntaba Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿cuál de las dos acciones es la mejor para un cristiano?
Seguramente responderemos la primera. Pero no es la primera la que realizamos. No es la primera lo que hacemos en el día a día. Seguramente, muchas veces, no hacemos leña del árbol caído, pero tampoco hacemos nada para favorecer a nuestros hermanos que están criticando abiertamente y en público, sino que con nuestro silencio avalamos las actitudes de otros que sí lo hacen.
Cuando desoímos la Voz del Señor que nos exhorta a la corrección fraterna para que el otro pueda encontrar el camino de la salvación, no sólo pecamos de omisión, sino que mi hermano está perdiendo su vida ¿eso no te importa?
Si Jonás no hubiera reconocido su error y al dejarlo el gran pez cerca de Nínive hubiese seguido desoyendo al Señor, Nínive hubiera sido arrasada. Sin embargo porque después de convertir su actitud y aceptar la Voluntad de Dios de anunciar el juicio del Señor, Nínive se convirtió al Señor y salvó su vida.
¿No nos parece importante salvar la vida de nuestros hermanos? ¿No nos parece importante anunciar la Buena Noticia de la Salvación? Por supuesto que es difícil sostener nuestra lengua dentro de la cordura y no dejarla salir para lastimar. Pero tenemos que comenzar a ser Fieles a la Voluntad del Señor que nos exhorta a ayudar a nuestros hermanos a encontrar el camino de la salvación.
¿Qué ellos no quieren convertirse? ¡Allá ellos! Pero que no sea porque no advertimos del error, del pecado. Que no sea porque los hemos empujado a seguir pecando porque hemos sido malvados con nuestras críticas, y en lugar de ayudarlos a convertirse los epujamos al barranco de la perdición.
Porque para nosotros también es el llamado de Jesús a la conversión. Cuando Él nos pide que anunciemos el Camino de la Conversión es porque también nosotros necesitamos recorrer el mismo camino. No nos pide que lo anunciemos porque estamos libres de pecado, sino porque anunciamos Su Palabra y no nuestra santidad.
Jonás no se sentía capacitado para hacer el anuncio, por eso escapó del Señor. Pero finalmente reconoció su pequeñez y aceptó que lo que tenía que anunciar era la Palabra del Señor para el bien de Nínive, y así el Señor lo premió a él también con su Gracia y su Paz, y, sobre todo con la alegría de ver que todo un pueblo se salvaba de la destrucción.

lunes, 9 de octubre de 2017

Escapar de Dios...

La historia de Jonás quizás refleje en parte nuestras vidas, digo en parte porque a ninguno de nosotros nos han arrojado al mar desde un barco ni nos ha tragado un pez enorme. Pero seguramente más de una y dos veces hemos tenido miedo del Señor, de lo que Dios nos pedía o mostraba para nuestra vida y hemos decidido escapar de su vista. Hemos intentado un montón de cosas diferentes y nos hemos llenado la vida y la cabeza con otras tantas, pero siempre volvían los mismos pensamientos y las mismas ideas no dejando paz en nuestras vidas.
Las tormentas no se producían fuera de nosotros sino en nuestro interior, pues la lucha contra Dios es muy difícil de llevar y nunca nos deja la suficiente paz para poder esquivarle o negarle tanto como queremos. Cuando Dios nos toca el corazón con alguna pregunta o con alguna intención de su parte para nuestra vida, siempre queda un deseo inmenso de volver a experiementar su Amor. Pero volver a hacerle significa tener que responder a su pregunta, a su interrogante y algunos no queremos enfrentarnos a eso, por esa misma razón intentamos esquivar su mirada, o, por lo menos culparlo de nuestra falta de paz y serenidad.
Hasta que Jonás no reconoció que estaba huyendo de Dios y le pidió a los otros que lo arrojaran al mar bravío, la tormenta no se calmó. Y ese es el recorrido que también debemos hacer para encontar la paz: arrojarnos de una vez al encuentro con el Señor para encontrar la calma, aceptar que estamos escapando de entregarnos por entero a su Proyecto y dejar que Él nos lleve hacia donde nos necesita. Él se encargará de hacer todo lo necesario para que podamos ser Fieles, pero necesita que nos dejemos llevar.
Seguramento los métodos de Dios no son los que uno utilizaría para hacernos entrar en razones, o para llevarnos de un lado para otro, por eso el ejemplo del pez enorme que se tragó a Jonás a nadie se lo hubiera ocurrido, pero cuando nos dejamos conducir Él encuentra el medio para llevarnos.
No permitamos que por nuestro orgullo o por nuestras inseguridades o vanidaes ¡o vaya a saber por qué! las tormentas de nuestras vidas nos hundan en el abismo y la oscuridad de nuestro no-querer aceptar la Voluntad de Dios, sino que podamos abrirnos a lo que Dios quiere para nosotroso y así encontrar la paz que nuestra alma busca, y al dejarnos conducir por las Manos del Padre alcanzaremos aquello que tanto deseamos, pues lo que el Padre tiene pensado para nosotros es mucho más grande de lo que nosotros podemos planear.

domingo, 8 de octubre de 2017

El Viñador, la viña y yo

"La piedra que deshecharon los arquitectos ha llegado a ser la piedra angular".
¿Cuántas cosas hemos deshechado en nuestra vida que luego han podido ser fundamentales pero que ya no las poseíamos? Nos creímos los más grandes y los mejores construyendo sobre nuestro ego y nos olvidamos de que había otros a nuestro lado con quien teníamos que compartir, pero nos dimos cuenta tarde que ellos estaban y cuando quisimos compartir ya no los teníamos.
La rapidéz de los tiempos de hoy nos llevan a confiar sólo en nuestros propios pensamientos, en nuestros propios planes, y nos hacen tomar decisiones tan rapido que no nos dejan tiempo para saber qué es lo que estamos decidiendo. Y en esas decisiones dejamos de lado momentos fundamentales de nuestras vidas, pero sobre todo se nos hace tomar decisiones sobre sueños realizados que todavía no han comenzado a vivirse.
Construimos una vida sin tener vida, ponemos el tejado de la casa sin habe puesto los cimientos, y así, con el tiempo todo parece nada y queda en la nada, porque nada tiene de base, sólo sueños e ideas que, por la ansiedad del momento, nos han llevado a tirarnos a la piscina sin comprobar si había agua.
Nuestra vida es la Viña Personal del Señor. El mundo es la Viña del Señor. Y quiere que demos frutos buenos y duraderos porque ha sido regada con la sangre de su Hijo Único, con el agua de un manantial que salta hasta la vida eterna, con el agua más pura que brota de la fuente bautismal. Pero nos olvidamos que sólo el Viñador conoce cómo seguir trabajando la viña, sólo Él tiene los planos y los planes mejores para que esta viña de futos en abundancia. Pero no lo consultamos, y menos aún le concedemos la autoría de las furtos que van saliendo porque todo es obra nuestra, de nuestras propias manos, de nuestro propio esfuerzo.
Todo es obra nuestra cuando sale bien. Pero cuando sale mal todo es obra de Dios que no tiene compasión de nosotros, que no pone su mirada en nuestras vidas y nos va dañando todo los días sin ver lo que necesitamos y queremos.
La vida se nos ha ido de las manos. Hemos querido tomar el lugar de Dios y no nos dimos cuenta que sólo somos criaturas, que lo único que pueden hacer es ponerse en Manos del Viñador para poder dar frutos mejores. Nos han ido convenciendo, con el tiempo, que no necesitamos de nadie que sólo podemos y podemos con más. Por eso vamos retirando de a poco el rostro de Dios de nuestras vidas, para que no moleste, para que no estorbe y si vienen a pedirme cuentas, como los del evangelio, los voy destruyendo de poco, los voy quitando de mi vida, porque quien sabe de mi vida soy solo yo.
Pero cuando hemos tomado la decisión de llamarnos cristianos hemos decidido seguir a Cristo, y aceptar que nuestra Vida es de Dios. Por eso, desde ese momento el Viñador quiere hacernos tomar conciencia de que "sin Él nada podemos hacer". Dejemos que sea Él quien nos ayude a cuidar mejor la Viña y que los frutos los reciba a su debido tiempo, pues cuanto más frutos reciba más frutos tendremos

sábado, 7 de octubre de 2017

Mediar los misterios del Señor

De los sermones de San Bernardo, abad


    El hijo, en ti engendrado, será santo, será Hijo de Dios. ¡La fuente de la sabiduría, la Palabra del Padre en las alturas! Esta Palabra, por tu mediación, Virgen santa, se hará carne, de manera que el mismo que afirma: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mi podrá afirmar igualmente: Procedo y vengo del Padre.
    Ya al comienzo de las cosas -dice el Evangelio- existía la Palabra. Manaba ya la fuente, pero hasta entonces sólo dentro de sí misma. Y continúa el texto sagrado: Y la Palabra estaba con Dios, es decir, morando en la luz inaccesible; y el Señor decía desde el principio: Mis designios son de paz y no de aflicción. Pero tus designios están escondidos en ti, y nosotros no los conocemos; porque, ¿quién había penetrado la mente del Señor? o ¿quién había sido su consejero?
    Pero llegó el momento en que estos designios de paz se convirtieron en obra de paz: La Palabra se hizo carne y ha puesto ya su morada entre nosotros; ha puesto ciertamente su morada por la fe en nuestros corazones, ha puesto su morada en nuestra memoria, ha puesto su morada en nuestro pensamiento y desciende hasta la misma imaginación. En efecto, ¿qué idea de Dios hubiera podido antes formarse el hombre, que no fuese un ídolo fabricado por su corazón? Era incomprensible e inaccesible, invisible y superior a todo pensamiento humano; pero ahora ha querido ser comprendido, visto, accesible a nuestra inteligencia.
    ¿De qué modo?, te preguntarás. Pues yaciendo en un pesebre, reposando en el regazo virginal, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien pendiente de la cruz, en la lividez de la muerte, libre entre los muertos y dominando sobre el poder de la muerte, comO también resucitando al tercer día y mostrando a los apóstoles la marca de los clavos, como signo de victoria, y subiendo finalmente ante la mirada de ellos hasta lo más íntimo de los cielos.
    ¿Hay algo de esto que no sea objeto de una verdadera, piadosa y santa meditación? Cuando medito en cualquiera de estas cosas, mi pensamiento va hasta Dios y, a través de todas ellas, llego hasta mi Dios. A esta meditación la llamo sabiduría, y para mí la prudencia consiste en ir saboreando en la memoria la dulzura que la vara sacerdotal infundió tan abundantemente en estos frutos, dulzura de la que María disfruta con toda plenitud en el cielo y la derrama abundantemente sobre nosotros

viernes, 6 de octubre de 2017

Confesamos que...

"Confesamos que el Señor, nuestro Dios, es justo...
No obedecimos al Señor cuando nos hablaba por medio de sus enviados los profetas; todos seguimos nuestros malos deseos sirviendo a otros dioses ajenos y haciendo lo que reprueba el Señor nuestro Dios».
La confesión del pueblo de Israel en el libro de Baruc, me hace acordar a aquellos momentos en que pensamos: "tenía razón mi madre (o padre) cuando me decían..." Cuando vamos creciendo crece, también con nosotros, nuestro ego, nuestras capacidades y comenzamos a creer que somos capaces de todo y que, si hemos subido algún escalón en la vida, es gracias a nuestro propio esfuerzo y sacrificio (que seguramente lo sean) y eso nos hace "subir los humos" (por lo menos se dice así en argentina) y nos comenzamos a creer superiores.
Llega así el momento (aunque ahora, en estos tiempos llega mucho más pronto) en que creemos que la palabra y el consejo de nuestros padres ya no sirve, pues ellos "son viejos" y no saben nada de estos tiempos. Pero siempre, el tiempo, les da la razón a aquellos que han comenzado a vivir antes que nosotros y que, en su momento, nos querían advertir de ciertos riesgos y peligros. No era que querían "esclavizarnos", sino que querían evitarnos los malos tragos que podía darnos la vida. Pero, nosotros, subios en el pedestal de nuestro ego y orgullo hicimos caso omiso a sus advertencias, a sus insinuaciones, a sus mensajes y consejos.
Lo mismo nos pasa con las advertencias que nos da el Señor en Su Palabra. No es que Dios quiera quitarnos la libertad y hacernos vivir fuera del tiempo, sino que por Amor quiere que encontremos más fácilmente el Camino de la Vida, el Camino hacia la plenitud de nuestro ser, el Camino de la dignidad del hombre no está en no vivir como hombre, sino en saber qué es el hombre, quién soy yo, qué es lo que quiere Dios para mi vida. Son muchas las preguntas que surgen en nuestra cabeza y corazón a medida que vamos creciendo. Pero son siempre las preguntas que se van ocultando con otras vivencias más espontáneas, más epidérmicas y nos vamos quedando con parecer, con tener y no con ser.
El reconocer nuestros errores, como lo hace el pueblo de Israel en este libro de Baruc, nos ayuda a poder encontrar el mejor camino. Claro que el reconocer los errores implica mucha fuerza en la humildad, pues el reconocerlos signfica que me he equivocado y que, quizás, otro tenía razón cuando me advertía de tal o cual situación. Pero no importa, no te preocupes, la virtud de la humildad es lo que nos fortalece y nos da la capacidad de encontrar mejores caminos, mejores lugares para crecer, pues volver a empezar o cambiar el rumbo hacia lo verdadero nos ayuda a tomar aire fresco, a renovar las esperanzas y así tendremos más oportunidades para ser creciendo, madurando hasta alcanzar la verdadera sabiduría que no sólo dan las páginas de los libros, sino que la conseguimos aceptamos no sólo la gloria sino también reconociendo nuestros errores y fracasos

jueves, 5 de octubre de 2017

Es de buen hijo ser agradecido

La liturgia de la Iglesia intenta, siempre, estar a nuestro lado para ayudarnos a seguir el Camino que Jesús nos ha ido marcando con su Vida y su Palabra. Por eso, en estos días, la liturgia nos invita a dar Gracias a Dios. Aquí, en estos páises europeos, ha finalizado el tiempo de la vendimia, de las cosechas. Ha terminado un tiempo y comienza otro, otro ciclo de vida, otro momento de poner en juego nuestros sueños y volver a cosechar los frutos. Por eso, se nos invita a dar Gracias.
Gracias sin pensar si los frutos han sido buenos o malos, sihan sido abundantes o pobres. Damos Gracias porque hemos podido sembrar y cosechar, hemos podido dormir y despertar; hemos podido ver salir el sol y anochecer; dar Gracias porque el Don de la Vida no nos lo hemos concedido nosotros sino que se todo nos ha sido dado por Dios.
Y, hasta podríamos recordar las palabras de Job: "si damos gracias por los bienes por qué no darlas por los males", que, para nuestra mentalidad mundana, eso no es bueno y no suena bien, pero todo lo que vivimos nos ayuda a crecer, a madurar, si es que lo sabemos "capitalizar" espiritualmente.
Dar las Gracias siempre es un acto espiritual que nos ayuda a reconocer que no podemos solos, que siempre neceistamos de algo o de alguien, que, a pesar de que sea un pequeño gesto que los demás tengan con nosotros, todo lo tenemos que agradecer, pues, como dice un refrán: "es de buen hijo ser agradecido". Y nosotros tenemos sangre de Buen Hijo en nuestro espíritu, pues tenemos la Sangre del Hijo Único de Dios que corre por nuestro espíritu.
Y no sólo tenemos que pensar en un tiempo particular para dar Gracias, sino que cada día tenemos que dar Gracias, porque cada día es una nueva oportunidad que tenemos para vivir, para crecer, para ser Fieles a la Vida que se nos ha concedido vivir. Y, para poder Gracias sinceramente tenemos que descubrir que no somos los artífices de todo, sino que somos instrumentos en Manos de un Artesano que nos ha llamado para colaborar con Él en su obra Creadora y Redentora, pero que sin Él no podríamos hacer nada de lo que hacemos, y sin Él no podríamos llevar a término la Obra que Él mismo comenzó en nosotros.
Dar Gracias es recordar que la obra que hemos comenzado a construir no la podríamos terminar si Dios no nos da la fuerza, el espíritu, el Don de la Vida, porque es muy fácil que nos olvidemos muy rápido de que se nos ha dado algo maravilloso para que podamos nosotros comenzar a construir. Es como cuando somos adolescentes o jóvenes y hasta, muchas veces, adultos que nos olvidamos quién nos ha parido, quién nos ha vestido, alimentado y ayudado a crecer. Muchas veces nos olvidamos de dar Gracias y ser agradecidos con nuestros padres de la tierra, y ¡como no vamos a olvidarnos de nuestro Padre del Cielo!
Por eso mismo, no sólo demos Gracias a Dios, sino también a los que tenemos a nuestro lado que tanto han contruibuido a que yo sea yo, a que mi vida sea lo que es, y a que pueda tener lo que tengo, porque el amor de familia, el amor de amigos, y las ayudas que me han proporcionado han permitido que hoy pueda estar viviendo lo que vivo.
"Ser agradecido es de buen hijo, hermano y amigo, y sobre todo de buen hijo de Dios".

miércoles, 4 de octubre de 2017

El ejmplo de San Francisco

Quizás para muchos ha quedado el recuerdo de Francisco de Asís tomado de la película del Hermano sol y Hermana luna, un chico lindo que deja todo y se pone a cantar y alabar a la naturaleza, y así queda la imagen del gran ecologista. Una hermosa imagen. No ha quedado mucho la imagen de la otra película de Francisco donde mostraba un hombre más fuerte y entregado a la vivencia plena del Evangelio en toda su radicalidad, sufriendo su humanidad para poder llevar a plenitud el llamado de Dios.
Es verdad que las dos imágenes son de la misma persona, pero la imagen real es la de su vida, su biografía, sus escritos, sus cartas, sus exhortaciones a sus hermanos.
Y pensando en todo esto es que llegaba a mirar a San Francisco y descubrir en él un gran hombre que tuvo el valor como dice el evangelio de dejar todo y seguir el llamado de Jesús, sin importarle lo que sucediera después. Su confianza en la Providencia lo llevó a renunciar a todos sus bienes e incluso a renunciar hasta a su propia persona, haciéndose el más pobre entre los pobres, recuperando así la riqueza que había recibido del Señor al ser su hijo.
No le importó, tampoco a Francisco, su pasado, lo que había vivido ni tampoco lo que los demás pensarían de él, sino tan solo le importó las palabras del Señor: "Francisco restaura mi iglesia", y dejándolo todo comenzó su andadura para restaurar la Iglesia de Cristo, una iglesia matrial que se estaba derrumbando y una iglesia espiritual que estaba perdiendo su camino.
San Franciso nos enseña, o por lo menos es lo que a mí me ha quedado muy claro de él, que en ningún momento perdió el respeto por nada ni por nadie: amando a Dios por encima de todas las cosas, derramó el amor de Dios sobre todas las cosas, porque en su vivencia total de la pobreza supo respetar y amar a todos los hombres, y a toda la creación por encima de él mismo, sin considerarse ni más ni menos, sino sólo un instrumento en Manos del Creador.
Un instrumento que sólo era "manejado" por la mano del Artífice de todo lo creado, y que por Él daba todo lo que tenía y recibía más de lo que podía nunca haber recibido. Y esa era su regla esencial que lo llevó a vivir una plena alegría en el Señor. Una alegría que no se basaba en no tener ningún pesar, sino que en medio de las vicisitudes que le acarreaba su nueva vida gozar de la Voluntad y el Amor de un Padre Providente que le daba fuerza y valor para seguir adelante con el camino que le había pedido comenzar a recorrer.
La pobreza radical de San Francisco abrió un camino espiritual que nos permite encontrar el gozo y la alegría en el vivir en plenitud el evangelio, cada uno según su propia vocación y estilo de vida, pero viviendo plenamente las Palabras del Señor, pues, a cada la uno le pide dejar morir un hombre viejo para comenzar a vivir un Hombre Nuevo que nace del Espíritu Santo y que se entrega por completo en las Manos del Creador para llevar a plenitud a toda la creación.