lunes, 17 de febrero de 2025

Amar a la Iglesia

Sermones de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Y ahora al escuchar: Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? no penséis que se refiere a la Iglesia que está oculta, sino a aquella Iglesia que fue hallada por Uno de modo que ya no estuviera oculta para nadie. Y se nos describe para atraer sobre ella las alabanzas y la admiración, para que sea amada por todos nosotros, pues es esposa de un solo marido.
Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Y ¿quién no ve a esta mujer tan hacendosa? Pero es una mujer ya hallada, eminente, conspicua, gloriosa, adornada, lúcida, y -para decirlo de una vez- difundida ya por toda la redondez de la tierra. Esta tal vale mucho más que las perlas. ¿Qué tiene de extraño que una mujer tal valga más que las perlas? Si ahora pensáis en la codicia humana, si atendemos a la calidad de las perlas, ¿qué tiene de extraño que la Iglesia sea considerada más valiosa que las perlas? No hay comparación posible.
Y en ella existen piedras preciosas. Y hasta tal punto son preciosas estas piedras que las llamamos vivas. Existen, pues, piedras preciosas que la adornan, pero la Iglesia misma es más valiosa. Respecto a estas piedras preciosas, quisiera hacer a vuestra caridad una confidencia: lo que yo entiendo, lo que vosotros entendéis, lo que yo temo, lo que vosotros debéis temer.
En la Iglesia existen y existieron siempre piedras preciosas: hombres doctos, llenos de ciencia, de elocuencia y de un profundo conocimiento de la ley. Son realmente preciosas estas piedras. Pero algunos de entre ellos fueron sustraídos del joyero de esta mujer. Por lo que se refiere a la doctrina y a la elocuencia que les da esplendor, piedra preciosa -refulgente en la doctrina del Señor- fue Cipriano, pero permaneció en el joyero de esta mujer. Piedra preciosa fue Donato, pero se sustrajo del ajuar ornamental. Toda piedra preciosa que no figura en el joyero de esta mujer, permanece en las tinieblas. Más le hubiera valido permanecer en el joyero de esta mujer, y así pertenecería a su ajuar. Y añadiría: ¡fielmente!
Se les llama piedras preciosas, porque son caras. Quien ha desertado de la caridad se ha envilecido, se ha depreciado. Ya puede seguir jactándose de su doctrina, ya puede continuar presumiendo de su elocuencia: que escuche la valoración del especialista en determinar la autenticidad de las piedras de esta matrona. Que escuche -repito- el veredicto del experto en joyas. ¿Por qué se jacta de su elocuencia una piedra ya no preciosa, sino vil? Ya podría yo hablar -dice- las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. ¿Qué se ha hecho de aquella piedra? Ya no brilla, aturde. Por tanto, aprended a apreciar las piedras, vosotros que negociáis el reino de los cielos. Que ninguna, piedra os atraiga, si no está en el joyero de esta mujer. Esta, que vale más que las perlas, es el mismo precio de su ornamento.

domingo, 16 de febrero de 2025

Material o espiritual...

«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados… Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados!, porque tendréis hambre!"

Pobreza y riqueza, dos situaciones contrarias en la vida de toda sociedad, en la vida de todo hombre, familia y nación. Siempre se ha batallado contra la pobreza material, y, por otro lado, siempre ha habido sectores que batallan contra las grandes riquezas que dominan el mundo. Pero no se refiere, Jesús, a esas situaciones de la sociedad y de la humanidad, dado que todo es fruto del pecado del hombre, pues los extremos que se viven en el mundo son fruto del egoísmo y del apetito de poder que va ganando las batallas en la sociedad.
Por eso, lo primero que le dice Jesús a los que lo buscan (pecadores, lisiados, prostitutas, y enfermos) es ¡bienaventurados! Pero no porque pasen necesidades, sino porque ese corazón está necesitado de consuelo y lo buscan donde saben que lo encuentran. El corazón de todos los que lo seguían a Jesús escuchaban sus Palabras con hambre, con sed porque Su Palabra los elevaba de su propia situación y les hacía ver otra realidad, y, sobre todo, les daba la dignidad que su condición social les negaba.
No podía ofrecerles algo que no les iba a dar pues no era un político en campaña, sino que Él venía a traernos el Reino del Padre, o, mejor dicho, a mostrarnos el Camino hacia el Reino del Padre, y, viviéndolo aquí en la tierra mejor la condición del hombre, y, darle, por supuesto, la dignidad que el pecado le había robado.
Y, por el otro lado, se lamenta de aquello que, con el corazón rico de sus vicios y enseñanzas se creen los poderosos de este mundo y esclavizan a los demás, quitándoles su dignidad de hijos de Dios. Por eso, cuando se enfrenta a los Sumos Sacerdotes, Escribas y fariseos lo hace con tanta vehemencia porque ve que van a perder el Reino de los Cielos. Ellos, intelectuales de la religión, se ven privados de entrar en el Reino por no querer abrir su corazón a la Buena Noticia que trae Jesús.
Por eso, ni la pobreza es material a la que refiere Jesús, ni la riqueza es material, sino que va más allá: al espíritu y a la forma de ver la vida que nos pide el Padre que vivamos. Si nos encerramos en sólo lo material perdemos de vista lo espiritual, pues lo que creemos está más allá de lo material y humano, pues creemos en Dios que se hizo hombre para que nosotros pudiéramos ser hijos de Dios, y así, hecho hombre como nosotros se entregó, en obediencia, a la muerte y muerte de Cruz, para darnos una Vida Nueva.

sábado, 15 de febrero de 2025

Aceptar mi error sin echar culpas a nadie

"El Señor Dios le replicó:
«¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».
Adán respondió:
«La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».
El Señor dijo a la mujer:
«¿Qué has hecho?».
La mujer respondió:
«La serpiente me sedujo y comí».
Desde catequesis tenemos la idea de que el Pecado Original fue comer una manzana (aunque no se habla de manzanas en la Biblia, pero bueno...) y con eso se distrajo la atención de dos cosas esencial, que aún siguen pasando en nuestras vidas: la desobediencia a los mandatos de Dios, y el no hacernos cargo de nuestras propias culpas.
Dios le había prohibido al hombre comer del árbol del medio del jardín, pero seducidos por la tentación de "ser como dios", aceptaron las mentiras del Padre de las Mentiras. Una bella imagen (a pesar del dolor de la imagen) es que después de desobedecer se escondieron de Dios, pues sabían qué era lo que habían hecho. Y así nos pasa, también, a nosotros, nos escondemos detrás de ciertas máscaras para no dar a conocer nuestra desobediencia, máscaras que son argumentos intelectuales que nos hacen quedar bien ante el gran público, pero sabemos que no hemos actuado con honestidad frente a Dios.
Y, por otro lado, siempre culpar a los demás de lo que hemos decidido nosotros mismos: fue la mujer que tú me diste, la serpiente me sedujo... y la pobre serpiente no tuvo a quien culpar. Por eso no siempre tenemos el corazón lleno de la Gracia de Dios porque no dejamos que el Señor purifique nuestra alma de nuestros pecados, nos creemos con todo el derecho de vivir como nos plazca y así y todo llamarnos muy devotos y fieles cristianos.
Mirar más hacia nosotros mismos para descubrir cuál es la verdad de mis actos y actitudes, descubrir que no escucho a Dios y por lo tanto no sólo no hago lo que Él quiere, sino que hago lo contrario, me ayudará a recibir su Gracia sanante y santificante para poder seguir creciendo y madurando en mi vida de fe.

viernes, 14 de febrero de 2025

Predicar y aceptar

En el evangelio de ayer la mujer pagana le decía a Jesús: "pero pero los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos", haciendo referencia a que los que no pertenecían al Pueblo de Israel también podían alimentarse de su Palabra, ya que los de su Pueblo no lo hacían, y, en cambio, lo rechazaban.
Hoy en los hechos de los apóstoles, nos narra una situación parecida:
"En aquellos días, Pablo y Bernabé dijeron a los judíos:
«Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: "Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra"».
Pablo y Bernabé, como todos los apóstoles y discípulos, también nosotros, somos enviados por Jesús a anunciar la Buena Noticia del Evangelio, pero no todos los que la escuchan la aceptan, y no todos los que queremos que la acepten se alegran de ella, e, incluso, los que la han llegado a aceptar luego la rechazan.
¿Por qué no se acepta la Palabra de Dios?
Para algunos el cristianismo es una religión hipócrita porque muchos que se llaman cristianos no viven como tal, no dan frutos del Espíritu, sino que hacen todo lo contrario a lo que Jesús hubiera hecho.
Otros la rechazan porque para ellos son todas prohibiciones que no van con las ideas del mundo, ni con el modo de vivir en el mundo de hoy, con un libertinaje que deforma la imagen del hombre creado por Dios.
Otros rechazan a los predicadores que no han sabido anunciar con alegría la Buena Noticia, o que, por prejuicios sobre ellos, me hacen rechazar el Mensaje de Salvación.
Y, otros, están tan llenos de sí mismos que son incapaces de abrir el corazón para recibir algo que les cambie la vida para mejor.
Y ¡tantas otras razones! que sería imposible describirlas.
Pero todo esto me hace pensar: ¿cómo recibo la Palabra de Dios? ¿Cómo vivo Su Palabra? ¿Se apreciar todo lo que Dios me da en los sacramentos, en la Palabra?

miércoles, 12 de febrero de 2025

Nuestra lucha

"El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara.
El Señor Dios dio este mandato al hombre:
«Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir».
Siempre que nos prohíben algo, siempre tenemos ganas de hacer ese algo. Si nos diagnostican tensión alta o azúcar, nos dan una ganas locas de comer con sal o dulces. Es algo que está dentro de nuestra realidad. Pero, a la vez que nos dicen lo que no debemos comer nos dicen cuál es la consecuencia de esa desobediencia.
En este caso Dios le prohíbe al hombre que coma del árbol porque el día que coma de él tendrá que morir. Es una referencia a la desobediencia que, más adelante, el escritor lo va a hacer en función del pecado original. La serpiente tentó a la mujer y ésta al varón, y los dos cayeron en pecado de desobediencia y fueron expulsados del Edén.
De ahí que el pecado original sigue vivo y el tentador siempre estará al acecho, como dice San Pedro, buscando a quien devorar, porque lo que le importa a Satanás no es que el hombre muera, sino poder destruir la Obra de Dios, el Plan de Salvación de los hombres.
Por eso mismo san Pablo habla de una lucha constante en su interior:
"Así, pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal. En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor! Así pues, yo mismo sirvo con la razón a la ley de Dios y con la carne a la ley del pecado".
Así, cuando más nos unimos a Cristo, por su Palabra y Eucaristía, más fuerza tendremos interiormente para poder actuar de acuerdo a la Voluntad de Dios, pero si no estamos unidos y no maduramos en la Fidelidad a Dios, no siempre haremos lo que Dios nos pide sino que nos dejaremos llevar por nuestros propios deseos y circunstancias, dándole lugar al Tentador para que vaya destrozando la obra que Dios comenzó.

martes, 11 de febrero de 2025

El sacrificio de Abraham

 De las homilías sobre el libro del Génesis de Orígenes.

Abrahán tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. El hecho de que llevara Isaac la leña de su propio sacrificio era figura de Cristo, que cargó también con la cruz; además, llevar la leña del sacrificio es función propia del sacerdote. Así, pues, Cristo es, a la vez, víctima y sacerdote. Esto mismo significan las palabras que vienen a continuación: Los dos caminaban juntos. En efecto, Abrahán, que era el que había de sacrificar, llevaba el fuego y el cuchillo, pero Isaac no iba detrás de él, sino junto a él, lo que demuestra que él cumplía también una función sacerdotal.

¿Qué es lo que sigue? Isaac –continúa la Escritura– dijo a Abrahán, su padre: «Padre». Esta es la voz que el hijo pronuncia en el momento de la prueba. ¡Cuán fuerte tuvo que ser la conmoción que produjo en el padre esta voz del hijo, a punto de ser inmolado! Y, aunque su fe lo obligaba a ser inflexible, Abrahán, con todo, le responde con palabras de igual afecto: «Aquí estoy, hijo mío». El muchacho dijo: «Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?» Abrahán contestó: «Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío».

Resulta conmovedora la cuidadosa y cauta respuesta de Abrahán. Algo debía prever en espíritu, ya que dice, no en presente, sino en futuro: Dios proveerá el cordero; al hijo que le pregunta acerca del presente le responde con palabras que miran al futuro. Es que el Señor debía proveerse de cordero en la persona de Cristo.

Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: ¡Abrahán, Abrahán!» Él contestó: «Aquí me tienes». El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios». Comparemos estas palabras con aquellas otras del Apóstol, cuando dice que Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. Ved cómo Dios rivaliza con los hombres en magnanimidad y generosidad. Abrahán ofreció a Dios un hijo mortal, sin que de hecho llegara a morir; Dios entregó a la muerte por todos al Hijo inmortal.

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Creo que ya hemos dicho antes que Isaac era figura de Cristo, mas también parece serlo este carnero. Vale la pena saber en qué se parecen a Cristo uno y otro: Isaac, que no fue degollado, y el carnero, que sí fue degollado. Cristo es la Palabra de Dios, pero la Palabra se hizo carne.

Cristo padeció, pero en la carne; sufrió la muerte, pero quien la sufrió fue su carne, de la que era figura este carnero, de acuerdo con lo que decía Juan: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. La Palabra permaneció en la incorrupción, por lo que Isaac es figura de Cristo según el espíritu. Por esto, Cristo es, a la vez, víctima y pontífice según el espíritu. Pues el que ofrece el sacrificio al Padre en el altar de la cruz es el mismo que se ofrece en su propio cuerpo como víctima.

lunes, 10 de febrero de 2025

Pudo más porque amó más

De los libros de los Diálogos de san Gregorio Magno, papa

Escolástica, hermana de Benito, dedicada desde su infancia al Señor todopoderoso, solía visitar a su hermano una vez al año. El varón de Dios se encontraba con ella fuera de las puertas del convento, en las posesiones del monasterio. Cierto día vino Escolástica, como de costumbre, y su venerable hermano bajó a verla con algunos discípulos, y pasaron el día entero entonando las alabanzas de Dios y entretenidos en santas conversaciones. Al anochecer, cenaron juntos.
Con el interés de la conversación se hizo tarde y entonces aquella santa mujer le dijo: «Te ruego que no me dejes esta noche y que sigamos hablando de las delicias del cielo hasta mañana.»
A lo que respondió Benito: «¿Qué es lo que dices, hermana? No me está permitido permanecer fuera del convento.» Pero aquella santa, al oír la negativa de su hermano, cruzando sus manos, las puso sobre la mesa y, apoyando en ellas la cabeza, oró al Dios todopoderoso.
Al levantar la cabeza, comenzó a relampaguear, tronar y diluviar de tal modo, que ni Benito ni los hermanos que le acompañaban pudieron salir de aquel lugar.
Comenzó entonces el varón de Dios a lamentarse y entristecerse, diciendo: «Que Dios te perdone, hermana. ¿Qué es lo que acabas de hacer?»
Respondió ella: «Te lo pedí, y no quisiste escucharme; rogué a mi Dios, escuchó. Ahora sal, si puedes, despídeme y vuelve al monasterio.»
Benito, que no había querido quedarse voluntariamente, no tuvo, al fin, más remedio que quedarse allí. Así pudieron pasar toda la noche en vela, en santas conversaciones sobre la vida espiritual, quedando cada uno gozoso de las palabras que escuchaba a su hermano.
No es de extrañar que al fin la mujer fuera más poderosa que el varón, ya que, como dice Juan: Dios es amor, y, por esto, pudo más porque amó más.
A los tres días, Benito, mirando al cielo, vio cómo el alma de su hermana salía de su cuerpo en figura de paloma y penetraba en el cielo. Él, congratulándose de su gran gloria, dio gracias al Dios todopoderoso con himnos y cánticos, y envió a unos hermanos a que trajeran su cuerpo al monasterio y lo depositaran en el sepulcro que había preparado para sí.
Así ocurrió que estas dos almas, siempre unidas en Dios, no vieron tampoco sus cuerpos separados ni siquiera en la sepultura.