miércoles, 18 de enero de 2017

Jesus siempre intercede por nosotros

De las cartas de San Fulgencio de Ruspe 

    Fijaos que en la conclusión de las oraciones decimos: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo»; en cambio, nunca decimos: «Por el Espíritu Santo.» Esta práctica universal de la Iglesia tiene su explicación en aquel misterio, según el cual, el mediador entre Dios y los hombres es Cristo Jesús, hombre también él, sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, que entró de una vez para siempre con su propia sangre en el santuario, pero no en un santuario hecho por mano de hombre y figura del venidero, sino en el mismo cielo, donde está a la derecha de Dios e intercede por nosotros.
    Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por medio de él ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el tributo de los labios que van bendiciendo su nombre. Por él, pues, ofrecemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos todavía enemigos. Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios. Por esto nos exhorta san Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por este motivo decimos a Dios Padre: «Por nuestro Señor Jesucristo.»
    Al referirnos al sacerdocio de Cristo, necesariamente hacemos alusión al misterio de su encarnación, en el cual el Hijo de Dios, a pesar de su condición divina, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, según la cual se rebajó hasta someterse incluso a la muerte; es decir, fue hecho un poco inferior a los ángeles, conservando no obstante su divinidad igual al Padre. El Hijo fue hecho un poco inferior a los ángeles en cuanto que, permaneciendo igual al Padre, se dignó hacerse como un hombre cualquiera. Se abajó cuando se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo. Más aún, el abajarse de Cristo es el total anonadamiento, que no otra cosa fue el tomar la condición de esclavo.
    Cristo, por tanto, permaneciendo en su condición divina, en su condición de Hijo único de Dios, según la cual le ofrecemos el sacrificio igual que al Padre, al tomar la condición de esclavo fue constituido sacerdote, para que, por medio de él, pudiéramos ofrecer la hostia viva, santa, grata a Dios. Nosotros no hubiéramos podido ofrecer nuestro sacrificio a Dios si Cristo no se hubiese hecho sacrificio por nosotros: en él nuestra propia raza humana es un verdadero y saludable sacrificio. En efecto, cuando precisamos que nuestras oraciones son ofrecidas por nuestro Señor, sacerdote eterno, reconocemos en él la verdadera carne de nuestra misma raza, de conformidad con lo que dice el Apóstol: Todo sumo sacerdote, tomado de entre los hombres, es constituido en favor de los hombres en lo tocante a las relaciones de éstos con Dios, a fin de que ofrezca dones y sacrificios por los pecados. Pero al decir: «tu Hijo», añadimos: «que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo», para recordar, con esta adición, la unidad de naturaleza que tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y significar de este modo que el mismo Cristo, que por nosotros ha asumido el oficio de sacerdote, es por naturaleza igual al Padre y al Espíritu Santo.

martes, 17 de enero de 2017

San Antonio, abad

San Atanasio, obispo
Cuando murieron sus padres, Antonio tenía unos dieciocho o veinte años, y quedó él solo con su única hermana, pequeña aún, teniendo que encargarse de la casa y del cuidado de su hermana. 
Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus padres, cuando un día en que se dirigía, según costumbre, a la iglesia, iba pensando en su interior que los apóstoles lo habían dejado todo para seguir al Salvador, y cómo, según narran los Hechos de los apóstoles, muchos vendían sus posesiones y ponían el precio de venta a los pies de los apóstoles para que lo repartieran entre los pobres; pensaba también en la magnitud de la esperanza que para éstos estaba reservada en el cielo; imbuido de estos pensamientos, entró en la iglesia, y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo aquellas palabras del Señor en el Evangelio: 
«Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo.» 
Entonces Antonio, como si Dios le hubiese infundido el recuerdo de lo que habían hecho los santos y con aquellas palabras hubiesen sido leídas especialmente para él, salió en seguida de la iglesia e hizo donación a los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas parcelas fértiles y muy hermosas), con el fin de evitar toda inquietud para sí y para su hermana. Vendió también todos sus bienes muebles y repartió entre los pobres la considerable cantidad resultante de esta venta, reservando sólo una pequeña parte para su hermana. 
Habiendo vuelto a entrar en la iglesia, oyó aquellas palabras del Señor en el Evangelio: «No os agobiéis por el mañana.» 
Saliendo otra vez, dio a los necesitados incluso lo poco que se había reservado, ya que no soportaba que quedase su poder ni la más mínima cantidad. Encomendó su hermana a unas vírgenes que él sabía eran de confianza y cuidó de que recibiese una conveniente educación; en cuanto a él, a partir de entonces, libre ya de cuidados ajenos, emprendió en frente de su misma casa una vida de ascetismo y de intensa mortificación. 
Trabajaba con sus propias manos, ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: El que no trabaja que no coma; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio sustento, parte a los pobres. 
Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido que es necesario retirarse para ser constantes en orar:en efecto, ponía tanta atención en la lectura, que retenía todo lo que había leído, hasta tal punto que llego un momento en que su memoria suplía los libros. 
Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban amigo de Dios; y todos lo amaban como a un hijo o como a un hermano.

lunes, 16 de enero de 2017

Sacerdotes sembradores de la Palabra

Hace unas horas finalizó la presentación del Libro "Tangos de Dios", y realmente fue una caricia enorme al corazón, regalo de tantos amigos que, sólo por amor, te brindan lo mejor que todos necesitamos: caricias al alma. Nunca estuvo en mí la idea de publicar libros, pero así lo presentó Dios y fueron surgiendo como muestras de agradecimiento por tanta compañía que día a día me hacen desde este lugar tan hermoso que es internet.
Hoy Mariana me regaló una hermosa "Canción de las simples cosas", y son esas simples cosas las que cada día nos van uniendo y reuniendo junto a La Palabra de Dios, con un deseo profundo y verdadero de que Ella vaya echando raíces profundas en nuestros corazones. Y es ese deseo el que nos une cada día más entre nosotros, pues la Palabra de Dios fecunda y fortalece el Amor que el Espíritu derramó en nuestros corazones, y es ese Amor el que nos va encendiendo en el deseo de ser cada día más Fieles a la Vida que el Señor nos regaló.
Porque la Vida que el nos regaló nos es una vida para nosotros solos, sino que es una vida de entrega en el Amor por nuestra salvación y la del mundo entero; porque por eso Él, el día de nuestro bautismo nos ungió a todos como sacerdotes para que podamos ofrecer sacrificios por nuestros pecados y por los del mundo entero, siendo así imagen de aquellos que Dios ungió en el Antiguo Testamento:
"Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados".
Somos, cada uno de nosotros, portadores de una Luz: la luz de la esperanza en un mundo nuevo, la esperanza de un Hombre Nuevo que sea portador de Paz y Amor. Y, como todo sacerdote, sabiendo que su fuerza y su poder no está en él, sino en la Gracia que lo ha llamado y convocado para ser lo que es.
Y así, día a día, imploramos del Señor su Gracia para que transforme lo que vaya quedando de viejo en nuestros corazones, porque día a día se nos pegando viejos retazos de corazones que no viven el amor, que no buscan la paz, que se contagian del desamor y la desesperanza, y el Señor nos quiere Nuevos, totalmente Nuevos, sin parches ni remiendos, sino Hombres que se han dejado transformar por el Espíritu Santo, y por Él mismo se dejan conducir por un mundo en sombras y tinieblas, llevando la Luz de la Vida en sus corazones, sembrando la semilla de la Palabra en la tierra fértil de todos los hombres.

domingo, 15 de enero de 2017

Una Vida Nueva para los demás

Aunque el domingo pasado celebrábamos el Bautismo del Señor para finalizar el Tiempo de Navidad, las lecturas de este Domingo del Tiempo Ordinario nos vuelven a traer esa misma memoria. Una Memoria que no es sólo sobre el Bautismo del Señor, sino sobre nuestro bautismo con una referencia casi imposible de olvidar de cada una de las lecturas, dándonos así pautas de nuestra Vida Nueva transformada por el Espíritu del Señor.
El Señor le dice al Profeta Isaías:
"Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».
El Espíritu Santo nos llena de su Luz para que nosotros, por Él, iluminemos el camino de los que buscan al Señor, de los que buscan un sendero que los conduzca a la Vida en Dios. Y, como nos dice Jesús: "la luz no es para ponerla debajo de la mesa, sino encima de ella, para que ilumine a todos los de la casa"; y nuestra casa es el mundo en el que vivimos: nuestra familia, nuestra comunidad, nuestro trabajo; "porque los hombres viendo vuestras buenas obras glorificarán a Dios".
Y San Pablo nos recuerda quienes somos los que formamos parte de este Nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia, y que hemos recibido la Vida Nueva por el Bautismo:
"a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo". Una nueva realidad que surge en nuestra vida no por nuestro propio esfuerzo, sino como una Gracia dada por el Espíritu que se nos ha dado, pues es Él quien nos ha santificado con sus dones. Ahora, en este camino de la Vida nos toca a nosotros ir poniendo en práctica esa realidad, pues no es algo que vaya madurando por sí solo, sino que, cada día, somos nosotros quienes tenemos que ir madurando esta Vida Nueva que nos fue concedida por el Amor Infinito del Padre.
Pues aunque, como Juan Bautista, no lo hayamos visto, pero igual hemos de dar testimonio de la Vida de Jesús que hay en nosotros, Vida que Él nos ha concedido por el inmenso amor que nos ha tenido. Por eso, cada domingo o en cada Eucaristía, renovamos la Fe que nos fue dada, la Vida que nos concediera el Hijo Único del Padre, una Vida que no es sólo para nosotros, sino que por nosotros, con la Fuerza del Espíritu llegue a todos aquellos que abren su corazón a la Gracia de Dios.

sábado, 14 de enero de 2017

Dios nos justificó

San Clemente I
Procuremos hacernos dignos de la bendición divina y veamos cuáles son los caminos que nos conducen a ella. Consideremos aquellas cosas que sucedieron en el principio ¿Cómo obtuvo nuestro padre Abrahán la bendición? ¿No fue acaso porque practicó la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, sabiendo lo que le esperaba, se ofreció confiada y voluntariamente al sacrificio. Jacob, en el tiempo de su desgracia, marchó de su tierra, a causa de su hermano, y llegó a casa de Labán, poniéndose a su servicio; y se le dio el cetro de las doce tribus de Israel. 
El que considere con cuidado cada uno de estos casos comprenderá la magnitud de los dones concedidos por Dios. De Jacob, en efecto, descienden todos los sacerdotes y levitas que servían en el altar de Dios; de él desciende Jesús, según la carne; de él, a través de la tribu de Judá, descienden reyes, príncipes y jefes. Y, en cuanto a las demás tribus de él procedentes, no es poco su honor, ya que el Señor había prometido: Multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo. Vemos, pues, cómo todos éstos alcanzaron gloria y grandeza no por sí mismos ni por sus obras ni por sus buenas acciones, sin por beneplácito divino. También nosotros, llamados por su beneplácito en Cristo Jesús, somos justificados no por nosotros mismos ni por nuestra sabiduría o inteligencia ni por nuestra piedad ni por las obras que hayamos practicado con santidad de corazón, sino por la fe, por la cual Dios todopoderoso justificó a todos desde el principio; a él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. 
¿Qué haremos, pues, hermanos? ¿Cesaremos en nuestras buenas obras y dejaremos de lado la caridad? No permita Dios tal cosa en nosotros, antes bien, con diligencia y fervor de espíritu, apresurémonos a practicar toda clase de obras buenas. El mismo Hacedor y Señor de todas las cosas se alegra por sus obras. Él, en efecto, con su máximo y supremo poder, estableció los cielos los embelleció con su sabiduría inconmensurable; él fue también quien separó la tierra firme del agua que la cubría por completo, y la afianzó sobre el cimiento inamovible de su propia voluntad; él, con sólo una orden de su voluntad, dio el ser a los animales que pueblan la tierra; él también, con su poder, encerró en el mar a los animales que en él habitan, después de haber hecho uno y otros. 
Además de todo esto, con sus manos sagradas y puras, plasmó al más excelente de todos los seres vivos y al más elevado por la dignidad de su inteligencia, el hombre, en el que dejó la impronta de su imagen. Así, en efecto, dice Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Y creó Dios al hombre; hombre y mujer los creó. Y, habiendo concluido todas sus obras, las halló buenas y las bendijo, diciendo: Creced, multiplicaos. Démonos cuenta, por tanto, de que todos los justos estuvieron colmados de buenas obras, y de que el mismo Señor se complació en sus obras. Teniendo semejante modelo, entreguémonos con diligencia al cumplimiento de su voluntad, pongamos todo nuestro esfuerzo en practicar el bien

viernes, 13 de enero de 2017

Encuentros que marcan la vida

Hoy tenía ganas de volver a colgar esta foto porque el 13/1/2000 tuve este regalo de Dios, estar en Misa y saludar a San Juan Pablo II. Y tenía ganas porque en estos días hablando con una amiga pensaba en todo lo que Dios me había regalado en estos años de sacerdocio, desde mi ingreso al Seminario (1986) hasta hoy. Han habido muchos regalos que en cada momento de la vida han permitido seguir buscando y gustando de su Amor.
El encontrarme con tan grandes personas no sólo confirman los dones de fe recibidos, sino que hacen que se pueda confirmar el hecho de que ellos, como nosotros, también hemos recibido la misma noticia y los mismos dones, como dice el escritor de Hebreos:
"También nosotros hemos recibido la buena noticia, igual que ellos; pero el mensaje que oyeron no les sirvió de nada a quienes no se adhirieron por la fe a los que lo habían escuchado".
Ellos, los testigos de la fe que se han cruzado, por la Gracia de Dios, en nuestras vidas nos ayudan a seguir insistiendo en el Camino de Fidelidad al mensaje recibido que, aunque muchas veces nos parece difícil de llegar a vivir, sabemos que es posible para los que creen y se ponen en las Manos del Padre.
Y, así ellos que fueron los amigos de Jesús en su vida son nuestros amigos que nos llevan hasta Él, que quieren que nos acerquemos y que confiemos, que estemos con Él y que vivamos junto a Él, lo que ellos mismos vivieron. Por eso podemos decir que esos Amigos de Jesús son como los amigos del paralítico que, de un modo o de otro, intentan llevarnos como sea a su encuentro:
"Y vinieron trayéndole un paralítico entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico..."
Y ahora somos nosotros esos amigos de Jesús que confiando en el llamado del Señor, llevamos a nuestros amigos a su encuentro, porque sabemos que en Él está el perdón de los pecados, la salvación de nuestras almas, y, sobre todo, en Él encontramos el Camino que nos lleva a la plenitud de nuestras vidas.

jueves, 12 de enero de 2017

Animándonos a ser Fieles

“Animaos, por el contrario, los unos a los otros, cada día, mientras dure este “hoy”, para que ninguno de vosotros se endurezca, engañado por el pecado.
En efecto, somos partícipes de Cristo, si conservamos firme hasta el final la actitud del principio”.
Hermosa recomendación del escritor de la Carta a los Hebreos que nos animemos unos a otros, pero sobre todo me parece muy bueno lo del “mientras dure este ‘hoy’”. Me parece lindo pues nos da la pauta que hay un hoy eterno, o mejor dicho, todos los días es un hoy que se renueva y se hace nuevo, una nueva oportunidad de alentarnos, de animarnos a seguir, a continuar viviendo unidos en Fidelidad, a “conservarnos firmes hasta el final con la actitud del principio”.
¿A cuál principio se refiere? Al entusiasmo del principio. El apocalipsis va a decir al “amor primero”. Tenemos que pensar que el escritor de la carta a los Hebreos le está escribiendo a una comunidad que se ha convertido al cristianismo siendo adultos, y esos momentos de conversión son muy “apasionados”, se vive el encuentro o el descubrir la fe con mucha pasión, con mucha fuerza. Quizás una sensación que no se conoce o no se ha disfrutado cuando la fe se ha vivido desde pequeño, pues siempre se ha tenido el mismo entusiasmo (o la misma tibieza)
Cuando algo se vive desde siempre porque siempre se vivió o porque siempre se hizo así, quizás se cae en la rutina de lo cotidiano y se va perdiendo la pasión de lo recién descubierto. Cuando nos hacemos “conocidos” o “conocedores de algo o alguien” comienza o el desamor o el cuestionar o ya nos creemos capaces de todo, y vamos perdiendo la Gracia del asombro de lo nuevo, de aquello que me apasionó y por lo que pude dejar de lado muchas cosas.

Por eso, entre todos, nos tenemos que seguir dando ánimos, poniendo entusiasmo en la vivencia de la Fe, del Amor y de la Esperanza, para que muchos puedan ver en nuestra vida de cristianos algo a conquistar, algo a imitar, e incluso (perdonadme la expresión) algo que suscite envidia en los demás de con qué felicidad y gozo se vive un vida de fe.