El padre le dijo:
"Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."
Son las palabras que dice Jesús que el padre le dijo al hijo mayor, al que no se había ido de casa, el que no se alegró de la fiesta que le hizo el padre al hijo pródigo. Si lo miramos desde el hijo mayor es lógico que se haya enfadado, porque él nunca despilfarró los bienes de su padre, y su hermano, quien tomó su herencia y la despilfarró, ahora viene y le hacen una fiesta ¡qué injusticia! diríamos.
Es que como hijos, como hermanos, siempre miramos desde el mismo nivel, desde el nuestro. Pero aquí Jesús nos quiere hacer ver la vida desde los ojos y el corazón del Padre. Es el Padre quien había perdido a un hijo, aunque tenía el otro, es cierto, pero no es lo mismo tener a alguien todos los días, que haber perdido a alguien y no tenerlo más junto a tí. Y eso le sucede al Padre, lloró la pérdida de su hijo menor, para él no sólo se había perdido sino que parecía muerto. Por eso, al recobrarlo con vida y arrepentido se alegra tanto que hace una fiesta en acción de gracias por haberlo recobrado, no porque había gastado todo, sino porque "estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado".
Pero ¿cómo hacemos para mirar la vida desde los ojos del Padre? Es cierto, es algo difícil, pues es muy difícil ponernos en el lugar del otro, para cualquier cosa. Por eso tenemos que aprender de las experiencias de los demás, de las palabras y de las vidas de los que están a nuestro lado, y con la Luz del Espíritu poder sacar nuestras propias conclusiones y tomar nuestras propias decisiones.
Por ejemplo en esta parábola Jesús nos habla de tres experiencias que tenemos que rescatar: la del padre, la del hijo mayor y la del hijo menor. Porque los tres tienen algo para decirnos en cada etapa de nuestra vida.
¿Cómo es la relación del padre con los hijos? ¿Cómo es la vida y las decisiones que toman cada uno de los hijos? ¿Cómo esas decisiones repercuten en sus vidas?
Claro que siempre miramos, también, esta parábola desde pocos sentidos: la misericordia de Dios hacia los pecadores arrepentidos, el arrepentimiento del hijo pródigo, el rencor del hermano mayor. Pero también, desde el lado humano Jesús nos quiere hacer ver algo que puede llegar a mover nuestras vidas, porque todos pasamos o pasaremos por alguna de las etapas de los personajes de esta parábola, y por eso tenemos que estar abiertos a que esos personajes nos cuenten sus vidas y con sus experiencias nos ayuden a no cometer los mismos errores.
¿Te has identificado con alguno de ellos? ¿Qué te ha enseñado?
Pídele al Espíritu Santo que te muestre sin miedos el camino de la conversión, verás que al descubrir el error y encontrar la solución hallarás el gozo del re-encuentro con la Gracia, con el Amor y la alegría del perdón y de la vida nueva.
sábado, 7 de marzo de 2015
viernes, 6 de marzo de 2015
Celos y envidias impiden crecer
En este párrafo del Génesis que nos comienza a relatar la vida de José, seguramente nos encontraremos reflejados más de uno. Y no porque hayamos matado a nuestros hermanos o porque los hayamos tirado en un aljibe o los vendimos a mercaderes (quizás, no tuvimos tiempo) Pero sobre todo es una escena que nos habla de los celos y la envidia.
Sí, los hermanos mayores de José tenían muchos celos porque su padre le favorecía mucho, por ser el más pequeños; pero, además, tenía otra diferencia con sus hermanos: era un soñador, tenía el don de poder interpretar los sueños (pero no al estilo Freud).
Cuando nos dejamos llevar por los celos y la envidia nuestra cabeza comienza a tramar y a pensar fuera de lo que es lo bueno para mi hermano, y, por supuesto, para mí. Aunque al principio no nos damos cuenta que los celos nos hacen pensar mal, porque siempre nos llevan a pensar en términos de "justicia" porque "no es justo que él tenga esto y yo no", "no es justo que a él le den esta posibilidad y no a mí". Y esos equivocados pensamientos nos invitan a ir en contra de la "justicia" que tanto quiero conseguir.
Sí, porque finalmente me vuelvo injusto, no valoro justamente lo que poseo, lo que soy, lo que tengo, y, sobre todo lo que puedo y debo anhelar. Miro tanto al de al lado que me olvido de mí y de muchos otros que están cerca mío. Mi mirada se centra el foco de mis celos y envidias, y voy hacia esa meta: la destrucción de aquél o aquella que me quita el sueño. Quizás nunca llegue a quitarle la vida, pero intento quitarle lo que más pueda, para que no sea la causa de mis pensamientos y me produzca dolor en el alma.
Y, en realidad, el camino es mucho más fácil: debo aprovechar el impulso de los celos y la envidia para gestionar mi propia vida, aprender de la vida de mi hermano para darme cuenta que yo también, utilizando mis propios valores y virtudes, puedo alcanzar grandes metas. Compararme con los demás, con cómo viven, qué tienen, qué pueden o qué no pueden, no me sirve, me hace daño, me lleva a vivir pendiente de sus logros y no de lo que Dios me está mostrando y pidiendo que viva.
Por que al final me voy a dar cuenta que no utilicé todo lo que tenía como bueno y valioso, y fui perdiendo el tiempo y la vida en alcanzar algo que no era parte de mí, perdí la piedra angular en la que hacer pie para comenzar una gran obra.
Hoy es un día especial para descubrir de qué cosas tenemos que purificarnos, hoy viernes de cuaresma es un día para buscar la Luz del Espíritu que nos ayude a librarnos de todos los celos y envidias, y disponer nuestro corazón para comenzar a construir el mejor edificio: mi vida en santidad, pues la Gracia estará conmigo y me guiará para poder utilizar todo lo que el Señor me ha dado, y así alcanzaré la tan ansiada meta de la felicidad pues he encontrado el Camino para Ser.
Sí, los hermanos mayores de José tenían muchos celos porque su padre le favorecía mucho, por ser el más pequeños; pero, además, tenía otra diferencia con sus hermanos: era un soñador, tenía el don de poder interpretar los sueños (pero no al estilo Freud).
Cuando nos dejamos llevar por los celos y la envidia nuestra cabeza comienza a tramar y a pensar fuera de lo que es lo bueno para mi hermano, y, por supuesto, para mí. Aunque al principio no nos damos cuenta que los celos nos hacen pensar mal, porque siempre nos llevan a pensar en términos de "justicia" porque "no es justo que él tenga esto y yo no", "no es justo que a él le den esta posibilidad y no a mí". Y esos equivocados pensamientos nos invitan a ir en contra de la "justicia" que tanto quiero conseguir.
Sí, porque finalmente me vuelvo injusto, no valoro justamente lo que poseo, lo que soy, lo que tengo, y, sobre todo lo que puedo y debo anhelar. Miro tanto al de al lado que me olvido de mí y de muchos otros que están cerca mío. Mi mirada se centra el foco de mis celos y envidias, y voy hacia esa meta: la destrucción de aquél o aquella que me quita el sueño. Quizás nunca llegue a quitarle la vida, pero intento quitarle lo que más pueda, para que no sea la causa de mis pensamientos y me produzca dolor en el alma.
Y, en realidad, el camino es mucho más fácil: debo aprovechar el impulso de los celos y la envidia para gestionar mi propia vida, aprender de la vida de mi hermano para darme cuenta que yo también, utilizando mis propios valores y virtudes, puedo alcanzar grandes metas. Compararme con los demás, con cómo viven, qué tienen, qué pueden o qué no pueden, no me sirve, me hace daño, me lleva a vivir pendiente de sus logros y no de lo que Dios me está mostrando y pidiendo que viva.
Por que al final me voy a dar cuenta que no utilicé todo lo que tenía como bueno y valioso, y fui perdiendo el tiempo y la vida en alcanzar algo que no era parte de mí, perdí la piedra angular en la que hacer pie para comenzar una gran obra.
Hoy es un día especial para descubrir de qué cosas tenemos que purificarnos, hoy viernes de cuaresma es un día para buscar la Luz del Espíritu que nos ayude a librarnos de todos los celos y envidias, y disponer nuestro corazón para comenzar a construir el mejor edificio: mi vida en santidad, pues la Gracia estará conmigo y me guiará para poder utilizar todo lo que el Señor me ha dado, y así alcanzaré la tan ansiada meta de la felicidad pues he encontrado el Camino para Ser.
jueves, 5 de marzo de 2015
Un puente de amor
"Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males...", le dijo Jesús al hombre rico. Pero no son los bienes los que hacen mal al hombre, sino que es el hombre quien usa mal de sus bienes. Por eso, más de una vez los bienes vuelven al hombre (varón o mujer) un ser despreciable, por lo tornan egoísta, individualista, vanidoso, soberbio; cuando en verdad los bienes tendrían que transformar a la persona en un ser agradecido, que sabe compartir, que se sabe entregar, que es humilde y desde la humildad utiliza lo que Dios le ha dado para ayudar a otros a vivir con dignidad.
Pero también al ausencia de bienes, puede tornarnos malos, porque envidiamos, buscamos intensamente lo que no tenemos, y por eso se llega a vivir en la desesperanza, en la amargura, y despotricamos contra los que tienen.
Y Jesús no ha querido generar una guerra entre ricos y pobres, no ha querido levantar esa pared infranqueable para dividir a aquellos que tienen bienes y los que no los tienen. Sino que buscar hacernos ver cómo utilizamos lo que tenemos, en qué nos convierten los bienes que poseemos o que no poseemos.
Si bien es cierto que la pobreza es un valor evangélico, pero es sobre todo la pobreza del espíritu que me hace valorar lo que Dios me ha dado, sea pobreza o riqueza material o espiritual. Y serán mis obras las que hablen de la abundancia de mi corazón, y de cómo he gestionado lo que Dios me ha dado.
Por que si fuera cierto que la pobreza es un valor que tenemos que cultivar (como muchas veces he dicho) ¿Por qué quitarles la pobreza material a los pobres? Porque la pobreza material no es un bien, sino que afecta a la dignidad de la persona. Por eso, cuando los bienes que poseemos los usamos de acuerdo a la Voluntad de Dios, esos bienes nos vuelven hijos y hermanos generosos que saben compartir, que no atesoran sólo en la tierra sino que al compartir sus bienes logran el tesoro de la eternidad, pues hacen la vida de sus hermanos dignos, no porque les ofrecen bienes materiales sino porque comparten como hermanos.
Pues no son los bienes materiales los que nos dan más o menos dignidad, sino que son los bienes espirituales los que nos hacen mejores personas, mejores hijos de Dios, más hermanos entre nosotros. Pues si sólo tenemos ojos y corazón para los bienes espirituales, nunca podremos ver las necesidades del que tengo a mi lado, pero si tengo los ojos puestos en mis hermanos y puedo ver sus necesidades, tendré la fuerza del Espíritu para compartir con ellos lo que más necesiten, y así nuestros bienes nos harán bien y haremos el bien a nuestro prójimo, sea quien sea.
Una Patria de Hermanos, un Reino de Personas que se aman se construye con varones y mujeres, hijos de Dios que tienen los ojos y el corazón vueltos hacia afuera de ellos mismos y descubren, en el andar diario, lo que sus hermanos necesitan de ellos, pues nosotros somos el Puente por el que Dios desciende a nuestros hermanos. No dejemos que la vida diaria destruya ese puente, sino que día a día sigamos dejándonos utilizar por el Padre para que Su Amor llegue a quienes más lo necesitan.
Pero también al ausencia de bienes, puede tornarnos malos, porque envidiamos, buscamos intensamente lo que no tenemos, y por eso se llega a vivir en la desesperanza, en la amargura, y despotricamos contra los que tienen.
Y Jesús no ha querido generar una guerra entre ricos y pobres, no ha querido levantar esa pared infranqueable para dividir a aquellos que tienen bienes y los que no los tienen. Sino que buscar hacernos ver cómo utilizamos lo que tenemos, en qué nos convierten los bienes que poseemos o que no poseemos.
Si bien es cierto que la pobreza es un valor evangélico, pero es sobre todo la pobreza del espíritu que me hace valorar lo que Dios me ha dado, sea pobreza o riqueza material o espiritual. Y serán mis obras las que hablen de la abundancia de mi corazón, y de cómo he gestionado lo que Dios me ha dado.
Por que si fuera cierto que la pobreza es un valor que tenemos que cultivar (como muchas veces he dicho) ¿Por qué quitarles la pobreza material a los pobres? Porque la pobreza material no es un bien, sino que afecta a la dignidad de la persona. Por eso, cuando los bienes que poseemos los usamos de acuerdo a la Voluntad de Dios, esos bienes nos vuelven hijos y hermanos generosos que saben compartir, que no atesoran sólo en la tierra sino que al compartir sus bienes logran el tesoro de la eternidad, pues hacen la vida de sus hermanos dignos, no porque les ofrecen bienes materiales sino porque comparten como hermanos.
Pues no son los bienes materiales los que nos dan más o menos dignidad, sino que son los bienes espirituales los que nos hacen mejores personas, mejores hijos de Dios, más hermanos entre nosotros. Pues si sólo tenemos ojos y corazón para los bienes espirituales, nunca podremos ver las necesidades del que tengo a mi lado, pero si tengo los ojos puestos en mis hermanos y puedo ver sus necesidades, tendré la fuerza del Espíritu para compartir con ellos lo que más necesiten, y así nuestros bienes nos harán bien y haremos el bien a nuestro prójimo, sea quien sea.
Una Patria de Hermanos, un Reino de Personas que se aman se construye con varones y mujeres, hijos de Dios que tienen los ojos y el corazón vueltos hacia afuera de ellos mismos y descubren, en el andar diario, lo que sus hermanos necesitan de ellos, pues nosotros somos el Puente por el que Dios desciende a nuestros hermanos. No dejemos que la vida diaria destruya ese puente, sino que día a día sigamos dejándonos utilizar por el Padre para que Su Amor llegue a quienes más lo necesitan.
miércoles, 4 de marzo de 2015
El poder de ser santos
Este es un evangelio que siempre me ha impresionado y no sólo porque Jesús habla de su pronto martirio, sino por la reacción de la madre de los Zebedeos y de la misma respuesta que da Jesús a los apóstoles. Y de ahí vemos que, aunque estemos muy por la misión, muchas veces, se nos cuela el apetito de poder que nos dejó el pecado original en el alma, ese apetito de o tener el poder o de estar cerca de él. Y es, lamentablemente, una espina que todos llevamos más o menos clavada en nuestra carne.
Pero fijaos que Jesús no les habla del apetito del poder, ni les da un sermón sobre no haber prestado atención a lo que Él venía relatando, sino que les dice:
«No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»
Mas de una vez o valoramos las consecuencias de lo que pedimos, de lo que queremos, de lo que buscamos con tanto fervor cuando no lo hacemos desde la Voluntad de Dios.
Si, vosotros pedís esto pero ¿sois capaces de llevarlo a cabo? ¿sois capaces de que este poder no os dañe? ¿sois tan fuertes como para vivir esto desde la entrega total haciendo de este poder un servicio y no un peldaño para subir cada día más alto?
Y aquí me acuerdo de Efraín. El día de su toma de hábito Efraín decía:
"No nos vamos a granjearnos una posición, porque alguno de aquí, hay dos profesionales que se van, que tienen una función granjeada, una posición granjeada; de modo que no nos vamos buscando eso. No nos vamos buscando la felicidad tampoco; sabemos que la felicidad se nos va a dar por añadidura, no la buscamos nosotros".
Aunque esto sea para una vida religiosa, lo es también para cualquier vida cristiana, porque en el lugar que estamos y donde vivimos, seamos consagrados o laicos, todos hemos sido llamados a vivir desde el Evangelio la entrega de nuestra vida al Señor y al servicio de nuestros hermanos,"igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»
Nos pasa que al estar tan inmersos en este mundo de competitividad buscamos siempre sobresalir por el poder que nos dan (o que creemos tener) antes que sobresalir por la santidad de nuestra vida, que, si en santidad tenemos una posición de poder la vivamos como servicio y no como un lugar desde donde marcamos la diferencia con nuestros hermanos. Porque el Señor puede pedirnos estar en lugares con mucho "poder", pero sólo si ese "poder" es servicio y lo utilizo como Camino de Santidad a la Luz del Evangelio fructificará en mi vida y en la vida de mis hermanos, lo que implica un esfuerzo cotidiano para invocar la Luz del Espíritu que no dañe el corazón del hombre y lo vuelva duro como la piedra.
Es por ello que el Señor nos invita una y otra vez a vivir un camino de conversión constante, porque los vicios y males del mundo se nos pegan pronto en nuestra vida, pero las virtudes y bondades del camino de santidad cuesta preservarlas.
Pero fijaos que Jesús no les habla del apetito del poder, ni les da un sermón sobre no haber prestado atención a lo que Él venía relatando, sino que les dice:
«No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»
Mas de una vez o valoramos las consecuencias de lo que pedimos, de lo que queremos, de lo que buscamos con tanto fervor cuando no lo hacemos desde la Voluntad de Dios.
Si, vosotros pedís esto pero ¿sois capaces de llevarlo a cabo? ¿sois capaces de que este poder no os dañe? ¿sois tan fuertes como para vivir esto desde la entrega total haciendo de este poder un servicio y no un peldaño para subir cada día más alto?
Y aquí me acuerdo de Efraín. El día de su toma de hábito Efraín decía:
"No nos vamos a granjearnos una posición, porque alguno de aquí, hay dos profesionales que se van, que tienen una función granjeada, una posición granjeada; de modo que no nos vamos buscando eso. No nos vamos buscando la felicidad tampoco; sabemos que la felicidad se nos va a dar por añadidura, no la buscamos nosotros".
Aunque esto sea para una vida religiosa, lo es también para cualquier vida cristiana, porque en el lugar que estamos y donde vivimos, seamos consagrados o laicos, todos hemos sido llamados a vivir desde el Evangelio la entrega de nuestra vida al Señor y al servicio de nuestros hermanos,"igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»
Nos pasa que al estar tan inmersos en este mundo de competitividad buscamos siempre sobresalir por el poder que nos dan (o que creemos tener) antes que sobresalir por la santidad de nuestra vida, que, si en santidad tenemos una posición de poder la vivamos como servicio y no como un lugar desde donde marcamos la diferencia con nuestros hermanos. Porque el Señor puede pedirnos estar en lugares con mucho "poder", pero sólo si ese "poder" es servicio y lo utilizo como Camino de Santidad a la Luz del Evangelio fructificará en mi vida y en la vida de mis hermanos, lo que implica un esfuerzo cotidiano para invocar la Luz del Espíritu que no dañe el corazón del hombre y lo vuelva duro como la piedra.
Es por ello que el Señor nos invita una y otra vez a vivir un camino de conversión constante, porque los vicios y males del mundo se nos pegan pronto en nuestra vida, pero las virtudes y bondades del camino de santidad cuesta preservarlas.
martes, 3 de marzo de 2015
Aroma de santidad
«Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien...
Entonces, venid y litigaremos - dice el Señor-.
Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana".
El consuelo del Señor nunca se deja esperar, siempre está ahí esperándonos para que podamos resolver nuestros conflictos, para limpiar nuestro pecados, para sanar nuestras heridas. Siempre espera.
Siempre espera que nos demos cuenta de que hemos equivocado el camino, que hemos dejado de lado la gracia, el amor, la verdad, la justicia, la fidelidad; porque cuando reconocemos nuestro error y nuestra debilidad, y con un "corazón contrito y humillado" vamos a Él, Él nos perdona, nos purifica y Su Gracia nos renueva y fortalece para poder volver al Camino de Su Voluntad.
Muchas veces no comprendemos el valor de una real y verdadera confesión, porque hemos perdido el gusto de recibir su Gracia y Fortaleza, y creemos que confesarnos es sólo un mero trámite que, por lo menos, tenemos que hacer una vez al año. Pero también los hay quienes creen que es un pasar por debajo del grifo de agua y salir limpio para volver a ensuciarnos, y por eso abusan de la confesión.
La confesión es mucho más que eso y por eso no podemos dejar de encontrarnos con el Señor en ese hermoso (aunque nos cueste) momento, porque a pesar de que cuando voy a confesarme veo a un hombre pecador como yo, mi fe me dice que ahí está Jesús, esperándome para escuchar, esperándome para aconsejar, esperándome para lavar mi corazón y mi alma, y quitarme el peso que me agobiaba, y con Su Gracia devolver la frescura y la belleza original a mi alma.
¿Por qué digo verdadera y real confesión? Porque muchas veces parece que no sé qué confesar, voy como un autómata a decir cosas ciertas pero no desde el corazón, y a Jesús tengo que darle el dolor de mis pecados, la angustia de que me duele haber dejado de lado el Amor de Dios y haber tomado una camino que no era Su Camino, haber vivido momentos que no eran propios de un hijo de Dios, momentos que no me ayudaban a crecer en santidad. Porque cuando sentimos el dolor de nuestros pecados es cuando más necesitamos del médico que nos alivie, que nos cure, que nos salve.
Es en ese momento en el que la Gracia vuelve a mi vida; es el momento en que el Espíritu Santo al lavar mis pecados me perfuma con el suave olor de sus dones y me envuelve con perfume de la santidad. No dejemos que esos momentos pasen por nuestra vida sin vivirlos intensamente, sino pidamos al Señor la Gracia de que cada confesión sea un momento de encuentro extraordinario con Él, para que nuestra vida no caiga en la rutina de lo ordinario, sino que en lo ordinario de nuestros días sea una vida extraordinaria que vaya dejando a su paso el hermoso aroma de la santidad.
Entonces, venid y litigaremos - dice el Señor-.
Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana".
El consuelo del Señor nunca se deja esperar, siempre está ahí esperándonos para que podamos resolver nuestros conflictos, para limpiar nuestro pecados, para sanar nuestras heridas. Siempre espera.
Siempre espera que nos demos cuenta de que hemos equivocado el camino, que hemos dejado de lado la gracia, el amor, la verdad, la justicia, la fidelidad; porque cuando reconocemos nuestro error y nuestra debilidad, y con un "corazón contrito y humillado" vamos a Él, Él nos perdona, nos purifica y Su Gracia nos renueva y fortalece para poder volver al Camino de Su Voluntad.
Muchas veces no comprendemos el valor de una real y verdadera confesión, porque hemos perdido el gusto de recibir su Gracia y Fortaleza, y creemos que confesarnos es sólo un mero trámite que, por lo menos, tenemos que hacer una vez al año. Pero también los hay quienes creen que es un pasar por debajo del grifo de agua y salir limpio para volver a ensuciarnos, y por eso abusan de la confesión.
La confesión es mucho más que eso y por eso no podemos dejar de encontrarnos con el Señor en ese hermoso (aunque nos cueste) momento, porque a pesar de que cuando voy a confesarme veo a un hombre pecador como yo, mi fe me dice que ahí está Jesús, esperándome para escuchar, esperándome para aconsejar, esperándome para lavar mi corazón y mi alma, y quitarme el peso que me agobiaba, y con Su Gracia devolver la frescura y la belleza original a mi alma.
¿Por qué digo verdadera y real confesión? Porque muchas veces parece que no sé qué confesar, voy como un autómata a decir cosas ciertas pero no desde el corazón, y a Jesús tengo que darle el dolor de mis pecados, la angustia de que me duele haber dejado de lado el Amor de Dios y haber tomado una camino que no era Su Camino, haber vivido momentos que no eran propios de un hijo de Dios, momentos que no me ayudaban a crecer en santidad. Porque cuando sentimos el dolor de nuestros pecados es cuando más necesitamos del médico que nos alivie, que nos cure, que nos salve.
Es en ese momento en el que la Gracia vuelve a mi vida; es el momento en que el Espíritu Santo al lavar mis pecados me perfuma con el suave olor de sus dones y me envuelve con perfume de la santidad. No dejemos que esos momentos pasen por nuestra vida sin vivirlos intensamente, sino pidamos al Señor la Gracia de que cada confesión sea un momento de encuentro extraordinario con Él, para que nuestra vida no caiga en la rutina de lo ordinario, sino que en lo ordinario de nuestros días sea una vida extraordinaria que vaya dejando a su paso el hermoso aroma de la santidad.
lunes, 2 de marzo de 2015
Seguir amando
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»
Un pequeño párrafo del Evangelio que condensa todo un estilo de vida, un estilo de vida marcado por la semejanza a nuestro Padre Celestial, y nuestra aceptación del Camino que nos lleva a la Vida. Además, al comenzar esta segunda semana de Cuaresma es un buen tema para tenerlo en cuenta: las obras de misericordia, pues compasión y misericordia van por el mismo camino.
También es cierto que muchas veces esperamos que lo bueno que hacemos por los demás, lo podamos recibir en agradecimiento, en buenos tratos, etc. Pero nos olvidamos que también tratamos con personas que no siempre tienen esas reacciones, que, como nosotros, tienen el pecado original incorporado y no se dan cuenta de que pueden ser agradecidos, comprensivos, compasivos. Y, así, la falta de generosidad o de gratitud de nuestros más cercanos (o lejanos) nos decepciona, nos crea desesperanza y, más de una vez, dejamos de ser compasivos y misericordiosos, ya que con nosotros no lo es nadie.
Pero nos olvidamos el más importante pues a Dios nadie le gana en generosidad, y Él será quien nos devuelva todo aquello que hemos dado, y nos pague de acuerdo a la medida que hemos usado para dar, o para no dar.
Si bien es cierto que todos necesitamos de los gestos de compasión, comprensión, cariño, misericordia, gratitud de nuestros hermanos, sabemos que los mejores y más grandes gestos los tenemos de parte de nuestro Padre del Cielo, porque conocemos que su Amor es Infinito y siempre nos brinda más de lo que necesitamos. Claro está que no siempre llegamos a ver, sentir o apreciar lo que Dios Padre hace por nosotros, porque estamos muy ocupados en otras cosas, o con otros sentimientos que nuestro corazón está cerrado a los pequeños gestos, no sólo de Dios, sino también de nuestros hermanos.
Lo se, se que es difícil estar atentos a los pequeños gestos, a las pequeñas caricias. Es por eso que no debemos medir lo que hacemos, no pensemos si hemos dado esto o lo otro, o cuántas veces hemos perdonado. Sólo vivamos en una actitud constante de amor que nos libere de toda opresión de esperar devolución, de esperar algo a cambio, porque sabemos que nuestro Padre que ve en lo secreto nos recompensará más de lo que pueden darnos los hombres, y así el corazón descansa tranquilo y seguro porque ha intentado ser Fiel al Amor.
Y cuando se ama de verdad el mejor regalo es seguir amando.
- «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»
Un pequeño párrafo del Evangelio que condensa todo un estilo de vida, un estilo de vida marcado por la semejanza a nuestro Padre Celestial, y nuestra aceptación del Camino que nos lleva a la Vida. Además, al comenzar esta segunda semana de Cuaresma es un buen tema para tenerlo en cuenta: las obras de misericordia, pues compasión y misericordia van por el mismo camino.
También es cierto que muchas veces esperamos que lo bueno que hacemos por los demás, lo podamos recibir en agradecimiento, en buenos tratos, etc. Pero nos olvidamos que también tratamos con personas que no siempre tienen esas reacciones, que, como nosotros, tienen el pecado original incorporado y no se dan cuenta de que pueden ser agradecidos, comprensivos, compasivos. Y, así, la falta de generosidad o de gratitud de nuestros más cercanos (o lejanos) nos decepciona, nos crea desesperanza y, más de una vez, dejamos de ser compasivos y misericordiosos, ya que con nosotros no lo es nadie.
Pero nos olvidamos el más importante pues a Dios nadie le gana en generosidad, y Él será quien nos devuelva todo aquello que hemos dado, y nos pague de acuerdo a la medida que hemos usado para dar, o para no dar.
Si bien es cierto que todos necesitamos de los gestos de compasión, comprensión, cariño, misericordia, gratitud de nuestros hermanos, sabemos que los mejores y más grandes gestos los tenemos de parte de nuestro Padre del Cielo, porque conocemos que su Amor es Infinito y siempre nos brinda más de lo que necesitamos. Claro está que no siempre llegamos a ver, sentir o apreciar lo que Dios Padre hace por nosotros, porque estamos muy ocupados en otras cosas, o con otros sentimientos que nuestro corazón está cerrado a los pequeños gestos, no sólo de Dios, sino también de nuestros hermanos.
Lo se, se que es difícil estar atentos a los pequeños gestos, a las pequeñas caricias. Es por eso que no debemos medir lo que hacemos, no pensemos si hemos dado esto o lo otro, o cuántas veces hemos perdonado. Sólo vivamos en una actitud constante de amor que nos libere de toda opresión de esperar devolución, de esperar algo a cambio, porque sabemos que nuestro Padre que ve en lo secreto nos recompensará más de lo que pueden darnos los hombres, y así el corazón descansa tranquilo y seguro porque ha intentado ser Fiel al Amor.
Y cuando se ama de verdad el mejor regalo es seguir amando.
domingo, 1 de marzo de 2015
El encuentro nos hace fuertes en la fe
"Dios le dijo:
-«Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.»
La relación de Abrahám con Dios era tan fuerte, tan real que no dudó Abrahám, en todo momento de su vida, obedecer, porque sabía a quién escuchaba y en quién confiaba.
Hoy le diríamos que estaba loco, que esas decisiones no se toman, no se puede hacer semejante sacrificio. Pero él lo hizo, porque sabía en quién había puesto su confianza, y que aquello que Dios le había prometido a lo largo de su vida jamás se lo quitaría, sino que le daría lo necesario para conservarlo.
Y así fue. En el momento justo Dios mandó a su ángel para que Abraham no sacrificase a Isaac, y en cambio por ese acto heroico de fe la promesa fue mucho mayor, y Dios cumplió con su promesa.
¡¿Cuánto nos falta aún para poder llegar a tener la fe de Abraham?! O mejor, cuánto nos falta para vivir la fe como Abraham. Porque no es que no tengamos la fe de Abraham, sino que no hemos madurado en la relación con Dios como Abraham, no hemos madurado nuestra fe en la aceptación de la Voluntad de Dios como Abraham.
Seguro que muchos han tenido que aceptar la Cruz que Dios les pedía vivir, pero ¿cuándo la aceptaron? Porque, muchas veces, en el momento en que Dios nos presenta un sacrificio no decimos ¡Sí, Señor acepto! Sino que nos planteamos el ¿por qué a mí, Señor?
Sabiendo esta realidad Jesús, luego de mostrarles a los apóstoles cuál iba a ser su final los llevó a la cima del monte y se transfiguró delante de ellos, se mostró tal cuál era Él, con toda su gloria y dignidad, y el Padre confirmaba con su Voz que Él era su Hijo amado. Pero no les bastó a los apóstoles conocer la divinidad de Jesús, pues en el momento de la Cruz ninguno de ellos estaba junto a Jesús, todo habían escapado al Sacrificio de la Cruz. Aún el Espíritu no estaba en ellos.
Si unimos estas dos podríamos pensar que aún necesitamos más experiencia de Dios para poder aceptar, como una fe heroica, todo aquello que el Padre quiera o permita en nuestras vidas. Y somos nosotros, cada uno de nosotros, los que tenemos la decisión de ponernos en marcha para madurar nuestra relación con Dios, para meditar su Palabra, para escuchar a Su Hijo, para experimentar el Gran Amor y Su Gloria, para experimentar el deseo de no apartarnos nunca de su lado, experimentar el deseo de hacer un lugar en dónde Él se pueda quedar cerca porque "¡qué bien estamos aquí, Señor! Hagamos tres tiendas".
Sí, necesitamos nuestras subidas constantes al Monte del Señor para aprender a estar con Él en la soledad de la cima, en la soledad de la oración, para que no sólo se transfigure frente a nosotros, sino que nos transforme a nosotros a su imagen, según su Corazón.
-«Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.»
La relación de Abrahám con Dios era tan fuerte, tan real que no dudó Abrahám, en todo momento de su vida, obedecer, porque sabía a quién escuchaba y en quién confiaba.
Hoy le diríamos que estaba loco, que esas decisiones no se toman, no se puede hacer semejante sacrificio. Pero él lo hizo, porque sabía en quién había puesto su confianza, y que aquello que Dios le había prometido a lo largo de su vida jamás se lo quitaría, sino que le daría lo necesario para conservarlo.
Y así fue. En el momento justo Dios mandó a su ángel para que Abraham no sacrificase a Isaac, y en cambio por ese acto heroico de fe la promesa fue mucho mayor, y Dios cumplió con su promesa.
¡¿Cuánto nos falta aún para poder llegar a tener la fe de Abraham?! O mejor, cuánto nos falta para vivir la fe como Abraham. Porque no es que no tengamos la fe de Abraham, sino que no hemos madurado en la relación con Dios como Abraham, no hemos madurado nuestra fe en la aceptación de la Voluntad de Dios como Abraham.
Seguro que muchos han tenido que aceptar la Cruz que Dios les pedía vivir, pero ¿cuándo la aceptaron? Porque, muchas veces, en el momento en que Dios nos presenta un sacrificio no decimos ¡Sí, Señor acepto! Sino que nos planteamos el ¿por qué a mí, Señor?
Sabiendo esta realidad Jesús, luego de mostrarles a los apóstoles cuál iba a ser su final los llevó a la cima del monte y se transfiguró delante de ellos, se mostró tal cuál era Él, con toda su gloria y dignidad, y el Padre confirmaba con su Voz que Él era su Hijo amado. Pero no les bastó a los apóstoles conocer la divinidad de Jesús, pues en el momento de la Cruz ninguno de ellos estaba junto a Jesús, todo habían escapado al Sacrificio de la Cruz. Aún el Espíritu no estaba en ellos.
Si unimos estas dos podríamos pensar que aún necesitamos más experiencia de Dios para poder aceptar, como una fe heroica, todo aquello que el Padre quiera o permita en nuestras vidas. Y somos nosotros, cada uno de nosotros, los que tenemos la decisión de ponernos en marcha para madurar nuestra relación con Dios, para meditar su Palabra, para escuchar a Su Hijo, para experimentar el Gran Amor y Su Gloria, para experimentar el deseo de no apartarnos nunca de su lado, experimentar el deseo de hacer un lugar en dónde Él se pueda quedar cerca porque "¡qué bien estamos aquí, Señor! Hagamos tres tiendas".
Sí, necesitamos nuestras subidas constantes al Monte del Señor para aprender a estar con Él en la soledad de la cima, en la soledad de la oración, para que no sólo se transfigure frente a nosotros, sino que nos transforme a nosotros a su imagen, según su Corazón.
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