lunes, 14 de marzo de 2022

Moisés y Cristo

De las Catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo

    Los judíos vieron maravillas; también tú las verás, y más grandes y sorprendentes que cuando los judíos salieron de Egipto. Tú no viste sumergirse al Faraón con su ejército, pero has visto al diablo con todo su poder cubierto por las olas. Los judíos atravesaron el mar Rojo; tú has atravesado ,el dominio de la muerte. Ellos fueron liberados de Egipto; tú has sido liberado de los demonios. Los judíos escaparon de la esclavitud en país extranjero; tú has escapado de la esclavitud, mucho más triste, del pecado.
    ¿Quieres aún más pruebas de que has sido honrado con dones mayores? Los judíos, entonces, no pudieron contemplar el rostro glorificado de Moisés, a pesar de que era consiervo y congénere suyo; tú, en cambio, has contemplado la gloria del rostro de Cristo. Y el apóstol Pablo afirma: Todos nosotros reflejamos como en un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria del Señor.
    Ellos tenían entonces a Cristo que los seguía; pero, de un modo mucho más real, nos sigue ahora a nosotros. Pues entonces el Señor los acompañaba en atención a Moisés, pero ahora os acompaña no sólo en atención a Moisés, sino por vuestra obediencia. Ellos, al salir de Egipto, encontraron el desierto; tú, al salir de este mundo, encontrarás el cielo. Ellos tuvieron como guía e ilustre caudillo a Moisés; pero nosotros tenemos como guía y caudillo al otro Moisés, que es Dios mismo.
    ¿Cuál fue la nota distintiva del primer Moisés? Moisés -dice la Escritura- era el hombre más humilde del mundo. Esta característica se la podemos atribuir, sin temor a equivocarnos, a nuestro Moisés, ya que en él moraba íntima y consubstancial mente el Espíritu suavísimo. Entonces, Moisés, alzando las manos al cielo, hacía caer el maná, pan de ángeles; nuestro Moisés alza las manos al cielo y nos proporciona el alimento eterno. Aquél golpeó la roca e hizo salir torrentes de agua; éste toca la mesa, golpea la mesa espiritual y hace manar las fuentes del Espíritu. Por esto la mesa está situada en medio, cual una fuente, para que los rebaños acudan a la fuente desde todo lugar y beban de sus aguas salvadoras.
    Disponiendo, pues, de una fuente tal, de una mesa abastecida con tal abundancia de alimentos de toda clase, de tanta abundancia de bienes espirituales, acerquémonos con un corazón sincero y una conciencia pura, para que alcancemos gracia y misericordia en el tiempo oportuno: la gracia y la misericordia del Hijo único, nuestro Señor y salvador Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria, el honor y el poder al Padre y al Espíritu dador de vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 13 de marzo de 2022

Qué bien estamos aquí!

Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
«Maestro ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Siempre me ha gustado mucho este pasaje de la transfiguración del Señor, pues me imagino el gozo inmenso que tendrían los apóstoles al ver a Jesús divinizado, percibir en su propia piel la Verdad de un Dios con nosotros, pues eso fue la transfiguración: Jesús se mostró como Dios frente a los apóstoles, para adelantarles lo que después de su resurrección comprenderían.
Es la misma experiencia que el Señor quiere regalarnos cuando nos ponemos frente a Él, ya sea ante el Sagrario o en la Exposición del Santísimo Sacramento. Es cierto que no podemos llegar a verlo como los vieron los apóstoles, pero nuestra fe nos ayuda a descubrir su Presencia Viva y Real, una Presencia que nos habla desde el silencio y nos revela, si lo dejamos, los misterios de su Corazón, y, como a los apóstoles nos inunda el deseo de permanecer siempre ahí, junto a Él, en una experiencia que sólo el corazón del que Ama pueda sentir, pero que no se puede expresar con palabras humanas, pues su Presencia en nuestro corazón es inexplicable, pero necesaria.
Hay una oración de Santo Tomás de Aquino al Santísimo Sacramento que dice: “en la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido”. Y así es, aunque nuestros ojos ven una cosa, nuestro corazón experimenta otra, porque gracias al Don de la Fe y la Luz del Espíritu podemos sentirnos y sentarnos frente al Señor y comenzar un diálogo de corazón a Corazón, para que Él reciba todo lo que hay en el mío y yo pueda recibir todo lo que hay en el de Él, para que me purifique, renueve y fortalezca para poder, después, volver a la vida diaria y, como le dijo el Señor a Pedro: confirmar a mis hermanos en la Fe, en el Amor y la Esperanza.
En realidad debemos sentirnos afortunados por que se nos ha dado el Don de la Fe, la gracia de poder tener a un Dios cercano, Vivo y Real, que está siempre pendiente de nosotros, aún cuando nosotros no estemos pendientes de Él, pero que cuando lo dejamos entrar en nuestras vidas, Él se encarga de transformarlos, pues siempre quiere que “subamos” al Monte de la Transfiguración para que no sólo experimentemos su cercanía, sino que escuchando Su Voz podamos vivir Su Voluntad para nuestras vidas.


 

sábado, 12 de marzo de 2022

No sólo buenos, santos

Dios no nos ha obligado a seguirlo, ni nos obliga a creerle, ni nos obliga a cumplir su voluntad, sino que Él nos ha invitado a elegirlo o a seguirlo, y somos nosotros los que hemos dicho que sí (bueno, eso es lo que supongo) Por eso, ya en el Antiguo Testamento, cuando le hizo esa misma invitación al Pueblo de Israel, el Pueblo dijo que Si sería su Dios y ellos su Pueblo, por eso Dios les dice:
"Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos".
Porque hemos decidido seguirlo, sabiendo las consecuencias de la decisión tomada, es que Él nos dice: bueno, ahora ajustaros el cinturón y vivid de acuerdo a lo que os mando, porque Quien sabe el Camino que es mejor recorrer soy YO porque YO lo he diseñado para que alcancéis la plenitud y la vida eterna.
Lo mismo hizo Jesús, no nos obligó a seguirlo, sino que nos invitó a seguirlo, nos hizo una propuesta: "si alguien quiere venir en pos de mí...", si alguien significa que no nos obliga, sino que lo da como posibilidad.
Y nosotros hemos dicho que ¡sí! queremos seguirte, pues bien, "YO soy el Camino, nadie va al Padre sino por mí". Y ahí está el Camino, su Vida es el Camino, y lo que Él nos dice no es sugerencia para quienes hemos decidio seguirlo, sino que es la condición sin la cual no podremos seguirlo, o diremos que lo seguimos pero vivimos otra cosa que no es Su Vida.
Y en este seguirlo no quiere que seamos como todos los demás que se conforman con lo mediocre, sino que quiere que alcancemos la perfección, pero no la perfección humana, sino la perfección divina, pues tenemos el Espíritu del Hijo que nos hace hijos, por lo tanto, la perfección es en el amor. Y así nos los dice:
«Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
No sólo bueno, ¡santos e irroprochables por el amor!

 

viernes, 11 de marzo de 2022

Una caricatura

"Insistís: "No es justo el proceder del Señor." Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder?, ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?".
Esta es la respuesta que me surge cuando me dice: "Y ¿qué hace Dios con estas cosas como la guerra, por qué no actúa?"
Y Dios nos ha dado la libertad para que vivamos y no nos la quitará. ¿Es culpa de Dios la guerra, el hambre, la desnudez, las injusticias...? O ¿no es culpa nuestra que no hemos sabido vivir como hermanos? Nuestros egoísmos, vanidad, soberbia, apetito de poder, y todos las plagas de Egipto que llevamos dentro nuestro, ¿no serán acaso las que provocan tanto desmadre en el mundo?
¿Podría Dios enviar otro diluvio universal y destruirnos a todos para volver a hacer una nueva humanidad?
En realidad ya lo envió y volvimos a hacer lo mismo. Envió a Su Hijo al Mundo para enseñarnos a vivir y seguimos haciendo lo mismo.
Incluso los que nos decimos muy cristianos seguimos haciendo lo mismo, porque nos creemos los mejores y no lo somos, porque nos creemos justos y no lo somos, porque nos erigimos en jueces y verdugos y no lo somos.
Por eso el Señor nos dice:
"Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá".
Es tiempo de recapacitar. No es tiempo de echarle las culpas a nadie sino que nos miremos y reconozcamos nuestros errores y pecados, y, así, con la Gracia de la Reconciliación, podamos volver a empezar y a vivir como hermanos que somos. No bastan sólo algunos esbozos de solidaridad para ser hermanos, sino que en el día a día vamos a descubrir si, realmente, somos lo que decimos ser, o somos simplemente una caricatura de lo que debemos ser.

 

jueves, 10 de marzo de 2022

Imitemos al Señor en su manera de apacentar

De las Homilías de san Asterio de Amasea, obispo

    Si queréis asemejaras a Dios, puesto que habéis sido hechos a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, nombre que en sí mismo implica la bondad, imitad el amor de Cristo.
    Considerad las riquezas de su bondad, ya que, queriendo venir a los hombres haciéndose él mismo hombre, envió ante sí a Juan, como pregonero y ejemplo de penitencia, y, antes de Juan, a todos los profetas, los cuales exhortaban a los hombres a que se arrepintieran, a que volvieran a la vida, a que se enmendaran.
    Luego, al venir él en persona, clamaba con su propia voz: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. ¿Y cómo acogió a los que hicieron caso de esta invitación? Les concedió sin dificultad el perdón de sus pecados, al momento los libró de todo aquello que los agobiaba: el Hijo los santificó, el Espíritu los confirmó, el hombre viejo fue sepultado en el agua bautismal y el hombre nuevo, regenerado, resplandeció por la gracia.
    ¿Qué se siguió de ahí? El que antes era enemigo se convirtió en amigo, el que era un extraño en hijo, el que era profano en sagrado y santo.
    Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar; meditemos los evangelios y, viendo en ellos, como en un espejo, su ejemplo de diligencia y benignidad, aprenderemos a fondo estas virtudes.
    En ellos, en efecto, encontramos descrito, con un lenguaje parabólico y misterioso, a un hombre, pastor de cien ovejas, el cual, cuando una de las cien se separó del rebaño e iba errando descarriada, no se quedó con las demás que continuaban paciendo ordenadamente, sino que se marchó a buscar a la descarriada, atravesando valles y desfiladeros, subiendo montes altos y escarpados, pasando por desiertos, y así le fue siguiendo la pista con gran fatiga, hasta que la halló errante.
    Una vez hallada, no le dio de azotes, ni la hizo volver con prisas y a empujones al rebaño, sino que la cargó sobre sus hombros y, tratándola suavemente, la llevó al rebaño, con una alegría mayor por aquella sola que había encontrado. que por la muchedumbre de las demás. Reflexionemos sobre el significado de este hecho, envuelto en la oscuridad de una semejanza. Esta oveja y este pastor no significan simplemente una oveja y un pastor cualquiera, sino algo más profundo.
    En estos ejemplos se esconde una enseñanza sagrada. En ellos se nos advierte que no tengamos nunca a nadie por perdido sin remedio y que, cuando alguien se halle en peligro, no seamos negligentes o remisos en prestarle ayuda, sino que a los que se han desviado de la recta conducta los volvamos al buen camino, nos alegremos de su vuelta y los agreguemos a la muchedumbre de los que viven recta y piadosamente.

miércoles, 9 de marzo de 2022

Habeis oído que se dijo

"Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás".
Somos muy duros de corazón para entender que Dios nos llama a la conversión verdadera. Sí, a una verdadera conversión. Pero ¡si yo no tengo nada de qué convertirme! Es porque no escucho el Evangelio, porque si lo escuchara y dejara que la Palabra llegará a mi corazón, entonces sabría de qué convertirme.
No somos pocos los que ignoramos la Ley del Amor del Evangelio, el Mandamiento del Amor que nos dio Jesús, y, por eso, hacemos oídos sordos a esa Ley, pues es la más difícil de vivir. Y así nos escudamos en que los 10 mandamientos están cumplidos, pero no están vividos como nos lo pidió Jesús. Porque Jesús nos dijo:
"Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna..."
Os daís cuenta, no es sólo cumplir un mandamiento, sino vivirlo en plenitud como nos lo mandó Jesús, para eso hemos aceptado el Camino del cristianismo, para vivir el Evangelio, no para quedarnos estancados en el Antiguo Testamento:
"Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto".
"No he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles plenitud", dijo Jesús, y así es como lo tenemos que intentar vivir, pero no quedarnos en las buenas intenciones, sino que, con la ayuda de la oración, la limosna y el ayuda, recibiendo la Gracia del Espíritu Santo, poder alcanzar la perfección.

 

martes, 8 de marzo de 2022

Quien nos da el Pan

 Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor

    Los preceptos evangélicos, hermanos muy amados, no son sino enseñanzas divinas, fundamentos para edificar la esperanza, medios para consolidar la fe, alimento para inflamar el corazón, guía para indicar el camino, amparo para obtener la salvación; ellos, instruyendo las mentes dóciles de los creyentes en la tierra, los conducen a la vida eterna.
    Ya por los profetas, sus siervos, Dios quiso hablar y hacerse oír de muchas maneras; pero mucho más es lo que nos dice el Hijo, lo que la Palabra de Dios, que estuvo en los profetas, atestigua ahora con su propia voz, pues ya no manda preparar el camino para el que ha de venir, sino que viene él mismo, nos abre y muestra el camino, a fin de que, los que antes errábamos ciegos y a tientas en las tinieblas de la muerte, iluminados ahora por la luz de la gracia, sigamos la senda de la vida, bajo la tutela y dirección de Dios.
    A más de otras enseñanzas y preceptos divinos, con los cuales encaminó a su pueblo a la salvación, Cristo nos enseñó también la forma de orar, él mismo nos inculcó y enseñó las cosas que hemos de pedir. Quien nos dio la vida nos enseñó también a orar, con aquella misma benignidad con que se dignó dar y conferir los demás dones, para que, al hablar ante el Padre con la misma oración que el Hijo enseñó, más fácilmente seamos escuchados.
    El Señor había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y en verdad; y cumplió lo que antes había prometido, de manera que nosotros, que por su santificación hemos recibido el espíritu y la verdad, también por su enseñanza podamos adorar en verdad y en espíritu.
    ¿Pues qué otra oración en espíritu puede haber fuera de la que nos fue dada por Cristo, el mismo que nos envió el Espíritu Santo? ¿Qué otra plegaria puede haber que sea en verdad ante el Padre, sino la pronunciada por boca del Hijo, que es la misma verdad? Hasta tal punto, que orar de manera distinta de la que él nos enseñó no sólo es ignorancia, sino también culpa, ya que él mismo dijo: Anuláis el mandamiento de Dios por seguir vuestras tradiciones.
    Oremos, pues, hermanos muy amados, tal como Dios, nuestro maestro, nos enseñó. A Dios le resulta familiar y aceptable la oración, cuando oramos con la que es suya, cuando llega a sus oídos la oración del mismo Cristo.
    Reconozca el Padre las palabras del Hijo, cuando hacemos oración; el mismo que habita en nuestro interior esté también en nuestra voz y, puesto que es abogado de nuestros pecados ante el Padre, pronunciemos las palabras de este abogado nuestro cuando nosotros, pecadores, pidamos por nuestros delitos.
    Pues, si dice que cuanto pidamos al Padre en su nombre nos lo concederá, ¿con cuánta mayor eficacia no obtendremos lo que pedimos en el nombre de Cristo, si lo pedimos con su propia oración?