viernes, 15 de septiembre de 2017

María de pie junto a la Cruz

De los Sermones de San Bernardo, abad

El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste -dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús- está predestinado por Dios para ser signo de contradicción; tu misma alma -añade, dirigiéndose a María- quedará atravesada por una espada.
    En verdad, Madre santa, atravesó tu alma una espada. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús -que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo- hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar: Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.
    ¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?
    No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.
    Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Éste murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superioral que pueda sentir cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Exaltación de la Santa Cruz

¿Por qué exaltar la Cruz? ¿Por qué una Fiesta para la Cruz? Porque Dios en la Cruz se manifestó el infinito Amor del Padre por los hijos, por nosotros, por mí y por tí. Pero no exaltamos la Cruz como fin de nuestro camino, sino como un medio para alcanzar la Salvación. Es cierto que no es lo que esperamos que el Padre quiera para nosotros, como, seguramente, no es lo que quería el Padre para su Unigénito, pero sí es lo que Él vio como único Camino para redimirnos del Pecado Original y devolvernos la filiación divina que habíamos perdido.
Por eso la litrugia, en el Pregón Pascual canta:
"Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!"
Pero en esa Cruz también nos subimos cada uno de nosotros para ofrecernos como ofrendas vivas para continuar lo que Cristo comenzó, tomando las palabras de San Pablo que esperamos vivir junto con él:
"Ahora me alegro de mi sufrimiento por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia..."
No, no es lo que esperamos de un Dios Padre misericordioso, pero es lo que Él ha permitido y querido para que obtengamos la Salvación, y así el Hijo nos lo ha dicho el día que nos invitó a seguirlo:
"quien quiera venir detrás de mí niégueses a sí mismo, cargue su cruz de cada día, y sígame".
No lo cargaremos con gozo al principio pero sí la cargaremos con la ayuda de la Gracia del Señor, pues Él sabe que ese peso no es posible llevarlo solos, por eso nos dejó los sacramentos por los cuales nos llega la Gracia para fortalecer nuestro espíritu y no rechazar sino aceptar la Cruz de cada día, dando así un sentido redentor a todo lo que nos toca vivir.
Unimos nuestras vidas a la Vida de Cristo y unimos nuestras cruces a la Cruz de Cristo, para que nuestra vida cristiana sea plena y tenga sentido, porque no sólo buscamos al Jesús de los milagros y la gloria, sino que nos unimos al Jesús del Huerto y el del Gólgota, para seguir siendo verdaderos insturmentos en Manos del Padre y llevar con nuestra vidas Nueva Luz y Nueva Vida al mundo en el que vivimos.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Una Vida Nueva en Cristo

"Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él".
Si no aprendemos a morir a nuestro hombre humano y mundano, nunca podremos llegar a entender las Bienaventuranzas de Jesús, pues nuestra humanidad nos tiene atado a la mundanidad, a lo material, a lo que nos impide elevar nuestro espíritu a bienes más altos que los del mundo.
Claro que es un trabajo de todos los días ponernos en la presencia del Señor, elevar nuestro espíritu en la oración, pero no es sólo estar un momento en oración y después salir sin más ni más a la calle. No. Aquello que he visto y oído en la oración de la mañana es lo que me hace salira la calle con un deseo de no dejarme conquistar ni por mi instinto, ni por mis sentimientos, ni por mis gustos, sino por lo que Dios me está pidiendo que diga o haga, que acepte o renuncie.
Cuando acepto este camino de santidad que Jesús me está ofreciendo es cuando comprendo que ya mi vida no será la misma, sino que a partir de ese momento comenzará a cambiar, pues he encontrado un tesoro que supera todo lo que podía imaginar: la Vida en Cristo, la Vida por Cristo, la Vida para Cristo.
A partir de ese momento puedo comenzar a comprender el sentido de la pobreza espiritual, el sentido de comenzar a llorar por lo que aún me falta entregar y me falta renunciar, el sentido de tener un deseo constante de alimentarme del Señor porque Él es el Pan que me da Vida. Pues en Él encontraré las respuestas a todas mis preguntas, la Verdad para todos los Caminos, la Vida para todos mis deseos.
Pues cuando me creo rico en espíritu y no deseo nada de nadie, nada me consuela en mi dolor, nada me fortalece en mi debilidad, nada me sacia cuando el deseo se transforma en vanidad, en orgullo y soberbia, pues ya he dejado de ser una criatura, un hijo, para convertirme en un falso dios que cree que todo lo puede, y sin embargo, todo desparecerá en su vida en un segundo.
"¡No os mintáis unos a otros!: os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador..."
A veces nos mentimos a nosotros mismos para no ceder ante lo que el Señor nos pide, nos mentimos diciéndonos que todo está bien, que el Señor no pide más, que no necesito nada más del Señor; hasta llegar al punto de decir que Dios no existe para no tener que poner mi vida en sus manos, ni tener que renunciar a lo que no quiere entregar. Pero sigo sin paz, sin bienestar, sin poder alcanzar lo que tanto he buscado y sólo en Dios lo he encontrado...

martes, 12 de septiembre de 2017

Escuchare lo que me dice

De San Bernardo, abad

Leemos en el Evangelio que en cierta ocasión, al predicar el Salvador y al exhortar a sus discípulos a participar de su pasión comiendo sacramentalmente su carne, hubo quienes dijeron: Este modo de hablar es duro. Y dejaron ya de ir con él. Preguntados los demás discípulos si también ellos querían marcharse, respondieron: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. 
Lo mismo os digo yo, queridos hermanos. Hasta ahora para algunos es evidente que las palabras que dice Cristo son espíritu y son vida, y por eso lo siguen. A otros, en cambio, les parecen inaceptables y tratan de buscar al margen de él un mezquino consuelo. Está llamando la sabiduría por las plazas, en el espacioso camino que lleva a la perdición, para apartar de él a los que por él caminan. 
Finalmente, dice: Durante cuarenta años aquella generación me asqueó, y dije: «Es un pueblo de corazón extraviado». Y en otro salmo se lee: Dios ha hablado una vez. Es cierto: una sola vez. Porque siempre está hablando, ya que su palabra es una sola, sin interrupción, constante, eterna. 
Esta voz hace reflexionar a los pecadores. Acusa los desvíos del corazón: y en él vive, y dentro de él habla. Está realizando, efectivamente, lo que manifestó por el profeta, cuando decía: Hablad al corazón de Jerusalén. 
Ved, queridos hermanos, qué provechosamente nos advierte el salmista que, si escuchamos hoy su voz, no endurezcamos nuestros corazones. Casi idénticas palabras encontramos en el Evangelio y en el salmista. El Señor nos dice en el Evangelio: Mis ovejas escuchan mi voz. Y el santo David dice en el salmo: Su pueblo (evidentemente el del Señor), el rebaño que él guía, ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón». 
Escucha, finalmente, las palabras del profeta Habacuc. No usa de eufemismos, sino de expresiones claras, pero que expresan solicitud, para dirigirse a su pueblo: Me pondré de centinela, en pie vigilaré, velaré para escuchar lo que me dice, qué responde a mis quejas. También nosotros, queridos hermanos, pongámonos de centinela, porque es tiempo de lucha. 
Adentrémonos en lo íntimo del corazón, donde vive Cristo. Permanezcamos en la sensatez, en la prudencia, sin poner la confianza en nosotros, fiándonos de nuestra débil guardia

lunes, 11 de septiembre de 2017

La lucha constante para ser Fieles

"Quiero que sepáis el duro combate que sostengo por vosotros y por los de Laodicea, y por todos los que no me conocen personalmente; para que se llenen de ánimo sus corazones y, estrechamente unidos en el amor mutuo, alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y el perfecto conocimiento del misterio de Dios, que es Cristo".
El domingo, por medio del Profeta Ezequiel, el Señor nos hacía pensar en la misión del profeta, de la misión que cada uno tiene, desde el bautismo, de anunciar y acompañar a sus hermanos en el Camino hacia la Salvación. Hoy, San Pablo, le escribe a los colosenses y hace una hermosa referencia a su propia misión como apóstol de Cristo, una misión que no es sencilla, sino que le implica un gran sufrimiento que, sin mérito alguno, lo une a la Cruz de Cristo para la salvación de todos.
En estos tiempos que vivimos no son pocos los que sufren lo mismo para mantenerse firmes en el seguir a Cristo, pero más aún, para predicar a Cristo. El duro combate contra el mundo que vivimos exige mucha fortalece para el apóstol, para quien quiere ser cristiano con todas las letras. Por que, por supuesto, que ser apóstol es para todos los que pertenecemos a nuestra Iglesia, pues no sólo es apostólica por estar cimentada sobre los Apóstoles, sino porque su misión es una misión apostólica y todos los que pertenecemos a ella hemos sido llamados por Jesús para anunciar Su Palabra, Su Buena Noticia.
Por eso, en este breve párrafo que he copiado de San Pablo, él nos cuenta lo que está viviendo: "el duro combate que sostengo por vosotros", pues a él mismo le cuesta la lucha entre el Espíritu y la carne, para mantenerse fiel a Cristo, a Su Palabra; le cuesta el ser modelo de vida pero acepta gustoso el sufrimiento por Cristo y su Iglesia.
Y ¿para qué acepta el sufriiento? ¿Por qué quiere ser modelo de vida si basta con la predicación? Para "que alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y el perfecto conocimiento del misterio de Dios, que es Cristo". A Él tenemos que alcanzar, alcanzar a conocerlo plenamente en todo su misterio y por eso, necesitamos vivir esa lucha constante entre el espíritu y la carne, entre Dios y el mundo, para poder gozar de su Luz, de su Verdad, de su Vida. Si dejamos que gane la batalla la oscuridad y las tinieblas del mundo, nada de lo que decimos o predicamos tendrá sentido para los demás, porque nuestra vida como profetas, como apóstoles, como cristianos tiene sentido si vivimos en Cristo, por Cristo y para Cristo. Y ahí está el duro combate de nuestra vida, reconocer que aún no hemos alcanzado el deseo pleno de ser total pertenencia del Señor, y por eso nuestra lucha contra el mundo no es tal.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Nuestra misión como profetas

"Esto dice el Señor:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte".
Esta la misión del profeta que el Señor Dios le comunica a Jeremías: escuchar y anunciar, pero no escuchar lo que quiero y anunciar lo que me de la gana, sino escuchar la Voz de Dios y anunciar lo que Él me pide para la Salvación de los hombres. San Pablo va a decir: "¡Ay de mí si no predicara!", no porque él fuera el mejor de los hombres sino porque para esa misión lo había llamado el Señor y le había concedido su Espíritu, para anunciar el Camino de la Salvación.
Y esa es también la misión de todos los que hemos recibido el agua del Baustismo y el Óleo de Consagración, pues en ese momento fuimos ungidos como: sacerdotes, profetas y reyes. A partir de ese momento tendríamos que haber aprendido a escuchar la Voz del Señor para ir configurando nuestro corazón a Su Palabra y así poder vivir y anunciar.
Junto a la definición de la misión del Profeta, el Señor le advierte:
"Si yo digo al malvado: “¡Malvado, eres reo de muerte!”, pero tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida».
Está en juego nuestra relación con Dios, nuestra vida está unida a nuestra fidelidad a la misión que se nos ha encomendado.
Claro que es más fácil salir a la calle y, como en los programas amarillos o rosa de la TV, ir sacando los "trapitos sucios" de mis vecinos a la calle, ir señalando con el dedo los pecados de todos los que se me crucen por el camino. Pero no es ese el método que nos pide el Señor, sino este otro:
«Si tu hermano peca, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano".
El método de la corrección fraterna, algo muy en desuso en nuestras vidas, como el hecho de escuchar la Voz del Señor. Nos gusta más dar a conocer el pecado de mi hermano a los demás que ayudarlo a encontrar el camino de la conversión. Incluso no muchas veces lo ayudamos con nuestra oración para que cambie de vida,
Por eso mismo San Pablo nos dice:
"A nadie le debáis nada, más que amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley".
No dejemos que la imprudencia, el chusmerío o el cotilleo diario, nos impidan poner en práctica la misión que el Señor nos ha encomendado, sino que pidiendo la fortaleza y los Dones del Espíritu ser fieles a lo que el Señor nos pide día a día.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Sobre las bienaventuranzas

San León Magno, papa

Después de haber encomiado el Señor la bienaventuranza de la pobreza, prosiguió diciendo: Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. El llanto al que aquí se promete el consuelo eterno nada tiene que ver con la tristeza de este mundo, ni hay que creer que las lágrimas que derraman los hijos de los hombres, cuando en su tristeza lloran, a nadie hagan feliz. Es muy distinta la razón de las lágrimas de las que aquí se habla, muy otra la causa de este llanto de los santos. La tristeza religiosa es la que llora los pecados propios o bien las faltas ajenas; esta tristeza no es ni tan sólo la que se lamenta ante el castigo con que Dios nos amenaza, sino que se duele simplemente ante la iniquidad que los hombres cometen, pues sabe que es mucho más digno de compasión el que hace el mal que quien lo sufre, porque el inicuo, con su pecado, se hace reo de castigo, en cambio, el justo, con su paciencia, merece la gloria.
    A continuación el Señor añadió: Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Aquí se promete la posesión de la tierra a los sufridos y mansos, a los humildes y modestos, y a los que están dispuestos a soportar toda clase de injurias. No se debe estimar pequeña o de baja calidad esta herencia, como si fuera algo diverso del reino de los cielos, pues, en realidad, aquí se trata de aquellos que van a entrar en el reino de Dios. En efecto, la tierra prometida a los sufridos, y cuya posesión se dará a los mansos, no es otra sino los propios cuerpos de los santos, los cuales, como premio de su humildad, serán transformados en la resurrección feliz y se verán revestidos de una gloriosa inmortalidad. Esta carne, revestida así de inmortalidad, en nada contrariará ya al espíritu, antes bien, vivirá siempre en unidad perfecta y en consentimiento pleno con el querer del alma. Entonces realmente el hombre exterior será la posesión pacífica e inmutable del hombre interior.
    Esta tierra, pues, la poseerán los sufridos con una paz perfecta y sin que nada disminuya nunca el gozo de esta posesión, pues, entonces, esto corruptible se vestirá de incorrupción, y esto mortal se vestirá de inmortalidad; de este modo el castigo se habrá convertido en premio y lo que era carga se habrá tornado honor.