domingo, 21 de abril de 2019

Resucitemos como Niños

¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡El Señor ha resucitado! ¡Cristo Vive!
Son las frases con las que hemos amanecido hoy. Son los saludos que otra vez volvemos a decir y volvemos a escuchar en nuestros oídos, y queremos que resuenen en nuestros corazones. Pero ¿qué significa para nosotros que resucitó? Como nos decía el evangelio de anoche y como lo dice el de hoy, los apóstoles no creyeron hasta que no vieron la tumba vacía. Nosotros que no hemos visto nada ¿creemos en la resurrección?
Anoche finalizaba la homilía diciendo que para creer en la Resurrección tenemos que tener un espíritu de niños, porque como lo dijo Jesús: "te alabo Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños de corazón. Sí, Padre, porque así lo has querido". Creer en Jesús resucitado es tener un corazón de niños, es haber crecido en una fe adulta que nos lleva, cada día, a ser más pequeños ante Dios, porque los misterios de la Fe no son cosa de adultos, no son cosa de autosuficientes que siempre quieren saber más y por eso, en ese saber más, descartan la posibilidad de tener un Padre Dios Todopoderoso.
Sí, hay que ser muy fuertes par ser ñiños en la fe porque eso implica tener que dejar de pensar como adulto, implica saber maravillarse por las pequeñas cosas y los pequeños gestos que Dios va obrando a nuestro alrededor, es creer sin ver, esperar sin saber, confiar sin tener más respuesta que el Amor del Padre.
Hoy y cada día tenemos que resucitara como Niños ante Dios, morir cada noche al adulto que vamos siendo y resucitar como niños en la Fe para que la Mano del Padre nos sostenga, para que el Amor del Hijo nos de esperanza y para que el Fuego del Espíritu nos encienda en una entrega total y radical para poder vivir en Fidelidad a la Vida Nueva que nos regaló el Padre por la muerte y resurrección del Hijo.
Sí, ¡Feices Pascuas! si hemos comprendido que no debemos dejar que los años nos vayan "matando" al niño que tiene que seguir madurando en la Fe para poder dejarse conducir por la Mano del Padre en el Camino de la Santidad.
¡Felices Pascuas de Resurrección! ¡Que nuestro Niño renazca a la Vida Nueva de Cristo!

sábado, 20 de abril de 2019

El descenso a la región de los muertos

De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado

    ¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa Y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido Y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.
    En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.
    El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, Y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.
    Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid", y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", Y a los que estaban adormilados: "Levantaos."
    Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.
    Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.
    Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorada. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.
    Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.
    Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.
    Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos.»

viernes, 19 de abril de 2019

El valor de la sangre de Cristo

De las Catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo

    ¿Deseas conocer el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recordemos los antiguos relatos de Egipto.
    Inmolad -dice Moisés- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?» «Sin duda -responde Moisés-: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.»
    Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.
    ¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio.
    Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: cón el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado, ambos, del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
    Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios formó a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.
    Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.

jueves, 18 de abril de 2019

Haced lo mismo

"Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes".
"Hagan lo mismo que yo hice con ustedes", es una frase que nos queda siempre en la memoria y en el corazón, pero que, a la vez, es tan difícil de llevarla a cabo. No siempre podemos hacer lo que Jesús hizo, no siempre podemos servir al hermano como Él nos sirvió a nosotros y nos sirve a nosotros. No siempre... y es otra frase que se repite mucho en nuestra vida: no siempre podemos... Y es bueno que lo tengamos presente que no somos todopoderosos como lo es el Señor, y por eso recurrimos a Él, por eso Él se quedó en la Eucaristía para que podamos alimentarnos constantemente y "reforzar" el deseo y la intención de hacerlo todo bien.
Y lo que también tenemos que recordar es otra frase de Jesús: "sin mí no podeis hacer nada". ¿Por qué? Porque muchas veces creemos que vivir el Evangelio y alcazar la santidad (que tiene que ser nuestra intenciónd de todos los días) lo podemos hacer sin Él, sin Su Palabra, sin Su Cuerpo y Sangre, sin Su Gracia.
Hoy, Jueves Santo, nos disponemos a vivir una de las Celebraciones más bonitas del Triduo Pascual, porque en ella encontramos lo esencial de nuestra vida cristiana: una entrega, por amor, al servicio de los hermanos. El Amor de Jesús se hace testimonio, se hace Vida en la Eucaristía y se realiza en el servicio a los demás, un servicio que dignifica y fortalece, un servicio que enaltece y santifica, porque, como Él dijo: "ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros", es el mejor ejemplo de amor acerca de la humilad y del servicio.
No creernos tan grandes, sino hacernos grandes en el servicio a los demás. No creer que porque sí tenemos que estar por encima de los demás y hacer que los demás "sientan" que nosotros somos mejores, sino saber que para ser grandes, debemos hacernos pequeños; que para ser Maestros tenemos que enseñar.

miércoles, 17 de abril de 2019

Soy yo acaso, Señor?

"Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
«En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
«¿Soy yo acaso, Señor?»
¿Cómo saber si seré yo quien lo entregue al Señor a la maldad de los hombres sin fe? ¿Cómo saber si no he sido yo quien lo ha entregado al Señor, quien lo ha traicionado?
¿Cómo no saber si seré yo quien lo vaya a traicionar una y otra vez al Señor? ¿Cómo no voy a saber si tengo en mi mente y en mi corazón traicionar mi fe, el amor de Jesús por mí?
Es la pregunta que, cada noche, tenemos que hacernos para saber cómo hemos vivido el día, pero también es una pregunta que nos tenemos que hacer al comenzar el día para tomar fuerzas para no traicionar al Señor. Porque la traición al Señor no es sólo de Judas, sino que muchas veces le damos la espalda y lo vendemos al Señor por mucho menos que Judas.
¿Soy yo acaso Señor? Eso no se lo puedo preguntar al Señor, soy yo quien lo tiene que saber. Soy yo quien sabe si he faltado a los mandamientos, si he faltado al amor, si he sido infiel a la Voluntad de Dios.
Y pensando en esto me surge algo que siempre ocurre, cuando nos vamos a confesar, algunos decimos: ¡ay padre! ayúdeme usted porque no sé qué decir... Pero... ¿cómo no voy a saber si he sido infiel, si he desobedecido a Dios, si he faltado al amor con los demás...? Y si no lo se es porque no he formado mi conciencia en función del evangelio, o soy tan inconsciente que me da lo mismo actuar de una forma que de otra.... ¿Soy yo acaso Señor?
Ya esa pregunta es una falta al Señor, y si el Señor me responde, como le dijo a Judas: "Tú lo has dicho", ¿qué responderé? ¿Qué actitud he de tomar frente a esa respuesta? ¿Lo has pensado? Porque siempre que hago una pregunta recibiré una respuesta ¿estoy dispuesto a escuchar lo que me respondan?

martes, 16 de abril de 2019

Con quién me identifico?

Un breve relato de la Última Cena, preparándonos para los días de mayor reflexión sobre la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, pero, sobre todo, relfexión sobre nuestra vida de apóstoles, de cristianos. Y aquí encontramos 4 personajes que nos pueden ayudar a espejar nuestra vida: Jesús, Juan, Pedro y Judas Iscariote.
Es claro que todos tenemos que espejarnos en Jesús, pues Él es el Camino, la Verdad y la Vida; él es nuestro mayor referente para saber si vamos caminando por el verdadero sendero o si nos hemos desnorteado y caminamos para dónde queremos y cómo queremos. Por eso los otres tres personas nos ayudarán a descubrir, también, algunas de nuestras formas de actuar.
San Juan, el discípulo amado, con la cabeza recostada sobre el pecho de Jesús, escuchando Su Palabra, y sobre todo, escuchando los latidos de su corazón, siendo acreedor del cariño del Señor y, sobre todo, de la confianza. Pero abusa de esta confianza cuando le hace caso a Pedro para "sacarle" al Señor quién es el traidor. Y ¿qué hace con esa información? ¿Ahora que sabe quién va a traicionar al Señor, qué actitiud toma? ¿Defiendo al Señor? ¿Ayuda a Judas? Ni una cosa ni la otra. No hizo nada.
Podemos parecernos a él en algún aspecto: gozamos de la confianza de alguien, pero nunca hacemos nada para defenderlo, o nunca hacemos nada para ayudar a otros de los que me he enterado que necesitaban ayuda para mejorar, para no equivocarse...
San Pedro, muy enérgico, pero también muy cotillas. Usa de San Juan para enterarse de algo que no se dio cuenta. Tanta energía y tanto valor, pero sin embargo no se enteró de lo que estaba planeando Judas Iscariote. Y ahora que sabía que era él quien iba a traicionar al Señor ¿qué hizo? Nada. Sin embargo, lleno de valor, le dijo al Señor: ¡yo nunca te traicionaré! Sin embargo cuando tuvo que dar la cara se calló y lo negó tres veces.
¿Nos parecemos en algo a este Pedro: muy valiente, pero también muy cobarde a la hora de actuar?
Judas Iscariote, seducido por Satanás actuó de una forma arbitraria. Tantas veces escuchó a Jesús decir: "mi alimento es hacer la Voluntad de mi Padre", que no pudo preguntarse cuál era la Voluntad de Dios, y actuó según su propia voluntad. Y aunque se equivocó igual hizo lo que Dios había planeado desde siempre. Pero, sobre todo, no tuvo confianza en el Señor para hablar con Él y preguntarle, pedirle ayuda para saber qué tenía que hacer.
¿Nos parecemos en algo a Judas? ¿Actuamos según nuestro criterio porque confiamos que siempre es un buen criterio? ¿Dejamos de lado la Voluntad de Dios esperando que sea Él quien siempre nos solucione los problemas?
Estos días son para meditar en la parte humana de los personajes, personajes que después de la resurrección y de pentecostés, revestidos del Espíritu Santo, serán verdaderos apóstoles discípulos del Señor.

lunes, 15 de abril de 2019

Judas o María? Gratitud o juicio?

"María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice:
«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando".
La avaricia, la vanidad o el orgullo nos juegan, muchas veces, malas pasadas. Creyendo que defendemos una verdad estamos defendiendo nuestros propios intereses. Es que nos creemos tan sabios y honestos porque estamos al lado de Jesús, que pensamos que ya somos tan justos como Él. Y no nos damos cuenta que nuestro pecado siempre se cuela en determinados momentos.
Así le ha pasado a Judas Iscariote, quiso "hacer quedar mal" a María por gastar tanto dinero que no se dio cuenta que estaba pensando sólo en él mismo. Y así su comentario se le volvió en su contra.
Hay argumentos que usamos para culpar a otros de malos actos que son los mismos que se podrían utilizar para juzgarnos a nosotros mismos. No somos nosotros quienes podemos ver las intenciones del corazón del hombre, sino que es Dios quien puede juzgar nuestras intenciones.
¿Qué le damos nosotros a Jesús? ¿Qué le ofrecemos en el día a día? Creemos que por ponernos a juzgar a todo el mundo de cómo vive y lo que hace ¿es lo que nos hace verdaderos discípulos del Señor?
"Jesús dijo:
«Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis».
La actitud de Jesús fue muy diferente a la de Judas, miró al corazón de María, y al corazón de Judas, y tomó una decisión, porque el corazón de María estaba lleno de amor por Jesús, de agradecimiento por todo lo que le había dado, y, quizás, ese perfume caro era lo único que ella tenía para ofrecerle como acto de amor y gratitud.
A veces nosotros nos creemos los listos porque miramos las cosas que hacen otros, pero no nos damos cuenta que por tanto mirar a los otros nosotros no estamos haciendo nada por Jesús. Jesús no nos ha pedido que seamos los jueces de la humanidad, sino que seamos apóstoles, mensajeros del Mensaje de Salvación, instrumentos de paz en manos de Dios, que sepamos discernir entre el pecado y el pecador, que condenemos el pecado pero que salvemos al pecador, así como Él lo hizo. Ser jueces como el Señor es quizás lo más fácil, pero tener el corazón misericordioso que Él tiene no es tan fácil para nosotros. Forjemos un corazón como el de Jesús y luego podremos juzgar y discernir como Él lo hizo.