lunes, 7 de noviembre de 2022

Confesar a Dios con las obras

 De la Homilía de un autor del siglo segundo


Mirad cuán grande ha sido la misericordia del Señor para con nosotros: En primer lugar no ha permitido que quienes teníamos la vida sacrificáramos ni adoráramos a dioses muertos, sino que quiso que, por Cristo, llegáramos al conocimiento del Padre de la verdad. ¿Qué significa conocerlo a él sino el no apostatar de aquel por quien lo hemos conocido? El mismo Cristo afirma: A todo aquel que me reconozca ante los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre. Ésta será nuestra recompensa si confesamos a aquel que nos salvó. ¿Y cómo lo confesaremos? Haciendo lo que nos dice y no desobedeciendo nunca sus mandamientos; honrándolo no solamente con nuestros labios, sino también con todo nuestro corazón y con toda nuestra mente. Dice, en efecto, Isaías: Este pueblo me glorifica con los labios, mientras su corazón está lejos de mí.
No nos contentemos, pues, con llamarlo: «Señor», pues esto solo no nos salvará. Está escrito, en efecto: No todo el que me diga: «¡Señor, Señor!» se salvará, sino el que practique la justicia. Por tanto, hermanos, confesémoslo con nuestras obras, amándonos los unos a los otros. No seamos adúlteros, no nos calumniemos ni nos envidiemos mutuamente, antes al contrario, seamos castos, compasivos, buenos; debemos también compadecernos de las desgracias de nuestros hermanos y no buscar desmesuradamente el dinero. Mediante el ejercicio de estas obras confesaremos al Señor, en cambio no lo confesaremos si practicamos lo contrario a ellas. No es a los hombres a quienes debemos temer, sino a Dios. Por eso a los que se comportan mal les dijo el Señor: Aunque vosotros estuviereis reunidos conmigo, si no cumpliereis mis mandamientos, os rechazaré y os diré: «Apartaos de mí vosotros, nunca jamás os he conocido, obradores de maldad.»
Por esto, hermanos míos, luchemos, pues sabemos que el combate ya ha comenzado y que muchos son llamados a los combates corruptibles, pero no todos son coronados, sino que el premio se reserva a quienes se han esforzado en combatir debidamente. Combatamos nosotros de tal forma que merezcamos todos ser coronados. Corramos por el camino recto, el combate incorruptible, y naveguemos y combatamos en él para que podamos ser coronados; y si no pudiéramos todos ser coronados, procuremos acercarnos lo más posible a la corona. Recordemos, sin embargo, que si uno lucha en los combates corruptibles y es sorprendido infringiendo las leyes de la lucha, recibe azotes y es expulsado fuera del estadio.
¿Qué os parece? ¿Cuál será el castigo de quien infringe las leyes del combate incorruptible? De los que no guardan el sello, es decir, el compromiso de su bautismo, dice la Escritura: Su gusano no muere, su fuego no se apaga y serán el horror de todos.

domingo, 6 de noviembre de 2022

Es un Dios de vivos

"Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos".

Al leer este evangelio siempre me trae a la memoria una poesía que nos repetía nuestro padre formador (P. Efraín):
No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de la tumba fría;
Muertos son los que tienen muerta el alma
y aún viven todavía.
Y así es, a veces, pareciera que muchos tienen el alma muerta, y no sólo porque no crean en Dios, sino porque creyendo en Dios han guardado tanto resentimiento, tanto rencor, y, hasta muchas veces odio, que no pueden disfrutar de lo que tienen, no pueden disfrutar de seguir amando, y ni de qué hablar de perdonar.
Nuestro Dios es un Dios de vivos y, lo más importante, es que Vive para darnos Vida y Vida en abundancia, por eso tenemos que estar siempre unidos a Él, lo cual significa que, también, tenemos que estar unidos a nuestros hermanos, porque “si amas a quienes te aman ¿qué merito tienes? Eso también lo hacen los paganos”.
Y esa Vida que Dios nos da la tenemos que “mostrar”, se tiene que ver en nuestras palabras, en nuestras obras, es decir en toda nuestra vida. No podemos andar por ahí, los cristianos que creemos en la Resurrección de Jesús, como si no tuviéramos esperanza, como si no tuviéramos un Dios que ha dado la Vida por mí, somo si fuéramos huérfanos de un Dios que es Padre y, encima, decimos que es Todopoderoso, que ha creado el Cielo y la Tierra, y que nos ha dado a Su Unigénito para que nosotros recuperáramos la filiación divina.
¿Te parecen pocas cosas que ha hecho nuestro Dios por nosotros? Seguro que también en este caminar hay espinas y piedras, tropiezos y caídas, tormentas y nubarrones. Pero también hay sol, hay amor, hay manos tendidas para levantarnos y tantas y tantas herramientas que el Señor pone a nuestro alcance para seguir viviendo, para seguir, como dice san Pablo combatiendo el buen combate de la Fe.

sábado, 5 de noviembre de 2022

Fijaros en los sufrimientos de Cristo

Del Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre el bien de la muerte
 
    Dice el Apóstol: El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Existe, pues, en esta vida una muerte que es buena; por ello se nos exhorta a que llevemos siempre en nosotros por todas partes los sufrimientos mortales de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nosotros.
    Que la muerte vaya, pues, actuando en nosotros, para que también se manifieste en nosotros la vida, es decir, para que obtengamos aquella vida buena que sigue a la muerte, vida dichosa después de la victoria, vida feliz, terminado el combate, vida en la que la ley de la carne no se opone ya a la ley del espíritu, vida, finalmente, en la que ya no es necesario luchar contra el cuerpo mortal, porque el mismo cuerpo mortal ha alcanzado ya la victoria.
    Yo mismo no sabría decir si la grandeza de esta muerte es mayor incluso que la misma vida. Pues me hace dudar la autoridad del Apóstol que afirma: En nosotros va trabajando la muerte, y en vosotros va actuando la vida. En efecto, ¡cuántos pueblos no fueron engendrados a la vida por la muerte de uno solo! Por ello enseña el Apóstol que los que viven en esta vida deben apetecer que la muerte feliz de Cristo brille en sus propios cuerpos y deshaga nuestra condición física para que nuestro interior se renueve y, desmoronándose la morada terrestre en que acampamos, dé lugar a la edificación de una casa eterna en el cielo.
    Imita, pues, la muerte del Señor quien se aparta de la vida según la carne y aleja de sí aquellas injusticias de las que el Señor dice por Isaías: Abre las prisiones injustas, haz saltar las coyundas de los yugos, deja libres a los oprimidos, rompe todos los cepos.
    El Señor, pues, quiso morir y penetrar en el reino de la muerte para destruir con ello toda culpa; pero, a fin de que la naturaleza humana no acabara nuevamente en la muerte, se nos dio la resurrección de los muertos: así por la muerte fue destruida la culpa y por la resurrección la naturaleza humana recobró la inmortalidad.
    La muerte de Cristo es, pues, como la transformación del universo. Es necesario, por tanto, que también tú te vayas transformando sin cesar: debes pasar de la corrupción a la incorrupción, de la muerte a la vida, de la mortal dad a la inmortalidad; de la turbación a la paz. No te perturbe, pues, el oír el nombre de muerte, antes bien, deléitate en los dones que te aporta este tránsito feliz. ¿Qué significa en realidad para ti la muerte sino la sepultura de los vicios y la resurrección de las virtudes? Por eso dice la Escritura: Muera yo con la muerte de los justos, es decir, sea yo sepultado como ellos, para que desaparezcan mis culpas y sea revestido de la santidad de los justos, es decir, de aquellos que llevan en su cuerpo y en su alma la muerte de Cristo.

 

viernes, 4 de noviembre de 2022

No sigais al mundo

 San Pablo le dice a los Filipenses, y nos dice a nosotros:
"Porque - como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos - hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; sólo aspiran a cosas terrenas".
Como dice Jesús en San Mateo:
"Digan sí cuando es sí, y no cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, viene del demonio".
Y esto me lleva a recordar lo del Apocalipsis:
"Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio y no frío o caliente, voy a vomitarte de mi boca".
¿Por qué estas frases? Porque como católicos, como cristianos, debemos formarnos en la radicalidad de nuestra vida, y, hoy en día no estamos por ser fieles a Dios, a Su Voluntad, sino a lo que viene del mundo. A Dios lo dejamos para algunas horas o minutos durante la semana, si es que lo tenemos en cuenta. Y esto no quiere decir si vamos o no vamos a misa, sino que no vivimos según lo que somos: hijos de Dios, cristianos.
Si miramos nuestras vidas, y lo tenemos que hacer cada día para sabrer por dónde caminamos, vamos a descubrir que estamos más cerca de lo que el mundo nos exige que de lo que Dios nos pide. Los valores cristianos del evangelio no los tocamos en nuestra vida, salvo alguno que nos pueda interesar, pero no los que nos hacen verdaderos cristos en medio del mundo. Nos dejamos llevar por las cosas terrenas y no por las espirituales.
La oración, la refelxión de la Palabra, la vida sacramental no son, en lo general, valores que tengamos que conservar y valorar en nuestra vida cotidiana. Esas cosas las dejamos para las personas mayores que tienen tiempo, o, en todo caso, para las mujeres mayores que poco tienen que hacer en sus casas.
Sí, seguro que hay una minoría de nuestra sociedad que vive lo contrario, que busca con mucho ahínco la Voluntad de Dios y por eso se esfuerza, constantemente, de ser Fiel a lo que Él quiere y no a lo que el mundo nos invita a vivir.
Claro que no es fácil seguir a Dios cuando el mundo nos ofrece tantas cosas muy buenas, cuando nos hace creer que el tener es lo que nos da más brillo y que cuanto más títulos y masters tengas eres mejor y más bueno, pero llega el momento en donde todo eso lo único que muestra es un gran profesional, pero al acabarse el tiempo del profesional ¿qué es lo que queda en el centro de la persona?
Dios es el centro y el sentido de nuestra vida, Su Voluntad es lo que nos dignifica y plenifica y aunque nos cueste renunciar a muchas cosas, sabemos y confiamos que lo que Él nos da es lo que más felicidad traer a nuestra vida porque le da sentido y plenitud.

jueves, 3 de noviembre de 2022

Alegráos con el Señor!

“¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría habrá tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
En el cielo hay fiesta por los que se convierten y vuelven a Dios, pero ¿en la tierra nos alegramos por los que vuelven a la Iglesia?
Muchas veces escuchamos: necesitamos que haya más jóvenes, tenemos que hacer pastoral de jóvenes, tenemos que invitar a más gente para esto o para aquello, pero cuando llegan a nuestras comunidades con nuevas ideas, con nuevo impulso, con ganas de vivir la alegría del cristianismo, lo primero que se les dice es: aquí eso no se hace, aquí no se puede saltar, no se puede aplaudir, no se puede cantar, no se puede... toda la vida se hizo así... Y en lugar de alegrarnos por que Dios nos ha enviado a gente nueva los alejamos nuevamente porque somos demasiado viejos y egoístas como para ver lo nuevo de Dios.
Una vez en una comunidad les decía: invitaré a gente nueva, pero ¡cuidado! con decirles aquí eso no se hace porque toda la vida se hizo así. Si Dios nos envía aquellos que rescata y nos los manda a las comunidades con un espíritu nuevo ¿por qué debo ser yo quien le ponga trabas a Dios?
Es que somos muy egoístas los que formamos las comunidades cristianas y no dejamos que los que quieren formar parte con un espíritu nuevo lo puedan hacer.
Lo veía en los comentarios que mucha gente de iglesia, sacerdotes y laicos, hacían de lo que pasó en Roma con los jóvenes. Unas críticas tan destructivas que podrían decir: con esta clase de gente no quiero tener nada que ver pues vuelven a ser los agríos de siempre, quieren que participemos pero que nos encorcetemos a lo viejo. Dejad que Dios inspire cosas nuevas. ¿Dónde habéis visto a tantos jóvenes adorar al Santísimo Sacramento todas las semanas una hora? Dejaos de tanto fariseismo y abrir las ventanas al nuevo soplo del Espíritu que quiere renovar el aire viciado de nuestra Iglesia.
¡Alegraós por tantos que vienen al Señor!

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Nos volveremos a reencontrar

Dice el evangelio que cuando Jesús llegó a Betania y fue hasta la tumba de Lázaro lloró porque lo quería mucho. Sí, era su amigo, con el que había compartido muchas horas, muchas charlas, y ese amigo había muerto, y la muerte, hasta al Hijo de Dios le hizo llorar.
Ahí es cuando vemos que el llanto ante la muerte de un ser querido no es un signo de debilidad, de desesperanza, sino que es el sentimiento más puro y noble, pues la tristeza de saber que ya no tienes a quien estaba a tu lado, a quien te escuchaba, a quien abrazabas, a quien... es mucha, es profunda.
Jesús sabía qué era lo que había después de la muerte, pues Él había venido del Padre y volvería a Él. El sabía que en la Casa del Padre hay muchas moradas y que todos, quizas, iremos a habitar una cuando nos llegue el momento. Él sabía que la muerte no era el final. Pero igualmente lloró.
Pero sus lágrimas se volvieron paz y alegría pues Él mismo venció a la muerte, y nos los demostró resucitando a Lázaro: ¡Lázaro sal fuera! y Lázaro dejó la tumba vacía y volvia a la vida, volvió a estar con Él, con sus hermanas, hasta que llegó de nuevo el momento de volver al Padre, pero ahora con la seguridad que tendría una Nueva Vida porque Jesús ya había resucitado y nos había devuelto la Vida Verdadera. El Camino ya había sido recorrido y marcado con su Vida, por eso, seguramente Lázaro moriría con tranquilidad sabiendo que ahora sería él quien se encontraría con su amigo en la Nueva Vida, en el Reino del Padre.
"Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
Nosotros ya sabemos cuál es el Camno. Sabemos como es la Casa del Padre. Pero igual que Jesús nos entristece la muerte en cada momento de la vida, porque cada día compartimos la tristeza de los que lloran por sus seres queridos, cada día alguien que conocemos vuelve a la Casa del Padre. Y muchas veces nos toca despedir a quienes amamos, a quienes nos han dado la vida, a quienes hemos conocido y hemos entablado una relación de amistad.
Sí, la tristeza es parte del camino, así como la muerte es parte del Camino. La tristeza se transforma en esperanza cuando la Fe nos ayuda a descubrir cuál es la Nueva Vida que nos espera y que los que se nos adelantan ya viven. Y la muerte sabemos que es la Puerta al Reino Eterno, donde ya no hay muerte, ni dolor, ni duelo, ni tristeza, sino sólo paza, alegría y amor eterno, pues veremos al Padre tal cual es y compartiremos con todos los santos y elegidos la Vida que esperamos y por la cual, cada día, nos entregamos a vivir: venga a nosotros Tu Reino, pero en realidad somos nosotros quienes construimos e iremos al Reino.
Por eso hoy es, también, un día para dar Gracias a los que partieron al Reino, pero que antes de partir dejaron nuestros corazones llenos de nuevos valores, que nos dejaron el corazón lleno de sabiduría y de esperanza, una esperanza que nace del Don de la Fe que nos regalaron y que hicieron posible, pues sabemos que un día compartiremos con ellos el Amor eternos y en un abrazo sin fin nos volveremos a reencontrar.

martes, 1 de noviembre de 2022

Feliz día de todos los santos

Soleminidad de todos los santos. Es la fiesta que celebramos en todo el mundo católico. Pero me gusta pensar que no es sólo la fiesta de aquellos que están canonizados, es decir, los que están en los altares y son exaltados para ser modelos de nuestras vidas. Sino que, también, como llama San Pablo a los cristianos de las comunidades: a todos los bautizados, pues hemos sido todos santificados por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Por eso, también, es nuestra fiesta. Una fiesta que debemos celebrar y meditar para nuestro caminar diario, pues ya no somos personas normales, sino que somos, como dice San Juan:
"Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él".
Está claro que muchas veces no nos comportamos como tales, pero que lo somos, lo somos, y eso no nos lo quita nadie, aunque intentemos borrar la página del libro de bautismo. Hemos sido sellados con el sello del Espíritu Santo y eso queda para toda la eternidad.
"Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es".
Es cierto que todavía no hemos, sobre todo algunos, manifestado lo que somos porque nos cuesta mucho ser totalmente fieles a la Voluntad de Dios, por eso necesitamos seguir intentando: acercándonos cada vez más a la oración, a la reflexión de la Palabra, a la vida eucarística y sacramental. Todo eso son instrumentos de Gracia para fortalecer nuestro espíritu y seguir caminando, seguir creciendo y madurando como hijos de Dios, como lo que el Padre pensó desde siempre para nosotros: "santos e irreprochables en su presencia por el Amor".
"Todo el que tiene esperanza en él se purifica a si mismo, como él es puro".
Y la esperanza es lo último que debemos perder, pues la esperanza es lo que nos anima cada día a levantarnos de nuestras caídas, a alegrarnos de nuestras debilidades y a buscar la fortaleza en la única fuente que da Vida: Nuestro Señor Jesucristo. Su Vida es la única que nos fortalece y convierte y nos anima a seguir combatiendo el buen combate de la fe, hasta que lleguemos al Encuentro con nuestro Dios y Señor, dejando, sobre la tierra y la historia una huella de santidad.